Darío Grandinetti: La derecha le teme al espejo de la cultura porque expone sus miserias
El actor vuelve a Córdoba con la obra El escritor de todas las cosas. Antes habló a fondo en La Voz en Vivo y explicó por qué para él no hay inteligencia artificial que pueda reemplazar lo que pasa en el teatro.

La voz de Darío Grandinetti no necesita impostaciones ni estridencias para ocupar el espacio. A sus 67 años, con esa silueta espigada que el cine y el teatro han esculpido en la memoria colectiva de varias generaciones, el actor rosarino conserva la mirada curiosa, pero que ya tiene varias certezas.
Su nombre está ligado a varios de los capítulos más brillantes de la cinematografía y del teatro hispanohablante. Ha sido el rostro del melodrama más desgarrador, del humor más ácido y de la sensibilidad más expuesta. Pero, sobre todo, Grandinetti es un obrero de la emoción, alguien que entiende que la fama es sólo un accidente del oficio y que el verdadero templo de su arte se erige allí donde no hay segundas tomas: sobre las tablas.
El próximo fin de semana, ese templo vuelve a abrir sus puertas en Córdoba. En esta oportunidad, el pretexto para volver a pisar suelo mediterráneo es El escritor de todas las cosas, un unipersonal escrito y dirigido por Javier Daulte que se presentará el viernes 28 de agosto en la sala Carlos Giménez del teatro Real, luego de su paso por Río Cuarto el día anterior. Es una propuesta que, desde su concepción, desafía las lógicas de la espectacularidad vacía para proponer un viaje íntimo hacia la fragilidad y la potencia de la ficción.
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En un mano a mano exclusivo y profundo en La Voz en Vivo, Grandinetti se entregó a una conversación que transita por los laberintos de su nueva obra, por los recuerdos dorados de rodajes que hicieron historia y por la dolorosa radiografía de un presente nacional que parece empeñado en apagar los faros de la cultura.
–La obra tiene un título hermoso, casi poético. ¿Quién es este "escritor de todas las cosas" que traés al escenario?
–Es un tipo entrañable, un escritor que se gana la vida escribiendo esas cosas que consumimos todos los días y que nunca nos preguntamos quién las escribe. Todo lo que vemos cuando caminamos por la calle: los carteles indicativos en los aeropuertos o en los hospitales, las publicidades, los mensajes informativos en los zoológicos, las frases de los sobrecitos de azúcar, las etiquetas de las botellas de vino... Alguien tiene que sentarse a redactar todo eso. Bueno, este hombre vive de eso. No es un escritor célebre ni busca el bronce. Desde un pasillo olvidado de un teatro, mientras espera que termine de representarse una obra que él mismo escribió y que se está dando en la sala principal, empieza a desandar su propia historia.
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–Es un personaje que parece habitar los márgenes de la relevancia literaria, pero que se plantea preguntas muy profundas sobre el valor de la palabra.
–Exactamente. A medida que va contando su vida, sus frustraciones y un conflicto central por el cual está esperando un desenlace, se va desplegando el impacto que sus palabras –incluso las más cotidianas– tienen en los demás, en su entorno y en él mismo. Se descubre que lo que escribe a veces ayuda, a veces consuela, pero también hiere o lastima simbólicamente. Él se autodefine como un fracaso, pero lo hace con muchísimo humor, sin autocompasión. Y a partir de ahí surge esa pregunta que es el eje de la obra y que nos toca a todos: "¿Lo que yo hago le sirve a alguien?".
–¿Y de qué manera nos interpela esa pregunta hoy, en tiempos en los que todo parece medirse por su utilidad inmediata?
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–Es una pregunta trascendental que excede al personaje. Se la pueden hacer un comunicador, un músico, un científico, un médico o un maestro. Claro que el trabajo de un actor o de un escritor no tiene la utilidad directa y vital del trabajo de un médico, pero alguna utilidad tiene. El arte ayuda a sanar de otra manera. Lo interesante es que la obra explora todo esto sin solemnidad, atravesándolo por el humor ácido y la emoción cotidiana. Javier Daulte tiene una pluma fantástica; escribe lo que escriba, siempre le aparece el humor de manera natural, a veces a pesar suyo. Nos divertimos mucho haciéndola y la gente se sorprende riéndose de cosas muy profundas.
–Se cumplen casi 50 años de tu debut actoral. ¿Cómo apareció este oficio en tu vida?
