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"De mi casa me arrancaron el corazón": Anabela y su agonía a la espera de lo que la Justicia decidirá respecto al femicida de Talía Recabarren

A una década del brutal asesinato en Zonda, un nuevo revés judicial sacude a la familia. La Corte de Justicia revisará la condena del único culpable, reabriendo una herida que nunca cerró. Entre el dolor por las pruebas desaparecidas, la crueldad de su entorno y la frialdad de un…

Por Pablo Mendoza6 min de lectura
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"De mi casa me arrancaron el corazón": Anabela y su agonía a la espera de lo que la Justicia decidirá respecto al femicida de Talía Recabarren
"De mi casa me arrancaron el corazón": Anabela y su agonía a la espera de lo que la Justicia decidirá respecto al femicida de Talía Recabarren · Foto: Tiempo de San Juan

El reloj parece haberse detenido -o retrocedido 10 años- bajo el sol implacable de Zonda. El paisaje, un viejo y árido olivar convertido hoy en un descampado, guarda uno de los lugares más oscuros de la provincia. Allí, hace diez años, fue hallado el cuerpo sin vida de la joven Talía Recabarren. Hoy, los pasos de su madre, Anabela, vuelven a quebrar el silencio de la tierra, caminando entre las "melgas" y reviviendo un crimen que, según sus propias investigaciones, la Policía nunca quiso terminar de esclarecer.

Un nuevo tribunal de la Corte de Justicia revisará el fallo que condenó a 16 años de prisión al homicida, Ángel Morales. Para Anabela, esto es un retroceso insoportable, una tortura que la obliga a ser la investigadora que el Estado no supo proveer.

Un crimen planificado y una escena alterada

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Caminando por el lugar exacto del hallazgo, Anabela desarma la teoría de que el femicida actuó en un estado de inconsciencia propio de su edad. Para ella, el asesino fue metódico y calculador.

La madre señala que en el lugar había unos palos utilizados como "tutor de los olivos" enganchados de forma extraña, indicio de que allí simplemente arrojaron el cuerpo. Según su relato, el asesino cortó los alambres de la propiedad "de arriba a abajo" para hacer una pasada y trasladar el cuerpo de Talía cinco días y medio después del asesinato. "Es un asesino pero profesional, es una persona que sabe cómo va a hacer sus cosas. Planeó, planificó y llevó a cabo", sentencia Anabela, exigiendo que los jueces vean la realidad del expediente.

La cabaña quemada y el cepillo que se tragó la tierra

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El relato de Anabela cobra tintes de película de suspenso al detallar las falencias de la investigación oficial. La policía se limitó a revisar un radio mínimo, pero ella fue más allá. A unos 500 metros, encontró la verdadera escena del crimen: una cabaña de madera ubicada adelante de un hotel abandonado. Pocos meses después, en un hecho sumamente sospechoso, esa cabaña fue devorada por un incendio.

El episodio más escalofriante ocurrió con una prueba clave. Caminando por la zona, Anabela encontró un cepillo verde con cabellos. Sin creer que el pelo que tenía pertenecía a su hija, lo arrojó junto a una planta y cruzó rápidamente por una melga hasta su casa para dar aviso a un patrullero que estaba en la zona.

La respuesta del agente refleja la desidia con la que se trató el caso: "Andá, negrita, tráete el cepillo".

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Anabela regresó corriendo. "¿Qué me demoré? Nada, no me he demorado nada en irme y conversar 5 minutos", relata. Sin embargo, al llegar, el cepillo había desaparecido. Cuando le informó esto a la policía, la respuesta del uniformado le heló la sangre: "Alguien te está vigilando, alguien te está viendo. Te están siguiendo, Ana".

Un milagro en medio del descampado

En medio de la aridez desoladora, donde la tierra reseca y las piedras parecen devorarlo todo, ocurre un fenómeno que para muchos desafía toda lógica y que, para Anabela, es una señal directa del cielo.

