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Chacra 42, el legado pionero que no se vende: la historia de los Zucchini-Maldonado

Milton Zucchini y Tita Maldonado sostienen la chacra en Centenario que fundó la familia hace décadas. Sus hijos eligieron quedarse y seguir con la tierra.

Por Adriano Calalesina13 min de lectura
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Chacra 42, el legado pionero que no se vende: la historia de los Zucchini-Maldonado
Chacra 42, el legado pionero que no se vende: la historia de los Zucchini-Maldonado · Foto: LM Neuquén

Milton Zucchini y Tita Maldonado sostienen la chacra en Centenario que fundó la familia hace décadas. Sus hijos eligieron quedarse y seguir con la tierra.

La familia Zucchini-Maldonado de Chacra 43 en Centenario.

En la Chacra 42 deCentenario hay un álamo que se comió la vieja bomba de agua. Hay también tres piletas de material, construidas en 1959, donde se molía la uva, se separaba la borra y se sacaba el vino listo para la damajuana. Ese vino se llamaba "Don Marcos", en homenaje al abuelo de Milton Zucchini. Hoy esas piletas están vacías, pero la familia no piensa derrumbar nada. Al contrario, quiere que la historia se vea para todo el mundo.

Milton y su esposa Tita Maldonado viven en la casa antigua de la chacra, rodeados de frutales prolijos y de fotos en blanco y negro que guardan como un archivo de la ciudad. Las iniciales de su padre están inscritas en lo alto de la casa, como se hacía en el tiempo de antes. Sus hijos, Diego, Darío y Antonella, son los que van a recibir el legado. Y en tiempos en que muchas chacras del Alto Valle se lotean o se abandonan, la noticia es que eligieron quedarse.

La historia de los Zucchini en Centenario empieza con un chico que no quiso estudiar, hace mucho tiempo. Edgardo Zucchini, el padre de Milton, había nacido en Rafaela, provincia de Santa Fe. Su padre era jefe de estación del ferrocarril y había comprado una chacra en estas tierras en la década del 30, en tiempos en que el Estado entregaba parcelas para poblar el valle. Son familias pioneras, esa palabra que en Centenario tiene peso, pero que muchos cuestionan, porque en realidad, los pioneros siempre vienen llegando.

Milton Zucchini y Tita Maldonado. Una vida larga juntos trabajando las chacras y los sueños colectivos. Ahora es el turno de sus hijos.

"Mi papá hizo hasta tercer año del secundario y no quiso seguir estudiando. Entonces lo castigó y lo trajo para acá, a que venga a trabajar a la chacra", cuenta Milton. Edgardo tenía 18 años. La chacra ya tenía casa y gente trabajando, pero nadie de la familia vivía en ella.

Aquel castigo terminó siendo una vida entera. Edgardo se casó con una mujer alemana, IrmaSchrull y tuvo cuatro hijos. El mayor, Tito, fue un profesor de Historia muy conocido en Centenario. Después llegaron dos mujeres, y Milton es el más chico. Edgardo llegó a tener también otra chacra en Campo Grande, del lado rionegrino, pero el viñedo estaba en la de Centenario.

En el centro de la chacra siguen en pie las tres piletas que Edgardo hizo construir en 1959. Ahí se elaboraba el vino familiar, como en tantas chacras del valle. Primero se molía la uva y se le sacaba el escobajo. Después, el mosto pasaba a las piletas, por un lado se separaba la borra y por el otro salía el vino limpio, listo para llenar las damajuanas.

La familia Zucchini en la vida de antes, en las chacras, donde todo se hacía en comunidad.

El vino llevaba el nombre de Don Marcos, el abuelo de Milton, hijo de inmigrantes italianos. No era solo para la mesa familiar. "Era rico. Como cualquier chacarero, era para consumo propio, pero también se vendía. Se hacían grandes cantidades", recuerda Milton. Cada pileta tenía capacidad para unos mil litros.

Hoy las piletas ya no se usan, pero Milton no las piensa tocar. Son parte del recorrido que muestra a quienes visitan la chacra, la prueba de que ahí hubo una familia que hacía de todo con lo que daba la tierra.

