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Crítica de "El amor que permanece"

El cineasta islandés Hlynur Pálmason escribe y dirige esta comedia dramática que aborda una separación matrimonial de un modo original e imprevisible.

Por Redacción Diario Panorama2 min de lectura
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Crítica de "El amor que permanece"
Crítica de "El amor que permanece" · Foto: Diario Panorama

El cineasta islandés Hlynur Pálmason escribe y dirige esta comedia dramática que aborda una separación matrimonial de un modo original e imprevisible.

Por Sergi SánchezPara Fotogramas

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Sabemos que el tiempo pasa porque, impertérrito, un espantapájaros a medio camino entre el tótem pagano y la obra de arte conceptual se deja azotar por los bruscos cambios del clima islandés. Podría decirse que es lo único que se mantiene estable en una película deliberadamente extraña, cuyo principal aporte es abordar la separación de una pareja de un modo original, elusivo, oblicuo y elíptico, con una estructura narrativa ambigua y laxa, que por momentos nos recuerda a las viñetas del sueco Roy Andersson sin su surrealismo keatoniano, aunque también flirtee con la mezcla de lo real y lo onírico.

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Hay que tomarse en serio el título, porque ese es su tema, 'El amor que permanece', el afecto que amenaza con diluirse entre plano y plano y lucha por quedarse, por retener una cierta idea de familia incluso cuando los símbolos se desbordan –ese gallo agresivo, que acabará eliminado por el hombre de la casa para contribuir a una felicidad posible que es una quimera– y los sueños de la razón crean monstruos. Es admirable que el film consiga explicar tan bien las simas afectivas que provoca una ruptura matrimonial sin caer casi nunca en los clichés del cine de divorcios.

Se nota que Hlynur Pálmason es también artista visual, porque la película es a la vez un álbum de fotos y un libro-objeto, que despliega, imprevisible, su arsenal de fricciones y contrastes como si se tratara de una constelación de extremos: la pesca y el arte, el escrutinio de los hijos sobre la confusión de los padres y la estupefacción de los adultos, el óxido y el viento, la tierra y sus huellas en un lienzo. Es un film que puede parecer disperso, pero es su mezcla de tonos, atemperada por su melancólica elegancia, la que resulta verdaderamente atractiva. La que, en definitiva, aspira a retratar un mundo que se desmantela, como una casa que pierde su tejado, o que va a la deriva, en el forzado equilibrio al que lo condena su línea de flotación.

Para los amantes de la comedia melancólica.

Fuente: Diario Panorama

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