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Cuidar el cerebro desde antes de nacer

El cerebro no tiene reemplazo. Es el órgano que comanda el movimiento, el lenguaje, la memoria, las emociones y buena parte de las funciones que permiten a una persona desarrollarse y relacionarse con el mundo. Sin embargo, durante mucho tiempo su cuidado no ocupó un lugar central en las conversaciones cotidianas sobre salud.

Por Ricardo Falcon7 min de lectura
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Cuidar el cerebro desde antes de nacer
Cuidar el cerebro desde antes de nacer · Foto: Primera Edición

El cerebro no tiene reemplazo. Es el órgano que comanda el movimiento, el lenguaje, la memoria, las emociones y buena parte de las funciones que permiten a una persona desarrollarse y relacionarse con el mundo. Sin embargo, durante mucho tiempo su cuidado no ocupó un lugar central en las conversaciones cotidianas sobre salud.

Esa realidad comenzó a cambiar. La expansión de la neurociencia y una mayor difusión de los conocimientos médicos hicieron que la sociedad empezara a prestar más atención a la importancia de cuidar el cerebro a lo largo de toda la vida.

El doctor Mario Armando Barrera, primer neurocirujano infantil de Misiones, puso el acento en una idea tan sencilla como decisiva: la prevención comienza mucho antes de que aparezca una enfermedad.

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"Desde la panza", resumió el especialista al referirse al cuidado del cerebro. La alimentación y los controles durante el embarazo, la vacunación, el nacimiento en condiciones adecuadas y el acompañamiento durante los primeros años forman parte de un proceso que tiene consecuencias en el desarrollo neurológico.

Durante los primeros dos años de vida, explicó, el cerebro alcanza prácticamente el volumen que tendrá durante el resto de la vida. Eso no significa que haya completado su desarrollo: las funciones, las habilidades y las conexiones neuronales continuarán construyéndose durante muchos años. Por eso, el cuidado temprano resulta fundamental.

La alimentación, el afecto, la lactancia materna, las vacunas y los controles pediátricos constituyen herramientas centrales. En este punto, Barrera insistió especialmente en la importancia de la vacunación, en un contexto en el que persisten dudas y teorías conspirativas vinculadas con supuestos efectos neurológicos.

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La prevención, sin embargo, no termina en la infancia. Como ocurre con todo el organismo, el cerebro también envejece. Pero el paso del tiempo no implica necesariamente un deterioro inevitable e irreversible. La alimentación saludable, la actividad física y el cuidado general del cuerpo pueden contribuir a mejorar la calidad de vida y preservar capacidades.

El neurocirujano utilizó una comparación sencilla: después de décadas de castigar el cuerpo con malos hábitos, no alcanza con comenzar a cuidarlo de un día para otro. Pero siempre es posible mejorar. La recuperación dependerá de cada persona y de las capacidades que se hayan perdido, pero el entrenamiento y la actividad permiten trabajar sobre aquello que todavía puede fortalecerse.

En ese camino, los principales enemigos del cerebro no son únicamente el alcohol, el tabaco o las drogas. También aparecen los hábitos, los pensamientos y los comportamientos que terminan afectando la salud integral. El desafío, en definitiva, consiste en abandonar la idea de que la prevención comienza cuando aparece una enfermedad.

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Uno de los temas centrales de la entrevista fue el de los traumatismos de cráneo, especialmente frecuentes durante la infancia. Los niños pequeños tienen una particularidad anatómica: la cabeza representa una proporción mayor de su cuerpo y, por una cuestión física, suele ser la primera parte en impactar cuando se caen.

El cerebro cuenta con distintas estructuras de protección, entre ellas el cráneo y el líquido cefalorraquídeo, que amortigua los movimientos. Sin embargo, determinadas sacudidas o impactos pueden generar lesiones.

Por eso, Barrera cuestionó algunas prácticas habituales de los adultos, como arrojar a los bebés hacia arriba para volver a atraparlos o sacudirlos durante un episodio de llanto intenso. Aunque muchas veces se realizan como parte de un juego o con la intención de ayudar, pueden generar movimientos bruscos y riesgos innecesarios.

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La buena noticia es que la gran mayoría de los golpes en la cabeza son leves. Según explicó el especialista, alrededor del 80% no tiene consecuencias de gravedad. Otro 18% requiere algún tipo de atención y aproximadamente el 2% puede ser grave y demandar incluso una intervención neuroquirúrgica.

