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Brasil entre dos mundos

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Por Alejandro Safarov6 min de lectura
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Brasil entre dos mundos
Brasil entre dos mundos · Foto: El Tribuno de Jujuy

Brasil llegará a las elecciones presidenciales de octubre de 2026 con una disputa que excede la competencia entre dos nombres. Luiz Inácio Lula da Silva buscará un cuarto mandato no consecutivo, mientras Flávio Bolsonaro intentará representar electoralmente el espacio construido por su padre. La inhabilitación de Jair Bolsonaro no eliminó al bolsonarismo: lo obligó a redefinir conducción, herencia política y capacidad de transferencia electoral. La elección será competitiva porque expresa algo más profundo que una alternancia de gobierno: dos maneras de entender el lugar de Brasil en el mundo.

La magnitud del país explica la atención regional e internacional. Brasil no es una economía secundaria ni un actor diplomático marginal. En 2025, su producto interno bruto rondó los US$ 2,28 billones y las proyecciones para 2026 lo ubican cerca de US$ 2,64 billones. Sus exportaciones de bienes alcanzaron US$ 348.700 millones en 2025, el mayor registro anual de su historia. Aunque México continúa siendo el principal exportador latinoamericano por su integración manufacturera con Estados Unidos, Brasil lidera en América del Sur y combina mercado interno, agronegocio, minería, energía, industria, territorio, población y diplomacia.

La economía llega a la elección sin un cuadro de colapso, pero tampoco con una sensación social plenamente favorable al oficialismo, ese matiz será decisivo para Lula. Si el electorado interpreta el momento como estabilidad, empleo y continuidad después de años de tensión política, el Gobierno podrá transformar la economía en argumento de permanencia. Pero si el voto se organiza alrededor del costo de vida, el crédito caro, el endeudamiento familiar, la inflación persistente o la falta de mejora concreta en los hogares, la oposición tendrá margen para discutir el relato oficial. La reelección dependerá menos de los grandes números nacionales que de una pregunta más inmediata: si la recuperación que muestran los indicadores se siente o no en la vida cotidiana.

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Sobre esa base se presentan dos ofertas de inserción internacional. El oficialismo propone continuar una política de diversificación de vínculos, fortalecimiento de los Brics, cooperación Sur-Sur, participación multilateral y búsqueda de autonomía frente a las grandes potencias. Flávio Bolsonaro representa una orientación más cercana al trumpismo, a Israel y a las derechas occidentales, acompañada por una postura crítica frente al progresismo latinoamericano, algunos mecanismos de integración regional y la creciente dimensión política de los Brics.

La política exterior de Lula puede leerse desde la idea de autonomía por diversificación, formulada por Tullo Vigevani y Gabriel Cepaluni. La ampliación de relaciones con China, India, Rusia, África y Medio Oriente no supone necesariamente un alejamiento de Estados Unidos o Europa. La estrategia consiste en multiplicar socios, mercados e instituciones para evitar que una sola relación concentre la capacidad de condicionar decisiones. En esa tradición, la autonomía no significa aislamiento, sino participación internacional sin subordinación automática.

Los Brics ocupan un lugar central en esa orientación. Para el oficialismo brasileño, el grupo funciona como plataforma financiera, comercial, tecnológica y diplomática del Sur Global. También permite reclamar reformas en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, donde Brasil considera insuficiente la representación de las economías emergentes. Sin embargo, los BRICS no son un bloque homogéneo. Sus miembros tienen regímenes políticos, intereses estratégicos y estructuras económicas diferentes. Para Brasil, el espacio no necesariamente representa una alianza contra Occidente, sino una herramienta de negociación en un orden internacional más fragmentado.

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Esa lectura ayuda a entender por qué la idea de una nueva Guerra Fría resulta insuficiente. La competencia entre Estados Unidos y China existe, pero se despliega dentro de una interdependencia intensa. Muchos países mantienen vínculos simultáneos con ambos polos y evitan encerrarse en una sola esfera de influencia. Brasil opera justamente en esa zona: comercia con China, negocia con Estados Unidos, dialoga con la Unión Europea, participa en los Brics y busca preservar margen de maniobra. No tiene poder de superpotencia, pero posee suficiente peso económico, territorial, alimentario, energético y diplomático para moverse entre varios tableros.

El bolsonarismo propone un acento distinto. Su identificación con Donald Trump favorece una mayor proximidad política con Washington, Israel y los sectores conservadores occidentales. Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, esa orientación se expresó en el discurso diplomático, en la confrontación con gobiernos de izquierda y en una menor valoración de ciertos espacios regionales. Sin embargo, esa afinidad ideológica nunca produjo una ruptura comercial con China. La estructura exportadora brasileña impone límites: Beijing sigue siendo decisivo para el agronegocio, la minería, la energía y la infraestructura. Una eventual orientación bolsonarista combinaría alineamiento político con Estados Unidos y continuidad pragmática del comercio con China.

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La proyección bioceánica también adquiere sentidos diferentes. Para Lula, se vincula con integración sudamericana, diversificación logística y acercamiento comercial a Asia dentro de una lectura regional. Para Flávio Bolsonaro, puede adquirir mayor peso como instrumento de competitividad exportadora, crecimiento del agronegocio y ampliación de mercados, sin la misma carga política sobre los mecanismos regionales. En ambos casos, los condicionantes estructurales permanecen: China ocupa una posición central, el agronegocio explica buena parte de las ventas externas y el Centro-Oeste aumenta su importancia productiva y logística; esto último tiene vinculación con el corredor bioceánico de capricornio.

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Las tensiones diplomáticas recientes muestran que la campaña brasileña ya no se juega solo dentro de Brasil. La decisión de Itamaraty de mantener la representación en Buenos Aires bajo un encargado de negocios y los choques con Washington por visas y beneplácitos diplomáticos incorporan la elección a un escenario de presiones cruzadas. La afinidad de Trump con el bolsonarismo y sus gestos hacia Flávio Bolsonaro agregan una dimensión internacional a la campaña. El oficialismo, a su vez, puede presentar esas controversias como parte de una discusión sobre soberanía, autonomía decisoria y defensa de una diplomacia no subordinada.

El contraste de fondo no es entre apertura y aislamiento. Ambas propuestas necesitan un Brasil integrado a los mercados internacionales. Tampoco se trata de elegir exclusivamente entre China o Estados Unidos, porque la economía brasileña ya se encuentra atravesada por ambos vínculos. La diferencia está en la jerarquía asignada a cada relación, en el valor político del multilateralismo, en la interpretación de los Brics y en la manera de combinar identidad ideológica, intereses productivos y autonomía internacional.

Brasil votará entre dos mundos, pero no porque pueda desprenderse de uno de ellos. Votará entre dos formas de administrar una posición inevitablemente compleja: una que busca ampliar márgenes de maniobra mediante la diversificación, y otra que intenta ordenar la política exterior desde una identidad ideológica más cercana a Washington y a las derechas occidentales. La elección definirá un gobierno, pero también enviará una señal sobre el rumbo del principal país sudamericano en un sistema internacional cada vez menos paciente con las ambigüedades.

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(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G. Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).

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Fuente: El Tribuno de Jujuy

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