Anabella Acosta: 161 días de aprendizaje a bordo de la Fragata Libertad
Anabella Acosta regresó a Argentina tras 161 días en la Fragata Libertad. La misionera contó sus aprendizajes y sus próximos objetivos.

Ya pasó más de una semana desde que Anabella Nazareth Acosta volvió a pisar tierra argentina después de 161 días a bordo de la Fragata Libertad, pero la emoción y la convicción cuando habla de ese viaje todavía no se apagan.
La joven misionera, oriunda de Concepción de la Sierra, había embarcado el 11 de abril como guardiamarina en comisión para realizar el 54° Viaje de Instrucción a bordo de la embarcación argentina, que recorrió puertos de toda América en seis meses de navegación.
Ese tiempo, lejos de casa pero cargado de aprendizaje, le permitió cumplir el objetivo con el que había embarcado, el mismo que la llevó con apenas 18 años a trasladarse a Buenos Aires para ingresar a la Escuela Naval Militar: crecer.
"Yo subí como guardiamarina en comisión y cada día esperaba achicar esa brecha con la realidad de querer ser un oficial de la Armada. Todo lo que pude hacer me ayudó a crecer y eso es lo que siempre traté de hacer en cada pequeña oportunidad que la Armada nos va dando en estas comisiones, estos viajes", aseguró Anabella, hoy con 22 años cumplidos.
Cuando embarcó, también tenía claro que quería aprender. La joven se está formando en la especialidad de Intendencia y contó que pudo conocer desde adentro cómo funciona la Fragata y compartir tareas con personal de distintas áreas. "Uno realmente siente como cada partecita es importante para que todo cumpla lo que tiene que cumplir. Eso me fascina", resumió.
Durante esos 161 días, además conoció nuevas culturas y el mar de un color azul que nunca había visto. También llegó a puertos donde los recibían veleros y embarcaciones de otros países. Pero en todo el viaje, solamente en uno confesó que escucharon que los acompañaban mientras entonaban el grito "Argentina" cuando llegaban: el Apostadero Naval de Buenos Aires, la señal que les marcó que ya habían regresado a casa.
Una de las experiencias que le dejó el viaje a Anabella fue la instrucción sobre la especialidad que eligió hace ya algunos años, inspirada en la figura de Benito Goyena: la Intendencia, que se encarga de administrar todos los recursos que necesita una unidad naval para funcionar.
En la práctica, contó que aprendió "mucho sobre lo que es logística, cómo la fragata se fue reabasteciendo a lo largo del viaje, y cómo un jefe maneja no solo al personal sino también al material". Otros compañeros se formaron en comunicaciones, navegación y otras áreas del buque.
Esas tareas específicas a los guardiamarinas les sirven como prácticas profesionales, pero también tienen clases académicas y de maniobras de vela. En el caso de Ana, explicó que esa convivencia entre teoría y práctica le permitió conocer desde adentro cómo funciona la fragata.
"Estando en el buque y viendo desde cero todas las maniobras, las velas, cómo funciona la máquina, el puente de comando, uno realmente siente como cada partecita es importante", contó.
La rutina a bordo empezaba a las 6 de la mañana, con la formación en la cubierta "si las condiciones climáticas lo permitían", y después seguían las clases y las prácticas específicas de cada comisión, además de las guardias.
A la tarde llegaba el trabajo con las velas y el "arrancho", las tareas dedicadas al orden del barco: limpiar cubiertas y pasillos, amarrar objetos sueltos, herramientas y equipos para que no se muevan ni se rompan con el movimiento del mar, o dejar el barco cerrado herméticamente si se pronostica mal tiempo. Después, tenían tiempo para hacer deporte, estudiar, leer o simplemente descansar.
Ana definió que el clima era de aprendizaje generalizado: "Aprendíamos todos, desde el primer cabo hasta el señor comandante, porque cada día uno va teniendo desafíos nuevos por más que tenga experiencia en la carrera", dijo.
Por eso, consideró que se quedó con otra enseñanza "en cuanto al personal, lo importante que es la conducción".
"Seis meses arriba de un buque requieren un buen oído y una buena capacidad de diálogo con las personas que nos rodean", profundizó sobre esa otra parte que hizo funcionar a la fragata.
