Algo de memoria, como testigo y parte de un Poncho que se agigantó
(*) Por Carlos Adrián Quiroga

(*) Por Carlos Adrián Quiroga
Ver hoy cómo el Predio Ferial abre sus puertas y convoca a multitudes con la marca "Poncho" consagrada como un orgullo nacional (hasta por momentos parece quedarnos chico) me llena el pecho de una satisfacción muy particular. Es la alegría profunda de ver florecer algo que uno vio cuidar y cuidó con tanto celo cuando el viento soplaba de costado.
Para ilustrar este gran crecimiento bastaría con desempolvar los archivos periodísticos. Viene a mi memoria una tapa del diario El Ancasti de la edición del año 2008, en la que se celebraba como un hito multitudinario que habían ingresado en promedio 10 mil visitantes por jornada. Hoy, al repasar los números de la última edición, vemos con asombro que el promedio diario de visitantes fue de 170 mil personas. La escala cambió, el escenario se transformó y el alma de la fiesta, que incluye los rasgos identitarios que le marcaron el rumbo, luchan por sobrevivir en el dinamismo propio de la cultura.
Mi historia con la Fiesta Nacional del Poncho comenzó mucho antes de que tomara una libreta de apuntes. Siendo muy chico, oía hablar del festival y sentía unos deseos inmensos de que me llevaran, aunque no siempre era posible. Sin embargo, guardo intacto el recuerdo de una noche en la que mis padres nos llevaron a mis hermanos y a mí a ver a Los Chalchaleros, los preferidos de mi papá. Aquella experiencia me deslumbró de tal manera que, con la inocencia de la infancia, formulé un deseo: asistir siempre al festival cuando fuera grande. Lo que jamás imaginé fue que la vida me cumpliría ese anhelo con tanta exactitud. Desde 1996 hasta 2019, debo haber estado presente en absolutamente todas las jornadas del festival.
Digo todos esos años, porque mi relación con la fiesta tomó cariz profesional en 1996, cuando, novato para la lid periodística-cultural, me tocó cubrir mi primera edición para el diario El Ancasti. En aquel entonces, la cita era en la histórica Manzana del Turismo, ese lugar fundacional por cuyo "Tinglado Mayor" habían dejado su huella los gigantes de la época dorada del folclore de los años '60. Por más de 16 años, cuaderno en mano y con la responsabilidad de volcar en la única crónica gráfica que quedaba para el recuerdo, lo que sucedía cada noche (y en aquellas inolvidables jornadas de siesta y tarde), conté en las páginas de este querido diario el palpitar de la fiesta, siempre ilustrado por la mirada atenta de queridos compañeros fotógrafos. También se plasmaban las entrevistas a sus protagonistas.
Fueron años de una intensidad inolvidable. Tras esa etapa vinieron un par de años en El Esquiú, los siete años en la dirección de Catamarca Radio y Televisión con transmisiones y programas históricos desde el Predio Ferial, las recorridas minuciosas por los salones artesanales valorando el talento de las manos de nuestra gente, e incluso el honor de aportar un granito de arena en algunos años, cuando fui convocado para integrar la comisión seleccionadora de artistas.
En ese largo trajinar, me tocó ser testigo de las transiciones y las mudanzas de la fiesta. En el marco de la nostalgia, se me viene a la memoria aquella edición que se realizó en la playa de estacionamiento norte del Polideportivo Capital. Las jornadas comenzaban a las 15 horas y la grilla estaba integrada únicamente por intérpretes locales, una disposición del gobierno de turno que buscaba destinar la inversión a los artistas catamarqueños, algo que la mayoría reclamaba. Lo que más recuerdo de aquellos días era el persistente viento del norte que no dio tregua, junto a las penurias de los queridos artistas locales luchando contra el tierral y ese escaso pero corajudo público que se animaba a sentarse a saborear polvo y a pescarse algún resfrío con tal de acompañar nuestra música.
