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Con 22 años, eligió una vida entre caballos y una pasión heredada: la historia de Joaquín, el guardián de campeones

Integra junto a su padre el equipo que está detrás de los grandes triunfos del stud El Rezongón. Se levanta antes de que amanezca, tiene cinco animales a su cargo y conoce como nadie a los protagonistas que cuida hasta alcanzar la gloria. Después de celebrar el Clásico Domingo Fa…

Por Carla Acosta6 min de lectura
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Con 22 años, eligió una vida entre caballos y una pasión heredada: la historia de Joaquín, el guardián de campeones
Con 22 años, eligió una vida entre caballos y una pasión heredada: la historia de Joaquín, el guardián de campeones · Foto: Tiempo de San Juan

Todavía faltaban varios metros para el disco, pero Joaquín Perona ya sabía cómo iba a terminar la historia. No necesitaba mirar demasiado, apenas le alcanzó con escuchar el relato por los parlantes y observar por unos segundos la manera en la que Endo Verde avanzaba por la pista del Hipódromo del Jockey Club, en Rivadavia. Lo conoce tanto que, a la altura de los 400 metros finales, entendió que nadie podría alcanzarlo.

Hasta entonces había seguido la carrera a su manera, con nervios, caminando de un lado a otro y sin animarse a levantar la vista. Recién en los últimos 800 metros miró un instante y volvió a agachar la cabeza. Cuando el alazán entró en la recta definitiva, toda la tensión se transformó en un grito: "En los 400 sentí que no perdía más. Por la forma que tiene de correr y porque sé cómo se desenvuelve, ya sabía que ganaba. En los últimos 200 me quedé sin voz. Era un solo grito, '¡Endo Verde, viejo nomás!'".

El viernes, Endo Verde se impuso en la 74ª edición del Gran Clásico Domingo Faustino Sarmiento y completó una temporada perfecta en las principales carreras de todo Cuyo. El ejemplar de seis años, propiedad de Gastón Ávila y representante del stud El Rezongón, venía de ganar el Vendimia y el Patrono Santiago, ambos en Mendoza. Con Juan Carlos Noriega en la monta, conquistó la prueba más importante del calendario hípico sanjuanino y se quedó con el premio mayor.

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Detrás de esa consagración hubo meses de preparación y una rutina silenciosa que comenzó mucho antes de la largada. Allí aparece Joaquín Perona, peón y vareador, encargado de acompañar al caballo desde que abre los ojos cada mañana hasta que regresa a su box. Su tarea no se limita a darle de comer o mantener limpio su espacio, también lo monta, participa de su entrenamiento y observa cada detalle que puede revelar cómo se encuentra. "Lo arreglo, le doy de comer, lo limpio, lo preparo, lo monto y hago su entrenamiento. Después lo guardo, le saco el sudor, le lavo las manos y las patas, y vuelvo a dejarle todo como corresponde", le contó a Tiempo de San Juan.

Su jornada comienza entre las 6 y las 6.30. Para cuando buena parte de los sanjuaninos recién están abriendo los ojos, él ya se encuentra dentro del stud, distribuyendo alimento, revisando boxes y preparando a los cinco caballos que tiene bajo su cuidado. El trabajo suele extenderse hasta las 11hs, aunque los horarios dependen de las necesidades de cada animal.

Joaquín asegura que la convivencia diaria le permite advertir detalles que para cualquier otra persona pasarían inadvertidos. Sabe si un caballo descansó bien, si comió todo, con qué ánimo se levantó y qué respuesta puede ofrecer en la pista. Ese conocimiento no se adquiere en una tarde ni aparece únicamente los días de carrera, sino que se construye con tiempo, paciencia y cercanía. "Cuando llega un caballo nuevo, uno lo va conociendo de a poco y le toma cariño. Después ya sabés cómo se porta, cómo se levanta, si comió todo y cómo anda en la cancha. Tengo la posibilidad de varearlos y eso también me permite saber cómo están", explicó el joven.

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Con Endo Verde, sin embargo, el vínculo fue más allá. Joaquín lo llama "mi regalón" y habla de él con orgullo, después de acompañarlo en cada etapa de una campaña extraordinaria. Juntos celebraron el Vicente Dupuy, el Vendimia, el Patrono Santiago y, ahora, el Sarmiento. "Es mi mimado, es como un hijo", confesó.