Detrás de la casa todavía están las piezas donde se alojaban los trabajadores en tiempo de cosecha. Había dos departamentos, una cocina y más habitaciones. Algunas se fueron sacando. "Las iba a tirar, pero las voy a mantener. Quiero hacer una confitería", adelanta Milton. La idea es recibir a los visitantes sin tener que improvisar cada vez. Empezar el verdadero circuito agroturístico que desde hace casi 30 años no termina del todo de despegar en la región, pero que en Centenario se le pone mucha fuerza y voluntad, como los Zucchini.

Milton no siempre fue chacarero activo, más allá de que siempre lo fue por la tradición familiar. Trabajó en el Banco Provincia de Neuquén hasta fines de 1996, cuando tomó el retiro voluntario. Con la sucesión resuelta junto a su hermano, tomó una decisión drástica: "Desmantelé toda la chacra y le hicimos todo nuevo".

En 1997, cuando en la región recién se empezaba a hablar de agroturismo, comenzó a abrir la chacra a los visitantes. Y ahí empezó su verdadera batalla, la de enfrentar las dificultades, las crisis y todas las oportunidades. Pero como dicen que el ojo del amo engorda el ganado, para ser chacareros hay que estar presente.

Hoy son ocho hectáreas las que están en producción, tres de pera Williams y cinco de manzana, con variedades como la Galaxy, una mutación de la Royal Gala. Todo va a exportación. "Yo trabajo a conciencia, siempre para afuera", dice.

Para lograrlo tuvo que certificar Buenas Prácticas Agrícolas, con auditorías antes, durante y después de la cosecha. Construyó comedor y baños para los trabajadores, un cargadero y otras mejoras exigidas por la norma. La chacra no es orgánica, aunque está cerca: usa trampeo, devuelve la materia orgánica al suelo y cada vez hace menos curas. "Es como la naturaleza te da", resume.

Los dulces de la Chacra 43 de la familia Zuchini, elaborados en la Sala de Elaboración de Alimentos de Centenario.

Pero la tierra no siempre devuelve lo que se le pone. Hace dos temporadas vendieron la fruta a una empresa de Mendoza que pagó solo la mitad de la cosecha. Ganaron el juicio, pero nunca pudieron cobrar porque la firma no tenía bienes embargables. Son historias con las que los chacereros tienen que lidiar por ser independientes y que pocos conocen. Muchos ven solamente los frutos y la calidad de vida en el mundo rural, pero no el esfuerzo y las penurias detrás.

Tita Maldonado es una cara muy conocida en Centenario y, por qué no, en todo el Alto Valle. Docente de Geografía, nunca dejó de dar clases, ni siquiera cuando la militancia la llevó a pelear por la intendencia. En 1999 fue candidata a intendenta y quedó a unos 900 votos de ganar. Según recuerda, la diferencia la marcó el padrón de extranjeros, donde el MPN sacó ventaja. Ese mismo año ingresó al Concejo Deliberante, donde fue concejal hasta 2003.

En 2003 acompañó a Julián Álvarez, un dirigente muy ligado a la producción y al cooperativismo, que se postuló a intendente mientras ella encabezaba la lista de concejales. "Lo acompañé a Julián porque yo no quería saber más nada", recuerda entre risas, aunque con un sabor agridulce, porque Julián ya no está entre ellos. Falleció el año pasado.

Tita Maldonado, en su jardín donde siempre hay una planta que cuidar, nuevas variedades como la vida misma.

Después llegó el Ministerio de Trabajo de la Nación, donde los cargos se concursaban. Tita fue delegada desde 2004, en los años en que se reactivaban los convenios colectivos de trabajo y se lanzaba el Plan Nacional de Regularización del Trabajo, que buscaba terminar con el empleo no registrado. "Qué hermosa época", dice.

"Como era docente, me sentí muy parte de todo ese proyecto. Trabajaba mucho con los centros de formación profesional, donde se valorizaban los oficios. Una persona que no podía ir a la universidad podía armarse de un oficio y ser cuentapropista, pero con todos los papeles en orden", explica. Ese ese trabajo le tocó jugar y sentarse en una misma mesa con pesos pesados y con patos petroleros donde Guillermo Pereyra era muy fuerte. Además, recuerda que se le dio la personería Sindicato del Personal Jerárquico y Profesional del Petróleo y Gas Privado de Neuquén, Río Negro y La Pampa.

Antonella, Milton, Tita Maldonado y Darío. La familia Zuchini. Falta Diego que estaba de vacaciones y se perdió la foto, según su familia.

