De los insectos que comen plástico a la miel: la ciencia del Lillo busca soluciones concretas
La Fundación Miguel Lillo presentó en la Expocon 2026 investigaciones vinculadas con el ambiente, la producción agropecuaria y la salud.

Resumen para apurados
Desde protocolos para certificar el origen de la miel argentina hasta estudios sobre insectos capaces de degradar plástico, pasando por el control biológico de plagas, el diagnóstico molecular de parásitos y la investigación de minerales. Esas fueron algunas de las investigaciones que presentó la Fundación Miguel Lillo en la Expocon 2026.
Los trabajos, vinculados con la salud pública, la producción agropecuaria y el desarrollo tecnológico, fueron expuestos por David Flores, director de investigaciones de la institución durante la charla "Del conocimiento científico a la innovación: investigaciones de la Fundación Miguel Lillo con impacto productivo y social".
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Una de las presentaciones más llamativas fue el estudio de la capacidad de determinados insectos para biodegradar plástico. En articulación con el Instituto de Genética y Microbiología, la Fundación analiza el comportamiento de coleópteros y lepidópteros capaces de consumir este material. El objetivo no es solamente comprobar que pueden degradarlo, sino determinar qué ocurre durante ese proceso: si se trata de una degradación puramente mecánica o si también intervienen procesos químicos.
La investigación se inscribe, además, en los objetivos de la Agenda 2030 de la ONU y abre una línea vinculada a la economía circular: estudiar procesos naturales que puedan aportar nuevas respuestas frente a uno de los problemas ambientales más persistentes.
La otra investigación de aplicación productiva es la certificación de origen de mieles argentinas. La Fundación desarrolla protocolos que permiten determinar de qué especies vegetales proviene una miel y comprobar su autenticidad. El objetivo es que esa información pueda convertirse en una herramienta para acceder y sostener mercados internacionales, entre ellos los de Europa, Estados Unidos y África.
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El potencial económico no es menor. Según los datos citados en la charla, durante el primer trimestre de 2026 Argentina vendió cerca de 30.000 toneladas de miel por 74 millones de dólares. La producción anual ronda las 80.000 toneladas, una cifra que ubica al país como el cuarto productor mundial.
También dentro de la investigación aplicada, la Fundación estudia hongos xilófagos, capaces de degradar madera rica en celulosa. El trabajo tiene potencial para proyectos de cultivo y para el desarrollo de alternativas vinculadas a la economía circular.
La agricultura es otro de los campos donde el conocimiento producido por el organismo busca convertirse en una herramienta concreta. El director destacó el trabajo en control biológico, basado en el uso de depredadores y parasitoides naturales para manejar organismos que afectan los cultivos. Entre los casos mencionados estuvo la chicharrita, un insecto vector que en los últimos años provocó importantes daños en cultivos de maíz y llegó a tener impacto sobre la actividad registrada en la Bolsa de Comercio de Rosario.
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La propuesta consiste en estudiar y utilizar los propios mecanismos de la naturaleza para reducir la presencia de organismos perjudiciales, una alternativa vinculada al manejo orgánico de los cultivos.


La investigación también se extiende al mundo vegetal con estudios sobre plantas nativas de potencial medicinal, desarrollados junto a un instituto dependiente de la UNT. Allí se analizan tanto especies autóctonas como exóticas, entre ellas cannabis, con posibles aplicaciones médicas y cosméticas.
En un contexto regional atravesado por la expansión de enfermedades tropicales, Flores se refirió a los estudios sobre vectores de dengue y otras enfermedades, dentro de un escenario que describió como de creciente "tropicalización" de la región.
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También presentó un proyecto de caracterización molecular de parásitos asociados a la fauna doméstica, realizado en colaboración con la Universidad de Guayaquil, en Ecuador.
La intención es trasladar ese modelo de diagnóstico a Tucumán mediante herramientas biomoleculares. El proyecto cuenta con el respaldo de SIPROSA, la Universidad Nacional de Tucumán y el Gobierno provincial, y representa otro ejemplo de cómo una investigación puede convertirse en una herramienta de diagnóstico con aplicación directa.
Detrás de esta diversidad existe una estructura científica que, según explicó Flores, es poco conocida fuera del ámbito académico.
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La Fundación Miguel Lillo es un organismo autárquico, 100% estatal y actualmente dependiente del Ministerio de Capital Humano. Cuenta con más de 150 investigadores propios, además de colaboradores de otras instituciones, entre ellas la Universidad Nacional de Tucumán.
Actualmente sostiene alrededor de 60 proyectos financiados, la mayoría relacionados con las ciencias naturales.
La estructura de la Fundación se divide en tres grandes áreas: soporte, investigación y transferencia. Esta última es la encargada de vincular el conocimiento científico con los sectores público y privado a través de una unidad propia, Fundación Lillo, que administra los recursos generados mediante esos convenios.
La Fundación busca fortalecer ese puente entre la ciencia y sus posibles usos. La transferencia es, en ese sentido, el punto de encuentro entre el conocimiento y las necesidades concretas. (Producción periodística: Valentina Aranda Zóttola)
Fuente: La Gaceta
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