De San Juan a Alemania, una madre de seis hijos que encontró su hogar entre dos mundos: La maternidad me enseñó que ser valiente también es pedir ayuda
Jorgelina Jorda, sanjuanina radicada en Alemania y madre de seis hijos, cuenta su historia de fe, maternidad y raíces argentinas tras atravesar una dura experiencia con su bebé Carlos.

Hay una San Juan que Jorgelina Jorda de Güsewel lleva en la valija aunque hayan pasado 14 años desde que dejó la provincia. Está en las empanadas que alguna vez prepara para sus hijos, en el folclore que suena en su casa de Alemania, en el fútbol, en el amor por Messi y hasta en una costumbre que intenta defender como un tesoro familiar: la siesta. "No digo que hagan la siesta sanjuanina de dos horas, pero sí 20 o 30 minutos. A veces los fines de semana, a los más chicos les hago una siesta larga, al estilo sanjuanino", cuenta entre risas.
Pero sobre todo, esa San Juan está en su manera de ser madre.
Jorgelina tiene 39 años y seis hijos: Juan Pablo, de 12; Faustina, de 11; Filipo, de 9; Guadalupe, de 5; Lionel, de 2; y Carlos Di María, que tiene apenas tres meses. Entre Filipo y Guadalupe hubo otro hijo, que murió durante el embarazo, a las 13 semanas. "Tengo uno en el cielo", dice con naturalidad y con una emoción que atraviesa cada una de sus palabras.
Su esposo es Ferdinand Güsewel, alemán, y la familia vive en Alemania, cerca de uno de los lugares vinculados al movimiento de Schoenstatt, una espiritualidad que acompaña a Jorgelina desde que tenía apenas 11 años y que hoy ocupa un lugar central en su vida y en la crianza de sus hijos.
Pero antes de llegar a esta maternidad que hoy abraza con tanta convicción, hubo otra Jorgelina. Una mujer que llegó a Alemania con miedo, insegura y atravesada por la dificultad de no poder comunicarse.
"Soy una mamá al principio que llegué a Alemania y soy otra después de 14 años en este país", explica.
Al comienzo, el idioma era una barrera enorme. No podía expresarse como quería, sentía que había perdido parte de aquello que era. Y entonces aparecieron otras mujeres. Argentinas, colombianas, venezolanas. Madres latinoamericanas que se encontraban en un parque, hablaban, lloraban, se contaban las penas y se acompañaban.
"Las latinas fueron como mis hermanas y ellas me adoptaron también", recuerda.
No había WhatsApp ni Instagram ni la posibilidad de mirar la vida de los demás a través de una pantalla. Había llamadas, mensajes y encuentros. Una de aquellas amigas incluso la acompañó durante un parto y llegó a quedarse a dormir cuando nació uno de sus hijos.
Con los años, todo cambió. Aprendió el idioma, amplió su círculo y comenzó a relacionarse con madres de Polonia, Ucrania, Alemania y otros lugares. La mujer que al principio se sentía extranjera empezó a construir una identidad propia.
La mujer sanjuanina que no quiso vivir solo de recuerdos
Porque Jorgelina no quiso convertirse en alemana dejando de ser argentina. Tampoco quiso vivir eternamente añorando San Juan.
"Mi familia no es completamente alemana. Es una mezcla entre dos raíces, la argentina y la alemana", dice.
De Alemania tomó muchas cosas. Dejó que sus hijos crecieran con una libertad que considera uno de los grandes tesoros de ese país. Pueden caminar hasta la escuela, hacer compras, salir y moverse con una autonomía que, reconoce, quizás ella misma no se hubiera animado a darles en Argentina.
Pero de San Juan conserva aquello que siente que debe transmitir.
El idioma español, las comidas, la música, el folclore. La cumbia, el cuarteto. Y el fútbol.
Sus hijos aman el fútbol y admiran a los argentinos que triunfan en el mundo. Messi, Emiliano "Dibu" Martínez, Ángel Di María. Tanto es así que el menor se llama Carlos Di María.
"Soy muy futbolera y creo que eso me sale compartirlo", cuenta.
También intenta que conozcan la espontaneidad argentina, esa costumbre de abrir la puerta de la casa sin demasiados planes, de sentarse a conversar, de hacer de un hogar un lugar de encuentro.
"No existe mucho la espontaneidad en este país. Es como un anhelo de adentro del corazón", explica.
Por eso eligieron vivir en un lugar que no era necesariamente el más cómodo desde el punto de vista económico, pero sí el que sentían propio. Allí, cerca del movimiento de Schoenstatt, encontraron amigos, sacerdotes, hermanas, familias y una comunidad de fe.
