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Alfalfa: el cultivo que vuelve a ganar lugar en Mendoza y se consolida como producción alternativa

Con unas 14.000 hectáreas ya plantadas, la alfalfa vuelve a expandirse en los oasis mendocinos. La demanda ganadera, la posibilidad de diversificar fincas y una menor exposición a algunas contingencias climáticas explican el crecimiento.

Por Enrique Pfaab14 min de lectura
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Alfalfa: el cultivo que vuelve a ganar lugar en Mendoza y se consolida como producción alternativa
Alfalfa: el cultivo que vuelve a ganar lugar en Mendoza y se consolida como producción alternativa · Foto: Los Andes

Con unas 14.000 hectáreas ya plantadas, la alfalfa vuelve a expandirse en los oasis mendocinos. La demanda ganadera, la posibilidad de diversificar fincas y una menor exposición a algunas contingencias climáticas explican el crecimiento.

La eficiencia hídrica del riego llega al 90%, optimizando el uso del agua en cultivos forrajeros clave como alfalfa y sorgo.

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Hay cultivos que llegan a una provincia como una novedad y otros que, después de haber sido desplazados, regresan. La alfalfa pertenece a esta segunda categoría. En Mendoza no necesita presentación: forma parte de la historia agrícola de los oasis, estuvo vinculada durante décadas con la ganadería y la agricultura y fue una pieza importante de la economía rural antes de que la vid ocupara buena parte de las tierras irrigadas.

Ahora vuelve a ganar superficie y, sobre todo, vuelve a aparecer en las conversaciones sobre el futuro productivo de la provincia.

No se trata de que la alfalfa vaya a desplazar a la vid, a los frutales o a las hortalizas. Tampoco de que exista una única receta para todos los productores. El fenómeno es más silencioso y, precisamente por eso, más interesante: en distintas zonas de Mendoza, productores que necesitan diversificar sus ingresos están incorporando lotes de alfalfa; establecimientos ganaderos buscan producir su propio alimento; proyectos de mayor escala avanzan sobre sistemas de riego presurizado; y desde el Estado se intenta organizar una cadena que hasta ahora aparece fragmentada.

Los datos disponibles permiten dimensionar el fenómeno, aunque también obligan a ser prudentes. Belén Camacho, del INTA Junín, recuerda que los últimos registros oficiales consolidados corresponden al Censo Agropecuario de 2018. Allí la alfalfa aparecía como la principal forrajera de Mendoza, con unas 14.000 hectáreas distribuidas en aproximadamente 850 unidades productivas. Adrián Orozco, del INTA Rama Caída, llega a una estimación similar mediante herramientas de teledetección: calcula entre 12.000 y 14.000 hectáreas provinciales, con unas 8.000 en el área sur bajo estudio de ese organismo.

La coincidencia no significa que exista hoy un número exacto y actualizado de superficie implantada. Sí permite afirmar que la alfalfa tiene una presencia relevante y que, de acuerdo con los técnicos consultados, la tendencia de los últimos años es de crecimiento.

La historia ayuda a entender el presente.

Hasta fines del siglo XIX, antes de que el ferrocarril modificara buena parte de los circuitos económicos de la provincia, Mendoza tenía una fuerte actividad ganadera vinculada al abastecimiento de Chile. El Este provincial, el Valle de Uco y otros oasis disponían de tierras cultivadas con alfalfa para alimentar animales y sostener aquella economía.

Con la expansión de la vitivinicultura, muchas de esas superficies cambiaron de destino. La vid fue ganando terreno y la alfalfa quedó relegada en numerosos establecimientos. Sin embargo, nunca desapareció. Permaneció asociada a la alimentación animal, a pequeñas explotaciones y a sistemas mixtos.

El regreso actual tiene otra lógica.

"La alfalfa aparece como una posibilidad para que el productor ingrese a un negocio virtuoso sin requerir tanta inversión inicial", explica Orozco. Su análisis parte de dos circunstancias: la situación compleja de varias economías regionales y un escenario ganadero que durante los últimos años ofreció precios competitivos.

La clave está en que la alfalfa no debe mirarse únicamente como una mercancía que sale del campo en forma de rollo. Puede ser el primer eslabón de una cadena mucho más extensa.

Un productor puede vender fardos. Otro puede conservar el forraje para alimentar su propio rodeo. Un establecimiento ganadero puede utilizarlo para recría o terminación. Una empresa de mayor escala puede avanzar hacia la producción de heno de calidad, compactado o eventualmente destinado a mercados externos.

Y existe otra alternativa que en Mendoza adquiere particular importancia: transformar directamente el pasto en carne.

