Construyeron una escuela en el secano de Lavalle para que sus hijos no tuvieran que irse
Al norte de Lavalle, los chicos se escondían cuando llegaba el colectivo que debía llevarlos a la escuela albergue. No querían dejar sus casas.

Al norte de Lavalle, los chicos se escondían cuando llegaba el colectivo que debía llevarlos a la escuela albergue. No querían dejar sus casas.
La Escuela N° 1-737 de El Puerto, en Lavalle, construida por las familias del lugar.
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La Escuela N° 1-737 de El Puerto, en Lavalle, construida por las familias del lugar.
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Máximo Arias, construyendo la escuela que años después llevaría su nombre.
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Foto de 2006. Las primeras estacas para construir la Escuela N° 1-737 de El Puerto, en Lavalle, levantada por las familias del lugar.
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Había chicos que corrían hacia el campo cuando veían llegar el colectivo. No era un juego. Se escondían entre los puestos hasta que el vehículo se iba. Sabían que, si los encontraban, tenían que subir y alejarse de sus casas durante varios días para ir a la escuela.
La escena quedó en la memoria de quienes participaron de una historia que comenzó hace más de dos décadas en El Puerto, un paraje del secano lavallino ubicado sobre la Ruta Nacional 142, cerca del río San Juan y del límite con esa provincia.
Los chicos debían viajar unos 35 kilómetros hasta San Miguel. El sistema era el de las escuelas albergue: los alumnos pasaban un período en la institución y otro en sus casas. Para las familias de El Puerto, sin embargo, aquella solución educativa tenía un costo que no estaban dispuestas a seguir aceptando.
Querían que sus hijos fueran a la escuela y volvieran a dormir a sus casas. Querían tener una escuela allí.
Lo que ocurrió después es una historia de organización comunitaria, viajes, reuniones, donaciones, mingas y persistencia. También es la historia de cómo una necesidad de unas pocas familias terminó provocando un cambio mucho mayor: se construyeron otras escuelas, apareció un centro educativo para jóvenes y adultos y aquel lugar que parecía apenas un conjunto de puestos comenzó a convertirse en un pueblo.
Veinte años después, el documentalista Miguel Ángel "Patán" Púrpora vuelve sobre aquellos acontecimientos con "Güentota, una escuela para El Puerto", un registro testimonial que recupera el camino desde aquella primera estaca clavada en un terreno vacío hasta la escuela que hoy funciona como institución pública.
La Escuela N° 1-737 de El Puerto, en Lavalle, construida por las familias del lugar.
Eduardo Chirola Ruiz recuerda que llegó a El Puerto en 2004. Era director-maestro en la Escuela de Las Vegas, en Potrerillos, y conocía a Miguel Ángel Púrpora, quien ya tenía vínculos con familias de la zona.
Púrpura había recibido un pedido de Ramón Azaguate, referente de la comunidad Huarpe Huentota. La pregunta era sencilla y, al mismo tiempo, difícil de responder: ¿cómo podían hacer para tener una escuela cerca?
"Querían tener una escuela cerca por un tema de comunicación con sus hijos y de desarraigo que se producía a partir de que los chicos tenían que ir a una escuela albergue", explica Púrpora. Ruiz llegó después. Juntos comenzaron a reunirse con las familias.
La necesidad no pertenecía a una sola persona. Era compartida por varias familias de la zona. Primero hicieron una asamblea de pobladores. Ruiz recuerda que miraban alrededor y prácticamente no había nada. "Queremos tener nuestra escuela", plantearon. La respuesta de las autoridades fue que eran pocas familias, que no había infraestructura y que la matrícula no parecía justificar la creación de una nueva institución.
Entonces apareció una respuesta que, con el tiempo, se convertiría en la frase que explica toda esta historia. Si no había edificio, lo construirían ellos. "Nos ponemos a construir nosotros, si es necesario, a conseguir materiales de construcción y hacer una escuela", recuerda Ruiz.
El lugar elegido era un playón comunitario. Allí no había que discutir la propiedad de un terreno: las tierras de esa zona tenían carácter comunitario.
Un día clavaron la primera estaca, para el replanteo. Después hicieron las zanjas. Y comenzaron las mingas.
