De la abstracción a la fragmentación
La ruptura de la inteligencia general y el desafío de la escuela. Un fenómeno que hace una década parecía puro optimismo —el ascenso sostenido del coeficiente intelectual global— se revirtió. La evidencia más sólida disponible descarta a las redes sociales com…

Hace poco más de una década, en una columna publicada en el diario La Opinión de San Luis, reflexionamos sobre un fenómeno fascinante y lleno de optimismo: el Efecto Flynn, ese incremento notable del coeficiente intelectual (CI) de una generación a la siguiente documentado a nivel global durante el siglo XX. En aquel artículo de 2012, analizamos cómo un joven de inteligencia promedio en 1982 tenía una capacidad superior al más brillante de 1952 en pruebas basadas en matrices progresivas, las cuales consisten en identificar patrones lógicos. No éramos biológicamente superiores a nuestros antepasados, sino que nuestro cerebro plástico se había adaptado, desarrollando nuevas habilidades para lidiar con una época que planteaba una gama más amplia de problemas cognitivos.
Hoy, ese asombro ha dado paso a la preocupación. La curva ascendente se quebró y el promedio de CI en varios países desarrollados está cayendo de manera sistemática. Ante esta reversión —el "Efecto Flynn Inverso"—, el discurso mediático se apresuró a encontrar un chivo expiatorio atractivo y universal: la culpa, nos dicen a diario, es de internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales.
Es una narrativa seductora, pero las fechas la desmienten categóricamente.
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El error cronológico y el jaque mate a la genética
Para entender el fenómeno real, debemos mirar la evidencia metodológicamente más robusta de la que disponemos. El estudio de Bratsberg y Røgeberg (2018), que analizó los registros de más de 730.000 jóvenes noruegos, marca el punto exacto de la inflexión. El ascenso del CI alcanzó su pico en la cohorte nacida en 1975. A partir de esa generación, el promedio comenzó a declinar sostenidamente.
Quienes nacieron desde 1975 en adelante atravesaron la ventana crítica de su neuroplasticidad en los años 80 y principios de los 90. Jugaban en la calle y leían libros de papel. Si el declive sostenido del CI comenzó una década antes de la masificación de internet y casi veinte años antes de la invención del smartphone, la tecnología digital moderna no puede ser la causa fundacional. A lo sumo, actúa como un acelerador sobre una tendencia ya instalada.
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Descartada la red, la ciencia debió saldar el mismo debate sobre la herencia que ya enfrentamos en el pasado. Años atrás, biólogos como Gerald Crabtree argumentaban que el CI humano disminuye paulatinamente desde la implantación de la agricultura, una tesis que ignoraba el impacto de la evolución cultural sobre la inteligencia humana. Hoy, investigadores como Edward Dutton y Richard Lynn retoman ese hilo con la hipótesis de la "fertilidad disgénica", sugiriendo que el declive es biológico y genético, pero que estuvo enmascarado por las mejoras ambientales del siglo XX.
Sin embargo, el estudio noruego de 2018 dio un jaque mate estadístico a esta teoría al comparar hermanos dentro de la misma familia. Descubrieron que el hermano menor sistemáticamente obtenía puntajes más bajos que el mayor. Si la caída cognitiva ocurre bajo el mismo techo, con los mismos padres y el mismo linaje genético, las explicaciones demográficas o biológicas quedan invalidadas. La caída es estrictamente ambiental.
El corazón del problema: la ruptura del "Positive Manifold"
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Si el ambiente es el responsable, debemos mirar qué le está haciendo a nuestra arquitectura mental. Como señalamos en 2012, los test de inteligencia tienen subpruebas que analizan habilidades mentales diferentes, tales como la memoria geométrica, la capacidad lógica, la abstracción y las habilidades lingüísticas. Durante décadas, todas estas áreas registraron un aumento en bloque. A este crecimiento armónico y universal se lo conoce en psicometría como "positive manifold" (o "múltiple positivo"): la evidencia empírica de una inteligencia general unificada.
