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Cutín, de los hombres que hacían patria

La Terminal de micros de 25 de Mayo lleva el nombre de "Cutín Pérez", aunque no hay cartel alguno que la identifique. "La Reform...

Por Redacción13 min de lectura
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Cutín, de los hombres que hacían patria
Cutín, de los hombres que hacían patria · Foto: La Arena

La Terminal de micros de 25 de Mayo lleva el nombre de "Cutín Pérez", aunque no hay cartel alguno que la identifique. "La Reforma", su empresa de colectivos traspasó huellas y guadales durante 15 años.

MARIO VEGA

Mucho antes de las teorías sobre la integración regional, un hombre sencillo y un viejo colectivo unieron los pueblos más aislados del sudoeste pampeano, desafiando a la hostilidad de la travesía y haciendo patria sin saberlo.

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Francisco Agustín Pérez, "Cutín" para todo el mundo, perteneció a esa estirpe de pampeanos que no necesitaron de grandes discursos ni de despachos oficiales para entender el significado exacto de la palabra patria. Su destino no estuvo marcado por la comodidad, sino por el rigor del horizonte infinito y los vientos impiadosos del sudoeste.

Con una sencillez que conmovía, impulsado únicamente por las ganas de ayudar y de ser útil a una sociedad que entonces crecía a la intemperie, Cutín se convirtió en un verdadero pionero.

Quién era Cutín.

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Fue de aquellos hombres que actuaron con el coraje de los antiguos descubridores, edificando la identidad de nuestra provincia desde el barro y la arena, sin reclamar jamás un bronce.

Nacido en Santa Rosa, estuvo casado muchos años con Juana Victoria Bazán (Juanita), con quien tuvieron cuatro hijos: Manuel Agustín (Pocho), Néstor Luis (músico integrante del que fue conocido grupo "Los Panameños), Alicia Mabel y Nelson (se quedó en "25")

Un hombre tranquilo, trabajador, de esos que sí se "deslomaban" en aquellas épocas en que todo se hacía a pulmón.

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Antes, carpintero.

Conocí mucho a esa familia que –como la mía- vivía al norte de las vías del Ferrocarril. Si me parece verlo a Cutín entre sus máquinas de carpintería que tenía instalada al lado de su propia vivienda en la esquina de lo que hoy es Jujuy y Catamarca (antes 15 y 24), a metros del Club Argentino y la Escuela 314 (hoy 201).

Y era bueno en ese oficio… Muy bueno. Porque tanto arreglaba un mueble y lo dejaba impecable como el mejor ebanista, como podía hacer toda la carpintería de una vivienda, incluyendo aberturas u otros trabajos.

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Barrio de casitas bajas.

Era aquella la de Villa Tomás Mason una barriada humilde. No había grandes y fastuosas casonas, y sólo destacaba al cruzar las vías en ese sector el chalet "La Nena" –toda una referencia porque era decir del chalet "La Nena" hacia allá o hacia el otro lado--, y también la vivienda con sus tejas rojizas ubicada a una cuadra también sobre calle 1º de Mayo haciendo esquina con Jujuy de la familia Masera.

Las demás eran casitas bajas, bien sencillas. Pero, recuerdo que enfrente mismo de la carpintería de Cutín vivía en una precaria casita doña Anita Domínguez, venida del Oeste más profundo.

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Siempre la solidaridad.

Allí muchas veces sonaban las guitarras y la voz de los cantores, porque se acomodaban como podían en una construcción por cierto muy modesta Julio Domínguez, Félix Alcaraz, Terete, Tita, Paula, Pedro Macedo, don Tomás… y otro grupito de chicos como "El Vasco", "Coco", "Bocha"… Todos Domínguez.

