Cuando el cuerpo termina la cuenta
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Lo que empezó como cólicos terminó convirtiéndose en una invitación a mirar. Y también en una pausa de esas que una no elige. De pronto el cuerpo interrumpe la agenda, los planes, la urgencia del hacer. Nos detiene de golpe. Nos obliga a quedarnos ahí. A sentir. A esperar. A habitar por un momento ese espacio que tantas veces intentamos llenar rápidamente con tareas, personas, explicaciones, proyectos. Y pensé en el vacío.
Quizás pasamos buena parte de la vida intentando llenarlo, cuando en realidad el vacío también forma parte de la vida. Hay espacio entre una respiración y otra. Entre lo que termina y lo que comienza. Entre aquello que dejamos de ser y aquello que todavía no sabemos que vamos a ser. Tal vez no todo vacío necesita ser llenado.Algunos necesitan ser habitados. Y cuando una deja de correr para llenar ese espacio, empiezan a aparecer cosas. Cosas que quizás no quise mirar. O no pude mirar. O simplemente todavía no estaba preparada para mirar. Tal vez porque no coincidían con la identidad en la que me reconozco: alegre, divertida, liviana, poco amiga del conflicto. Nunca me gustaron los enojos. Ni enojarme ni sentir que alguien estaba enojado conmigo.
Frente al conflicto, mi movimiento casi siempre fue comprender rápidamente el otro lado, atravesar la situación, encontrar el aprendizaje, llegar al gracias, descubrir el regalo escondido detrás de lo ocurrido... y seguir. Sí. Eso puede ser una fortaleza.Hasta que deja de serlo. Porque existe una diferencia enorme entre trascender una emoción y pasar por encima de ella. Mi parte consciente avanzaba, comprendía, resignificaba. Mientras tanto, había otra dimensión -emocional, física, corporal- que parecía llevar su propio registro. Como si el cuerpo fuera haciendo una cuenta silenciosa.Y un día la cuenta terminó. Aparecieron los cálculos.
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No afirmo que una emoción produzca una piedra. La biología es muchísimo más compleja que cualquier explicación lineal. Y las lecturas emocionales, simbólicas o transgeneracionales pertenecen a otro plano: el de los significados que construimos consciente e inconscientemente sobre lo que vivimos, no al de una causa única. Pero cuando escuché que deberían sacarme la vesícula, apareció en mí una pregunta imposible de ignorar: ¿Qué más estoy dispuesta a sacar de mi vida cuando saquen mi vesícula? La vesícula es un pequeño órgano que almacena y concentra la bilis que produce el hígado y la libera cuando el cuerpo la necesita para participar de la digestión, especialmente de las grasas. Y esa función biológica despertó en mí una metáfora. Almacenar. Concentrar. Liberar.Tres palabras.Tres movimientos de la existencia. Porque hay experiencias que necesitamos guardar durante un tiempo hasta poder comprenderlas. Hay otras que se concentran porque todavía no encontramos cómo procesarlas. Y llega un momento en que vivir requiere liberar. Sentí que ya venía trabajando en sincronía. Desde hacía un tiempo había comenzado un nuevo orden. Una limpieza más profunda. Soltar cosas que habían sido muy buenas, pero que ya habían cumplido su ciclo. Cosas que pertenecían a un pasado lejano. Y otras que sólo ocupan espacio y acumulaban energía.
Ordenando papeles encontré textos que había escrito años atrás. Uno me detuvo: El perdón. ¿A quién perdonamos cuando perdonamos?¿Por qué necesitamos hacerlo?¿Cuándo el perdón libera? ¿Y cuándo se convierte en un acto de soberbia? Porque existe un perdón que coloca al que perdona arriba y al perdonado abajo: yo, que tengo razón y te absuelvo. Perdón que conserva intacta la jerarquía y también el resentimiento. Hay otro perdón.Uno que requiere humildad. Desde el coaching ontológico, el resentimiento puede comprenderse como una emocionalidad que nos mantiene ligados a un acontecimiento que juzgamos injusto y que sentimos que no debería haber ocurrido. El perdón abre otra posibilidad: aceptar que aquello ocurrió, aunque jamás tengamos que considerarlo bueno, justo o aceptable. Perdonar no obliga a reconciliarse, ni elimina los límites.No convierte lo injusto en justo. Es dejar de organizar el presente alrededor de una deuda del pasado. Y luego me vino: Quizá la persona a quien más necesitaba perdonar era a mí misma. Perdonarme por las veces que no me protegí, valoré...
Perdonarme por no haber estado suficientemente presente para mí.Por no haber sabido discernir cuándo poner un límite, cuándo retirarme y cuándo permanecer. Me perdono por las veces que busqué afuera la mirada que necesitaba aprender a ofrecerme. Por haber esperado ser mirada por personas que quizá no podían mirarme. Perdonarme por haber estado cerrada a recibir, por no haber sabido pedir. Por compararme con ideales superlativos.Por enojarme conmigo cuando algo no salía como esperaba.Por la exigencia y el perfeccionismo que tantas veces me dijeron: "todavía no... falta algo más". Por aquellas veces en que confundí fortaleza con tener que poder sola.Pero entonces apareció una pregunta todavía más profunda. ¿Realmente tengo que perdonarme por todo eso? Porque la mujer que hoy mira hacia atrás posee una conciencia que aquella mujer todavía no tenía. Conoce desenlaces que ella desconocía.
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Hoy puede reconocer señales que entonces estaban mezcladas con afectos, necesidades, esperanzas, miedos y circunstancias. Juzgar a quien fui con la conciencia que tengo hoy también puede ser una forma de injusticia. Y comprendí que quizá no necesitaba perdonarme tanto.
Necesitaba comprenderme. Necesitaba una mirada amorosa capaz de acompañar a todas las mujeres que fui. Una mirada que pudiera observar sin condenar, pero también sin negar. Que reconociera mis errores, mis responsabilidades, mis puntos ciegos y, al mismo tiempo, los recursos que sí tuve en cada momento. Porque una mirada amorosa no es una mirada ingenua. El amor también dice basta. El amor pone límites. El amor se retira. El amor reconoce un error y aprende. El amor deja de insistir donde ya comprendió. Entonces el viaje dejó de ser solamente hacia el perdón.
Se convirtió en un viaje hacia el corazón, desde donde podemos mirar nuestra historia completa sin expulsar ninguna parte de nosotros mismos. Quizá sanar sea eso.Dejar de utilizar el pasado como tribunal y empezar a utilizarlo como conciencia. Pronto van a sacarme la vesícula.Y mientras llega ese momento, la observo. Pienso en su pequeña tarea silenciosa: almacenar, concentrar y, llegado el momento, liberar. Tal vez yo también esté aprendiendo eso. ¿Qué conversación trajo a tu vida aquello que te obligó a detenerte?
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Fuente: El Tribuno de Jujuy
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