Desde el Penal, habló el Taza Albornoz: Que tire la primera piedra el que esté libre de pecado
Es uno de los internos que registra más condenas por robo y fue uno de los protagonistas de la toma de rehenes en el Servicio Penitenciario en 1999. Dijo que todo lo que hizo fue en nombre de ser un hombre duro pero que ahora le llegó la palabra de Dios y ha cambiado. No recibe v…

Miguel Ángel Albornoz no quiere que le digan Taza. El apodo lo acompaña desde que era un niño y terminó convirtiéndose en una marca mucho más conocida que su propio nombre. Taza para la Policía, Taza para la Justicia, Taza para los medios y Taza para buena parte de los sanjuaninos que durante décadas siguieron sus entradas y salidas del Penal. "No me gusta. Me lo pusieron cuando era pibe y me quedó. No sé por qué", contó desde el Servicio Penitenciario Provincial, donde está nuevamente cumpliendo condena. Tiene 56 años, cuatro hijas, varios nietos y una abultada cantidad de años dentro de distintas cárceles del país. Albornoz fue protagonista de uno de los hechos policiales que quedaron grabados en la memoria de los sanjuaninos, la toma de rehenes y fuga del Penal de 1999. Su prontuario, sin embargo, no se limita a aquel episodio. Acumuló condenas principalmente por robos y pasó por cárceles de San Juan, Mendoza, San Luis y Buenos Aires. Ahora está nuevamente del otro lado de las rejas y hay una diferencia con otros momentos de su vida: nadie va a visitarlo. Sus padres, quienes lo acompañaron durante años a pesar de sus reiterados ingresos al Penal, murieron. Sus cuatro hijas tampoco van. Albornoz asegura que no es por falta de afecto, sino porque cada una tiene su vida, sus obligaciones y las dificultades económicas propias de una familia que define como humilde. Pero el resultado es el mismo. Después de una vida entrando y saliendo de prisión, la soledad empezó a pesar. Desde el Penal, el Taza recibió a Tiempo de San Juan y le dijo a los sanjuaninos: "Que tire la primera piedra el que esté libre de pecado".
La entrevista fue en la capilla del Servicio Penitenciario. El lugar parece un oasis en el medio de esos laberintos grises. Al lado, está la enfermería. Se escucha gritar a varios internos, muchos de ellos con consumos problemáticos. De alguna forma, en ese pequeño lugar parece que uno está protegido por una suerte de deidad. El Taza llegó impecable. Con un equipo de gimnasia y hablando bajito. Se sentó en uno de los bancos de madera que fabrican sus propios compañeros y sin vueltas, empezó a hablar. El cristianismo ocupa hoy un lugar central en su vida. No siempre fue creyente. Se acercó a la religión después de pasar muchos años detenido y actualmente participa de un culto dentro del pabellón. Dice que fueron otros presos quienes inicialmente lo llevaron a conocer la palabra de Dios y que aquel acercamiento consiguió quebrar algo que durante años había construido como mecanismo de supervivencia. "Uno es orgulloso, altivo, se hace el duro. Y cuando llega a los pies de Dios, la persona se quiebra. Ahí se da cuenta de que no era un hombre duro", explicó.
Dato para el lector. En esta nota no hay preguntas sobre las condenas y los delitos que cometió Albornoz. La Justicia argentina impide estas consultas en las entrevistas a reclusos.
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No hubo excusas sobre los delitos cometidos. Tampoco carga las responsabilidades sobre su familia. Tenía padre y madre, recibió consejos y fue a la escuela hasta los primeros años del secundario. Empezó a andar en la calle alrededor de los 11 años y que a los 12 ya había llegado hasta Buenos Aires. Después apareció la búsqueda del dinero fácil. "No fue por no tener un consejo de ellos, sino por no agarrar esos consejos muchas veces. No es culpa de ellos. Es culpa de uno, que muchas veces elige un camino equivocado", reconoció. Sus padres intentaron durante años que frenara. Él también prometió hacerlo. Varias veces. "Cuando era joven entraba acá y prometía cosas que después no cumplía. Le prometí muchas veces a mi padre que iba a cambiar y no cambié", dijo.
Esa parte de su historia también pesa sobre la promesa actual. No es la primera vez que Albornoz dice que quiere dejar atrás el delito. Esta vez asegura que la edad, la familia que perdió en el camino y la cantidad de años que pasó preso modificaron su mirada. "No me hago el santo", aclaró. Después agregó que está pagando las condenas que recibió por los delitos que cometió y que llegó el momento de decir basta. Albornoz no esquiva tampoco una definición sobre su pasado. "Yo siempre anduve en la delincuencia. Hice las cosas mal y los errores son los que me trajeron acá", resumió.
El paso del tiempo aparece constantemente en su relato. Mientras estuvo preso, sus hijas crecieron. Su pareja continuó su vida por otro lado. Llegaron sus nietos. Murieron sus padres. Hubo cumpleaños, enfermedades y rutinas familiares de las que no participó. Albornoz habla menos de grandes acontecimientos que de pequeñas situaciones cotidianas que perdió: llevar a un hijo a la escuela, acompañarlo al médico o simplemente estar. "Se pierden muchas cosas: de los hijos, de los padres, de la familia. Cosas que muchas veces uno no valora", aseguró.
