Catriló: el director de Cultura cuestionó a diputada por sus dichos sobre un coro infantil
El director de Cultura local, Alejandro Matos, difundió una carta abierta dirigida a la diputada nacional María Luisa González Estevarena (...

El director de Cultura local, Alejandro Matos, difundió una carta abierta dirigida a la diputada nacional María Luisa González Estevarena (LLA), a quien cuestionó por haber calificado como "kukitas" al Coro Nacional de Niños.
Matos, que también es director del Coro Polifónico Catriló, consideró que la expresión representa una falta de respeto hacia los niños que integran la institución y hacia sus seis décadas de trayectoria cultural. Señaló que las diferencias políticas pueden debatirse, pero sostuvo que "los niños no son kirchneristas, libertarios, peronistas, radicales ni 'kukitas'".
Además, planteó que cualquier cuestionamiento a las políticas culturales debe realizarse con argumentos y advirtió sobre la responsabilidad institucional de quienes ocupan una banca en el Congreso.
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La carta abierta de Matos.
Señora diputada María Luisa González Estevarena: Hay palabras que revelan más de quien las pronuncia que de aquello que pretenden descalificar.
Llamar "kukitas" al Coro Nacional de Niños no es una ocurrencia graciosa, ni una simple chicana política, ni una expresión inocente lanzada al calor de una discusión. Es una muestra de una preocupante pobreza conceptual y, sobre todo, de una falta de respeto inadmisible hacia una institución cultural y hacia los niños que la integran", señaló Matos.
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Usted no estaba hablando de un grupo político. No estaba cuestionando a un funcionario. No estaba criticando una decisión administrativa. Estaba hablando de niños que cantan. Niños que estudian. Niños que ensayan. Niños que dedican horas a aprender música, disciplina, escucha, trabajo colectivo y sensibilidad artística. Niños que, mucho antes de comprender las miserias de las disputas partidarias, aprendieron a encontrarse con otros a través de la música.
Y detrás de ellos existe una institución con seis décadas de historia. Sesenta años de trabajo, formación y construcción cultural que no pueden ser reducidos a una etiqueta despectiva porque a una diputada no le guste una determinada orientación política, una gestión o una circunstancia vinculada al organismo.
El Coro Nacional de Niños no nació ayer ni nació para acompañar a un gobierno de turno. Su trayectoria pertenece a la cultura argentina. Pertenece a generaciones de niños, maestros, directores, músicos, familias y trabajadores que hicieron posible que esa institución perdurara durante décadas.
Por eso su expresión resulta especialmente repudiable.
Porque cuando desde una banca del Congreso se utiliza una palabra despectiva para referirse a una institución artística integrada por niños, el problema deja de ser solamente político. Es también una cuestión de responsabilidad institucional y de calidad humana.
Usted ocupa una banca de la Cámara de Diputados de la Nación. Y una banca parlamentaria no es un escenario para el desprecio permanente ni una licencia para convertir cualquier diferencia en una descalificación.
La política puede ser dura, el debate puede ser feroz, las diferencias ideológicas pueden ser profundas.
Pero hay límites que una sociedad civilizada no debería cruzar.
Y uno de esos límites es utilizar a los niños como objeto de una disputa política.
Si tiene cuestionamientos respecto de la administración del Coro Nacional de Niños, de las políticas culturales, del financiamiento, de sus autoridades o de cualquier otra cuestión institucional, tiene todo el derecho —y hasta el deber— de plantearlos. De hecho, la propia Cámara de Diputados ha tratado durante 2026 asuntos relacionados con la situación del Coro Nacional de Niños en su Comisión de Cultura.
Pero discutir políticas públicas exige argumentos.
Descalificar niños exige otra cosa: exige explicar qué se ha perdido en el camino.
Porque una cosa es cuestionar una política cultural y otra muy distinta es despreciar aquello que esa política debería proteger.
Resulta particularmente paradójico que quienes ocupan cargos públicos hablen permanentemente de libertad, esfuerzo, mérito, educación y oportunidades mientras utilizan términos despectivos para referirse a jóvenes que precisamente están haciendo aquello que una sociedad debería estimular: estudiar, esforzarse, formarse y cultivar un talento.


¿Qué mensaje se les está dando? Que cantar es motivo de burla? ¿Que formar parte de una institución cultural puede convertir a un niño en blanco de una disputa partidaria? ¿Que cuando un artista, un músico o un trabajador de la cultura no encaja en determinada mirada ideológica merece ser etiquetado y ridiculizado?
Eso no es libertad. Eso es desprecio. Y el desprecio, venga de donde venga, no puede convertirse en una política cultural.
Usted puede tener todas las diferencias ideológicas que quiera con quienes trabajan o trabajaron en el Coro Nacional de Niños. Puede cuestionar al Estado, al Ministerio de Cultura, a sus funcionarios o a sus políticas. Puede defender una concepción completamente diferente de la cultura.
Pero los niños no son "los otros". No son kirchneristas. No son libertarios. No son peronistas. No son radicales. No son "kukitas". Son niños. Y merecen algo mucho más grande que nuestra política partidaria: merecen respeto.
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Fuente: La Arena
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