Belén Camacho explica que la provincia tiene una oportunidad concreta en ese sentido. Mendoza es fundamentalmente una provincia criadora y buena parte de los terneros producidos localmente sale hacia San Luis, La Pampa o Córdoba. Allí esos animales continúan el proceso productivo hasta llegar con más kilos al mercado.

El desafío consiste en retener parte de ese valor dentro de Mendoza.

Según Camacho, la provincia produce actualmente apenas entre el 8% y el 10% de la carne bovina que consume. En ese escenario, producir forraje en las tierras con derecho a riego del Este puede convertirse en una herramienta para aumentar la producción ganadera y reducir la dependencia de animales terminados provenientes de otras provincias.

La alfalfa, entonces, deja de ser simplemente un cultivo para convertirse en parte de una estrategia ganadera.

El mapa de la alfalfa mendocina tiene dos áreas especialmente visibles.

En el Sur aparecen General Alvear y San Rafael. Allí el cultivo encuentra una larga tradición forrajera y ganadera y una combinación favorable de suelo, insolación y disponibilidad de agua de riego.

En el Este, en cambio, la expansión se relaciona con una transformación de los sistemas productivos. Santa Rosa y La Paz tienen una fuerte tradición ganadera, mientras San Martín, Rivadavia y Junín incorporan superficies forrajeras en establecimientos donde conviven distintas actividades.

Camacho ubica al Este entre las regiones ganaderas importantes de Mendoza y estima que allí se concentra entre el 16% y el 18% del stock bovino provincial. La cifra adquiere relevancia porque se trata, además, de una región donde existen superficies con derecho a riego que pueden utilizarse para producir alimento de manera intensiva.

El Sur muestra otra particularidad: allí la alfalfa se integra con producciones tradicionales que atraviesan dificultades.

En General Alvear, por ejemplo, el municipio comenzó a promover el cultivo como una forma de complementación productiva. La idea oficial evita deliberadamente hablar de una sustitución de la vid o de la ciruela.

"Preferimos no hablar de reconversión porque asusta. Nuestra base sigue siendo la ciruela D'Agen y la vid, pero la alfalfa suma estabilidad", dicen.

El programa permitió financiar nuevas hectáreas. En 2025, más de 50 productores recibieron asistencia para implantar unas 500 hectáreas, y durante 2026 el municipio avanzó en la búsqueda de alternativas para que ese forraje no quede limitado a la comercialización como rollo, sino que pueda incorporar valor agregado. Una visita a una planta de procesamiento en San Luis forma parte de ese camino.

El planteo es significativo: la alfalfa no aparece necesariamente como reemplazo de una economía regional, sino como una segunda actividad capaz de reducir la dependencia de un solo cultivo.

¿Por qué la alfalfa encuentra condiciones particularmente interesantes en Mendoza?

La respuesta combina varios factores. La provincia tiene elevada radiación solar, amplitud térmica, temperaturas estivales favorables y una agricultura basada en riego. Para un cultivo forrajero de estas características, esas condiciones pueden traducirse en altos niveles de producción.

Orozco advierte, sin embargo, que una cosa es el potencial y otra el rendimiento efectivamente alcanzado.

A su juicio, los productores mendocinos podrían estar obteniendo apenas entre el 60% y el 70% del potencial productivo posible si se incorporaran y ajustaran tecnologías y prácticas de manejo ya conocidas.

Ese dato es quizás uno de los más importantes del fenómeno. La expansión de la superficie no es necesariamente la única vía de crecimiento. Mendoza puede producir más alfalfa sin aumentar en la misma proporción la superficie si consigue elevar los rendimientos.

Y allí aparecen cuestiones bastante concretas.

La primera es la implantación. Orozco señala que la densidad de siembra debe ser suficiente para asegurar una cantidad adecuada de plantas. La leguminosa tiene capacidad de compensación, pero existe un límite: si la cantidad de plantas inicial es demasiado baja, la pérdida de potencial resulta difícil de recuperar.

La segunda cuestión es la fertilización.

La alfalfa necesita fósforo y, de acuerdo con la experiencia del INTA Rama Caída, los suelos de esa región presentan deficiencias en este elemento. También deben considerarse la inoculación, la fijación biológica de nitrógeno, los micronutrientes y la elección de variedades adecuadas.

El manejo de malezas y plagas constituye otro capítulo. El crecimiento de la superficie cultivada puede generar nuevos problemas sanitarios y exige controles sobre malezas de hoja ancha y gramíneas, además de plagas como pulgones e isocas.

La semilla también importa. El material utilizado debe ser de calidad y estar adecuadamente adaptado a las condiciones locales. En particular, la elección varietal debe considerar el grado de reposo invernal que corresponde a cada oasis.