El hallazgo más alarmante y revolucionario de la psicometría actual es que el "positive manifold" se está resquebrajando. No estamos ante una generación con cerebros defectuosos, sino ante una mente implacablemente eficiente que ha dejado de desarrollar una inteligencia unificada para generar perfiles altamente asimétricos. Cuando miramos los desgloses de las pruebas cognitivas actuales, el paisaje está fracturado:
Velocidad visual vs. Comprensión verbal: las nuevas cohortes obtienen puntajes altísimos en velocidad de procesamiento (su cerebro es rapidísimo para escanear y reaccionar ante interfaces), pero se desploman en la comprensión verbal profunda y en la capacidad de articular semejanzas abstractas.
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Razonamiento espacial vs. Lógica matemática sostenida: tienen una brillantez espacial innegable para resolver patrones gráficos 3D, pero su rendimiento cae drásticamente cuando deben leer un problema aritmético largo, retener múltiples variables en la memoria de trabajo y sostener una secuencia lógica sin perder el hilo.


El colapso del pensamiento formal: estudios recientes con pruebas piagetianas (Flynn & Shayer, 2018) muestran que, frente a tareas de "operaciones formales" que exigen pensar en abstracto sin apoyos visuales, los adolescentes de hoy rinden a niveles equivalentes a los de niños menores de hace décadas.
Este debilitamiento de nuestra arquitectura mental no es un accidente, sino una respuesta adaptativa. El cerebro hizo lo que siempre ha hecho: optimizar sus recursos para el entorno que habita. En 2012 escribíamos que nuestro "plástico cerebro se adaptó desarrollando nuevas habilidades" para un mundo que exigía razonamiento abstracto. Esa misma plasticidad, hoy, se adapta con idéntica eficiencia a un entorno distinto —uno que ya no recompensa la paciencia estructural sino la reacción inmediata ante estímulos fragmentados.
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El ecosistema educativo como contrapeso
Al reconocer que no hay ruptura en el mecanismo, sino un cambio radical en la demanda, entendemos por qué el sistema educativo ha quedado en una posición de vulnerabilidad. El entorno actual no cambió por azar: la hiperestimulación y la recompensa inmediata son el resultado de una economía de la atención diseñada, con enorme sofisticación técnica, para capturar cada minuto de uso. Ningún aula fue construida para competir contra un algoritmo optimizado en tiempo real por miles de ingenieros. La escuela no "se rindió"; fue superada por un entorno con recursos y objetivos que operan a una escala completamente distinta. Pero aunque el problema no sea pedagógico en su origen —es económico y tecnológico—, es en el aula donde el desajuste se vuelve visible.
Por eso la respuesta tampoco puede ser nostálgica ni punitiva hacia el sistema educativo, sino un ejercicio consciente de ingeniería del entorno: si el cerebro se adapta siempre a lo que necesita, entonces hay que decidir, deliberadamente, qué necesitar de él. El aula puede volver a ser el único espacio de la vida contemporánea diseñado por completo para exigir lentitud analítica —no porque el mundo vaya a dejar de premiar la velocidad, sino porque alguna institución tiene que seguir entrenando lo otro.
Hay una pista sobre por dónde empezar esa reingeniería, y ya la señalamos en esta misma columna. Hace dos semanas mostramos que la crisis lectora regional explica por qué la inteligencia artificial amplifica, en lugar de resolver, el rezago educativo. La semana pasada vimos, con la evidencia de Newman, que lo que las pruebas registran como fracaso matemático es, en realidad, una barrera lingüística: los alumnos no fallan por no saber calcular, sino por no comprender el enunciado. El "positive manifold" no se resquebraja parejo: lo que primero cae es el pensamiento formal, la capacidad de sostener una abstracción sin apoyo visual inmediato. Y esa capacidad no nace de la nada —se construye, casi enteramente, leyendo textos que exigen retener una idea mientras se avanza hacia la siguiente: el mismo músculo que un problema de matemática de dos párrafos exige y que, cada vez más, nuestros alumnos no tienen. La reversión del CI, la crisis lectora regional y el falso diagnóstico matemático no son tres fenómenos distintos que coinciden en el tiempo. Son, probablemente, el mismo fenómeno, visto con tres instrumentos distintos.
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Fuente: El Diario de la República
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