Calzoncillos bajo tierra: qué revela realmente el experimento
Científicos de Suiza enterraron más de 2.000 calzoncillos de algodón para medir la actividad biológica y la fertilidad de distintos suelos.

A simple vista parece una ocurrencia: enterrar un calzoncillo de algodón, esperar unas semanas y observar cuánto queda de él. Sin embargo, detrás de esa imagen llamativa hay un principio científico bastante más serio. Cuanto mayor es la actividad de hongos, bacterias, lombrices y otros organismos del suelo, más rápido se degrada la celulosa presente en la tela.
Eso es justamente lo que acaba de confirmar a gran escala un trabajo desarrollado en Suiza por la Universidad de Zúrich y Agroscope, el centro federal de investigación agrícola de ese país. En 2021, unos 1.000 voluntarios enterraron más de 2.000 prendas de algodón y 12.000 bolsitas de té en alrededor de 1.000 puntos, entre jardines, campos, praderas y otros usos del suelo. Dos meses después, los materiales fueron recuperados, fotografiados y enviados a laboratorio junto con muestras de tierra.
Los resultados, publicados ahora, mostraron diferencias marcadas según el tipo de uso del terreno. La descomposición fue mayor en jardines privados, donde también se registraron niveles elevados de materia orgánica, mientras que los céspedes mostraron menor actividad. Campos agrícolas y praderas se ubicaron en niveles intermedios.
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La conclusión es sencilla, aunque requiere una aclaración importante: un calzoncillo muy degradado indica que el suelo tiene una actividad biológica intensa, pero no significa automáticamente que sea fértil en todos sus aspectos.
Ese límite ya había sido explicado en agosto a PRIMERA EDICIÓN por un especialista del INTA Cerro Azul, cuando este diario consultó si realmente era posible evaluar un suelo mediante una prenda enterrada. La respuesta fue que sí, aunque con matices.
La degradación del algodón funciona como una suerte de indicador visual de la actividad biológica. Los microorganismos utilizan la celulosa como fuente de alimento y, por lo tanto, cuanto más activa sea esa comunidad, más rápido desaparece el tejido.
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El estudio suizo incluso desarrolló un denominado "índice de ropa interior", basado en el porcentaje de degradación observado después de uno y dos meses. En promedio, las prendas habían perdido alrededor de un 10% de su material al primer mes y más del 50% al segundo, aunque las diferencias entre sitios fueron amplias.
Pero la fertilidad del suelo es más compleja. No depende únicamente de los microorganismos. También intervienen la disponibilidad de nutrientes, el pH, la textura, la estructura, la humedad, la materia orgánica y la capacidad de retener agua, entre otros factores.
Por eso, el método permite obtener una primera aproximación a cómo está funcionando biológicamente el suelo, pero no reemplaza un análisis químico ni físico.
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El propio estudio suizo encontró que, además del tipo de uso, influyeron variables como las concentraciones de fósforo y sodio, el tipo de fertilización, el contenido de limo y, en menor medida, factores vinculados con el agua disponible y el pH.
La elección de ropa interior no tiene un valor técnico especial. Lo importante es que sea de algodón, porque este material contiene celulosa, un compuesto que los organismos del suelo pueden degradar.
De hecho, el mismo principio podría observarse utilizando otros materiales orgánicos, como cartón, una remera de algodón, restos vegetales o determinadas bolsitas de té.
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La particularidad del calzoncillo fue otra: convertir un proceso invisible en algo fácil de observar y comunicar.
La Universidad de Zúrich y Agroscope plantearon el experimento como un proyecto de ciencia ciudadana, precisamente para acercar al público a un ecosistema que normalmente permanece fuera de la vista. Más de la mitad de la biodiversidad mundial se encuentra bajo tierra, según remarcan los investigadores.
El caso adquiere una lectura particular cuando se traslada a Misiones. En la entrevista publicada por PRIMERA EDICIÓN en agosto, desde el INTA Cerro Azul se había explicado que las altas temperaturas y la humedad características de la provincia aceleran los procesos de descomposición de la materia orgánica.
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Eso significa que un ensayo de este tipo podría mostrar una degradación considerable en relativamente poco tiempo, especialmente en suelos con abundante actividad biológica. Sin embargo, esa velocidad no debe confundirse con una garantía de buena conservación.
Misiones combina lluvias intensas, pendientes pronunciadas y suelos que pueden quedar expuestos a procesos de erosión, por lo que la cobertura vegetal y el manejo de la materia orgánica resultan fundamentales.
Un suelo puede tener microorganismos muy activos y, al mismo tiempo, estar perdiendo nutrientes o estructura si permanece desnudo o sometido a malas prácticas de manejo. Ahí aparece quizá la principal enseñanza del experimento: la vida del suelo importa, pero es solo una parte de su salud.
Los investigadores suizos sostienen que el valor del método no reside únicamente en producir datos, sino también en ayudar a comprender que el suelo es un ecosistema vivo.
La experiencia permitió comparar terrenos sometidos a distintos tipos de manejo y mostró que la forma en que se utiliza la tierra puede modificar sustancialmente la actividad de los organismos que viven debajo de la superficie.
Así, un calzoncillo enterrado puede ofrecer una pista bastante elocuente: si desaparece rápidamente, hay una comunidad biológica trabajando intensamente.
Lo que no puede decir, por sí solo, es si ese suelo posee todos los nutrientes necesarios, si está correctamente estructurado o si conservará su productividad a largo plazo.
La imagen resulta curiosa. La conclusión, bastante menos: debajo de cada cultivo, jardín o monte existe una enorme comunidad de organismos cuya actividad es indispensable para sostener el suelo que hace posible la producción de alimentos.
Fuente: Primera Edición
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