Es decir: sembrar alfalfa no es simplemente poner una semilla en el suelo.

En Mendoza, hablar de cualquier cultivo significa hablar de agua.

La alfalfa tiene una ventaja respecto de algunos cultivos tradicionales porque puede sostenerse durante varios años y permite múltiples cortes. Pero esa condición no la convierte en un cultivo de bajo consumo hídrico.

Por el contrario, necesita agua suficiente para expresar su potencial.

Camacho resume el problema desde el Este: Mendoza tiene condiciones agroclimáticas favorables, pero el agua debe administrarse con eficiencia y la tecnificación resulta imprescindible para aumentar la productividad.

En los sistemas tradicionales de riego gravitacional, buena parte del agua aplicada termina perdiéndose. El pivote central modifica esa ecuación.

Según Orozco, un sistema de riego presurizado por pivote puede elevar la eficiencia desde valores cercanos al 50% del riego gravitacional hasta alrededor del 80% u 85% o incluso más, dependiendo del sistema y de su manejo.

El problema es el costo.

La inversión en máquina, perforación y equipamiento puede rondar los 5.000 dólares por hectárea, de acuerdo con la estimación aportada por el especialista. Y aunque el sistema permite administrar el agua de acuerdo con la demanda del cultivo, también incorpora costos de energía y amortización.

La incorporación de paneles solares puede ayudar a reducir parte de esos costos, pero no elimina la necesidad de inversión.

Esto explica una diferencia importante entre productores.

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Una explotación pequeña puede encontrar dificultades para justificar la inversión en infraestructura de riego. Una empresa con cientos de hectáreas puede distribuir esos costos sobre una superficie mucho mayor y construir un modelo productivo completamente diferente.

Por eso, cuando se habla de "la alfalfa" en Mendoza, en realidad se habla de varios negocios posibles.

Orozco plantea una advertencia que conviene mantener en el centro de cualquier análisis: la escala define el modelo.

Un productor con cuatro hectáreas no puede pensar que vivirá exclusivamente de vender alfalfa. En ese caso, puede ser más conveniente utilizar el cultivo como parte de un sistema ganadero y convertir el forraje en carne.

La situación cambia por completo en establecimientos de 100, 200 o 300 hectáreas. Allí aparecen alternativas de conservación de forraje, mecanización, almacenamiento, compactación y comercialización a mayor escala.

La escala también determina la capacidad para cumplir con los estándares de calidad necesarios para ingresar a determinados mercados.

El mercado internacional existe y está creciendo. Pero eso no significa que cualquier alfalfa producida en Mendoza pueda convertirse automáticamente en un producto exportable.

Argentina tiene alrededor de tres millones de hectáreas de alfalfa, según datos difundidos por la Secretaría de Agricultura de la Nación. En el primer trimestre de 2026 las exportaciones de alfalfa y derivados alcanzaron 93.974 toneladas, contra 48.773 toneladas en el mismo período de 2025: un aumento interanual del 92%. Durante todo 2025 se habían exportado 167.311 toneladas, un 28% más que en 2024.

Los principales destinos son Brasil y otros países limítrofes, aunque también aparecen mercados de Medio Oriente como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.

El dato abre una posibilidad para Mendoza, pero también establece una exigencia: calidad, volumen, logística y continuidad.

La discusión más interesante ya no es si Mendoza puede producir alfalfa. Puede hacerlo y lo hace desde hace décadas.

La discusión es qué puede hacer con esa producción.

Durante años, el destino principal fue el mercado interno. Los rollos y fardos abastecen a productores ganaderos y otros establecimientos pecuarios. Pero una cadena moderna permite pensar en otros productos: heno de mayor calidad, megafardos, pellets, harinas y otros formatos que facilitan el transporte y amplían los destinos.

La propia Nación señala que los pellets y la harina de alfalfa forman parte de un mercado exportador en crecimiento. Durante 2025, de las 167.311 toneladas exportadas por Argentina, 22.983 correspondieron a harina y pellets.

Mendoza intenta insertarse en esa cadena.

El Gobierno provincial trabaja en la creación de un clúster de alfalfa que busca reunir producción, tecnología, comercialización y exportación. La iniciativa fue discutida con referentes de Córdoba, una provincia que posee una cadena forrajera de mayor desarrollo, y también con representantes vinculados a los mercados de Emiratos Árabes.

La intención es pasar de productores dispersos a una cadena organizada.

No es un detalle menor. Para exportar no alcanza con tener un buen producto. Hace falta volumen suficiente, uniformidad, infraestructura de acondicionamiento, controles, logística y compradores.

