Crónica de las uñas de San Esteban
Por Belén CIanferoni.
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Crónica de las uñas de San Esteban Crónica de las uñas de San Esteban
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¿Cómo les va en esa mañana nublada?
¿Todo bien? ¿Alguna cosita o promesa que les quedó en el tintero por hacer a lo largo de la semana? Yo tengo una lista de cosas que hacer que llega desde el Linyerita del Huaico Hondo hasta el Arco.
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Espero no enloquecer. Espero. No prometo nada.
Lo primero en mi lista era cumplir cierta promesa que hice a San Esteban. Al Colorado se le cumple o se le cumple. No por las amenazas, o por el miedo a lo desconocido... Es que yo soy así. Lo prometí. Le he prometido con palabra y todo.
A veces pasa que uno, cuando está asustado, mira hacia los abismos celestes, a las estrellas y contempla esa energía tan lejana y tan cercana, y... las quiere acariciar.
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A veces pienso en mi padre, en sus maneras, en sus santos y sus vírgenes. Pienso en todos los que me antecedieron, en cómo trabajaron la angustia de no saber qué hacer. Siempre pienso que ellos también sintieron lo mismo y lo trabajaron de distinta manera.
Mi abuela con sus hermanas, seguro rezando o con alguna amiga mística que tenían. Mi papá con sus promesas a los santos. Y ahora que me toca a mí, pienso en cómo todo eso también ha quedado en mí.
Porque le prometí a San Esteban, pero también agendé turno con mi psicóloga.
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Saludos para la licenciada si está leyendo esto.
Así que aquí tengo las uñas amarillas y rojas bailando sobre el teclado una especie de chacarera doble, mientras pienso en cómo justificar mis miedos.
De nuevo el arte, en el medio.
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Fui con mi amiga, mi vecina Pinky, y su hija, Valentina Acosta, para ver cómo procesar esta promesa. Ellas tienen una peluquería hermosa por la Lavalle, Fashion Coiffer. Y entre charlas, acomodando mis uñas, hablamos de nuestros padres.
Su padre se fue por alguna estrella junto con el mío, y mientras sus manos jugaban con los colores como una hechicera cromática, recordamos su cariño y sus decisiones místicas.
Sabemos que una promesa no es solamente pedir. También es recordar.
Recordar a quienes nos enseñaron a mirar hacia arriba cuando la vida se ponía difícil. A quienes tenían una estampita en la billetera, una virgen en la mesa de luz, un santo al que recurrir cuando las cosas se ponían feas. Personas que, como nosotros, tampoco tenían todas las respuestas.
Mi papá tampoco las tenía, pero tenía sus santos.
Y yo tengo los míos.
Tal vez por eso San Esteban me resulta tan cercano. Porque hay algo en ese color rojo, en ese amarillo, en esa imagen del Colorado, que me devuelve a una casa que ya no existe de la misma manera, a conversaciones que ya no puedo tener, a una forma de pedir ayuda que aprendí mirando a otros.
Uno crece y cree que deja atrás ciertas cosas. Hasta que un día tiene miedo.
Y entonces descubre que algunas costumbres estaban guardadas en un lugar del cuerpo donde no sabíamos que existían.
Ahí estaba yo, con mis manos frente a las Pinky, hablando de mi padre y su marido, mientras Valentina iba pintando despacito cada uña.
Y me conmovió pensar que ellos, nuestros padres, probablemente también tuvieron miedo.
Que alguna vez también habrán mirado al cielo.
Que alguna vez también habrán necesitado creer que algo, alguien, alguna fuerza que no podían explicar, iba a acompañarlos. Eso es que heredamos realmente, no las respuestas.
La manera de seguir buscando.
Por eso mi promesa no fue solamente por San Esteban. También fue por mi papá. Por las cosas que aprendí de él sin que nadie me las explicara.
Por esa necesidad de hacer algo cuando sentimos que no podemos hacer nada.
Y también por mí.
Porque después de tantos años aprendí que pedir ayuda no me hace menos fuerte.
Por eso voy a terapia.
Por eso hablo.
Por eso escribo.
Por eso hago arte.
Por eso me siento frente a ustedes, mis queridos croniqueros, a contarles que tuve miedo y que, en medio de ese miedo, hice una promesa.
No sé si los santos cumplen.
Pero sé que las personas necesitamos pequeños rituales para atravesar lo que no entendemos. Velas, oraciones, abrazos, palabras.
Una consulta con la psicóloga. Una charla con una amiga. Un recuerdo de papá.
Unas uñas rojas y amarillas.
Cada uno arma su pequeña ceremonia para seguir acompañados a la distancia cuando sentimos que el destino nos supera.
Mientras terminábamos las uñas, miré mis manos.
Me quedé un rato contemplándolas.
Pensé en mi padre.
Pensé en Pinky, en Valen y en su papá.
Pensé en nuestras historias, en los que se fueron y en los que seguimos acá, tratando de entender cómo se hace esto de vivir.
Y sentí una cosa muy sencilla.
Gratitud por la oportunidad de haberlos conocido, haberlos tenido.
Gracias a ustedes, también por leerme.
Y entonces, San Esteban, aquí estamos. Gracias a la vida, por mis hermanos. Y a José Luis, nuestro mayor, mi Batman, por ser tu cumpleaños. Saludos.
Promesa cumplida.
El Colorado tiene sus colores.
Hasta la próxima.
Fuente: El Liberal
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