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Carlitos, "el marginal"

Explorá la actualidad de la región del Litoral Argentino. Reportajes, noticias y novedades que capturan la esencia única de nuestra tierra.

Por El Litoral7 min de lectura
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Carlitos, “el marginal”
Carlitos, “el marginal” · Foto: Diario El Litoral

A Gabi. 

A Igna.

Por Eduardo Ledesma 

Cada vez que alguien comentaba un chisme político, de los graves pero inchequeables, o de los que dan vergüenza ajena por ciertos y rastreros, él hacía un gesto que aunque repetido, invariablemente terminaba en carcajada. Hacía como que tiraba una granada, se tapaba los oídos con ambas manos y miraba al suelo. Lanzar la bomba sin escuchar el estruendo ni ver el estropicio. La risotada la empezaba él mismo, y daba igual reírse del gesto como de su propia risa, identificable a distancia, porque su alegría desplegada era como un grito que viajaba a todo volumen, pero en oleadas. Subía y bajaba de acuerdo a sus posibilidades pulmonares. He allí su talón de Aquiles, su fragilidad, y también el fundamento de su más viejo apodo: Ventolín.

Carlos siempre tenía una salida: "Estamos bien, pero por suerte, pronto va a cambiar eso". Siempre una anécdota, que mejor si las contaba Dardo. Él solo recordaba el reto de su madre en su larga adolescencia: "Se va por ahí y no sabe volver". Siempre un comentario picante: "Hemos pasado una gran noche, no ha sido esta". Siempre un lugar para recomendar, sea uno para comprar menudencias en El Piso o en el Mercado Municipal, para conseguir un buen zapatero de barrio o para tomar el mejor jerez en Madrid o un vino de ventana en Florencia. Siempre el dato certero de alguien que hizo del periodismo una forma de ver el mundo; de la lectura un hábito sin concesiones y de la noche una aliada vital y necesaria.

A sus 63 años, apilaba madrugadas por el doble. 

-Tenemos que escribirte -solía decirle-, porque tenés más noche que la luna.

-Pero no, por favor, no digas esas zafadurías -respondía pícaro. 

Con Carlos siempre había tema de conversación. La actualidad desde ya. La política, sin dudas, sobre todo los entresijos del poder. Ante el silencio tiraba un tema para el debate o emprendía un monólogo sobre lo que estaba estudiando en ese momento, que bien podría ser el exilio de muchos correntinos, la economía argentina del modelo agroexportador, la vida de los mejores copistas medievales, las pinturas en ladrillo de un artista empedradeño o las novedades musicales o literarias de chicas jóvenes. Para ellas había reservado una grandilocuencia: "Tremenda obra". "Tremenda artista". Tremenda.

Carlos tenía eso: iba y venía de lo sublime canonizado al descubrimiento. Un rato hablaba de pintura y citaba técnicas de Miguel Angel en la Capilla Sixtina y después buscaba y entrevistaba chicos y chicas que daban sus primeras pinceladas. Otro rato hablaba de música y bien podría nombrar maestros de la lírica mundial o a los chamameceros que gestionaron su primera actuación en un festival mediano. A veces indagaba sobre el videoarte y a veces sobre el tejido. A veces hablaba del mármol renacentista y allí nomás, del barro amasado por alfareros paraguayos. O alfareras, pues tenía debilidad por una de ellas: Julia Isidrez.

Carlos sabía de instrumentos precisos que usaban las orquestas clásicas europeas y de la palabra quirúrgica que germina en las metáforas de los grandes poetas itateños. "Cacho" González Vedoya, además de ser su amigo, siempre lo conmovía.

Podía hablar de arquitectura lo mismo que del estado de los caminos rurales después de la lluvia. Podía encontrarle el orígen universal casi que a cualquier cosa, y le gustaba teorizar. La radio le gustaba. La del sonido sin imagen. La de la información, más que la radio televisada minada de opinión. Aunque él mismo opinaba mucho y fuerte, parado firme en sus convicciones. Tan firme que un día su amigo Juanjo lo sorprendió en un extremo y le dijo: "Si vos decís eso, yo parezco zurdo". Las burlas estallaron de inmediato, claro. 

Cada vez que emprendía un proyecto, Carlos hacía intentos de enmarcar su acción en algo más que un compromiso o reacción coyuntural. Anhelaba el tiempo después. Y por eso mismo, por su vitalidad emprendedora en asuntos culturales, por su vasto conocimiento y su experticia, hizo cosas inolvidables, muchas de las cuales fueron efímeras también. Cosas que por supuesto están más allá de una pose en redes sociales, como las que acostumbra la época.

