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Aprendamos a quejarnos menos y agradecer más

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Por Ligia Dione Miralles5 min de lectura
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Aprendamos a quejarnos menos y agradecer más
Aprendamos a quejarnos menos y agradecer más · Foto: El Tribuno de Jujuy

Hay días en los que pareciera que tenemos una facilidad enorme para encontrar aquello que nos falta, lo que salió mal, lo que no nos gusta, lo que alguien hizo o dejó de hacer, lo que esperábamos y no sucedió, y casi sin darnos cuenta comenzamos a llenar nuestra conversación interna de quejas. Nos quejamos del clima, del tránsito, de los precios, de la gente, de la familia, del trabajo, de la pareja, de los hijos, de los años que pasan, de aquello que tenemos que hacer y hasta de aquello que no podemos hacer. Y muchas veces olvidamos algo esencial, que también existen razones para agradecer.

No se trata de negar las dificultades, de fingir que todo está bien cuando no lo está, ni de obligarnos a sonreír cuando tenemos ganas de llorar. Se trata de aprender a mirar nuestra vida de una manera más completa, entendiendo que una dificultad puede coexistir con muchas cosas buenas que, por estar demasiado pendientes de lo que nos falta, dejamos de ver. Al principio aparece como una manera de expresar nuestro malestar, pero cuando se vuelve permanente comienza a ocupar demasiado espacio y puede transformarse en una forma de mirar la vida.

La queja muchas veces solamente consigue que volvamos una y otra vez al mismo lugar emocional. Por eso, quizás sea bueno preguntarnos cuánto tiempo de nuestro día dedicamos a quejarnos y cuánto dedicamos a reconocer aquello que sí tenemos. Porque agradecer no significa desconocer lo que duele, sino ampliar la mirada. Podemos estar atravesando un momento difícil y, al mismo tiempo, tener alguien que nos quiere, una casa donde descansar, una conversación que nos hizo bien, un café o un mate compartido, una canción que nos emocionó, un cuerpo que nos permite caminar, la posibilidad de aprender, de cambiar, de volver a empezar.

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A veces esperamos que sucedan grandes cosas y no advertimos que la vida está llena de pequeños regalos cotidianos. Abrir los ojos por la mañana, respirar, sentir el sol sobre la piel, escuchar una voz querida, poder abrazar, caminar, mirar el cielo, preparar una comida, recibir un mensaje, reírnos por alguna tontería, tener un recuerdo bonito, disponer de unos minutos de silencio, son experiencias sencillas que pueden parecer insignificantes hasta que un día dejamos de tenerlas.

La gratitud nos invita a detenernos y reconocerlas. Muchas veces vivimos esperando el próximo acontecimiento para sentirnos felices. Pensamos: cuando termine este problema estaré bien, cuando tenga más dinero estaré tranquila, cuando llegue ese viaje disfrutaré, cuando esa persona cambie podré sentirme en paz. Y mientras esperamos, dejamos pasar el presente. La gratitud, en cambio, nos devuelve al ahora. Nos pregunta qué hay en este momento que merece ser reconocido. No hace falta tener una vida perfecta para agradecer.

Agradecer cuando todo sale bien es sencillo; encontrar algo valioso cuando atravesamos una dificultad requiere una mirada diferente. No se trata de agradecer el dolor, la pérdida o la injusticia, sino de descubrir qué podemos rescatar de lo que estamos viviendo: una fortaleza que no sabíamos que teníamos, una persona que estuvo a nuestro lado, la capacidad de poner un límite, la valentía de pedir ayuda, la posibilidad de comenzar nuevamente.

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También podemos preguntarnos qué hay detrás de nuestras quejas. Porque algunas veces la queja es la expresión de una necesidad que no estamos sabiendo comunicar. Nos quejamos de que nadie nos ayuda cuando quizás necesitamos pedir ayuda. Nos quejamos de que nadie nos escucha cuando quizás necesitamos expresar claramente lo que sentimos. Nos quejamos de que los demás no nos valoran cuando tal vez hemos olvidado valorarnos nosotros mismos. Nos quejamos de que nunca tenemos tiempo cuando quizás necesitamos aprender a establecer prioridades.

Cambiar la queja por una pregunta puede ser un ejercicio transformador: ¿qué necesito?, ¿qué puedo hacer?, ¿qué está bajo mi control?, ¿qué necesito aceptar?, ¿qué puedo aprender de esto? Porque cuando todo depende de lo que hagan los demás, quedamos atrapados esperando. En cambio, cuando empezamos a preguntarnos qué podemos hacer nosotros, recuperamos movimiento. Una persona se queja, otra agrega algo, alguien recuerda una situación peor y, sin darnos cuenta, terminamos construyendo entre todos, un escenario donde parece que nada funciona. Esto no significa que debamos callar nuestros problemas. Hablar es necesario. Compartir lo que sentimos puede aliviar y ayudarnos a encontrar soluciones. La diferencia está en no quedarnos instalados en la queja.

Tal vez podamos empezar con algo muy sencillo: durante algunos días, prestar atención a nuestras palabras. No para juzgarnos, sino para observarnos. ¿De qué me quejo más? ¿Cuántas veces repito la misma queja? ¿Qué hago después de quejarme? ¿Encuentro una solución o vuelvo a hablar de lo mismo? No siempre encontraremos una respuesta inmediata, pero el simple hecho de cambiar la pregunta ya modifica nuestra posición frente a lo que sucede.

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Agradecer también implica reconocer a las personas que forman parte de nuestra vida. Decir gracias, abrazar, valorar, reconocer un gesto, expresar cariño, no debería quedar para ocasiones especiales. Agradecer no elimina los problemas, pero cambia nuestra manera de atravesarlos. Y quizás de eso se trate este aprendizaje: no de dejar de quejarnos completamente, porque somos humanos y necesitamos expresar lo que nos molesta, sino de aprender a no hacer de la queja nuestra manera habitual de vivir. Que podamos quejarnos cuando sea necesario, pero también actuar.

Quizás esta noche, antes de dormir, podamos hacer un pequeño ejercicio: en lugar de repasar todo aquello que salió mal durante el día, detenernos unos minutos y preguntarnos qué tres cosas podemos agradecer. Porque aquello que miramos con atención crece dentro de nosotros. Si alimentamos permanentemente la queja, crecerá el descontento. Si comenzamos a alimentar la gratitud, crecerá nuestra capacidad de reconocer la vida. Y entonces quizá descubramos que no necesitábamos que todo cambiara para sentirnos un poco mejor; quizás necesitábamos aprender a mirar de otra manera. Menos esperar que la vida sea exactamente como queremos, y más agradecer que, aun con sus dificultades, todavía tenemos la posibilidad de vivirla, elegir, aprender, amar y volver a empezar.

Porque agradecer no es conformarse. Agradecer es reconocer. Y reconocer lo que tenemos puede ser el primer paso para vivir con mayor conciencia, con más serenidad y, sobre todo, con un corazón mucho más despierto. Namaste. Mariposa Luna Mágica. (gotasygotitasjujuy@gmail.com).

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Fuente: El Tribuno de Jujuy

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