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Sus cuatro hijas ocupan especialmente ese lugar. Durante una de sus condenas más extensas fueron creciendo y llegó un momento en el que él mismo prefirió que dejaran de ir al Penal porque ya eran adolescentes. Ahora tampoco lo visitan. Se comunican cuando él está en libertad y puede verlas a ellas y a sus nietos, pero actualmente ninguno de ellos cruza las puertas del Servicio Penitenciario para encontrarse con él. Albornoz no se muestra enojado por eso. Por el contrario, en algún punto parece asumirlo como otra consecuencia de sus decisiones. "La familia también se cansa", dijo.
Sus padres fueron distintos. Mientras estuvieron vivos lo acompañaron, especialmente su madre. Su padre también estuvo y fue el destinatario de varias de aquellas promesas de cambio que nunca llegó a cumplir. "Siempre les tuve mucho respeto y mucho amor", recordó.
La cantidad de tiempo que pasó privado de la libertad es otro de los puntos que utiliza para desmentir una frase que suele aparecer cada vez que su nombre vuelve a las noticias policiales. En las redes sociales hay quienes dicen que al Taza le gusta más estar adentro del Penal que afuera, preguntó esta cronista. "Esto no es vida. Para ningún ser humano es vida", respondió.
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A los 23 años ya había estado preso. Después pasó por establecimientos penitenciarios de distintas provincias y recibió, entre otras, una condena de 22 años. "Me llené de años", dijo. Ahora aseguró que, si vuelve a tener una oportunidad en libertad, sus expectativas son mucho más sencillas: trabajar, conseguir eventualmente una pensión por un problema que tiene en una pierna y acercarse nuevamente a su familia.
Dentro del Penal aprendió panadería y también tiene conocimientos de construcción. Dice que cuando estuvo afuera buscó trabajo, aunque los antecedentes penales representaron otra barrera. Actualmente pasa sus días entre la fajina, la lectura y principalmente la gimnasia. Su proyecto para la vejez tampoco es demasiado complejo. Quiere pasarla afuera. "Tengo cuatro hijas hermosas y quiero compartir con ellas el tiempo que perdí. Quiero recuperar eso porque nunca es tarde", aseguró. Observó con preocupación la posibilidad de que sus hijas o sus nietos puedan acercarse a los mismos ambientes que marcaron su juventud. Para él, el consumo de drogas aparece actualmente como una de las principales puertas de entrada de muchos jóvenes al delito. Lo dice desde su experiencia dentro de la cárcel y a partir de los internos que ve ingresar.
La religión atraviesa esa nueva relación con los demás presos. Albornoz dijo que aprendió a pedir perdón, pero también a perdonar. Dice que no guarda odio ni rencor y que los años de encierro le enseñaron sobre la humildad. Eso no significa, según él mismo admite, que haya desaparecido completamente la persona que fue durante décadas. "Por ahí aparece el viejo hombre, pero trato de frenarlo. Es una lucha que tengo", contó.
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También reconoce cuál será la verdadera dificultad si recupera la libertad. Dentro del Penal puede participar del culto, leer, entrenar y mantenerse alejado de muchas de las situaciones que históricamente lo llevaron nuevamente al delito. Afuera están las tentaciones y los viejos circuitos. "Uno está con Dios acá y después sale y se encuentra con todo lo de afuera. Es complicado. Si uno deja a Dios acá adentro, puede volver otra vez a lo mismo", explicó.
Albornoz no sabe todavía si esta vez será diferente. Desea vivir de otra manera. Quiere recuperar a sus hijas y acercarse a sus nietos. Quiere trabajar. Quiere pasar la vejez afuera. Quiere que este ingreso sea el último. Y también pide algo para quienes eventualmente logren cumplir sus condenas y recuperar la libertad: una oportunidad.
Albornoz sabe que afuera su nombre genera rechazo. También sabe que para una parte de la sociedad su prontuario pesa mucho más que cualquier declaración que pueda hacer ahora desde una capilla del Penal. No pretende negar los delitos que cometió. Dice que se equivocó y que está cumpliendo las condenas que le impuso la Justicia. Lo que cuestiona es que ese pasado convierta para siempre a una persona en alguien sin posibilidad de reconstruir su vida. "Todos somos seres humanos y muchas veces cometemos errores. Nadie está a salvo de nada", sostuvo.
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Busca respuestas en la religión. Ahí encuentra amparo y un espacio en donde no es el Taza, sino simplemente un hombre más. "Yo no soy nadie para juzgar a nadie ni para hablar mal de nadie. Ante los ojos de Dios todos somos iguales", dijo. Y cerró con una frase bíblica que utilizó para hablarles directamente a quienes lo juzgan por su historia: "Nadie es perfecto. Como dijo el Señor: 'El que esté sin pecado, que tire la primera piedra'".
Un violento ladrón que estaba evadido del penal fue atrapado en Ullum
Un violento ladrón que estaba evadido del penal fue atrapado en Ullum
Fuente: Tiempo de San Juan
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