367 puntos y cayendo
Los resultados de PISA 2025 confirman lo que los datos anticipaban: el derrumbe en matemática no es un accidente ni una herencia reciente. Es una política de Estado, aunque nadie la haya votado. Por Alicia Bañuelos

El 8 de septiembre la OCDE publicó los resultados de PISA 2025 y Argentina los recibió como siempre: con una mezcla de escándalo mediático de 48 horas y una tranquilidad de fondo que sugiere que, en el fondo, nadie espera demasiado.
Los números son contundentes. En matemática, los estudiantes argentinos de 15 años obtuvieron 367 puntos. El promedio de los países de la OCDE fue de 463. La diferencia es de 96 puntos. Si uno acepta la convención que usa la propia OCDE para volver legibles estas cifras, según la cual 20 puntos equivalen aproximadamente a un año de escolarización, la brecha representa casi cinco años de aprendizaje. En ciencias, la distancia es de 89 puntos, unos cuatro años y medio. En lectura, 72 puntos, algo más de tres años y medio.
Dicho de otro modo: un chico argentino de 15 años sabe matemática como un chico de los países desarrollados de 10, lee como uno de 11 y aprende ciencias como uno que tiene, en el mejor de los casos, 11 años. No es una caricatura. Es lo que mide la prueba más grande del mundo, aplicada a 760.000 estudiantes de 91 países.
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Lo que hace más difícil minimizar estos resultados es que Argentina no cayó en las tres áreas por primera vez en su historia comparable dentro de PISA. Y que en matemática marcó su peor puntaje de toda la serie. Y que para encontrar cifras similares en lectura y ciencias hay que remontarse a 2006. Y que el 76% de los estudiantes argentinos no alcanza el nivel básico en matemática, ese umbral mínimo que la OCDE define como la capacidad de interpretar una situación simple en términos matemáticos, comparar distancias o convertir precios.
Tres de cada cuatro chicos no llegan a eso.
Podría argumentarse, como se hace cada vez que salen estos datos, que PISA mide cosas que no importan, que el modelo educativo de los países asiáticos que lideran el ranking es inaplicable aquí, que la pobreza explica todo, que la pandemia dejó secuelas. Todos esos argumentos contienen algo de verdad. Ninguno alcanza para explicar una brecha de cinco años que lleva cinco ediciones seguidas abriéndose, sin una sola excepción, sin un solo rebote.
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En 2006, el 64% de los alumnos argentinos de 15 años estaba por debajo del nivel mínimo en matemática; en 2009, el 64%; en 2012, el 66%; en 2018, el 69%; en 2022, el 73%; en 2025, el 76%. La serie completa es la historia de un sistema que no logró enseñar lo que prometía enseñar, y que lo confirma puntualmente cada tres años.
La respuesta del Gobierno nacional llegó en un comunicado del Ministerio de Capital Humano: los alumnos evaluados iniciaron la primaria en 2013, por lo tanto la responsabilidad es de gestiones anteriores. Hay dos problemas con ese razonamiento. El primero es que la caída atraviesa todos los gobiernos desde 2006: Kirchner, Fernández de Kirchner, Macri, Alberto Fernández y Milei. El segundo es que la raíz viene de más atrás: la Ley Federal de Educación de 1993, la de Menem, fue la que introdujo el enfoque constructivista en los diseños curriculares de todo el país y desplazó la instrucción fonética explícita por un modelo que postulaba que los niños aprenden a leer reconociendo palabras en contexto, sin enseñanza sistemática del código. La línea empieza mal en 2006 y sigue empeorando. No hay un punto anterior al cambio de método con qué comparar. Solo el deterioro sostenido desde que hay registro.
Nacieron en 2010, comenzaron primer grado en 2016 y están hoy en cuarto año del secundario. Vale decir:
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● Primero a tercero de primaria con Macri (2016-2018).
● Cuarto a sexto de primaria y primero de secundaria con Alberto (2019-2022).
● Segundo a cuarto de secundaria con Milei (2023-2025).
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Pero este informe trae un dato que cambia la forma de leer todos los otros. La correlación entre el rendimiento en lectura y el rendimiento en matemática, calculada por la OCDE sobre los datos de PISA 2025, es de 0,80. La correlación entre lectura y ciencias es de 0,87. No es una hipótesis pedagógica ni una intuición docente: es un coeficiente estadístico sobre 760.000 alumnos de 91 países. Quien no lee, no comprende la matemática. Quien no lee, no comprende las ciencias. El problema, entonces, no empieza en el aula de matemática. Empieza antes, mucho antes, en el momento en que un chico de seis años enfrenta las primeras sílabas y el sistema decide cómo enseñarlas. La lectura es la madre del borrego.