Con profunda tristeza también recuerdo aquella aciaga y fría tarde de domingo en el escenario montado en la ex plaza de armas del ex Regimiento 17. Allí nos dejó un amigo, a quien había saludado apenas un rato antes de que subieran a cantar Los de Catamarca: el "Negro" Jorge Herrera.
Contar tantos recuerdos y nombrar a cada uno de los célebres artistas nacionales y locales a los que me tocó entrevistar haría interminable este relato. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar a la más grande de Catamarca, mi queridísima amiga Silvia Pacheco, a quien no dejo de extrañar.
Si hoy la fiesta brilla con luz propia y es un fenómeno masivo que supera cualquier expectativa, es porque hubo mucha gente que en los momentos duros le puso el hombro para que no se cayera. Si hoy la fiesta brilla con luz propia y es un fenómeno masivo que supera cualquier expectativa, es porque hubo mucha gente que en los momentos duros le puso el hombro para que no se cayera.
Entre los deseos cumplidos también recuerdo una de mis primeras entrevistas en el estrecho camarín del Tinglado Mayor, a Patricio Jiménez, integrante de mi admirado Dúo Salteño, quien por entonces formaba parte de Los 4 de Salta. Con muchos nervios, le consulté si alguna vez volveríamos a verlo con Chacho Echenique para reeditar el más impecable dúo que dio la música argentina. Con una humildad enorme, me respondió: "Y, quién sabe, algún día volveremos". El destino quiso que años después, durante la gestión de mi hermano Ricardo al frente de la Dirección de Cultura de la Provincia, el Dúo Salteño tuviera su histórico regreso nacional en el escenario del Cine Teatro Catamarca.
El Poncho me tuvo en todas las facetas posibles: como público disfrutando mi faceta de melómano, como cronista inquieto, director de televisación, visitante de ranchos y peñas, cuyas anécdotas también son muchas para relatarlas. Solo diré que alguna vez me tocó que, con mi amigo Carpincho Varela, nos dijeran los dueños de un rancho que nos teníamos que ir porque era lunes de madrugada, el Poncho había terminado y que ya tenían que levantar los últimos bártulos que quedaban del rancho, entre ellos, las dos sillas y nuestra mesa. El Poncho era eso también: celebración de la amistad.
También pisé el escenario mayor, una vez como glosista y dos veces como integrante del Coro Universitario. La última vez que estuve allí fue el viernes pasado. Transitar nuevamente por esos pasillos y camarines me produjo un torrente de nostalgia, afecto y profundo agradecimiento por todo lo vivido.
El festival tuvo sus años de gloria y también sus momentos difíciles, de vacas flacas y debates inciertos. Mudarse al actual Predio Ferial en 2007 generó no pocas resistencias, con voces que rezongaban diciendo que "quedaba lejos". Qué lindo es comprobar hoy lo lejos que quedaron aquellas críticas. Si hoy la fiesta brilla con luz propia y es un fenómeno masivo que supera cualquier expectativa, es porque hubo mucha gente que en los momentos duros le puso el hombro para que no se cayera: servidores públicos, artesanos, hacedores culturales, funcionarios y, en mi caso, un periodista que intentó reflejar con cariño, respeto y honestidad cada copla y cada abrazo.
En este marco de recuerdos, dedico también un saludo a la memoria de mi querido amigo Juan Carlos Ridulfo, compañero de infinitas noches de festival y otro infaltable cronista de la Fiesta Nacional del Poncho, como nos gustaba nombrarla.
Me reconforta saber que, en cada página impresa, en cada archivo de memoria y en el inmenso crecimiento de esta fiesta que hoy admira el país, hay una partecita de mi vida enhebrada para siempre en la trama de la celebración más grande de nuestra tierra.
(*) Periodista, ex responsable de la sección Cultura y Espectáculos de El Ancasti
Fuente: El Ancasti
- #cultura
- #algo
- #memoria
- #como
- #testigo
- #parte
- #poncho
- #que
- #agiganto
- #n618264
- #catamarca

