A 59 años del fusilamiento del "Che" Guevara
El sargento Mario Terán recibió la instrucción de ejecutarlo y dudó 40 minutos antes de disparar.

El 9 de octubre de 1967, alrededor de la una de la tarde, el sargento Mario Terán empujó la puerta desvencijada de una escuelita rural en La Higuera, un remoto poblado de los Andes bolivianos. Frente a él, sentado en un banco de madera y con la espalda apoyada contra una pared de barro, estaba Ernesto Che Guevara, el insurgente más buscado del planeta. Tenía la camisa raída, el pantalón atravesado por un balazo en la pantorrilla derecha y el pecho silbante por el asma que lo castigaba desde la infancia.
Detrás de esa puerta habían quedado tres cadáveres tendidos en el piso de tierra. La sangre ya estaba seca. El Che era el único prisionero vivo.
Esa madrugada, Vallegrande y La Paz habían intercambiado mensajes cifrados por radio. El número 500 identificaba a Guevara. El 600 significaba mantenerlo con vida. El 700 ordenaba eliminarlo. Un parte emitido desde La Higuera solicitaba instrucciones concretas: "Parte último ratifica encontrarse en nuestro poder 500. Deseamos recibir instrucciones concretas si 600 o 700".
La respuesta llegó desde la más alta cúpula del poder boliviano. El presidente René Barrientos Ortuño dio la orden: "Orden presidente Fernando 700". La instrucción se retransmitió por los teléfonos de campaña con otro código: "Saludos a Papá". El eslabón final fue el sargento Terán, quien recibió la orden de ejecutar a Guevara.
Antes de disparar, el coronel Joaquín Zenteno Anaya lo convocó al patio de la escuela. La ejecución no podía demorarse más. Félix Ismael Rodríguez, agente de la CIA conocido como "Capitán Ramos", le indicó cómo debía disparar: "No le tire de aquí para arriba, tírele de aquí para abajo porque se supone que este hombre debe morir por heridas de combate". Señaló el cuello del Che como línea divisoria.
Terán dudó cuarenta minutos. Fue a ver al coronel Pérez con la esperanza de que la orden hubiera sido anulada, pero el coronel se puso furioso. "Fue el peor momento de mi vida", declaró años después a la revista Paris Match. Cuando finalmente entró a la escuelita, el Che lo miró y le dijo: "Usted ha venido a matarme". El sargento bajó la cabeza sin responder.
"En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentía que se me venía encima y cuando me miró fijamente, me mareé. Pensé que con un movimiento rápido el Che podría quitarme el arma", reconstruyó Terán. Guevara le dijo: "¡Serénese y apunte bien, va a matar a un hombre!".
El sargento retrocedió un paso hacia la puerta, cerró los ojos y empezó a disparar. "El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y empezó a perder muchísima sangre. Yo recuperé el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que le dio en un brazo, el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto", contó Terán. Habían pasado diez minutos de la una de la tarde.
Cuando Mario Terán lo ejecutó, Guevara tenía 39 años. Había nacido en 1928 en Rosario, en una familia acomodada. El asma impactó su salud desde los primeros años y le forjó un carácter resistente, casi indomable. Pasó su juventud en Córdoba, entre libros y partidos de rugby. Sus amigos lo llamaban "el Chancho" Guevara por su descuido estético.
Recorrió Latinoamérica cuando ya era estudiante de Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Junto a su amigo Alberto Granado subió a La Poderosa II, la moto que los llevó por Chile, Perú, Colombia y Venezuela. Dos escenas lo marcaron: las condiciones miserables de los trabajadores mineros de Chuquicamata y el leprosario de San Pablo. El médico marxista Hugo Pesce fue su mayor influencia para pensar que, para mejorar la salud de la región, debían transformarse las condiciones políticas y sociales del continente.
En 1953 se recibió de médico y en 1954 viajó a Guatemala, donde presenció el golpe de Estado que derrocó a Jacobo Arbenz, orquestado por la CIA para defender a la United Fruit Company. Guevara diría que en ese instante se convenció de que el imperialismo solo podía combatirse a través de la insurrección armada. Por esos días ganó su apodo para siempre: los exiliados cubanos lo llamaron "Che".
