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Barrio Sol de Mayo, una manzana

Moglia Ediciones. Del libro "Aparecidos, tesoros y leyendas".

Por Enrique Eduardo Galiana6 min de lectura
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Barrio Sol de Mayo, una manzana
Barrio Sol de Mayo, una manzana · Foto: Diario El Litoral

Son nucleamientos urbanos relativamente nuevos, de esos que se van formando en la fragua de la miseria y la pobreza. La orgullosa ciudad colonial, poblada por vecinos de antiguas raíces —según ellos—, no admitía polizones ni colados sobre sus pisos por donde transitaban.El barrio hoy está cerca de la Tipoití y del desaparecido Hipódromo General San Martín, en el cardinal sur. La calle de entrada es Martín Fierro al 100; es colindante a una empresa de fabricación de sodas y aguas en botellones, Krujosky. En esos terrenos adyacentes al río Paraná había viejas quintas o casas de raras fisonomías. Pululaban los duelos y el que moría quedaba a disposición de los carroñeros, sin sepultura; por eso rondan por esos lugares almas en pena, sin conocer su destino: el infierno o el cielo, con la estación intermedia del Purgatorio. Otros simplemente eran víctimas de asesinos que proliferaban por la franja, generalmente montados en caballos hurtados o robados. Nadie duda hoy en día, que los fantasmas pululan por la barriada.Una manzana y media del barrio Sol de Mayo es el lugar identificado con salida al río Paraná. Se llamaba, como hasta ahora, Quinta Bejarano. El nombre viene de un matrimonio entre la hija de una familia japonesa, dueña originaria del lugar, casada con un Bejarano. Como es más fácil pronunciarlo, quedó sellada así su identificación (posiblemente Chimoneck, uno de los cuales murió asesinado junto al muro). Alrededor de ella, el rancherío y las casas precarias pululaban en una cuadrícula mal trazada. Árboles frutales crecían naturalmente o por las manos de los vecinos voluntarios; algo es algo en la alimentación: nísperos, guayabas, naranjas, pomelos, guapurú, etc. En los bajíos terrosos de pequeñas lagunas se animaban a crecer mburucuyás, bananeros y otras especies de mucha agua. Los pozos de balde abundaban a pesar de la cercanía del río, pues era más fácil tirar la cadena o correa de la roldana que traer los contenedores con el vital elemento (latas, damajuanas, botellones, etc.). Ni hablar de las letrinas que, sin saberlo, contaminaban las capas subterráneas y, a su vez, las fertilizaban.En esa zona se encuentra en ruinas una construcción de rara estructura. Tiene dos o tres sótanos antiguos como el viento. En las paredes cuelgan aún los aros de hierro con colgajos de cadenas en las cuales, dicen los arandúes (sabios), se ataban los esclavos. No está muy lejos del centro; inferimos que era un puerto de entrada y asiento de esclavos, nada menos: dolor sumado al dolor de esa pobre gente. Entre los fantasmas se observan negros, negras y blancas; recuerden que los ingleses los vendían a los irlandeses como cosas en las colonias, no les importaba. Estos adquieren la reencarnación especialmente en noches de tormenta, cuando los truenos reinan junto a los rayos. Un alto porcentaje de esta carga humana moría de hambre, peste o por el maltrato de los esclavistas que vivían en la ciudad patricia, ndayé. Se agregaron, en tiempos no tan lejanos, una pileta y otras construcciones sobre lo soterrado, siniestro. Lo llamativo de la pileta son monedas antiguas colocadas en el lugar; algunas fueron sacadas a golpe limpio. En el sitio se escuchan gemidos de niños sin explicación racional alguna, quejas lejanas de mujeres ultrajadas o, mejor dicho, utilizadas forzosamente: esa era la naturaleza de la esclavitud.Los vecinos de las calles Ciudad de Mercedes y Rojas, que cortan a Martín Fierro, temerosos no pasan en los atardeceres ni por broma por el lugar. Los gritos y chillidos que vienen del sitio son tenebrosos, fuscos; paralizan hasta al más valiente. Llamativamente, en épocas de tormentas o de los famosos cortes de luz actuales, dejan a la vista luces rondar por los patios, con peregrinaciones de muertos. Las grietas de las paredes o muros derrumbados permiten la visión de la romería de espectros ululando una música luctuosa que paraliza la circulación sanguínea hasta del más corajudo.Aseguran que el lugar fue tomado u ocupado por unos japoneses que torturaban gente. Los que morían en la terrible sesión eran sacados por un corto túnel desde la casa hasta el río, adonde iba a parar el cadáver para comida de los peces; su sangre regaba la tierra, quizá su alma quedaba pegada a ella. En esas porciones de terreno no crece ni el pasto.Carruajes antiguos recorrían el trayecto de barro de la calle, llamando la atención de los aterrados habitantes de la vecindad. Uno de ellos, con voz temblorosa, opina:—Yo ni por broma salgo cuando la noche se acerca y el sol esconde sus rayos dorados en el oeste. Patitas, ¿para qué te quiero? Me meto en mi casa, tranco la puerta haciendo sonar la campana de bronce colgada de un horcón, tal como me enseñó un amigo sacerdote. Pongo agua en contenedores porque dicen que los espíritus no se acercan; el agua es sagrada, ¿sabe? Doña Eloísa me dio plantas de albahaca que ahuyentan a los muertos.—¿Y de dónde sacó ese efecto de la albahaca la señora…?—Ella es conocedora de estas cosas. Hasta habla con una mujer que sale a pasear con un vestido blanco trillado y con el pelo alborotado. En sus brazos se observan cicatrices, como de cortaduras. Me dijo que cuando murió Jesús derramó una lágrima en el suelo y allí nació la albahaca. No hay fantasma, alma en pena o espectro que se le resista. Entienda usted que ella, en plena noche oscura, habla con la mujer; se pone lavanda y albahaca mientras lleva una lámpara a kerosene encendida. La muerta le cuenta cosas terribles del lugar que aumentan el pánico vecinal.Otros colindantes, cuando la tarde cae y deben pasar, dan una vuelta para ir a sus casas o se prenden de un rosario y una cruz; van preparados. Aprendieron de doña Eloísa la frase:"No me hagas daño, ¿cómo puedo ayudarte?, ¿qué necesitas?". —Muchos son los que aparecen por estas zonas; los más sufridos, los que no tuvieron tumba, ni misas, ni llantos. Murieron solos, abandonados; sus huesos o están en esa casa o andan por las entrañas del río, pero el espíritu, espectro, fantasma o pora derramó su sangre. Es por eso que voces del ultramundo piden: "Recen por mí, soy Prudencio Escobar…". Cuando me encierro —continúa el vecino, cargado de años— enciendo una vela por los muertos, por si acaso. A veces no me dejan dormir, a pesar de todos los cuidados que pongo; siento pisadas por el techo. Claro, yo ocupo un pedazo del terreno que va para el río. Cuánta sangre se habrá derramado en la tierra.Asombrado, abandono la conversación. Me alejo de la calle Martín Fierro. Espero no traer conmigo algún espíritu, porque a veces tienen la costumbre de querer meterse en el cuerpo de los vivos. No voy tampoco desarmado: llevo algo de metal, de plata, mirra, incienso y una estampa del Gaucho Gil, además de otra de la Virgen de Itatí. Por si acaso nomás.

El lobizón de Empedrado

El lobizón de Empedrado

Fuente: Diario El Litoral

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