Cuando la montaña sangra
Información + Opinión - La Rioja, Argentina

Por Sara González Cañete
Algunas montañas son para observar y hay montañas que una ama. A la primera se le toman fotografías. A la segunda se le escribe. El Famatina, es fuente de mi inspiración y querer, me sucede siempre, sentirme como una hija que se recuesta en el regazo de una madre, pertenezco a la segunda clase de montañas, las que una aprende a querer sin haber nacido en ellas, las que se vuelven propias a fuerza de mirarlas, de resguardarlas con el alma.
Por eso escribo esta columna con las manos un poco temblorosas, y un fragmento de mi pluma con tristeza. Porque durante estos días de julio, mientras el país discutía otras cosas, la montaña estuvo sangrando.
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El fuego empezó el lunes, dicen los partes oficiales, cerca del paraje La Yareta, a metros de la ruta 40. Un fuego pequeño, quizás, al principio. Un fuego de esos que alguien enciende sin conciencia, control ni cuidados. Pero la montaña, quiero decirlo así, no perdona el descuido. El viento zonda, el temido por muchos motivos, tomó esa llama tímida y la convirtió en algo que trepó los 2.800 metros, le sacó humo y dejó cenizas a un Chilecito entero.
Más de 1000 hectáreas. Lo escribo en números porque los números, a veces, son la forma más honesta del dolor. Mas de 1000 hectáreas de la ladera oeste de Guanchín, de la finca de Los Bordos, de la Quebrada de los Manzanos, de la Quebrada del Xincal, de Santa Florentina, de la Torre Alta. Nombres que quizás a un lector de Buenos Aires no le digan nada, pero que para quienes caminamos alguna vez esos senderos son mapa y son memoria, se convierten en recuerdos inolvidables.
Yo no soy riojana. Lo digo siempre, lo repito en esta columna que lleva el nombre que lleva, "extranjera federada", una que ama el interior sin haber nacido en él. Pero hay algo que una aprende cuando se decide querer una tierra que no es la propia, y es que el amor no pide documento. Que se puede llorar por una montaña ajena exactamente igual que por la tierra natural, quizás más, porque a la propia se la da por sentada y a la elegida se la cuida con la conciencia despierta… activa.
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Mientras el fuego avanzaba, más de sesenta personas subieron a pie, con herramientas manuales y el agua justa, porque la montaña no permite otra cosa. Brigadistas de Chilecito, de Nonogasta, de Chepes, de Chamical. Baqueanos que conocen cada quebrada como conocen su propia mano. Hubo dos de ellos, jóvenes, que se perdieron entre el humo y la ceniza, y que por un rato, al menos hizo que contuviéramos la respiración esperando. Aparecieron con vida.
La montaña, esta vez, no se los llevó.
Contuvieron el setenta por ciento del fuego cuando ya llevaba días. Después, algo más. Y finalmente, la noticia que estas líneas necesitaban para poder escribirse sin la garganta cerrada, el fuego fue extinguido. Quedan, dicen los partes, cuarenta y ocho horas de custodia de cenizas, esa tarea silenciosa de caminar entre lo quemado buscando un rescoldo que no debe volver a prender. La Justicia investiga si hubo intención. Un fiscal, un expediente, una pregunta que quizás nunca tenga respuesta completa. Pero mientras los papeles avanzan, la montaña queda como queda siempre después del fuego, negra, callada, con una dignidad rara que tienen las cosas heridas pero igual siguen de pie. Muestran su mayor autoridad, y se debe reflexionar.
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No sé si el monte guarda memoria. Sospecho que sí. Sospecho que en algún lugar bajo esa tierra ennegrecida hay una semilla esperando la próxima lluvia, porque las montañas, a diferencia de nosotros, no se rinden nunca del todo. Vuelven a verde. Tardan, pero vuelven, siempre vuelven. Yo, mientras tanto, sigo siendo extranjera. Extranjera en el Famatina, extranjera federada de esta tierra que no me vio nacer pero que me enseñó, que el amor por un lugar no se justifica con la sangre de la tierra, ni en partidas de nacimiento, sino en la preservación, respeto y valor que se le da al lugar. La próxima vez que vuelva a subir a la montaña espero verla ahí, verde, entera, esperándome… cobijándome. Pero sobre todo es de enorme menester, tomar conciencia del peligro al que nos puede someter los descuidos con la naturaleza.
Fuente: Nueva Rioja
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