Crítica de "Bucking Fastard"
Mediante un prodigioso trabajo de fusión gestual y verbal, las hermanas Mara evocan la odisea vital de las gemelas Freda y Greta Chaplin.

Mediante un prodigioso trabajo de fusión gestual y verbal, las hermanas Mara evocan la odisea vital de las gemelas Freda y Greta Chaplin.
Por Manu YáñezPara Fotogramas
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Si hay un director de cine que ha sabido ahondar como nadie en la existencia de los olvidados, los expulsados de la sociedad, ese es Werner Herzog. El cineasta de Múnich ha construido, a lo largo de su prodigiosa y ecléctica carrera, una familia de personajes que, a la fuerza o por voluntad propia, han encontrado su lugar en los márgenes, lejos de las costumbres, más allá de lo aceptado o de lo tolerado. En este sentido, 'Bucking Fastard' debe verse como una prolongación, y al mismo tiempo como una suerte de compendio, del imaginario de Herzog, quien busca inspiración en la peripecia vital de las gemelas Freda y Greta Chaplin, que ganaron notoriedad en los años ochenta por su excéntrica sincronía y sus problemas con la justicia. El alemán traslada la historia al presente y bautiza a sus personajes como Jean y Joan Holbrooke, a las que dan vida unas Kate y Rooney Mara absolutamente entregadas a la causa del film. Se trata, como siempre en Herzog, de escarbar en lo inexplorado, de adentrarse en los confines de la psique humana para otear su forma más excéntrica y primitiva, allí donde las normas sociales pierden su razón de ser y las reglas morales se desdibujan para alumbrar algo esencial sobre la naturaleza humana.
En el arranque de 'Bucking Fastard', encontramos a las hermanas Holbrooke ("¡no somos gemelas!") imputadas por incordiar hasta la saciedad al hombre del que están enamoradas de forma tan carnal como platónica (Orlando Bloom). Las Holbrooke no pueden comprender que el objeto de su deseo no les corresponda, y se sublevan contra esa traición sentimental practicando un acoso puntualmente agresivo, pero marcadamente inofensivo. A partir de la imposición de una orden de alejamiento, las hermanas inician un periplo por la Irlanda urbana y rural en el que se irán cruzando con algunos hombres violentos –representantes del orden social– y algunas criaturas amables que comparten con Herzog una compasiva fascinación por las protagonistas. En este sentido, el mayor logro del director de 'Aguirre, la cólera de Dios' consiste en mantener vivo, en todo momento, el misterio que envuelve a las hermanas, a las que muestra de forma persistente y detallada –aparecen en todas las escenas del film–, pero de las que nunca llegamos a saber cómo fue su infancia, el porqué de su comportamiento sincrónico o si existen brechas en su unión. Las fisuras llegan a intuirse en algún momento, pero se exponen de forma evidente. En 'Bucking Fastard', no hay visitas a psicólogos ni monólogos explicativos –estamos a años luz del universo de las series–, pero sí un trabajo lleno de matices con la gestualidad de Kate y Rooney Mara.
En 'Bucking Fastard', Herzog hace gala de su habitual despreocupación por el acabado formal de su película, que luce como una muestra de arte povera digital –ahí resuena la dedicatoria que el autor de 'Stroszec' reserva a David Lynch–. Pero el trabajo con las Mara, lleno de sincronías y desajustes, Mara brilla como un prodigio de precisión y creatividad actoral. Uno podría pasarse horas contemplando a las Mara hablar y gestualizar al unísono, aunque la gracia y la magia del juego reside en las pequeñas diferencias en el recitado y en la propia fisonomía de Rooney y Mara. Estamos ante dos mujeres que se comportan igual –se dice que incluso sueñan lo mismo, y se enamoran al mismo tiempo–, pero también es evidente que son diferentes, en las facciones, en la temperatura de sus expresiones (Kate es más despierta, Rooney más apagada) y en la capacidad para tirar del carro en esta unión férrea y limitante. Porque en la fusión de las hermanas Holbrooke se produce una paradoja inquietante: ¿Cómo es posible que dos personas que viven en perfecta concordancia, siempre cerca la una de la otra, puedan experimentar una soledad tan abrasadora?
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Empezamos esta crítica con Herzog y debemos terminar con Herzog. El maestro teutón ha señalado que 'Bucking Fastard' debería verse como la culminación de un "tríptico operístico" que completarían 'Fitzcarraldo' y 'Grizzly Man', dos de las cumbres de la obra herzogiana. Las tres películas se mueven con pasmosa habilidad entre la hondura trágica y el vigor irónico, entre la oda a las obsesiones y la constatación de un sino melancólico. Y en el caso de 'Bucking Fastard' debe destacarse la atronadora banda sonora del violoncelista Ernst Reijseger –colaborador habitual de Herzog–, que acaba propulsando el film hacia una dimensión sinfónica, casi trascendental (a lo Terrence Malick) en su celebración del amor como una fuerza absoluta. Pero sería un gesto reduccionista quedarse con la idea del "tríptico operístico" –en el que 'Bucking Fastard' figuraría como el capítulo más frágil del conjunto–, ya que la nueva película de Herzog conecta, sobre todo, con la singularidad del protagonista de 'El enigma de Gaspar Hauser', aquel hombre criado fuera de la civilización que se descubre convertido en una suerte de espectáculo de feria. En definitiva, no hay duda de que Herzog se pone del lado de las Holbrooke (y las Mara), que persiguen quimeras sentimentales (y actorales) con la ingenuidad de unas niñas y la solemnidad de unas exiliadas románticas.
Para rebeldes incomprendidos y románticos empedernidos.
Fuente: Diario Panorama
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