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El viejo olivar es un cementerio de ramas secas, ropa vieja, basura y polvo, castigado por el calor. Sin embargo, justo allí, en el punto exacto donde los asesinos arrojaron el cuerpo sin vida de Thalía hace diez años, la naturaleza se niega a morir. Es la única parte de todo el inmenso descampado que se mantiene verde. Un manchón de vida que resalta como un grito silencioso de esperanza en medio de tanta injusticia.

Para Anabela, una mujer de fe inquebrantable que se aferra a sus creencias para soportar la tragedia, esto no es una rareza de la tierra ni una simple coincidencia topográfica. Es un verdadero milagro. Ella, que se reconoce con orgullo como "hija de Dios", ve en ese verdor la presencia intacta de su niña. Es como si el alma de Thalía, a la que le arrebataron los sueños de la manera más cruel, siguiera irradiando luz y vida desde la tierra que la albergó.

Ese rincón verde, que resiste el paso de los años y las sequías, se ha convertido en el santuario natural de Anabela. Mientras la Justicia sanjuanina le da la espalda y las pruebas desaparecen entre los matorrales muertos, ese pequeño pedazo de pasto vivo le confirma a esta madre lo que su corazón ya sabe: que la memoria de Talía está viva, que la verdad tarde o temprano florecerá.

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La falta de arrepentimiento y la crueldad social

Como si luchar contra la Justicia y los cómplices sueltos no fuera suficiente, Anabela debe lidiar con la maldad de su propio entorno. En Zonda, ha tenido que soportar mensajes de mujeres que, motivadas por disputas personales, la acusan de "lucrar" con el femicidio de su hija. "Esas cosas así que vos escuchás que otras analfabetas hablan te parte también. Te duele".

Pero el dolor más profundo proviene del propio asesino. Según fuentes a las que accedió la madre durante el juicio, el femicida demostró una absoluta falta de piedad.

"Si estuviera viva la volvería a hacer" habría declarado Morales, según cuenta Anabela, quien se pregunta con indignación: "¿Y cómo van a estar pidiendo que le bajen la condena a un vago que no está arrepentido de haber matado?".

El ultimátum de una madre: "De mi casa me arrancaron el corazón"

Ante la inminente revisión de la condena, Anabela ya no tiene margen para la paciencia. Está convencida, respaldada por testimonios que constan en la causa, de que existen al menos tres cómplices más que gozan de total libertad.

Con la mirada endurecida por una década de lágrimas, la madre lanzó una advertencia que mantiene en vilo a toda la provincia, aclarando que no se trata de una simple amenaza, sino de la decisión inquebrantable de una madre desesperada:

Si la Justicia decide reducirle los años de condena al asesino, Anabela iniciará una huelga de hambre absoluta y se encadenará. No lo hará en los pasillos de Tribunales, sino en la intimidad de su hogar. "Me voy a encadenar en mi casa... de mi casa me arrancaron el corazón. Ahí me lo dejaron sangrando hasta el día de ahora".

La medida de fuerza no se levantará hasta que la Justicia investigue y le entregue "las tres cabezas" de los cómplices, exigiendo cadena perpetua si son mayores de edad.

"Que se quemen las pestañas para hacer justicia... yo les pido que hagan justicia por esta alma que ya no está", ruega Anabela, quien se ha convertido en la única voz de Thalía. A diez años del crimen, la sociedad sanjuanina aguarda expectante. Si los "papelitos de miércoles" del expediente -como ella los llama con frustración- no se traducen en una condena firme y completa, el Viento Zonda será testigo del sacrificio final de una madre que se niega a que la muerte de su hija quede en el olvido.

Por la decisión de la Corte Suprema, la madre de Talía Recabarren pegó el grito en el cielo: "Me voy a encadenar"

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Tras la revisión de la condena al femicida de Talía Recabarren, familias de víctimas salieron al cruce

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Tras el fallo de la Corte Suprema, ¿podrían reducirle la pena al femicida de Talía Recabarren?

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Fuente: Tiempo de San Juan

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