En 2025 ya había vivido una alegría con Solicitadísimo, ganador del Sarmiento de aquella temporada. Endo Verde, que entonces fue segundo como parte de la misma yunta, tomó la posta este año y prolongó la racha del equipo. En apenas doce meses, Joaquín pasó de custodiar a un campeón a acompañar la consagración de otro.

La victoria tuvo además un valor especial para la familia Perona. Sergio, su padre, es el entrenador del alazán y la persona que le abrió las puertas de ese mundo cuando apenas tenía cuatro años. Joaquín recuerda que todo comenzó con una yegua que su papá le permitía limpiar y alimentar. Después, como recompensa, llegaba el momento más esperado: subirse y dar una vuelta.

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Así nació una pasión que nunca abandonó. Terminó la escuela secundaria, pero todavía no decidió si seguirá estudiando. Por ahora, su presente y sus proyectos están dentro del hipódromo. "Desde los cuatro años estoy en el turf. Mi papá me llevó una vez para que anduviera con una yegua que tenía. Yo la limpiaba, le preparaba la comida y después él me daba una vuelta. Así me empezó a gustar y elegí este camino", recordó.

Padre e hijo trabajan juntos, aunque Joaquín evita definir ese vínculo como una relación entre empleado y jefe. En el stud hay indicaciones, responsabilidades y decisiones que cumplir, pero el lazo familiar permanece por encima de cualquier jerarquía: "Nunca lo veo como un jefe. Lo veo como mi papá en todo momento. Trabajamos juntos para conseguir lo que hemos logrado".

La pasión y aprendizaje heredado por Sergio hoy comienza a darle sus primeras oportunidades. Entre los animales que tiene a cargo está Siembra Segura, una yegua con la que ya desempeña tareas propias de un entrenador. Con ella aplica lo que observó durante años al lado de su papá y empieza a recorrer su propio camino. Ya consiguió una victoria como cuidador, obtuvo un segundo puesto y recientemente recibió otra yegua para preparar.

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Para Joaquín, no existe una única tarea que resulte más difícil que las demás. El secreto, dice, está en la dedicación y en la manera de tratar a cada ejemplar. "Si uno lo hace con amor, cariño y sabiendo lo que tiene que hacer, ninguna función es difícil. Siempre trato de ponerle el mejor empeño", comentó. En ese contexto, explica que le molestan las críticas de quienes cuestionan las carreras de turf y hablan de maltrato animal sin conocer el trabajo diario que existe detrás. Asegura que los caballos reciben atención permanente, una alimentación controlada y todos los cuidados necesarios para afrontar cada entrenamiento y competencia. Para él, lejos de ser simples protagonistas de una carrera, son animales con los que se construye un vínculo basado en el respeto y afecto.

Lejos de la pista, su vida transcurre en el barrio Conjunto 3, en Rawson, junto con su mamá, Fanny, y su hermano Lucas, de 31 años. Los fines de semana, cuando pueden, lo llevan a las carreras o a visitar los caballos. El contacto con los animales le provoca una tranquilidad especial. "A Lucas le encanta ir. Ver los caballos lo relaja mucho", contó.

Ese detalle también explica por qué, para los Perona, el turf nunca fue solamente un trabajo. Es el espacio alrededor del cual se ordenaron los afectos, las rutinas y buena parte de la historia familiar. "Es una pasión que llevo desde muy chico. Aunque sea mi trabajo, sigue siendo algo que uno tiene en la sangre", aseguró Joaquín.

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Su futuro tampoco se aleja demasiado de los boxes. Quiere seguir formándose, asumir mayores responsabilidades y convertirse en cuidador. Sueña con preparar sus propios caballos para los grandes clásicos que hoy vive desde otro lugar. Se imagina compitiendo en el Sarmiento, el Dupuy y el Vendimia, pero esta vez con ejemplares entrenados por él. Mientras espera esa oportunidad, continúa detrás de escena.

*Imágenes enviadas por Joaquín Perona

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Fuente: Tiempo de San Juan

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