Cuando la historia lanzó alaridos
Los ecos de la salida de Manuel Adorni y el escándalo de los videos vinculados a Martín Insaurralde coinciden con un nuevo aniversario del golpe contra Arturo Illia. Dos formas antagónicas de entender el poder quedaron separadas por seis décadas, pero unidas por la memoria histórica.

"Cuando la Tierra lanzó alaridos" es un relato de Arthur Conan Doyle próximo a cumplir un siglo, que narra aventuras del profesor Challenger. Pretende, sucintamente, que la Tierra es una entidad capaz de sentir. El protagonista del relato (fue publicado en 1928) decide abrir un pozo en una propiedad que ha heredado para comprobar su postulado.
Durante el último fin de semana de junio, la caída de Manuel Adorni, jefe de Gabinete y estrella política del gobierno libertario, cristalizó un contraste tan estridente entre dos momentos de la Argentina, y específicamente entre dos gobiernos de la Nación, que podría considerarse que la historia estaba lanzando alaridos.
Claro está: la coyuntura se encuentra saturada por los ruidos de la corrupción. Escuchar los gritos del pasado reciente no era sencillo mientras se asistía al estrépito de ver al primer vocero de La Libertad Avanza estrellándose contra las contradicciones y las inconsistencias de su situación patrimonial. Era la voz de la gestión que venía a establecer la moral como política de Estado, pero se fue un sábado a la tarde, por la puerta de servicio de la Quinta de Olivos, incapaz de enfrentar, durante los días hábiles siguientes, una interpelación en el Congreso. Sus explicaciones en torno de hipotecas otorgadas por jubiladas y de "pendrives" milagrosos con fortunas en criptomonedas son ya parte de lo más granado del realismo mágico de este país.
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Sobre esas ruinas de la transparencia en la administración del Estado, los videos atribuidos a Jesica Cirio, ex esposa de Martín Insaurralde, el ex intendente de Lomas de Zamora, configuran un episodio en el que la deshonestidad alcanzó niveles pornográficos. La Real Academia Española, por caso, admite la "obscenidad" como sinónimo de "pornografía". Y pocos adjetivos hay para describir más acabadamente la filmación en la que, debajo de remeras y dentro de valijas, se apretujan multitudes de paquetes termosellados de dólares de la máxima denominación.
Fue demasiado, tal vez, para recordar que ese mismo fin de semana, al día siguiente de la renuncia de Adorni, mientras a los argentinos les daba vértigo calcular cuántas vidas de trabajo decente cabían en las cajoneras del guardarropas de Insaurralde, se cumplían 60 años del golpe de estado que terminó con el gobierno de Arturo Illia. Él fue uno de los Presidentes de la Argentina que más acabadamente encarna la personificación de la honestidad.
Illia nació con el siglo. Llegó al mundo el 4 de agosto de 1900 en la ciudad de Pergamino. Como ejerció la medicina durante tres décadas en Cruz del Eje, en el norte pobre de Córdoba, hay una suerte de creencia extendida de que era oriundo de esa provincia. Allí suelen decir que es el más bonaerense de los estadistas cordobeses. Era notable "su dedicación a los enfermos con menos recursos. Podía viajar a caballo varios kilómetros para llevar medicamentos a quienes no podían adquirirlos", describe el historiador Felipe Pigna en el artículo "Arturo Illia, el apóstol de los pobres".
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Precisamente, Illia llegó a ser vicegobernador de Córdoba entre 1940 y 1943, durante la gestión de Santiago del Castillo. De modo que su formación política es contemporánea con uno de los líderes más gravitantes de la Unión Cívica Radical: Amadeo Sabattini. Hay una anécdota ya referida en estas páginas ("En el nombre de la política", LA GACETA, 18/09/2005) que grafica acabadamente cuál es la tradición de la que fue tributario el médico rural que llegó a la Casa Rosada. Corría la infame década del 30 cuando Sabattini, gobernador de la provincia mediterránea, presidía un acto en Colonia Caroya. Allí se había encontrado con su mujer, quien al final de la ceremonia se encaminó hacia el vehículo oficial para retornar a la capital junto con su marido. Pero él la detuvo amablemente y le explicó que no podía acompañarlo: ese era el auto de la gobernación y no debía ser ocupado por particulares, por más familiares suyos que fueran. Entre esa circunstancia y la escena en que la esposa de Adorni viajaba a EEUU en el avión presidencial, para acompañar a su marido mientras él se "deslomaba" en Nueva York, hay mucha historia dando alaridos.
Esa anécdota, por cierto, enmarca decisiones mucho más trascendentes del propio Illia. Su esposa, Silvia Martorell, sufrió cáncer cerebral. Para costear su tratamiento en Houston, EE.UU., el entonces jefe de Estado rechazó usar recursos del Estado y vendió su único automóvil para pagar esos gastos. No estamos hablando de dinero para comprar departamentos ni para construir piletas con cascadas en clubes de campo, sino de la atención de la salud de la Primera Dama de la Argentina. Sin embargo, para Illia era impensable trasgredir el límite entre los bienes públicos y el patrimonio privado. No se planteó si sería cuestionable usar fondos públicos para ese caso, simplemente porque nunca se permitió, siquiera, ese escenario de conflicto de intereses. Frente al video de la vedette casada con un intendente, que filma millones de dólares en el placard, la historia se desgañita.
