Borges en Mendoza: el doctorado de la UNCuyo, uno de sus recuerdos más entrañables
La relación del autor de "El Aleph" con nuestra provincia comenzó con una propuesta universitaria que no se concretó, pero que fue sellada con un diploma que atesoró.

La relación del autor de "El Aleph" con nuestra provincia comenzó con una propuesta universitaria que no se concretó, pero que fue sellada con un diploma que atesoró.
Portada del suplemento de Página/12 con Borges en su habitación. Sobre la pared se distingue el diploma del primer doctorado honoris causa que recibió en su vida, otorgado en Mendoza por la Universidad Nacional de Cuyo.
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Jorge Luis Borges imaginó bibliotecas infinitas, espejos inquietantes y laberintos de los que nadie parecía poder escapar. Sin embargo, uno de los vínculos más persistentes de su vida no nació de la ficción, sino de esta provincia al lado de la cordillera. Mendoza fue para él una universidad, varias amistades, una estancia en San Rafael y un reconocimiento que conservó hasta sus últimos años.
La historia comenzó en 1940, cuando la Universidad Nacional de Cuyo apenas daba sus primeros pasos. Edmundo Correas, su rector fundador, buscaba profesores capaces de darle prestigio a la nueva institución. Alguien le habló entonces de un escritor porteño que trabajaba en una biblioteca municipal y había publicado algunos libros singulares.
Correas se reunió con Borges en el City Hotel de Buenos Aires y le ofreció trescientos pesos para hacerse cargo de la cátedra de Literatura Española. El sueldo era muy superior a los ciento ochenta pesos que cobraba como bibliotecario, pero Borges rechazó la propuesta. Alegó que no era catedrático, que no sabía hablar ante un público y que apenas escribía algunas cosas que consideraba insignificantes.
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El rector insistió. Incluso agregó la posibilidad de que dictara Literatura Hispanoamericana. Borges volvió a negarse, convencido de que los estudiantes terminarían silbándolo. Correas le propuso entonces viajar a Mendoza y ofrecer una conferencia de prueba. Al enterarse de que podía llegar en tren, el escritor bromeó sobre la monotonía del paisaje: suponía que durante el trayecto vería cuatro vacas y un caballo y, más adelante, cuatro caballos y una vaca.
Aquel viaje no se produjo, pero Mendoza ya había ingresado en la biografía de Borges.
El vínculo se fortaleció gracias a Félix "Grillo" della Paolera, amigo del escritor desde los años de juventud en Adrogué. Fue él quien lo relacionó con Marcial Tamayo y con el mendocino Adolfo Ruiz Díaz. Ambos publicaron en marzo de 1955 Borges, enigma y clave, uno de los primeros estudios importantes dedicados a su obra.
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El momento no era menor. Borges se había convertido en un conocido opositor al peronismo y respaldarlo públicamente podía tener consecuencias. Por eso, aquel libro fue mucho más que un ejercicio de crítica literaria. También representó una toma de posición en una Argentina donde la política ya atravesaba las universidades, los diarios y hasta las amistades.
Un año después, Mendoza protagonizó uno de los episodios más importantes en la carrera del escritor. El 28 de abril de 1956, la Universidad Nacional de Cuyo le otorgó el primer doctorado honoris causa que recibió en su vida. Borges tenía 56 años y todavía estaba lejos de acumular los innumerables reconocimientos internacionales que llegarían más tarde.
Borges llegó en tren acompañado por su madre, Leonor Acevedo, quien se había convertido en sus ojos a medida que avanzaba la ceguera. En la estación lo esperaban escritores y profesores locales. Algunos lo llamaron "maestro". Durante el acto académico, fue presentado como doctor. Con su habitual ironía, celebró la rapidez con que había progresado desde que puso un pie en Mendoza.
