Cassandra apuesta contra la IA
Por Alicia Bañuelos.

Michael Burry no necesita presentación, pero la tiene: es el médico devenido inversor que en 2007 apostó contra el mercado inmobiliario estadounidense cuando todos le decían que estaba loco, ganó cientos de millones y terminó interpretado por Christian Bale en The Big Short.
Warren Buffett lo apodó "Cassandra" ante la comisión que investigó la crisis financiera, en junio de 2010: la sacerdotisa troyana condenada por Apolo a profetizar desastres que nadie le creía. Burry adoptó el mote con gusto: su cuenta de X se llama Cassandra Unchained (@michaeljburry) y el sitio donde hoy publica sus posiciones casi en tiempo real lleva el mismo nombre.
Desde fines de 2025, su desastre profetizado es uno solo: la inteligencia artificial. O más precisamente, la montaña de dinero que la financia.
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Las posiciones son públicas y no son tímidas, y todas apuntan para el mismo lado: abajo. Burry usa dos herramientas. Una son los puts, contratos que valen más cuanto más cae una acción: en la práctica, un seguro contra la baja que se compra barato y paga mucho si el derrumbe llega. La otra es la venta en corto: pedir prestadas acciones, venderlas hoy y recomprarlas más adelante; si para entonces bajaron, la diferencia es ganancia.
Con esas dos herramientas armó su lista. Compró puts contra Nvidia y Palantir, las dos acciones emblema del rally de la IA. Y vendió en corto casi todo el resto del ecosistema: Micron, que fabrica las memorias de los data centers; Oracle, que alquila capacidad de cómputo; Tesla; y Caterpillar, que vende las máquinas con que esos data centers se construyen, un corto que abrió en junio después de que la acción subiera 86% en el año.
Por si algo se le escapaba, también apostó contra dos canastas enteras de acciones: el SOXX, que agrupa a los fabricantes de semiconductores, y el QQQ, que reúne a las cien mayores empresas del Nasdaq. A fines de julio, lejos de retirarse, amplió esas posiciones. No es una jugada contra una empresa: es una jugada contra un sector entero y contra la lógica que lo sostiene.
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¿Y cómo le va? Como un partido de tres tiempos. El primero lo perdió: compró a fines de 2025 y Nvidia y Palantir siguieron subiendo como si nada; él mismo lo admitió en X con una imagen de Christian Bale tirado en el piso entre papeles: "yo entonces, yo ahora". La aclaración que siguió es puro Burry: aquella vez funcionó, esta también va a funcionar. El segundo tiempo lo fue ganando: en lo que va de 2026.
Palantir cayó cerca de 30%, Oracle vale la mitad que en su mejor momento y Tesla también retrocedió, aunque Nvidia siguió subiendo y Micron, su apuesta más nueva, se triplicó en su contra. Y el tercer tiempo arrancó con una trompada: el 4 de agosto, Palantir presentó un balance mejor de lo esperado y saltó casi 30% en un solo día, devorándole buena parte de lo ganado. El problema de Cassandra nunca fue equivocarse; fue el timing.
Lo interesante no es que Burry crea que Nvidia está cara. Eso lo cree medio mercado y lo disimula el otro medio. Su argumento es estructural y tiene tres pisos.
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Primero: la demanda no viene de donde parece. Burry sostiene que buena parte de la demanda actual y futura de chips no la generan clientes finales pagando por un servicio, sino un entramado de financiamiento cruzado: empresas del ecosistema que se financian entre sí, con compromisos fuera de balance y sin divulgar, en lo que describe como un arreglo circular donde los ingresos futuros de unos son las inversiones presentes de otros. Como respaldo cita nada menos que el informe anual 2026 del Banco de Pagos Internacionales, que advirtió sobre lo mismo con lenguaje de banquero central. Cuando A le compra chips a B, B invierte en C y C le alquila capacidad a A, el crecimiento de los tres puede ser el mismo dólar contado tres veces.