"Para criar una familia se necesita toda una tribu y yo realmente lo creo. Si todo depende de mamá y papá, es imposible", sostiene.
Y esa tribu se hizo visible de una manera inesperada hace apenas unos meses.
Cuando nació Carlos Di María, algo no estaba bien.
El bebé tuvo que permanecer cinco semanas en tres hospitales. Pasó mucho tiempo en terapia intensiva. Se le inflamaba el abdomen, tenía dificultades para respirar, para comer y para dormir. Los médicos comenzaron a realizarle distintos procedimientos y recién después de un mes llegó el diagnóstico: enfermedad de Hirschsprung.
Jorgelina había organizado todo para ausentarse unos pocos días. Había dejado tareas para sus otros hijos, había previsto quién los cuidaría y pensado que regresaría pronto.
Pero aquellos cinco días se transformaron en seis semanas. Todas las vacaciones.
Y allí descubrió cuánto necesitaba de los demás.
La ayuda tan importante de sus amigas extranjeras
Vecinos que nunca imaginó comenzaron a llevar comida para sus hijos. Amigos viajaron en tren durante horas para visitarla en el hospital. Otros se ocuparon de darle una pausa.
"Ahí me di cuenta de la importancia de la comunidad alrededor de uno", cuenta.
La experiencia también la obligó a hacer algo que durante años había considerado casi imposible: separarse de sus hijos.
Jorgelina había viajado a la Argentina con ellos. Siempre juntos. Nunca había sido de irse de vacaciones con amigas o pasar varios días lejos de su familia. Pero esta vez no tuvo alternativa.
Mientras Carlos permanecía internado, ella hablaba por WhatsApp con sus otros hijos desde el hospital. Y lloraba.
"Me partía el alma no poder estar ahí presencialmente. A veces le decía a mi esposo que prefería no hablar porque me ponía mal. Prefería que vinieran ellos o poder ir yo", recuerda.
En medio de esa fragilidad conoció a otras madres. Mujeres cuyos hijos atravesaban enfermedades raras, algunas sin siquiera tener todavía un diagnóstico.
"Me saco el sombrero con todas esas madres. Me encontré con mamás leonas, con una fortaleza ilimitada", dice.
Ellas también la sostuvieron.
Carlos será operado próximamente y la familia atraviesa este momento con esperanza. Jorgelina sabe que la enfermedad puede resolverse favorablemente, pero también que pueden quedar secuelas. Por eso prefiere aferrarse a una certeza sencilla: "Lo peor ya pasó".
Y algo cambió dentro de ella. "Carlos me cambió el corazón", reconoce.
La enfermedad de su hijo le hizo volver a mirar aquello que antes parecía cotidiano. Llevar a los chicos al jardín, acostarlos, acompañarlos. Estar con ellos.
Lo que alguna vez podía sentirse como una carga hoy es un regalo.
"La prioridad es la vida", dice.
También cambió su idea de lo que significa ser fuerte.
Durante los primeros años de maternidad, su desafío era animarse. Subirse a un avión sola con tres, cuatro o hasta cinco hijos y viajar a la Argentina. Resolver, organizar. Poder con todo.
"Hoy, mi fortaleza y valentía es poder con todo"
Ahora siente que la valentía es otra.
"Hoy mi fortaleza y mi valentía están en saber pedir ayuda. Soy más valiente cuando pido ayuda, cuando las cosas se hacen en equipo y cuando también me dejo tiempo para mí", explica.
Para Jorgelina, la maternidad fue una elección incluso antes de casarse. Al principio le daba miedo. Con el tiempo descubrió que era aquello para lo que sentía que había nacido.
"La maternidad es un don, es un regalo que te da el Señor", afirma.
Pero no habla solamente de la maternidad biológica. Para ella, una mujer puede ser madre también desde lo espiritual, desde el acompañamiento, desde la capacidad de cuidar y dejar una huella.
Su gran deseo es ser puente.
"Quiero que, en la simpleza del día a día, pueda ser puente de mis hijos hacia Dios", dice.
Y en esa búsqueda, dice, también encontró una enseñanza que considera fundamental: no compararse.
Las redes sociales muestran madres perfectas, cumpleaños perfectos, casas perfectas, hijos perfectos. Jorgelina cree que ahí hay una trampa.
Cada mujer tiene su propia historia.
"Cada mamá tiene que buscar un ideal de mamá, no compararse. Mirar alrededor y encontrar mujeres que una admira, tomar de ellas lo que quisiera tener", reflexiona.