–Yo llegué a la actuación de pura casualidad cuando tenía 17. Yo era un pibe de Rosario que jugaba a la pelota. Incluso me probé en Newell's, anduve bien, pero el día que tenía que ir a firmar la ficha no fui más, no sé por qué. En mi casa nadie se dedicaba a esto, yo no era el típico chico que actuaba en los actos escolares esperando que descubrieran un talento. Sí cantaba, tocaba la guitarra o el bombo, pero todo bastante mal. Nadie, ni yo mismo, sospechaba que mi vida iba a ir por acá.
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–¿Y qué fue lo que torció el rumbo?
–Me crucé en la calle con una amiga de Rosario a la que no veía desde hacía mucho tiempo, Mónica. Me contó que se había metido en un grupo de teatro y me insistió tanto en que fuera que terminé yendo. Me metí por ella, por pura curiosidad. Y ahí pasó algo. No fue una epifanía cinematográfica, pero sí sentí rápidamente dos cosas: primero, que me gustaba y me resultaba cómodo estar ahí arriba, y segundo, esa extraña sensación de tener el poder de la atención de la gente. Me gustó llamar la atención, ver que si hacía una morisqueta la gente se reía, y el entorno me hacía saber que lo que hacía estaba bien.
–Hablás de la atención del público. Hoy, con la tiranía de las pantallas, ¿sentís que cuesta más sostener esa atención en una sala?
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–Es innegable que el espectador de hoy está más distraído, intoxicado por la inmediatez. El otro día recordaba un comentario de Matt Damon sobre el cine: decía que ahora los directores les piden a los actores repetir la información importante dentro de la película porque la gente está mirando el teléfono y se pierde los hilos de la trama. Pero el teatro es inviolable en eso. El teatro resiste porque es un ritual vivo que existe desde 500 años antes de Cristo. No hay inteligencia artificial que pueda reemplazar lo que pasa en una sala.
–¿Por qué creés que conserva esa naturaleza indestructible?
–Porque se produce con el espectador ahí, respirando el mismo aire al mismo tiempo. Si estás en tu casa viendo una película, te levantás cada 10 minutos a buscar una cerveza o a ir al baño; la película sigue igual, no la vas a cambiar. En el teatro no. El espectador forma parte del espectáculo aunque no se dé cuenta. El actor no está siempre igual y el público nunca es el mismo; la función se va armando juntos, en esa retroalimentación constante. Si el público responde de una manera, la performance cambia, se recalibra.


El nombre de Darío Grandinetti está grabado a fuego en grandes éxitos del cine. Tres de sus interpretaciones han traspasado la pantalla para convertirse en memes. Con humor y revelando simpáticas intimidades, el actor repasó rodajes emblemáticos, desarmando la solemnidad de los clásicos.
En 1985 participó en Esperando la carroza, la obra cumbre de Alejandro Doria. Cacho, su personaje, despierta sonrisas instantáneas. Hoy, sus escenas son memes de consumo diario y frases como "¡Ahí lo tenés al pelotudo!" forman parte del diccionario informal de los argentinos. Sin embargo, el rodaje estuvo lejos de la comodidad de los estudios modernos. "Con esa película pasó algo muy raro", rememora Darío con brillo en los ojos. "En su momento tuvo un éxito relativo, no fue el boom inmediato que la gente cree hoy; se fue convirtiendo en una película de culto con los años, pasando de generación en generación. Alejandro Doria era un genio absoluto. Los actores y actrices que trabajamos con él lo extrañamos muchísimo, porque tenía esa virtud única de mezclar lo popular con lo prestigioso. Cuando Doria te llamaba, ni le preguntabas para qué, ibas directo porque sabías que amaba profundamente a los actores".
Al recordar la filmación de la famosa escena donde los personajes se tiran piedras en la calle, Grandinetti revela una anécdota desopilante: "Tuvimos que cambiar de lugar en pleno rodaje porque los vecinos nos tiraban piedras de verdad. En la ficción nos tirábamos unas piedras de goma que la producción había fabricado, pero de repente empezaron a caer cascotes reales. Tuvimos que salir corriendo y mudarnos de locación a mitad del día".
En 2002 se estrenó Hable con ella, una de las películas más exitosas de Pedro Almodóvar, en la que Grandinetti interpretó a Marco Zuluaga, un periodista de una sensibilidad desbordante. Hay una escena en la que asiste a una tertulia privada donde Caetano Veloso interpreta una bellísima versión acústica de Cucurrucucú paloma.