El alojamiento –muy precario- estaba construido en un terreno más bajo que la calle, lo que hacía que cuando llegaba alguna lluvia intensa se inundara. ¿Y qué hacían entonces los Domínguez? Invitados por su dueño pasaban la noche en la carpintería de Cutín…

Así eran las cosas entonces. Y nadie se escandalizaba por eso, porque la solidaridad era moneda corriente en esa barriada que por entonces tenía no pocas carencias. Y Cutín y su familia tenían esa faceta de ayudar cuando se hacía necesario. "Pero nosotros algunas veces nos cruzábamos para comer las tortas fritas, o los guisos que cocinaba doña Anita", recordó en estas horas "El Negro" Pérez, hijo de Cutín.

Santa Rosa-Colonia 25 de Mayo.

Un día, alentado vaya a saberse por qué, Pérez decidió que iba a comprar un colectivo Ford modelo 1955 con motor Perkins gasolero comprado en General Pico. Con él iba a comenzar a hacer el trayecto Santa Rosa-Colonia 25 de Mayo. ¿Una locura? Eso parecía esa ciclópea tarea que iba a emprender Cutín. Lo había charlado con un vecino del barrio –llegado desde Eduardo Castex-, Clive René Bassa, y los dos pusieron manos a la obra.

Consiguieron la correspondiente autorización y se lanzaron a la riesgosa experiencia. Corría una mañana de 1961 cuando desde la "Terminal", entonces ubicada en el Bar Quiroga en la calle 9 de Julio, empezaría lo que sería una aventura que duraría quince años.

Pero Bassa enseguida pensó que semejante esfuerzo no era lo que esperaba, y después de tres o cuatro viajes decidió dejar la incipiente empresa. Ya entonces Cutín se apoyó en su hijo mayor, Pocho, que no sólo sería su asistente sino que además compartía con su padre la condición de chofer de esos viajes interminables.

Dos colectiveros en una cuadra.

Hago un paréntesis para recordar que justo al lado de mi casa paterna –en Jujuy 257 donde mi padre tenía su imprenta- también había otro colectivero. Rolando Weigun era el conductor de la Empresa "El Rápido" que viajaba semanalmente hasta Telén, otro camino difícil hacia el oeste como eran muchos en esa época.

Su transporte permanecía detenido sobre la polvorienta calle que entonces no estaba asfaltada y allí mismo, como lo hacía Cutín –a poca distancia, apenas unos 50 metros más allá-- Rolando se esforzaba durante horas entre viaje y viaje para tener su micro en condiciones. Ambos se pasaban horas ya metidos en los motores de sus antiguos vehículos, o arreglando detalles dentro de sus colectivos, hasta que llegaba el momento de emprender sus respectivas rutas.

Cutín y Rolando se ayudaban en lo que podían cuando había un problema en uno de los dos transportes; y ambos lo llevaban al taller de Gomila cuando se les complicaba un poco el tema mecánico.

Huellas, guadales y viento.

Eran los albores de la década de 1960 y el mapa de La Pampa era más un enorme desafío geográfico que una realidad integrada, Cutín decidió plantarle cara a la distancia. Durante quince largos años, tres lustros que se dicen rápido pero que se sufrieron kilómetro a kilómetro, montó su travesía en un antiguo colectivo.

El itinerario unía Santa Rosa con Colonia 25 de Mayo, un trazado hostil, difícil, que él afrontaba cada semana con un esfuerzo colosal, casi sobrehumano.

Mucho antes de que la necesidad de la integración provincial y regional ocupara y preocupara a estudiosos, políticos y publicistas de café.

Abasteciendo el desierto.

Aquel colectivo Ford de Cutín era un pueblo en movimiento. Una suerte de cordón umbilical que abastecía al desierto. "Parábamos en General Acha"-contaba su hijo Pocho con los ojos brillantes recordando la epopeya-, y allí levantábamos la galleta y mercadería de toda clase destinada a los comercios de 25 de Mayo, Chacharramendi y La Reforma".

Pero el viaje no terminaba al llegar a destino. Una vez en 25 de Mayo, el colectivo se quedaba tres días haciendo los servicios locales desde la Colonia, uniendo en sucesivas visitas de ida y vuelta los parajes de Puelén y Gobernador Ayala.