Junto con Gabriela produjo a José Carreras cuando el tenor cantó en Corrientes, por ejemplo, pero también trabajó con sus amigos de toda la vida, los del barrio de la Escuela Regional: el Trío el Laurel de Aldy, Alejandro y Carlos. Tanto trabajó y con tanto éxito, que siempre fue considerado "el cuarto Laurel".

Carlos era periodista, de esos de la vieja escuela, de las mesas de redacción, de los que perseguía el dato, amante por igual de la precisión como de la conversación cara a cara con la fuente, de la entrevista como herramienta básica y medular del oficio, de la calle. Y era gestor cultural de los que hoy ya no hay o, en todo caso, de los que hacen falta. No se sentía cómodo con eso de que además era escritor, aunque en efecto lo fuera. 

En realidad, hasta no hace mucho tiempo, él decidió autoimponerse un mote que su centralidad desmentía: se llamaba "el marginal". Largas noches discutimos y nos reímos con la ocurrencia, que tenía más que ver con el margen que con la marginalidad que él sintió después de que varios desalmados lo persiguieran judicialmente al solo efecto de afectar a otros políticamente. Porque a Carlos lo persiguieron y lo lastimaron muchos de los que después, apelando al siga siga, quisieron re-disfrazarse de amigos suyos. Por suerte no les entraba el traje por sus panzas prominentes.

Con Carlos casi que me inicié en el periodismo. Con Carlos íbamos temprano a la mañana a la redacción de un diario en el Chaco allá lejos y hace tiempo. Él manejando su camioneta y yo a su lado, cebando mate, escuchando y aprendiendo.

A Carlos le debo más de lo que él fue capaz de aceptarme nunca como agradecimiento, porque él fue quien vio: quien me vio y entendió lo que hacía, cuando ni en mi vocabulario estaba eso que hoy define lo que hago con el periodismo escrito. Él me alentó a reportear con detenimiento. A escribir a fuego lento. Él me mostró el camino de la crónica y después, con mucha paciencia y cariño, me sacó de los lugares comunes.

Después me enseñó cosas y lugares. Y gente. Mucha gente. 

Gracias a Carlos puedo decir que en mi casa cenaron varios premios Konex, pero también gracias él en esas cenas degustamos lo que hacen manos estereñas o puebleras, cuya ciencia atávica se fragua todavía en fogones que esos cocineros y cocineras heredaron de los primeros hombres.

Carlos Lezcano era Carlos Anibal Lezcano. Nació el sábado 23 de marzo de 1963 y murió este lunes 2 de noviembre, por supuesto, justo en el Día de los Muertos. Para no olvidarlo nunca, pero también, para no causar mayores molestias en nombre de una exclusividad impropia de los marginales.

Hasta no hace mucho, con enorme esfuerzo, conducía el programa "Hoja de Ruta" en el streaming del diario El Litoral, proyecto que emprendimos hace unos años con él, con Belén, Tana y Darío. Además escribía una columna dominical que se fue espaciando conforme avanzaba su enfermedad. 

En el medio, se embarcó en varios proyectos que siguieron la curva de sus posibilidades. El motor fallaba y había que entrar a boxes. Y así anduvo, hasta que no dio más. 

Supo su destino hace unos meses, cuando se le declaró un cáncer en el órgano más frágil de su cuerpo. Su pulmón lo condenó, aún joven y lúcido, y entonces se preparó para combatir hasta el final. Peleó con uñas y dientes por aferrarse a la vida. Era conmovedor ver cómo negociaba con sus fuerzas por un día más, por un café más, por un viaje más, por un libro más, por una comida más, por una copita más, por el solo acto de compartir.

Carlos tuvo y tiene muchos amigos y amigas. Con cada cual tejió un sinfín de historias y atesoró cantidades varias de recuerdos. Experiencias buenas y de las otras. Fue muy generoso con mucha gente. Lo fue con nosotros, sus compañeros de este último tramo. Lo fue conmigo hace tiempo, lo fue con mi familia.

Ahora se fue y deja un vacío. También un enorme legado.

A mi, Carlitos, el pecho ahora se me anuda y las palabras se me tropiezan. Me quedan nítidas, eso sí, las charlas diarias en nuestra oficina a cielo abierto en la vereda del diario, las caminatas al pie de los volcanes, aquel viaje a los lagos, al mar, a las casas de Neruda; aquel precarnaval en Esquina, las mil y una noches en Caá Catí. Me queda tu último regalo, que espero me marque el camino. El chamamecito que te canté en la guitarreada improvisada de tu casa, la conversación del jueves y ese deseo inconsciente tuyo de la última cena que por ahora no será posible. Nos vemos a la vuelta hermano. Que descanses en paz.

Fuente: Diario El Litoral

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