Más tarde trabajó en un instituto de formación y empleo creado por el sindicato petrolero junto a la CEOPE, la cámara que agrupa a las empresas de operaciones petroleras especiales. Funcionó durante años, hasta que la pandemia lo cerró.

La pandemia la encontró en la chacra, sin el instituto y con una rutina acostumbrada a la actividad. "Yo lo ayudaba a él (señala a Milton mientras toman un té) a levantar la cosecha, pero no me metía demasiado en el tema de la chacra. Siempre veía que se perdía mucha fruta", cuenta.

Una amiga le avisó de unos cursos certificados en el Centro de Formación Profesional de El Chañar. "Uno sabe hacerlo, dulce casero, pero para vender es otra cosa", dice. Hizo los cursos y después uno de atención turística, donde se reencontró con Daniela Dietrich, también docente, con quien ya había trabajado y actual secretaria de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Municipalidad de Centenario, secretaría fundada por la agrónoma Alicia Mannucci. "Le digo: 'Che, Daniela, tenemos que empezar a insistir para que armen acá la sala de elaboración'", recuerda.

Milton Zucchini en las cubas que hizo su padre para guardar el vino familiar Don Marcos.

Junto a otros productores, armaron una presentación para el municipio, pidiendo una sala de elaboración comunitaria. De esas reuniones nació la red de agroturismo de Centenario, con una decena de integrantes.

La idea es diversificar sin cambiar el uso del suelo: mermeladas, dulces, conservas de frutas y verduras y deshidratados, todo salido de la propia chacra. "Es como volver a lo antiguo. Cuando yo vine acá, mi suegra tenía pavos, gallinas, de todo", recuerda Tita.

"Creo que Centenario sigue siendo una ciudad que podemos llamar comunidad. Todavía se conocen los vecinos" - Tita Maldonado, productora y docente jubilada. "Creo que Centenario sigue siendo una ciudad que podemos llamar comunidad. Todavía se conocen los vecinos" - Tita Maldonado, productora y docente jubilada.

Mientras tanto, la chacra abre sus puertas. Este año llegaron escuelas y también grupos que la alquilan para fiestas, asados o simplemente para pasar un buen momento en un lugar que tiene algo de refugio. En primavera, los manzanos en flor tiñen de blanco y rosa las hileras. En verano, el aire huele a manzana madura. Y en cualquier época, lo único que se escucha, además de las charlas alrededor del asador, es el canto de los pájaros. ¿Qué más se puede pedir a la vida?

Las viejas casas de peones se siguen manteniendo en la chacra como parte del patrimonio.

Milton recuerda con una sonrisa la vez que se suspendió por viento el Turismo Carretera, y tuvo que alojar a algunos de los que venían a ver el evento deportivo. "Acá estaban haciendo un asado, tocando la guitarra y bailando. Ni se habían enterado", recuerda.

"Es difícil inculcar la cultura de seguir la chacra en los hijos", reconoce Milton. Por eso lo que pasó en su familia tiene algo de sorpresa. Diego, el mayor, se fue a vivir a Neuquén, pero volvió a Centenario. "Se siente mucho más contenido y más cómodo. Cosa que nosotros pensábamos que no iba a pasar", cuenta junto a Tita. Antonella se hizo su casa en la chacra y otro de los hijos tiene un terreno donde planea construir la suya.

Para Tita, esa decisión tiene que ver con una forma de vivir que Centenario, a 104 años de su fundación, todavía conserva. "Creo que Centenario sigue siendo una ciudad que podemos llamar comunidad. Todavía se conocen los vecinos", sostiene. Y marca una diferencia con los nuevos barrios, donde el concepto de comunidad está desintegrado. Solo un dormidero de Neuquén, donde hay poco espacio público de encuentro.

Darío y Antonella Zucchini quieren seguir el legado de la tierra de sus padres, a su modo y con sus dificultades, pero a seguir.

"A la gente de los barrios privados, son radicados acá, pero les faltan todas esas vivencias culturales, de relaciones, de comunidad, para tener un sentido de pertenencia" dice.

En la Chacra 43, ese sentido de pertenencia se ve en las piletas de 1959, en el álamo que se tragó la bomba y en las fotos de la vieja cooperativa frente a la iglesia. Y, sobre todo, en tres hijos que decidieron que la historia de los pioneros no termina con ellos. Un comienzo tan vertiginoso como inesperado.

Edgardo Zucchini junto a sus hijos Tito y Milton.

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Fuente: LM Neuquén

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