Desarrollo o progreso, o ambos: ¿sabrán de qué escribo los políticos?
El filósofo y teólogo Rodolfo Altamirano cuestiona el modelo productivo actual. Advierte sobre la falta de empleo masivo y el impacto social en la provincia.

La Revolución Industrial (Siglo XVIII) no trajo solo máquinas. Trajo bolsones de pobreza. No lo olviden. Esa es la lección que la historia ya saldó y que hoy, en San Luis, algunos pretenden volver a ignorar.
Se nos vende la glorificación de un modelo agroindustrial como si fuese sinónimo de destino, de futuro, de salvación. Pero toda política agroindustrial que no esté precedida y sostenida por una política agroalimentaria primaria, es decir, por la soberanía de alimentar a su pueblo y de cuidar la tierra que lo alimente, es una política mutilada.
Tal vez los políticos no lo entienden porque creen que todo lo que se industrializa brota por arte de magia, o porque solo lo miden en la lógica del negocio de exportación o macro índices deshumanizados entre importación y exportación. No sé si me entienden.
Hay una confusión deliberada que debemos desmontar: desarrollo no es lo mismo que progreso. Son dos conceptos filosóficamente antagónicos.
El desarrollo, en su acepción tecnocráta actual, es crecimiento de indicadores, acumulación, tecnificación. El progreso, en su sentido humano y teológico, es el avance de la dignidad, de la comunidad, de la posibilidad de que un hombre viva de su trabajo y una familia proyecte su vida en su tierra.
Por otro lado, aquel desarrollo tecnócrata desfavorece la geografía social y cultural, desertificando el interior de la provincia, dejando tierras incultas y centenas de familias desocupadas que empiezan a emigrar a los centros urbanos, generando con esto dos cosas: un desequilibrio entre lo urbano y lo rural.
Y si no, no hay migración interior, se produce bolsones de desocupación en los pueblos del interior que sobreviven de planes sociales u otros programas de la Nación. Es que el desarrollo tecnócrata no es posible para todos, sin embargo, las grandes hectáreas de tierras incultas, podrían ser una posibilidad de trabajo rural para todos, y con ello un tentador futuro de proceso urbanístico del interior.
Y entonces la pregunta inevitable: ¿desarrollo para quiénes? Profundizando lo anterior: Hay una mayoría silenciosa en San Luis, miles de familias sin trabajo formal, que no tiene posibilidad alguna de ingresar a ese empleo industrial que se glorifica. No por falta de voluntad, sino por la propia matriz excluyente del modelo: factores tecnológicos que reemplazan brazos por algoritmos, y factores macroindustriales que solo demandan escasa mano de obra hipercalificada por la misma tecnificación.
Las matrices productivas de San Luis, tal como están configuradas, no permiten desarrollar ofertas y demandas masivas de trabajadores. No cierran los números humanos. Pueden cerrar para el inversor de "altísimo nivel" que se va con una visión sumamente positiva, como dice Trombotto, pero no cierran para el peón rural, para la madre que busca un jornal, para el joven de Concarán, Tilisarao o Merlo, o para Luján, Quines o Candelaria, o para Unión, Buena Esperanza o Arizona, o hacia los pueblos y parajes del Este de San Luis, quedando una multitud de desempleados concentrados en Capital San Luis.
Deberían calcular estas variables humanas (Geografía social) antes de glorificar el modelo agroindustrial. Porque lo que se presenta como innovación no es otra cosa que un brazo más del postcapitalismo: un sistema que ya no necesita a las mayorías para producir, pero sí las necesita pobres para justificarse.
Mientras se anuncia que "seguimos con la rueda de la vivienda cumpliendo sueños y generando trabajo" como proclama Poggi, la pregunta de fondo permanece intacta: ¿qué trabajo? ¿qué sueño? ¿un trabajo precario, estacional, sin dignidad, sin derechos, sin capacidad de sostener a una familia? La vivienda sin trabajo digno que la sostenga es solo un techo prestado. Y dejo una nueva pregunta: ¿Se sabe lo que se dice cuando se expresa la palabra Vivienda? No sé si me entienden.
Para terminar, invoco a la Doctrina Social de la Iglesia (Surgió formalmente con la encíclica Rerum Novarum (1891) del Papa León XIII, creada para responder a la "cuestión obrera" y a los abusos de la Revolución Industrial) nos lo recuerda: el trabajo no es una mercancía.
Es la prolongación de la dignidad de la persona. Un modelo que no genera trabajo masivo, estable y con sentido humano, por más rentable que sea para la exportación, es un modelo éticamente fallido.
¿Los políticos sabrán de qué estoy hablando? O deberían saberlo. Porque gobernar no es seducir inversores. Gobernar es responder ante el rostro del desocupado. Desencubrir la Voluntad de Dios que se expresa en los más pobres. ¿Los políticos, funcionarios de la Producción sabrán algo de la Teología de Mediatez y del Amor Político de Jesús? aunque sea de manera intelectual, como para desarrollar programas de Obra pública y de producción que dignifique a su pueblo.
Preguntas incómodas. "¿Sabrán los políticos que su trabajo significa "administrar para la Felicidad, la Belleza, las Verdad y la Dignidad Humana?" ("El político" – "Ética a Nicómaco" de Aristóteles).
Rodolfo Altamirano
Filósofo y Teólogo - San Luis
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Fuente: El Diario de la República
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