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Detrás de aquella distinción existía también una razón política. Por entonces se cuestionaba que Borges pudiera ocupar una cátedra universitaria debido a que no tenía título académico. El doctorado mendocino resolvió el problema y lo habilitó para enseñar. La Universidad Nacional de Cuyo no solamente reconoció a un escritor: respaldó a un intelectual que había sufrido persecuciones y desplazamientos por sus ideas.
Durante esa visita ocurrió, además, un encuentro memorable para la literatura argentina. Antonio Di Benedetto, que tenía 34 años y todavía no había publicado Zama, entrevistó a Borges para Los Andes. La nota apareció el sábado 28 de abril. Dos años después, Borges lo invitó a dar una conferencia sobre literatura fantástica en la Biblioteca Nacional. Mendoza había puesto frente a frente a dos escritores fundamentales, aunque uno de ellos todavía aguardaba el reconocimiento que recibiría tiempo después.
Borges regresó a la provincia en otras oportunidades. En 1965 fue entrevistado por Rodolfo Braceli para este diario. Aquella conversación se tituló "Un reportaje-novela a Jorge L. Borges" y terminó convirtiéndose en el germen de Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo, publicado en 1979.
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Jorge Luis Borges, durante su encuentro con Rodolfo Braceli en Mendoza, en una entrevista publicada por diario Los Andes.
En julio de 1969 volvió acompañado por su primera esposa, Elsa Astete Millán. Dictó entonces dos conferencias: "La pintura y las letras" y "El compadrito". Ya no era el hombre que en 1940 temía ser silbado por los alumnos. Para entonces, su ceguera era casi completa y su voz había adquirido aquella cadencia pausada con la que podía conducir a un auditorio desde las antiguas literaturas germánicas hasta los cuchilleros de Palermo.
El sur mendocino ocupó un lugar especial dentro de esta relación. En San Rafael visitó la histórica casona de Los Álamos, propiedad de su amiga Susana Bombal. Allí, entre jardines, árboles y viejas galerías, Borges encontró un paisaje cercano a sus obsesiones. Tras la muerte de la escritora le dedicó un poema en el que la imaginó perdurando en la música, los espejos de agua, las espadas y los jardines. Con el tiempo, la finca sumó un laberinto vegetal en su homenaje.
Quizás la imagen más conmovedora sea también la más sencilla. En una fotografía tomada durante la vejez de Borges puede verse su austera habitación. Cerca de la cama, junto a un tigre de porcelana, permanecía colgado el diploma entregado por la Universidad Nacional de Cuyo. Habían pasado muchos años y el escritor ya había recibido premios y distinciones en distintas partes del mundo. Sin embargo, conservaba aquel reconocimiento mendocino en un lugar especial.
El sábado 28 de abril de 1956, Los Andes publicó una extensa entrevista de Antonio Di Benedetto a Jorge Luis Borges, quien se encontraba en Mendoza invitado a las Jornadas de Cultura Británica. Ese mismo día, poco antes del mediodía, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo le entregaría el título de doctor honoris causa.
Borges habló de una cultura nacional que aún debía recuperarse después de los años de restricciones políticas. "No hay método. Será parte de la convalecencia del país", respondió. Para él, la libertad era la condición indispensable para que quienes quisieran trabajar por "la verdadera cultura" pudieran hacerlo.
La entrevista también dejó una de sus frases más filosas sobre la lectura: "Antes había menos libros y podían ser releídos. En lugar de un lector que leyó cinco veces un libro, ahora hay un lector que leyó cinco libros". Borges lamentaba una lectura sin profundidad, hecha de "comentarios y comentarios de comentarios".
Di Benedetto le preguntó además por los jóvenes escritores, las influencias extranjeras y la literatura argentina. Borges rechazó el proteccionismo, defendió una literatura "hospitalaria" y sostuvo, sin falsa modestia, que la Argentina era "el país de lengua española en que se produce mejor literatura, sin excluir a España". Ya afectado por la ceguera, contó que escribía textos breves que pudiera dictar: una nueva etapa comenzaba para él.
Fuente: Los Andes
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