De correr en el Parque de Mayo al horno del Napoli: la historia del maratonista que amasa hasta 500 pizzas por día
Mientras muchos atletas todavía estiran después del entrenamiento, Nelson Chaparro cambia las zapatillas por el delantal. En cuestión de minutos deja atrás los kilómetros para empezar otra exigente rutina: hacer entre 300 y 500 pizzas por día. A los 47 años, el sanjuanino se prep…

Todavía le queda el aire acelerado del entrenamiento cuando cruza el Parque de Mayo. Minutos antes estaba concentrado en las pasadas de velocidad, siguiendo al pie de la letra el plan que le armó su entrenador, Adán Avendaño. Remera deportiva, pantalón corto, lentes y las zapatillas que ya conocen de memoria cada rincón del principal pulmón verde de la provincia. El reloj marca el final de la práctica, pero para Nelson Chaparro el día recién empieza.
Sin perder demasiado tiempo, emprende el camino hacia el microcentro. La distancia no es mucha, pero alcanza para una transformación completa. El atleta desaparece y aparece el pizzero. En El Rincón de Napoli, sobre calle Rivadavia, lo espera otro uniforme: el delantal, el gorro y un horno que, desde hace 26 años, forma parte de su vida. Detrás del mostrador ocupa un lugar que prácticamente no cambió con el paso del tiempo. Desde ahí salen todas las pizzas que pasan por su sector. Entre el mediodía y la noche pueden ser 300, 400 o hasta 500, dependiendo de la demanda.
"Siempre digo gracias a Dios que hay trabajo y bastante. Toda pizza que sale de Napoli pasa por mis manos", dice mientras amasa con una naturalidad que solo dan los años. Lo hace casi de memoria, aunque nunca de manera automática. Cada masa recibe la misma atención que la primera del día, una costumbre que aprendió cuando apenas tenía 15 años y dio sus primeros pasos en Abuelo Yuyi, otro clásico de la gastronomía sanjuanina.
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Habla de aquellos años con una mezcla de nostalgia y agradecimiento. Todavía recuerda a quienes considera sus maestros: Juan, "El Mono" Díaz y "Toto" Pérez. Ellos le enseñaron el oficio de la pizza a la piedra, el manejo del horno a leña y esos secretos que no aparecen en ninguna receta. "Siempre los nombro porque de ellos aprendí todo. Eran unos fenómenos", cuenta. En aquella época, recuerda, también se vivían noches frenéticas en las que salían cientos de pizzas, una intensidad que desde hace dos décadas encuentra en el Napoli.
Su llegada al tradicional local del microcentro tampoco fue casual. En el año 2001 había terminado la secundaria junto a quien hoy sigue siendo su esposa y los dos soñaban con continuar estudiando. Ella quería seguir Literatura y él, Educación Física. Pero la llegada de una hija cambió por completo los planes. "Había que trabajar, había que hacerse cargo de la situación y de la familia", resume con una sonrisa.
Un primo le avisó que en El Rincón de Napoli buscaban un pizzero. Fue, hizo una prueba en el horno número dos y quedó. Nunca más se fue. "Este trabajo fue el que me permitió sacar adelante a mi familia. Pasamos momentos difíciles, como cualquier familia, pero nunca me faltó trabajo. Gracias a esto pude cumplir objetivos familiares y también empezar a correr, que es un deporte muy lindo, pero también muy costoso", expresa.
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Paradójicamente, la historia del maratonista nació muchos años después que la del pizzero. Hace quince años su realidad era completamente distinta. Tenía sobrepeso, fumaba hasta dos paquetes de cigarrillos por día y el deporte había quedado archivado entre las responsabilidades de la vida adulta. Hasta que una noche ocurrió algo que todavía recuerda con absoluta claridad. "Me ahogué mientras dormía y mi señora me dijo una frase que me quedó grabada para siempre, 'No vas a llegar a los 15 de tu hija'. Entonces al otro día me levanté y dije ´No fumo más'. Y nunca más fumé".
Ese fue apenas el primer paso, porque sentía que había abandonado una parte de sí mismo. De chico había jugado al fútbol, incluso integró la selección sanjuanina, pero la rutina, el trabajo y las obligaciones fueron dejando el deporte en un segundo plano: "Uno va cargando la mochila de la vida y deja de hacer las cosas que lo hacen feliz. Yo necesitaba volver"
Y ese regreso llegó, pero casi por accidente. Un colectivo pasó de largo y, para no llegar tarde al trabajo, decidió hacer trotando las diez cuadras que lo separaban de la pizzería. Después de esa situación, una amiga lo anotó en una carrera. Más tarde llegó otra competencia y, sin darse cuenta, correr empezó a ocupar un lugar cada vez más importante en su vida.
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De hecho, el fallecimiento de su padre, Gilberto Carlos Chaparro, lo empujó a hacer algo que jamás había imaginado: correr un maratón. No tenía experiencia en esa distancia ni una preparación específica, pero igual se anotó. Todavía se emociona al recordar aquella primera experiencia. Había llegado al famoso "muro", ese momento en el que el cuerpo parece no responder más y cada paso pesa el doble. Miró al cielo y habló con quien había sido mecánico armero del Ejército Argentino. "'Ayúdeme, mi sargento', le dije. Sentí que esos últimos kilómetros los hicimos juntos. Lo pude sentir cerca de mí", dice.
Así fue como terminó la carrera y entendió que ya no había vuelta atrás. Desde entonces completó ocho maratones y cada una tuvo un significado diferente. La siguiente, por ejemplo, estuvo dedicada a su mamá, quien atravesaba un tratamiento contra el cáncer y perdía el pelo por la quimioterapia. En ese momento Nelson tomó una decisión que todavía lo conmueve al recordarla. "Me rapé por ella y corrí pensando en ella", cuenta. Tiempo después llegaron los estudios que confirmaron que había superado la enfermedad. "No sé si fue Dios, la fe o las dos cosas, pero hoy está bien y eso es lo más importante", agrega.
Las medallas de esas carreras no están guardadas en una caja, sino que están colgadas en El Rincón de Napoli y se convirtieron en parte del paisaje del local. Muchos clientes las descubren mientras esperan su pedido y enseguida empiezan las preguntas. "Cuando fue la Maratón de San Juan, hace dos semanas, vino muchísima gente de afuera. Se acercaban a ver las medallas, hablábamos de las carreras y terminábamos compartiendo experiencias. Eso también es muy lindo", expresa.
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Ahora el próximo objetivo ya tiene fecha. En septiembre volverá a correr la Maratón de Buenos Aires, una prueba que ya conoce y que esta vez afrontará con más experiencia. Antes tuvo un gran rendimiento en Santiago de Chile, donde logró meterse entre los diez mejores argentinos.
Pero los sueños no terminan ahí. "Me gustaría volver a correr en Chile y, algún día, estar en una maratón de Estados Unidos. Creo que todos los maratonistas soñamos con vivir una experiencia así", confiesa.
Mientras tanto, su verdadera maratón sigue estando en San Juan. Empieza cuando el reloj deja de contar kilómetros y termina varias horas después, con las manos cubiertas de harina y el horno apagándose lentamente. Una carrera silenciosa, sin aplausos ni medallas en la llegada, que repite todos los días desde hace más de dos décadas y que, de alguna manera, también lo preparó para entender que las metas más importantes no siempre se cruzan con un dorsal en el pecho.
Fuente: Tiempo de San Juan
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