Cutín, el comisionista.

Cutín era mucho más que un transportista; era un comisionista del destino, el hombre de confianza de toda una región olvidada. En su colectivo viajaban

pasajeros, encomiendas, medicamentos vitales, correspondencia que acortaba distancias afectivas, los chivitos de la travesía, los productos de la incipiente zona de riego y hasta los sueldos de la policía de los destacamentos más remotos. El orden de prioridades estaba claro: para los pasajeros reservaba celosamente veinte plazas en la parte delantera; el resto del habitáculo se transformaba en una bodega atestada de vida y subsistencia.

Colectiveros heroicos.

Cutín Pérez se iba a convertir en uno de esos hombres imprescindibles. Sin alardes, sin esperar reconocimientos recorría la travesía del sudoeste y enlazaba con su fiel colectivo las aisladas y sufridas poblaciones de Colonia 25 de Mayo, La Reforma y Chacharramendi.

Aquello no era un simple servicio de transporte; fue algo así como la colonización tardía, la culminación de una gesta que protagonizaron los heroicos pioneros desde las primeras décadas del siglo, lanzados por caminos inexistentes, que en realidad eran puras huellas polvorientas.

"Salíamos los lunes de Santa Rosa a la mañana muy temprano y llegábamos a 25 de Mayo a las cinco o seis de la tarde. Pero a veces no se podía partir el lunes, sino al día siguiente, con el correspondiente permiso de las autoridades de Transporte de la Provincia, porque los medios eran muy limitados y teníamos un solo colectivo…", explicaba Pocho Pérez.

Gran precariedad.

Así lo evocaba el propio Cutín en su momento, y en su queja mansa, desprovista de rencor, se traslucía la enorme precariedad con la que se cimentó el progreso de nuestro suelo. El relato de los pobladores que lo conocieron sigue el itinerario por la meseta, metiéndose en los pliegues de la memoria. Y quedan por allí las anécdotas de los contemporáneos –que algunos pocos aún siguen en 25- y el recuerdo de las vicisitudes surgen al narrarlas de manera natural.

Tres lustros de aventura.

La línea, inaugurada bajo el signo de la audacia en 1961, resistió hasta 1976. A partir de ese año, el avance inexorable del pavimento y la llegada de

grandes empresas nacionales (como Alto Valle) cambiaron el panorama, obligando a Cutín a reducir su recorrido al ámbito estrictamente zonal. Pero lo legendario ya estaba escrito en las arenas del oeste. Es imposible olvidar aquellas jornadas en las que el "Fordcito" quedaba varado en medio de la nada por algún desperfecto mecánico.

Allí se quedaban, a la buena de Dios los pasajeros y la mercadería, mientras Cutín metía mano al motor con la paciencia de los justos, esperando que pasara alguna alma perdida para dar aviso en la Colonia. Llegó a estar dos días enteros parado en la inmensidad.

Varados en la ruta.

¿Y qué hacían los pasajeros en esas 38 leguas de travesía cuando el colectivo de Cutín decía basta, para tomarse un descanso por alguna avería que había surgido?

"Quedaban ahí, era gente muy curtida", cuentan los que conocen esta historia. "En el colectivo siempre había agua, sobre todo en verano. Y cuando venía cargado, podían pasar dos días tranquilamente, porque sobraban alimentos, galletas, vino…".

No había desesperación; sí una profunda comunión con el paisaje. La solidaridad era la ley primera: la propia policía, sabiendo los horarios de memoria, salía en su búsqueda si la tardanza superaba los límites de lo tolerable.

El constructor.

Con el paso del tiempo Cutín cedió a las nuevas condiciones, y se quedó con su esposa Juanita hasta sus últimos días –tenía 64 años cuando falleció- en 25 de Mayo.

Antes abrió allí un corralón de materiales, se dedicó además a la construcción y algunos edificios fueron levantados por su pequeña empresa.