La otra parte del viaje que Anabella recordó especialmente fue el tiempo en cubierta, cuando podía mirar el mar sin tener delante la costa ni otra referencia más que el horizonte. Contó que siempre le gustó el azul y desde chica tenía interés por la navegación a vela, pero fue durante su formación cuando pudo conocer realmente el mar.
"Cuando estábamos a gran distancia de lo que es la costa, no puedo explicar lo hermoso que es ver el mar. Tiene un color muy intenso, ninguna ola es igual que la anterior. El sol, los amaneceres y los atardeceres son hermosos", recordó sobre el paisaje que se convirtió en su postal favorita.
El viento completa cómo sentía ella esa imagen: "Cerrar los ojos y lo único que se escucha son las olas y lo único que se siente es el viento. A mí eso me da paz", dijo Ana. Por eso, en los días difíciles o cuando se sentía cansada, esa experiencia era el motor que le daba fuerzas para seguir.
Otra postal que se guardó del viaje fue la llegada a un puerto de Estados Unidos, en Nueva York, que la siguió desde las ventanas "ojo de buey" de la embarcación. "Estuvimos rodeados de veleros de todo el mundo, de personas que eran diferentes a nosotros, porque eran otras armadas, otros idiomas, otras culturas, pero todos éramos marinos. El mar une cosas que es difícil de explicar", sostuvo sobre ese día.
En cada desembarco o navegación conjunta aseguró que sintió bien de cerca ese espíritu de camaradería, porque "era muy bonito ver que a veces no necesitábamos hablar (el mismo idioma), era cruzar dos o tres palabras y esa hermandad que genera el mar", indicó la joven.
Sin embargo, eso nunca le significó dejar de lado que estaba representando a Argentina, algo que definió como una de sus pasiones. "Las personas que nos visitaban preguntaban qué era la Fragata Libertad, por ahí muchos la veían como algo turístico, algo que subían, recorrían y se iban. Pero es un pedazo de patria flotante. Es un pedazo de Argentina que transmite un mensaje de paz, cumple una función de formación. Y eso era lindo transmitirlo", explicó Ana.
Entre todos los espacios de la Fragata Libertad, el trinquete (el mástil ubicado en la parte delantera) es el que más guarda en sus recuerdos: fue ahí donde más trabajó y donde encontró la tercera escena que conserva como postal favorita: el atardecer visto desde la proa, con el sol frente a ella, el barco y el espacio de trabajo alrededor.
Los últimos días del viaje estuvieron cargados de expectativa por el regreso a Argentina. Ana recordó que quería volver a encontrarse con su familia "para contarles que lo logré, que terminamos el viaje, que salió todo bien y que crecí y ya estoy lista para, al menos intentar, dar lo mejor de mí como un futuro oficial de marina", aseguró.
Es que la convicción profesional de Anabella, como su madre ya había contado y ella misma repite, no tiene límites. Estos meses de entrenamiento le sirvieron para "achicar" la distancia hacia la oficial de Marina que quiere ser, pero no fueron el final.
"Mi idea es conocer la Antártida. Yo pedí para embarcarme en el rompehielos Irizar. Si no se llega a dar eso, seguir navegando en los mares argentinos. Seguir estudiando idiomas, que vi que son de utilidad. Y jamás dejar de aprender. Cuando uno tiene la curiosidad, las ganas y después asimila todo lo que aprende, no tiene límites y ver eso es hermoso", compartió sobre sus próximos pasos de vida.
Ana y la tripulación de la fragata se encontraron con el sentimiento de llegar a casa mucho antes de volver a pisar tierra nacional.
Estando a metros del Apostadero Naval, contó que "los padres empiezan todos juntos a cantar 'Argentina, Argentina'. Y se sintió muy cálido, como que estábamos en casa. En los otros puertos, éramos nosotros, la tripulación del buque, los que gritábamos Argentina cuando llegábamos a puerto. Ahora lo completaron desde el otro lado".
En el lugar la esperaban con pancartas y carteles, tal como el día que se fue, sus padres, su hermano, su abuela y amigos de su etapa en el Liceo y los que hizo en Buenos Aires.
Entre ellos estaba Daniela, la amiga a la que en 2021 Ana le cedió su viaje en la fragata "para verla sonreír de nuevo" después del fallecimiento de su padre. Con la foto del abrazo entre ambas, aseguró que "cerramos ese ciclo de fragata para las dos".
Fuente: Primera Edición
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