En 1954 conoció a Fidel y Raúl Castro en México y se sumó al Movimiento 26 de Julio. En noviembre de 1956 subió al yate Granma. En 1958 encabezó a los combatientes de la Batalla de Santa Clara, que desencadenó la fuga de Batista. Durante los primeros años de la Revolución fue presidente del Banco Nacional y ministro de Industrias. Escribió La guerra de guerrillas y promovió el "foquismo". En 1965 renunció a sus cargos y a la ciudadanía cubana. Se despidió de Fidel con la frase que todavía se lo recuerda: "Hasta la victoria siempre".
Combatió clandestinamente en el Congo y después ingresó a Bolivia escondido bajo otra identidad: Adolfo Mena González. Su objetivo era comandar el Ejército de Liberación Nacional (ELN). El Partido Comunista Boliviano le retiró todo apoyo y los campesinos se rehusaron a sumarse, convirtiéndose en informantes del ejército.
Dos días antes del fusilamiento, ya completamente cercado, el Che escribió por última vez en su Diario de Bolivia: "OCTUBRE 7. Se cumplieron los 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente (…) Estamos aproximadamente a una legua de Higueras y otra de Jagüey y unas 2 de Pucará. A las 17.30, Inti, Aniceto y Pablito fueron a casa de la vieja que tiene una hija postrada y una medio enana; se le dieron 50 pesos con el encargo de que no fuera a hablar ni una palabra, pero con pocas esperanzas de que cumpla a pesar de sus promesas".
Pocas horas después, las tropas del Ejército llegaron a la Quebrada del Churo: el Che fue herido y tomado prisionero. Le quedaban menos de 48 horas de vida.
Unas horas después del fusilamiento, el cuerpo fue atado con sogas al patín de un helicóptero para ser trasladado a Vallegrande. Fueron treinta kilómetros de vuelo sobre los Andes, en medio de un viento que mantuvo los ojos del Che abiertos. El cadáver fue depositado en la lavandería del Hospital Señor de Malta, donde una enfermera lo lavó y un médico le inyectó formaldehído.
La lavandería se convirtió en una sala de exhibiciones improvisada y cargada de morbo. Durante dos días pasaron oficiales del ejército boliviano y agentes de organizaciones militares y de inteligencia extranjeros para posar sonrientes junto al cadáver, en algunos casos sosteniendo su cabeza. Los pobladores de Vallegrande fueron obligados a desfilar frente al cuerpo. Los jefes militares gritaban: "Vengan, pasen a ver a los chanchos muertos". Varias mujeres le cortaron mechones de pelo para guardarlos como reliquia.
Varios fotógrafos tomaron imágenes que recorrerían el mundo: el cadáver de Guevara con una escena que sería comparada con Cristo muerto, la obra pictórica de Andrea Mantegna de fines del siglo XV. En 2014, en Zaragoza, fueron encontradas por casualidad ocho fotos inéditas del cadáver: el misionero Luis Cuartero las había llevado a España después de que el periodista francés Marc Hutten se las diera en secreto para sacarlas de Bolivia.
El 10 de octubre, un médico amputó las manos del Che para conservarlas en formol y que las huellas dactilares sirvieran como identificación. Bolivia temía que la tumba de Guevara se convirtiera en un santuario para sus seguidores. El 11 de octubre de 1967, dos días después de su fusilamiento, el cuerpo de Guevara y el de seis de sus compañeros de guerrilla fueron enterrados clandestinamente en una fosa común en el aeródromo de Vallegrande.
Pasaron treinta años hasta que sus restos fueron hallados. El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y un equipo de científicos cubanos encontraron la fosa y pudieron identificar sus restos. Dos señales resultaron inconfundibles: al cuerpo le faltaban las dos manos y en la chaqueta aún estaba guardada una pipa. En julio de 1997, los restos del Che fueron repatriados a Cuba e inhumados en el Mausoleo de Santa Clara. Mario Terán, el hombre que lo fusiló tras dudar cuarenta minutos, murió en 2022.
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Fuente: El Tribuno de Jujuy
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