De "Haaland" a los juveniles, sin urgencias y con tiempo
En el club de Alberdi el título logrado en el Apertura hace más pequeños algunos problemas. Dos partidos sin perder la sequía del Passerini el cruce del goleador con Artime o las ausencias quedan tapados en este mundo del Celeste campeón.

Hay algo que Belgrano no tiene y sí tienen los otros clubes de la Primera División del fútbol argentino a esta altura del año: urgencia. Esa final feliz con River en el Apertura no es sólo la temporal estrella arriba del escudo, es también la calma de aguantar "el proceso" del segundo semestre de este 2026 de fábula.
Entonces, dos partidos sin ganar no son un drama. Entonces, que no estén Adrián Sánchez, Santiago Longo y Franco Vázquez mucho menos es un drama. Y que Lucas Zelarayán no esté pleno físicamente (lo admitió él mismo) tampoco es un drama. Y que se engripe "Uvita" Fernández tampoco es un problema.
Y menos que Lucas Passerini haya estado meses sin hacer un gol. Todo lo que antes era un mundo queda tapado en el nuevo mundo de Belgrano: el del Belgrano campeón.
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Y entonces el 2-0 a Banfield no sorprende. Y que Passerini vuelva al gol tampoco. Y hasta lo que en otro momento hubiera sido más que un ruidito se deja pasar. ¿Qué cosa? La frase de Passerini sobre eso de ser el "Haaland sudamericano" en referencia a cómo lo había "vendido" Luis Fabián Artime ante medios de Buenos Aires cuando el delantero de 32 años sonaba para Boca.
Incluso este "cruce" tampoco es un drama.
Todo nació de Artime queriendo meter una cordobeseada que eleve el precio de Passerini. Se le agregó el real anhelo del jugador de dar el salto a uno de los clubes gigantes del país. Y más a su edad, como destacó en la nota con ESPN. Y ahí quedó.
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Sólo las partes sabrán cuán cerca estuvo esa operación de darse. Y si quedaron rencores. No pareció con lo que dijo "el Tanque" sobre que sabe "el cariño que le tiene" Artime. Aunque le tiró en broma lo de "si soy Haaland debería cobrar como cobra él". Del principio al final de la historia, dos frases dichas en idioma simpático podrían haber hecho temblar a Belgrano.
Pero no lo hicieron. Y ahí aparece una de las claves de este nuevo Belgrano: el título no sólo le puso una estrella al escudo. Le puso tiempo al proyecto. Los debuts de Marcos Ortiz y Agustín Bono contra Banfield no fueron una postal simpática de una noche redonda. Son la consecuencia visible de un trabajo que viene de mucho antes.


Leonardo Torres, coordinador de inferiores, lo explicó en La Voz: "Para nosotros, cada vez que un chico va a entrenar a Primera y más aún cuando debuta, es una satisfacción muy grande porque completamos un proceso".
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Torres también puso en palabras la transformación de Villa Esquiú. Comparó las condiciones que tenía cuando era jugador –"correr en el río, entrenar atrás, en el campito"– con una estructura actual en la que "el nivel de entrenamiento y de capacitación que hay en inferiores es prácticamente profesional".
Y ubicó a Belgrano "siempre entre los 10 mejores" en formación, aunque el objetivo sea meterse entre los cinco.
Norberto "Beto" Fernández lo mira desde la Reserva. Lleva 16 años dentro de la estructura juvenil y cuando habla de Ortiz, Bono y los que vienen atrás, no habla de una camada caída del cielo. "Esto es el trabajo de hace muchos años", dijo. También habló de formar. Ahí está, quizá, el verdadero efecto de la estrella. El campeonato no sólo sirve para recordar lo que Belgrano hizo. Sirve para permitirle construir lo que viene. Este Belgrano parece tener otra posibilidad: mirar hacia adelante.
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Que Passerini vuelva a convertir. Que Zelarayán recupere su plenitud. Que Ortiz y Bono entiendan qué significa Primera División. Que aparezca el próximo juvenil. Todo eso necesita tiempo. Y Belgrano, gracias al título, tiene algo que en el fútbol argentino escasea: paciencia.
Por eso las crisis se apagan rápido. No porque no existan. Se apagan porque el campeón tiene un aura que amortigua los golpes y porque debajo de esa aura hay un club que parece haber aprendido a construir. El campeón puede respirar mientras otros ya están buscando explicaciones.
La estrella arriba del escudo no tapa los problemas. Los hace más pequeños. Y abajo, mientras tanto, siguen trabajando los que algún día pueden volver a agrandarla.
Fuente: La Voz
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