Ella misma tiene una lista de madres que admira. Mujeres que atravesaron dolores, que acompañaron a sus familias, que entregaron tiempo y trabajo a los demás.
Y también cree que cada madre debe descubrir aquello que le sale naturalmente y regalárselo a sus hijos.
A ella le sale jugar, hacer chistes, ser creativa, correr detrás de una pelota. Jugar al vóley, al básquet o al tenis con sus hijos.
"Denme el espacio y el momento y yo lo voy a dar", cuenta divertida.
Ese, dice, puede ser uno de los secretos de la maternidad: entregar a los hijos aquello bueno que cada uno lleva dentro sin forzarse a convertirse en otra persona.
Jorgelina tiene además una compañera espiritual que está presente desde mucho antes de que llegaran sus seis hijos.
La Virgen María.
A los 11 años viajó al santuario de Schoenstatt de Tucumán, cuando apenas comenzaba a conocer el movimiento. Allí quedó fascinada con la imagen de la Virgen, con las familias, con los hombres que lloraban emocionados.
A los 17 años hizo su Alianza de Amor con María.
Desde entonces, dice, se siente hija antes que madre.
"Convertirme en hija me ha hecho convertirme en madre primero. Para poder ser madre de los demás, primero soy hija de la Virgen", explica.
Durante la enfermedad de Carlos, esa relación adquirió una dimensión todavía más profunda.
Como no podía quedarse a dormir en el hospital donde su bebé estaba internado, cada noche debía alejarse de él. Entonces se lo encomendó a la Virgen.
"A este niño le llamé Di María porque para mí era de la Virgen. Le dije: 'Bueno, ahora te toca a vos cuidarlo'".
Y ocurrió algo que Jorgelina considera una de las experiencias más fuertes de su vida.
Cuando el papa León estuvo cerca de donde vive, se subió al auto con una amiga ucraniana y sus tres hijas y fue hasta allí con Carlos.
Había miles de personas.
Jorgelina sabía que probablemente no podría acercarse. Pero hizo lo mismo que había hecho tantas veces con Francisco: no sacó el celular. No quiso filmar. Quiso mirarlo a los ojos.
"Le dije al Papa León que iban a operar a mi hijo"
"Siempre tengo dos secretos. El primero es no tener el celular, porque quiero hacer contacto visual con el Papa. Y el segundo es gritarle lo que necesito".
Lo vio pasar.
Se dio cuenta de que los bebés de otro sector estaban siendo alzados y que Carlos no sería bendecido.
Entonces gritó: "¡Bendícelo, bendícelo!".
El Papa la miró. "Lo van a operar en un mes", alcanzó a decir.
Y León bendijo al bebé.
Para Jorgelina fue mucho más que un encuentro. Fue una señal, una confirmación de esa fe que la acompañó desde niña y que se hizo especialmente fuerte cuando tuvo que enfrentar el miedo por la salud de su hijo.
Antes había hecho algo parecido con Francisco.
Lo había visto siete veces. Sus hijos fueron bendecidos por él. Después de su muerte viajó a Roma con su familia para despedirlo.
"Francisco fue como mi papá en tierra extranjera", había contado entonces.
El Papa argentino había sido para ella una referencia en el modo de vivir la fe lejos de su país, pero también una manera de no sentirse sola.
Hoy, con otro Papa y con otro hijo en brazos, Jorgelina vuelve a mirar hacia atrás.
Está la mujer que llegó con miedo, la madre que aprendió a organizar una familia numerosa, la argentina que extraña la espontaneidad, la devota que encuentra refugio en María, la mujer que atravesó hospitales y tuvo que aprender a pedir ayuda.
Y están sus hijos.
Seis vidas que crecieron entre dos culturas, un hermano que vive en el cielo y un bebé que llegó para enseñarle algo que quizás ya sabía, pero que necesitaba volver a aprender.
Que la vida es frágil. Que una madre no puede hacerlo todo sola. Que pedir ayuda también es un acto de amor.
Y que, algunas veces, aquello que parece detener el camino termina mostrando cuál era verdaderamente el camino.
"Cada hijo te lleva a crecer", dice Jorgelina. Ella lo sabe mejor que nadie.
Y pide agregar: "Mi mamá siempre que puede viene y me ayuda. Les inculcamos y los calmó a los niños metiéndolos en la cocina. Desde chiquitos les he inculcado que cocinar debe ser divertido".
"Y me encanta celebrar en grande cumpleaños y primeras comuniones! Eso es muy latino porque los alemanes invitan a muy pocas personas", concluye.
Fuente: Tiempo de San Juan
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