Segundo: la contabilidad ayuda a que no se note. Burry viene señalando una maniobra tan vieja como efectiva: estirar la vida útil contable de los activos para achicar la depreciación anual e inflar las ganancias. Su punto es que los chips y servidores de IA tienen ciclos de producto de dos o tres años (Nvidia saca arquitectura nueva casi anualmente), pero las empresas que los compran los amortizan como si duraran mucho más. Si el activo se vuelve obsoleto antes de lo que dice el balance, las ganancias de hoy están prestadas del ajuste de mañana.
Tercero, y este es el piso nuevo: el riesgo ya se mudó a un lugar donde casi nadie lo está mirando. Es la parte más 2008 de toda la tesis, y conviene seguirla despacio porque es una cadena de cuatro eslabones.
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Eslabón 1: en los últimos años, grandes fondos de inversión compraron aseguradoras, las compañías que guardan los ahorros de la gente para pagarle el día de mañana la jubilación o el seguro de vida.
Eslabón 2: esos fondos pusieron la plata de las aseguradoras, la que respalda las pólizas, en lo que la jerga financiera llama crédito privado: préstamos que no pasan por los bancos, no cotizan en ninguna bolsa, no se pueden vender de un día para el otro y cuyo valor real nadie conoce hasta que alguien intenta venderlos.
Eslabón 3: ¿y qué respalda, cada vez más, el pago de esos préstamos? Contratos de alquiler de data centers y chips de IA. Dicho de otro modo: la jubilación de un maestro de Ohio depende, sin que él lo sepa, de que un data center de Texas siga consiguiendo clientes.
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Eslabón 4: el que cierra el circuito: si el negocio de la IA decepciona, los alquileres dejan de pagarse, los préstamos pierden valor y el golpe llega derecho a las aseguradoras. Y como el Estado suele salir a rescatarlas para que la gente no pierda sus pólizas, la cuenta final la paga el contribuyente. La fiesta es privada; el garante es público.
¿Qué puede encender la mecha? Las tasas de interés altas por más tiempo. Todo este esquema se armó cuando la plata era barata y endeudarse costaba poco. Hoy el bono del Tesoro estadounidense a 10 años, la inversión más segura del mundo, paga 4,6%, y esta semana tocó 4,75%, su máximo en 18 meses. Eso golpea dos veces: renovar las deudas del circuito sale cada vez más caro, y al mismo tiempo prestarle a ese circuito pierde la gracia, porque ¿para qué financiar data centers a través de un fondo opaco si el Estado americano te paga casi lo mismo sin ningún riesgo?
A fines de julio posteó dos gráficos de Bloomberg con una frase seca: el mercado ya votó. Mostraban que las tecnológicas que más gastan en IA vienen restándole retorno al S&P 500 desde junio, mientras Apple, la que menos gasta, gana: los inversores empezaron a castigar el gasto en lugar de premiarlo. Señaló además que los seguros contra un default de la deuda de Nvidia suben en forma "parabólica". Y esta semana, con el balance de Palantir en contra, redobló: la fiebre del oro de hoy puede dejar los "pueblos fantasma" de mañana, advirtió, y no descartó una caída "tipo 1987". Mientras tanto, roló parte de sus puts de Nvidia a junio de 2027. No se baja; se da más tiempo.
Del otro lado está casi todo Wall Street: Dan Ives insiste en que el boom de inversión sigue a toda máquina, y Michael Wilson, de Morgan Stanley, ve márgenes mejorando en las empresas que adoptan IA, no solo en las que la venden. Los balances les vienen dando munición: el salto de Palantir del 4 de agosto fue eso, un resultado mejor de lo esperado aplastando a los bajistas. Ahí está el nudo: Burry puede tener el diagnóstico correcto y el calendario equivocado. Le pasó con la propia crisis subprime, tuvo razón pero casi funde el fondo esperando que el mercado se la diera. Un short no paga por tener razón; paga por tener razón a tiempo.
Sus tres argumentos no requieren creer que la IA es humo: apenas aceptar que la tecnología puede ser revolucionaria y su financiamiento, insostenible, al mismo tiempo. Internet era real en 2000; el Nasdaq igual tardó quince años en recuperar su máximo.
La pregunta que deja Burry no es si la IA funciona. Es quién paga la fiesta, con qué plata, y qué pasa con los garantes si la música se detiene. Cassandra, conviene recordarlo, tenía solo un problema de credibilidad
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Fuente: El Diario de la República
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