Si hasta fue el que puso la primera sala velatoria de "25", que construyó él mismo (hoy la tiene la Coospu), y también hizo otras varias edificaciones del pueblo.

Haciendo patria.

Hoy, cuando el asfalto borró las huellas y las distancias se miden en minutos, el nombre de Cutín Pérez se agiganta. Su Ford modelo 1955 obviamente ya no ruge por las picadas, pero su gesta heroica permanecerá viva en la memoria de la travesía. Hombres como él demostraron que para hacer patria sólo se necesitaba un volante, un puñado de coraje y un corazón inmenso dispuesto a abrazar a su gente.

Cutín Pérez fue una persona que, con su sencillez, sin estridencias, fue un colosal pionero en un sitio en el que los pampeanos y pampeanas depositaron sus mejores sueños.

El "milagro" de 25 en una vidriera.

La historia de la integración de la Colonia 25 de Mayo a la provincia no se escribió solo en los despachos oficiales; comenzó con la intuición de Don Raúl D'Atri y una aventura que rozó la inconsciencia.

Pocos después de fundar LA ARENA en 1933, a los oídos de don Raúl D'Atri llegaron los rumores de que esa colonia, devastada años antes por la "Crezca grande" (el catastrófico desborde de la laguna Carrilauquen en la cordillera), se estaba levantando de las cenizas. Hablaban de una producción de zapallos, frutas y verduras que parecía imposible para el desierto pampeano.

Don Raúl no dudó. Subió a su Chevrolet '26 con capota de lona y encaró la aventura. Hizo base en General Acha para visitar a colaboradores del diario y, al día siguiente, se lanzó a la travesía hacia el oeste profundo. El camino era un infierno de arena viva.

Llegó a 25 de Mayo al anochecer. El paisano que lo recibió en la Colonia no salía de su asombro al verlo solo:

—¿Pero se largó sin agua ni comida? —le preguntó, incrédulo.

Ante la respuesta afirmativa de D'Atri, el hombre sentenció:

—Tuvo suerte. Si se quedaba en una huella, pasan días enteros sin que cruce un alma.

El "milagro" en la vidriera.

D'Atri volvió a Santa Rosa con los ojos llenos de futuro y el auto cargado. El viaje de regreso ya no fue en soledad ni con las manos vacías: lo acompañó un vecino de la zona y un cargamento de zapallos, duraznos, manzanas, ciruelas y peras.

Don Raúl pensó que para convencer a los pampeanos de lo que pasaba en el oeste, tenía que mostrárselos. Habló con el gerente de la tradicional Casa Arteta —ubicada en la esquina donde hoy funciona Galver— y le pidió una vidriera. Allí mismo armó un muestrario impactante con los cajones de fruta fresca, las verduras y las hortalizas que había traído en el Chevrolet. Y allí mismo colgó un cartel con una frase que sacudió a los vecinos: "Esto produce La Pampa".

Fue una sensación. En aquellos años, 25 de Mayo se percibía casi como otra provincia, un territorio ajeno y lejano. A partir de esa mítica vidriera y del asombro de los santarroseños, nació la prédica histórica de La Arena para exigir la sistematización del riego en el río Colorado. Fue el kilómetro cero de una lucha periodística y política para integrar, de una vez y para siempre, el potencial productivo del oeste al corazón de la provincia.

La historia en imágenes.

Pareja.

Juanita, la esposa del emprendedor, y Cutín. Pérez fue un personaje singular, de bajo perfil, pero un emprendedor extraordinario. Es muy recordado en 25 de Mayo.

Arte.

Un cuadro pintado por "Bocha" Sombra, muestra el escenario donde se movía el colectivo que hacía Santa Rosa-Colonia 25 de Mayo. Allí el momento en que se disponía a cruzar el puente.

Historia.

El historiador regional José Carlos Depetris nos alcanzó una copia de la revista de la CPE, donde se relata la osadía de Cutín para armar una empresa que viajara a 25 de Mayo.

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Fuente: La Arena

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