Y la lectura, además, se está deteriorando de una forma nueva. La proporción de llamados lectores apresurados, estudiantes que recorren los textos de forma veloz y superficial, responden rápido y se equivocan con frecuencia, casi se duplicó entre 2018 y 2025. No leen: escanean. No comprenden: detectan palabras. Si la lectura arrastra a matemática y ciencias, la lectura apresurada arrastra todo hacia abajo. Esto importa más allá de las pruebas estandarizadas. En un mundo donde la inteligencia artificial produce texto en cantidad industrial, la habilidad crítica no es generar información sino evaluarla. Esa es exactamente la competencia que está deteriorándose más rápido.
Pero hay algo más en este informe que los puntajes y las causas. Algo que habla de las condiciones concretas en que se supone que los chicos deberían aprender hoy.
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El informe PISA incluye cuestionarios que los propios estudiantes responden sobre su experiencia escolar. Y lo que dicen los chicos argentinos sobre sus aulas está medido y comparado con el resto del mundo. El 58% reporta que el ruido y el desorden interrumpen la mayoría o todas sus clases de ciencias, frente al 31% de la OCDE. El 47% dice que sus compañeros habitualmente no escuchan al docente. El 29% afirma que directamente no puede trabajar en clase. Argentina quedó última entre 82 sistemas educativos en el índice de clima disciplinario.
Y luego está el celular. El 55% de los alumnos reporta que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases. El promedio de la OCDE es 28%, el doble exactamente. Solo el 37% asiste a escuelas donde el celular está prohibido en el establecimiento, frente al 49% del promedio internacional. En las escuelas donde rige esa prohibición, la probabilidad de sufrir distracción digital cae un 19%. La medida funciona. Simplemente no se aplica.
Los alumnos argentinos pasan, dentro de la escuela, 1,7 horas diarias usando dispositivos para actividades de aprendizaje. Y 1,6 horas usando dispositivos para ocio. Casi tanto tiempo mirando videos o haciendo otra cosa como estudiando. En la escuela. Durante el horario escolar. A lo que se suma que el 66% llegó tarde al colegio en las dos semanas previas al examen. En 2018 ese número era 53%. En 2022, 60%. La impuntualidad no es un accidente: es una tendencia en ascenso sostenido.
Aquí aparece el dato más incómodo del informe, el que complica cualquier relato simple. Los docentes argentinos son evaluados muy bien por sus propios alumnos. El 78% dice que el docente muestra interés en el aprendizaje de cada uno, por encima del 69% de la OCDE. El 73% que sigue enseñando hasta que los alumnos entienden, frente al 66% internacional. El 79% que da ayuda extra cuando se necesita, contra el 73% promedio. Argentina supera el promedio internacional en los tres indicadores de apoyo docente.
No es un problema de docentes que no se esfuerzan. Es un problema de docentes que se esfuerzan en condiciones que no permiten enseñar: aulas ruidosas, celulares encendidos, chicos que llegan tarde, edificios donde el 50% tiene déficit de infraestructura física, definido en el informe con una precisión que incomoda: falta de sistemas de calefacción, refrigeración, iluminación y acústica. Un maestro comprometido, en un aula sin acústica, con un tercio de los chicos mirando el celular y otro tercio que llegó tarde, en un edificio sin calefacción en julio, puede ser evaluado como excelente por sus alumnos y aun así producir resultados cinco años por debajo del promedio mundial.
CABA, Chubut, Corrientes, La Rioja, San Juan y San Luis adoptaron métodos de alfabetización basados en la ciencia de la lectura. Son seis jurisdicciones sobre veinticuatro, y la medida alcanza solo a los primeros tres grados de la primaria. El resto del país todavía enseña a leer como en 1994. Queda sin respuesta la pregunta más urgente: qué se hace con los que ya pasaron ese umbral, los que están desde cuarto grado en adelante, los que rendirán PISA 2029. Sin un plan de mitigación específico para esas cohortes, serán otra generación medida, documentada y abandonada.
PISA no mide intención. Mide lo que los chicos aprenden. Y lo que aprendieron en Argentina en 2025 es, en matemática, el peor resultado de toda la historia del país en esta prueba. El nivel básico en matemática, lectura y ciencias no es un estándar de excelencia: es el umbral mínimo para funcionar en una sociedad moderna. Tres de cada cuatro adolescentes argentinos no lo alcanzan en matemática. Seis de cada diez, en lectura. Y si la lectura es la madre del borrego, estamos frente a un problema que tiene una raíz y tres consecuencias, no tres problemas separados.
La serie lleva casi veinte años empeorando. No necesita más coartadas. Necesita que alguien la detenga.
Fuente: OECD (2026), PISA 2025 Results (Volume I): Future-Ready Students, y Country Note Argentina, 8 de septiembre de 2026.
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Fuente: El Diario de la República
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