La dificultad está en reconocer cuándo un golpe aparentemente menor puede esconder algo más serio. Si un niño se golpea y llora inmediatamente, se recupera rápidamente y no presenta otros síntomas llamativos, en principio el traumatismo puede ser leve. Pero hay señales que deben encender las alarmas: pérdida de conocimiento, vómitos, somnolencia inusual, confusión, alteraciones en el habla o dificultades para caminar.

Un niño que después de un golpe queda "tontito", habla como si estuviera alcoholizado o camina con dificultades necesita ser evaluado de inmediato. También es importante considerar la intensidad del impacto. No es lo mismo una caída desde la propia altura que un golpe producido desde una altura considerable.

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La observación posterior también resulta importante. Algunos traumatismos que comienzan siendo leves pueden evolucionar y transformarse en cuadros moderados o graves. Por eso, la conducta adecuada no es entrar en pánico ante cualquier golpe, pero tampoco minimizar las señales de alarma.

El especialista también explicó que algunas lesiones producidas por traumatismos pueden dejar secuelas a largo plazo. Una contusión hemorrágica puede generar un foco de lesión que, con el tiempo, podría relacionarse con convulsiones u otras consecuencias neurológicas.

El ejemplo más extremo aparece en los golpes repetidos en la cabeza, como ocurre en algunos deportes de contacto. La reiteración de los impactos puede producir lesiones acumulativas y afectar incluso áreas vinculadas con la conducta.

La prevención también implica respetar los tiempos del desarrollo. Barrera destacó la importancia de los controles de niño sano, especialmente durante el primer año de vida. En ese período, el pediatra observa el crecimiento, mide la cabeza, controla el peso y la talla y evalúa la evolución neurológica.

El desarrollo no es idéntico para todos los niños. Un bebé puede sostener la cabeza, sentarse, pararse o caminar algunos meses antes o después de los parámetros generales sin que eso implique necesariamente un problema. Lo importante es detectar posibles desvíos y evaluarlos a tiempo.

La medición del perímetro cefálico, por ejemplo, permite advertir si la cabeza crece por encima o por debajo de los parámetros esperados. En los bebés, la fontanela permite además realizar estudios como la ecografía transfontanelar, utilizando ese espacio como una ventana para observar el cerebro.

Barrera también llamó a evitar la aceleración artificial de procesos naturales. La utilización de andadores para forzar a un bebé a pararse antes de tiempo, por ejemplo, puede generar consecuencias en un cuerpo que todavía no está preparado para soportar su propio peso.

"Cada proceso tiene su tiempo", fue la idea que atravesó sus explicaciones. El desarrollo neurológico, como el crecimiento físico, no puede acelerarse sin consecuencias.

La conversación también permitió recorrer una parte de la historia de la salud pública misionera. Barrera fue el primer neurocirujano infantil de la provincia. Su llegada a la especialidad surgió de un proyecto impulsado desde el sistema sanitario misionero, cuando se detectó la necesidad de formar recursos humanos para atender patologías pediátricas complejas que hasta entonces eran resueltas por neurocirujanos de adultos o requerían derivaciones a Buenos Aires.

El especialista recordó que el paciente pediátrico no es simplemente un adulto pequeño. Tiene patologías diferentes y requiere una atención específica, tanto desde el punto de vista médico como familiar.

El camino de formación no fue sencillo. Barrera ya tenía alrededor de 40 años cuando inició el proceso de especialización, en una época en la que ni siquiera existían las estructuras actuales para organizar ese tipo de capacitación.

Después de su regreso a Misiones, permaneció durante 12 años prácticamente solo al frente de la atención neuroquirúrgica infantil. En ese período llegó a operar alrededor de 90 niños por año.

La comparación dimensiona el desafío: servicios especializados de Buenos Aires con alrededor de 15 neurocirujanos podían atender unos 120 casos anuales, mientras que en Misiones una sola persona asumía una carga quirúrgica cercana a esa magnitud.

Hoy la provincia cuenta con dos especialistas en el área. Puede parecer todavía una estructura pequeña, pero representa un cambio enorme respecto de los comienzos. También evolucionaron la infraestructura, los quirófanos, el equipamiento y el sistema de salud en general.

Barrera se definió como testigo, protagonista y producto de ese proceso de transformación. La decisión de formar profesionales y desarrollar capacidades dentro de la provincia permitió que muchas familias misioneras dejaran de afrontar viajes largos y costosos para acceder a cirugías complejas.

Fuente: Primera Edición

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