La experiencia de otras regiones productoras demuestra que la transformación industrial del forraje puede ser tan importante como la producción primaria.

En Mendoza, ese proceso recién comienza.

La alfalfa tiene virtudes evidentes, pero sería un error convertirlas en una promesa sin matices.

No es un cultivo inmune a los problemas. Necesita agua. Requiere fertilización. Demanda manejo. Tiene costos de implantación, corte, enfardado, transporte y almacenamiento. Y cuando se busca calidad superior, cada uno de esos procesos adquiere mayor importancia.

Además, el mercado interno sigue siendo el principal destino.

El crecimiento ganadero de Mendoza puede convertirse en su principal ventaja porque crea una demanda relativamente cercana y permite que el productor no dependa exclusivamente de la exportación.

El desafío es que esa demanda ganadera también necesita crecer.

La provincia cerró 2024 con un stock de 430.850 bovinos y una producción de carne bovina de 97.833 toneladas, según datos oficiales difundidos por el Gobierno provincial. La faena local alcanzó 358.170 cabezas y aumentó 5% respecto del año anterior.

Ese proceso genera una oportunidad para los productores de forraje: si Mendoza consigue retener más terneros y terminar más animales dentro de su territorio, necesitará más alimento.

En ese escenario, la alfalfa puede cumplir una función doble. Puede ser un negocio en sí mismo y, al mismo tiempo, un insumo para otro negocio.

Quizás esa sea la mejor manera de describir el momento actual.

La alfalfa no está descubriendo Mendoza. Está recuperando protagonismo.

Su presencia histórica, sus características agronómicas y la existencia de una demanda ganadera le dan una base que otros cultivos emergentes no tienen. Pero ahora se suma una circunstancia nueva: la necesidad de diversificar una matriz productiva que durante décadas estuvo fuertemente concentrada en la vitivinicultura y, en algunas zonas, en determinados frutales.

La alfalfa puede ocupar allí un lugar intermedio.

No necesariamente reemplaza. Complementa.

Puede permitir que una finca mantenga una actividad agrícola mientras atraviesa un período de incertidumbre. Puede aportar materia orgánica y nitrógeno al suelo. Puede alimentar animales propios. Puede convertirse en carne. Puede venderse como heno. Y, si la escala, la calidad y la logística lo permiten, puede mirar hacia mercados externos.

Pero el camino hacia ese último escenario es largo.

La experiencia internacional muestra que la alfalfa se convirtió en un producto global. Argentina participa de ese mercado y las exportaciones están creciendo. Para Mendoza, la cercanía con Chile, la infraestructura logística de la región y la posibilidad de articularse con otras provincias podrían abrir oportunidades, aunque los costos de transporte y la necesidad de alcanzar escala siguen siendo obstáculos.

El verdadero desafío, por lo tanto, no consiste solamente en sembrar más.

Consiste en producir mejor.

En utilizar cada milímetro de agua de manera eficiente. En elegir variedades adecuadas. En corregir las deficiencias de los suelos. En mejorar los rendimientos. En mecanizar cuando la escala lo permita. En producir un heno uniforme. En organizar la comercialización. En transformar una parte de ese forraje en carne dentro de Mendoza.

Y, sobre todo, en construir una cadena.

El Gobierno provincial ya habla de un clúster. Los municipios, como General Alvear, ensayan líneas de financiamiento y buscan alternativas para agregar valor. El INTA aporta conocimiento para mejorar manejo, rendimiento y eficiencia. Los productores, mientras tanto, prueban distintas combinaciones según el tamaño y las características de sus establecimientos.

El resultado todavía está en construcción.

Lo que sí parece consolidarse es la idea de que la alfalfa puede volver a tener un papel estratégico en Mendoza. No por nostalgia de aquella agricultura de fines del siglo XIX, cuando los campos del Este se llenaban de forraje para los animales que cruzaban la cordillera, sino porque las condiciones actuales vuelven a hacer necesaria una producción capaz de combinar agricultura, ganadería, agua y diversificación.

La diferencia es que aquella alfalfa alimentaba principalmente animales.

La de hoy puede alimentar una cadena productiva.

Y allí está la oportunidad.

Mendoza no necesita necesariamente encontrar un nuevo cultivo que sustituya a los tradicionales. Puede necesitar algo más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: sumar actividades capaces de convivir con las existentes, reducir riesgos y transformar recursos disponibles en mayor valor.

La alfalfa, después de más de un siglo de historia, vuelve a ocupar ese lugar.

No como una revolución agrícola.

Como una pieza que faltaba volver a poner sobre la mesa.

Fuente: Los Andes

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