Los vecinos se reunían los fines de semana. Cada dos semanas llegaban grupos de Lavalle, amigos y personas de otros lugares de Mendoza que querían colaborar. Había albañiles, ingenieros, comerciantes, gente que acercaba materiales y personas que simplemente se sumaban a trabajar.
Las donaciones eran pequeñas y grandes al mismo tiempo. Ladrillos. Cemento. Hierros. Un baño. Parte de un galpón. Lo que cada uno podía aportar.
También hubo rifas, fiestas y peñas para conseguir fondos. "No era solo un trabajo aislado en el campo", cuenta Ruiz. En determinados momentos, los propios pobladores tuvieron que subir a una trafic y viajar hasta la Casa de Gobierno para insistir con las autoridades.
La obra avanzaba mientras el reclamo seguía. "Casi todos los fines de semana los vecinos organizados trabajando, y voluntarios que se sumaban", recuerda Ruiz. El salón terminó teniendo dos aulas, baño y cocina. Todavía no era una escuela pública. Pero ya existía el edificio.
Máximo Arias, construyendo la escuela que años después llevaría su nombre.
La Provincia había planteado que, si la comunidad hacía el edificio, podía aportar los docentes. Pero lograr que aquello ocurriera también llevó tiempo.
Púrpora recuerda que durante un período se pensó incluso en una escuela de gestión comunitaria, sostenida por los propios pobladores. La comunidad estaba dispuesta a hacerse cargo de los maestros, de los gastos y de todo lo necesario para que los chicos pudieran estudiar cerca.
Entonces cambió el escenario político y educativo. Las nuevas autoridades conocieron el lugar y la situación. Y finalmente resolvieron incorporar la escuela al sistema provincial. A partir de 2008 comenzó a funcionar como Escuela N° 1-737.
Llegaron docentes, celadores y cocineros. También se generaron puestos de trabajo para habitantes de la zona. La escuela recibió después el nombre de Máximo Arias, el fotógrafo mendocino que había acompañado a la comunidad durante el proceso, no sólo registrándolo con su cámara sino participando de las jornadas de trabajo.
La Legislatura mendocina oficializó el nombre de la institución en 2014, en reconocimiento a su participación en la construcción de los establecimientos de El Puerto, La Majada y El Cavadito.
Para entonces, aquella primera construcción ya había empezado a producir algo que ninguno de los primeros participantes podía dimensionar del todo. El Puerto estaba cambiando.
"La experiencia fue un disparador muy grande", dice Ruiz. La gente de otras comunidades empezó a mirar lo que habían hecho en El Puerto y a plantear problemas similares. Así surgieron las escuelas de La Majada y El Cavadito.
Entre 2007 y 2009 quedaron en funcionamiento tres escuelas primarias en esa zona del secano. No se trataba sólo de edificios: eran escuelas cercanas a las familias, pensadas para que los chicos pudieran permanecer en sus comunidades.
Y eso modificó también la forma en que esos lugares se organizaban. Ruiz recuerda que alrededor de las escuelas comenzaron a fortalecerse los poblados. Aparecieron postas sanitarias, registro civil y otros servicios. "Las escuelitas ayudaron a conformar y fortalecer esas comunidades", explica.
Púrpora lo cuenta desde otro lugar. El primer proyecto había nacido de una necesidad concreta de una comunidad. Pero después otras comunidades descubrieron que podían hacer algo parecido. "Tuvo éxito justamente por eso, porque lo planteó la necesidad, nadie le fue a decir acá hace falta una escuela", sostiene.
Ese quizá sea el dato más importante de la historia. La escuela no llegó primero. Primero llegó la decisión de construirla.
Foto de 2006. Las primeras estacas para construir la Escuela N° 1-737 de El Puerto, en Lavalle, levantada por las familias del lugar.
El proceso no terminó cuando los chicos comenzaron a estudiar. A los pocos años apareció otra necesidad.
Muchos padres y abuelos de las comunidades tenían una alfabetización incompleta o no habían terminado la primaria. Si los chicos tenían una escuela cercana, sus familias también necesitaban herramientas para acompañarlos.