César Tcach, autor junto con Celso Rodríguez del libro "Arturo Illia: El sueño breve" (2006), lo presenta como un heredero de la tradición krausista, que concebía la política como una rama de la moral. No la pregonaba como una política de Estado, sino que la ejercía como tal. En un artículo publicado en La Nación ("Arturo Illia, el presidente audaz", 27/06/2026), el historiador destaca que fue el único ex mandatario que, cuando dejó el poder, contaba con menos bienes que aquellos con los que había asumido, en palabras de su propio hijo, Leandro Illia. También destaca que en su libro "La memoria necesaria", el ex gobernador cordobés Eduardo Angeloz afirmó, sin exagerar, que los bienes del ex primer mandatario "cabían en una maleta".
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La historia grita el ejemplo de Illia hasta quedarse disfónica en este país.
Illia llega al poder en el contexto de la proscripción del peronismo. Juan Domingo Perón se encuentra exiliado tras su derrocamiento en 1955, su partido está prohibido y muchos de sus seguidores han sufrido persecución y hasta fusilamientos, como las ejecuciones en José León Suárez, investigados por Rodolfo Walsh y recuperados para la historia en "Operación: Masacre".
El gobierno de Illia duró poco menos de tres años, durante los que enfrentó una feroz campaña de desestabilización. En su canónico ensayo sobre "Las ideas políticas en Argentina" (Fondo de Cultura. 2008), José Luis Romero presenta la conjunción de intereses entre sectores sindicales y militares, que comienzan a propiciar acercamientos. Los sindicalistas pergeñaban "un peronismo sin Perón". Los uniformados buscaban, para decirlo en términos del historiador, una "fórmula supletoria" del peronismo. Sin embargo, habían fracasado con el desarrollismo de Arturo Frondizi. Y decidieron que tampoco prosperaría la experiencia con los históricos antiperonistas, que eran los radicales. Así que urdieron el fin del gobierno de Illia, al que con la complicidad de varios medios periodísticos descalificaban al Presidente tildándolo de "lento". Hasta lo caricaturizaban con viñetas que lo graficaban como una tortuga. Las estadísticas contradicen esas operaciones de desprestigio.
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Durante 1964 y 1965, la recuperación económica del país, prácticamente, no tiene antecedentes. El PBI tuvo un aumento anual del orden del 10%. Lo de "crecer a tasas chinas", durante los dos años completos de la experiencia de Illia, consistía en realidad en "crecer a tasas argentinas". Esa prosperidad también fue vivida por los argentinos: el índice de desocupación, que había alcanzado su récord en 1963 con el 8,8%, se había despeñado hasta el 4,6% en 1965. Es decir, había pleno empleo en el país. Esa situación, por cierto, no se costeó con déficit fiscal, sino todo lo contrario: una campaña agrícola favorable y el auge exportador se conjugaron en un saldo de balanza comercial favorable de 1.400 millones de dólares para el trienio 1963-1966.
¿Por qué el empecinamiento contra Illia? Había llegado al poder con apenas el 25% de los votos, como consecuencia de la proscripción peronista, de modo que había una estructural debilidad de origen. Simultáneamente, fueron numerosos los intereses económicos (y, consecuentemente, los grupos de poder) afectados por sus políticas de austeridad y honestidad.
Apenas asumió, anuló por decreto los contratos petroleros que Frondizi había celebrado con empresas extranjeras. El radical reivindicaba para la Argentina la explotación de la riqueza de su subsuelo. Luego, y en contra de las asociaciones empresarias, promovió en el Congreso la sanción de la Ley 16.459, que sentó las bases para el establecimiento del salario mínimo, vital y móvil. El sector empresario hacia flamear el fantasma de la recesión y la alta inflación si prosperaba esa norma. Las estadísticas de la macroeconomía y de la microeconomía los desmintieron palmariamente.
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El gobierno de Illia, médico al fin, también promovió la Ley 16.462. que limitaba los márgenes de ganancias de los laboratorios y facilitaba el control de los medicamentos respecto de su elaboración.
Luego de que la autodenominada "Revolución Argentina" lo derrocara, el 28 de junio de 1966, para sentar en el poder de facto al dictador Juan Carlos Onganía, Illia volvió a ganarse la vida mediante el ejercicio de su profesión. Tcach puntualiza que en sus últimos años de vida (falleció el 18 de enero de 1983) se alojaba en una habitación modesta, que contaba con un pequeño escritorio, en la clínica de Eugenio Conde, un amigo suyo, en la villa turística de Carlos Paz. No tenía mansiones en barrios privados. Ni residencias céntricas. Ni departamentos. Ni a su nombre ni a nombre de esposas, hijos, hermanos, sobrinas, primos, tíos u otros testaferros. "Fue ajeno a la tentación de obtener beneficios económicos o materiales durante su presidencia", sintetiza el autor de "El sueño breve".
Cuando se repara en la actualidad nacional del último fin de semana de junio, da la impresión de que Illia fue ajeno, en realidad, a la mismísima argentina. Todo el "ruido" que provoca su ejemplaridad frente a los incontables Adornis e Insaurraldes del presente, no es otra cosa más que la historia dando alaridos.
Álvaro Aurane
© LA GACETA
Fuente: La Gaceta
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