Bolsonaro dio el batacazo en Brasil: cara y cruz para Argentina de la posible vuelta de la derecha al gigante sudamericano
Flávio Bolsonaro dio el golpe en Brasil, y se impuso en la primera vuelta de las presidenciales contra todos los pronósticos. Ahora espera el balotaje del 25 de octubre con la seguridad plena de un triunfo definitivo. Cómo impactaría su victoria en nuestro país. ¿Le conviene a Javier Milei?

El sorprendente triunfo de Flávio Bolsonaro en las elecciones brasileras dejó a tiro del balotaje del 25 de octubre un cambio contundente en el rompecabezas político sudamericano, que puede completarse con gobiernos, a excepción de Uruguay, de claro signo liberal.
El candidato del Partido Liberal no logró por poco superar el 50% de los votos y consagrarse en el primer turno. La victoria del aspirante se sostuvo, entre una multiplicidad de factores, en dos pilares sólidos. Uno es el voto del evagelismo, movimiento religoso que representa cerca del 27% de la población de Brasil (más de 47 millones de fieles). Flávio Bolsonaro heredó ese apoyo de su padre, a quien le ayudó a llegar a la presidencia en el 2018, y a pelear hasta el último voto los comicios del 2022. El otro elemento clave fue el comportamiento electoral de los grandes centros urbanos, económica e industrialmente más desarrollados.
Lula se impuso, sin sorpresas, en el humilde nordeste brasilero. Pero Bolsonaro arrasó en los grandes estados. En San Pablo, el challenger celebró un previsible triunfo por aproximadamente 15%, con redondeo de 50% a 35%, y Tarcísio de Freitas, su aliado, obtuvo una cómoda reelección en la gobernación.
La derecha también sumó una amplia ventaja en Río de Janeiro, 14 puntos aproximadamente, y en otro gran estado como Minas Gerais. El caso mineiro, considerado por demás como un "estado testigo" sin fallas desde 1989, es de los más curiosos de la jornada. En 2022, Lula ganó allí el segundo turno por apenas 50,2% contra 49,8% de Bolsonaro, en uno de los resultados más ajustados de aquella elección. Cuatro años después, las primeras tendencias sugieren que el estado vuelve a ser uno de los territorios clave de la disputa, con Bolsonaro aventajando a Lula por 6 puntos.
Un triunfo para recalcular
Si el hijo del ex presidente Jair Bolsonaro, preso por liderar el intento de golpe de Estado del 8 de enero del 2023, triunfa en la segunda vuelta, obligaría a todos los gobiernos de la región a repensar su relación con una de las economías más importantes del mundo. Y ese replanteo debería ser especialmente atendido en nuestro país, primer socio comercial de Brasil.
En el plano estrictamente político y diplomático, es de esperar que los viajes que Javier Milei no realizó a Brasil, y las bilaterales que no sucedieron con Lula, se vuelvan frecuentes.
Milei y un eventual presidente Flávio Bolsonaro compartirían buena parte del lenguaje de la derecha regional, una relación más cercana con el universo político de Donald Trump y una mirada mucho más crítica sobre la izquierda latinoamericana.
Pero entre los dos grandes del Mercosur el dato realmente relevante es el económico. Brasil continúa siendo un mercado decisivo para la Argentina. En 2025, el Gobierno argentino informó que Brasil fue el principal destino de las exportaciones nacionales y destacó, además, los acuerdos alcanzados para potenciar las ventas de gas de Vaca Muerta hacia ese país.
Los datos brasileños muestran que durante enero y agosto de 2026 el intercambio bilateral rozó los 19.000 millones de dólares, soportando una caída interanual de casi el 9%.
No obstante, la coincidencia ideológica no garantiza una sociedad estratégica. Brasil tiene una historia imperial, intereses innegociables, y una política exterior construida a escala de su portentosa capacidad económica.
Lo que en principio aparece para el gobierno argentino como una buena noticia (la simetría ideológica) se puede convertir en un dolor de cabeza si no logra impedir que la cercanía política termine subordinando los intereses comerciales concretos.
El Mercosur sería uno de los principales terrenos de disputa. El bloque acaba de avanzar en el acuerdo interino con la Unión Europea y abrió negociaciones con Japón, mientras Argentina y Brasil continúan integrando sus cadenas industriales y comerciales.
Un gobierno de Flávio Bolsonaro podría impulsar una agenda más proclive a acuerdos comerciales y a una relación estrecha con Estados Unidos, pero eso no significa automáticamente que Brasil abandone el Mercosur ni que acepte sin condiciones la estrategia comercial argentina.
Es cierto que un gobierno brasileño identificado con el bolsonarismo le quitaría a Lula uno de los principales gobiernos de izquierda de la región, y reforzaría el espacio político continental del que Milei forma parte. Entonces, para el oficialismo argentino, Brasil dejaría de ser presentado como el vecino ideológicamente distante para convertirse en un socio gobernado por una fuerza políticamente mucho más cercana.
Esa es la cara, que tiene su cruz.
Milei quizá ya no encontraría la misma respuesta a sus pedidos de ayuda en la Casa Blanca, ya que la mirada de Trump, y su eventual sucesor en 2027, se podrían dirigir mucho más a un Brasil ahora liberal, con reservas cuantiosas que se cuentan por la mitad del PBI argentino, que a un país que, si bien cuenta con importantes reservas naturales que Estados Unidos desea, carece de peso geopolítico para sentarse en una mesa de negociación, resignado más a su condición de partenaire.
Argentina perdería, entonces, su condición de cabeza de playa para el desembarco norteamericano en América del Sur, algo que no comprometió un triunfo, por ejemplo, como el de Abelardo de la Espriella en Colombia. Pero con Brasil es otra cosa.
Los dos gobiernos deberán aplicar la sintonía fina para evitar la paradoja: que la afinidad política choque con la realidad económica.
Argentina no puede reemplazar el mercado brasileño con consignas. Brasil tampoco puede prescindir fácilmente de una relación industrial y comercial construida durante décadas.
La relación podría ser más amigable en lo ideológico, pero su resultado económico y estratégico dependería, como siempre, de algo bastante menos épico: qué decide cada país, que está dispuesto a conceder, y qué pretende obtener a cambio, más allá de las declaraciones elogiosas y el intercambio de premios a uno y otro lado de la frontera.
Fuente: Tiempo de San Juan
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