"Fue un momento mágico, absolutamente fantástico", evoca el actor, transportándose a aquella tarde en las afueras de Madrid. "Llegué temprano a la casa de Pedro, bastante antes de la hora de filmar. Caetano ya estaba ahí ensayando con su equipo, dándole forma a la versión. Me quedé un rato largo parado, simplemente escuchándolo. Estaba mi hija más chica con su mamá también. Yo no hablé con él en ese momento, Pedro no nos presentó, creo que lo hizo a propósito para preservar la pureza del encuentro cuando la cámara empezara a rodar".
La intuición del músico brasileño fue implacable. "Después, cuando terminamos de filmar y pudimos charlar, Caetano me confesó: 'Cuando te vi entrar a la tarde y te vi parado ahí tanto tiempo escuchándome en silencio, pensé: este debe ser el personaje que tiene que llorar en la escena'. Y no se equivocó. Emocionarse con Caetano Veloso cantando así, en vivo, a metros tuyo, fue lo más fácil del mundo; no requería ningún esfuerzo".
Por último, Relatos salvajes (2014) también lo tuvo en una escena que sobrevivió al paso del tiempo. El vuelo de una aerolínea ficticia donde todos los pasajeros descubren que tienen en común una relación conflictiva con un tal Gabriel Pasternak abrió una de las películas más exitosas de la historia nacional. Grandinetti encarnó al crítico musical que defenestró la tesis de Pasternak, desatando la venganza inicial.
La identificación del público con el sketch fue inmediata y generó situaciones hilarantes en la vida real. "Inmediatamente después del estreno, me subí a un avión de Iberia para viajar a España. Algunos pasajeros me reconocieron y empezaron a reírse nerviosos. En un momento, viene la azafata y me dice: 'El capitán quiere saludarlo'. Fui a la cabina y el piloto me miró y me dijo en broma: 'Por favor, no hagas lío'. Yo me reí y le contesté: 'No, pará, vos sos Pasternak en todo caso; vos estás al mando, yo acá soy una víctima más'".
–Hoy la realidad del cine argentino es radicalmente distinta. ¿Cómo ves la situación actual de nuestra industria cinematográfica?
–Muy mala, trágica te diría. Estamos viviendo un proceso donde el país se está desindustrializando en general, y la cinematográfica es una industria clave que le deja muchísimo dinero a la Argentina. No es un gasto, es una inversión. Cada vez que una película argentina se vende al exterior, entra dinero genuino al país. Se hacen adaptaciones de nuestras historias en todo el mundo. Es una rueda productiva enorme.
–¿Por qué creés que caló tan hondo en una parte de la sociedad el discurso oficial que presenta al cine nacional como un "agujero negro" que vive del esfuerzo del Estado?
–Porque se construyó esa mentira de manera muy deliberada y sistemática, y un sector de la gente compró esa idea. Algunos medios de comunicación tradicionales fueron, y siguen siendo, sumamente cómplices de esa construcción. Siguen machacando con que 'hay cosas más importantes que hacer que cine', como si el cine se financiara con el presupuesto nacional de salud o educación. Por otra parte, esas 'cosas más importantes' tampoco las están haciendo ahora que el cine está paralizado. El dinero del INCAA proviene de un porcentaje de la recaudación de las entradas de cine que paga el propio público en las salas. El INCAA sigue recaudando ese dinero hoy en día; las entradas no bajaron de precio ni se dejó de cobrar ese impuesto. Nadie se pregunta qué están haciendo con esa plata.
–¿Este ataque a la cultura es un rasgo identitario de estos proyectos políticos?
–No es una novedad de este gobierno ni ocurre únicamente en Argentina. Históricamente, los gobiernos de derecha siempre se han metido con el arte y la cultura, los odian y les temen. Y tiene una lógica profunda. El arte y la cultura siempre se han encargado de señalar las cosas buenas de la humanidad, pero también de exponer las miserias y las injusticias. Si Picasso hubiese pintado el Guernica para exaltar y glorificar los bombardeos, yo también odiaría a Picasso. Pero como Picasso pintó esa obra para condenar la masacre, estos señores que hoy exaltan los bombardeos y les parece muy bien lo que hicieron los nazis en España, odian a Picasso. El arte es un espejo incómodo para ellos, y por eso siempre van a ir contra el arte.
El escritor de todas las cosas. Dramaturgia y Dirección: Javier Daulte
Elenco: Darío Grandinetti (Unipersonal) Duración: 85 minutos. Apta para mayores de 13 años Viernes 28 de agosto, 20:00, Teatro Real, Sala Carlos Giménez (San Jerónimo 66, Córdoba, Argentina). Jueves 27, en Río Cuarto. Tickets en autoentrada.com.
Fuente: La Voz
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