Entonces las tres comunidades trabajaron en la creación de un centro educativo para jóvenes y adultos. Funcionó con un núcleo y anexos en La Majada y El Cavadito. La lógica era sencilla: que la educación no terminara en los chicos.
"Los chicos se educaban en su familia y en la escuela", explica Ruiz. Y para que esa relación funcionara, también era necesario que los adultos pudieran alfabetizarse, terminar la primaria y continuar sus estudios.
La experiencia había comenzado con una escuela. Terminó convirtiéndose en una red de educación y organización comunitaria.
Hay una cuenta que Ruiz recuerda y que sirve para dimensionar la magnitud del esfuerzo. El Puerto está a unos 150 kilómetros de la ciudad de Mendoza. Durante los años de construcción, quienes iban a colaborar viajaban una y otra vez. Al calcular esos viajes, llegaron a estimar unos 30.000 kilómetros recorridos entre ida y vuelta. Treinta mil kilómetros para construir una escuela.
Pero el número no termina de explicar lo que había detrás. Estaba la gente que viajaba. Los que hacían la mezcla. Los que levantaban paredes. Los que organizaban una rifa. Los que donaban materiales. Los que preparaban comida para una minga. Los pobladores que viajaban a reclamar a Casa de Gobierno.
Y estaban quienes, durante años, siguieron sosteniendo la idea. Ruiz habla de una combinación poco espectacular pero decisiva: organización, solidaridad, paciencia y constancia. "Es como la gotita que iba rompiendo la piedra", dice.
Miguel Ángel Púrpora estaba allí antes de pensar en un documental. Primero llevaba su cámara cuando acompañaba a los pobladores. Filmaba las obras, las reuniones, los viajes, las actividades para conseguir fondos. A partir de 2010 comenzó a registrar imágenes pensando específicamente en el documental.
El resultado es "Güentota, una escuela para El Puerto", una película de unos 45 minutos construida a partir de testimonios y registros de aquel proceso. "No es una reconstrucción", explica Púrpura. "La gente cuenta toda esta historia que te estoy contando yo, la cuenta la gente en la pantalla".
Hay imágenes de las obras avanzando, de las reuniones y de los viajes. También aparecen registros de la colaboración que llegaba desde otros puntos de Mendoza. Una versión breve del documental, de unos 10 o 12 minutos, resume la historia.
La proyección y debate anunciados para conmemorar los 20 años del comienzo de la construcción recuperan justamente aquella experiencia colectiva.
https://www.youtube.com/watch?v=-c9hEgCwJ8I&t=233s
Eduardo Ruiz tiene hoy 62 años y está jubilado. Lleva buena parte de su vida vinculada a la educación de jóvenes y adultos. Cuando habla de El Puerto no se presenta como protagonista. Insiste en otra cosa. Los protagonistas fueron los pobladores. "Nosotros siempre fuimos acompañantes de las decisiones que tomaban ellos", dice.
Púrpura coincide. Su relación con El Puerto comenzó a partir de vínculos familiares y de aquel llamado de Ramón Azaguate. Después vinieron las asambleas, las gestiones, la cámara y los años de acompañamiento. Pero la pregunta inicial nunca dejó de pertenecer a la comunidad. ¿Cómo hacer para tener una escuela cerca?
La respuesta fue una estaca. Después llegaron las zanjas, las paredes, el techo, las aulas y los maestros. Llegaron también La Majada y El Cavadito. Y llegó un centro para que los adultos pudieran estudiar. El lugar que entonces parecía vacío comenzó a poblarse alrededor de la escuela. Veinte años después, la historia puede contarse como la construcción de un edificio.
Pero también puede mirarse de otra manera. Actualmente son 29 alumnos de primaria, en el CEBJA 12 alumnos y 45 del CENS.
En El Puerto, una comunidad decidió que sus hijos no tenían que esconderse para evitar irse de casa. Y empezó a construir el lugar al que quería que fueran todos los días.
El próximo 25 de setiembre, a las 19, en la sede central del SUTE en Coronel Plaza 556 de la Ciudad de Mendoza, se realizará la proyección/debate del Documental testimonial "Guentota, una escuela para el Puerto", del documentalista territorial mendocino Miguel Ángel "Patán" Púrpora.
Fuente: Los Andes
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