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Diario de viaje: volví a Kansas City y entendí por qué esta ciudad ya se siente distinta

El regreso para los cuartos de final del Mundial confirmó una sensación inesperada. En apenas unas semanas, la ciudad dejó de ser una sede más para convertirse en un lugar familiar.

Por Bruno Farano3 min de lectura
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Diario de viaje: volví a Kansas City y entendí por qué esta ciudad ya se siente distinta
Diario de viaje: volví a Kansas City y entendí por qué esta ciudad ya se siente distinta · Foto: La Gaceta

Resumen para apurados

Hay ciudades que uno visita y otras que, casi sin darse cuenta, empiezan a sentirse familiares. Eso fue exactamente lo que terminó pasándome con Kansas City.

Cuando aterricé por primera vez, hace ya casi un mes, era apenas un nombre más en el mapa del Mundial. Todo era nuevo; no sabía cómo moverme, cuánto demoraba un viaje hasta el estadio, dónde tomar un café o qué restaurante seguía abierto cuando la jornada terminaba cerca de la medianoche y el hambre apretaba más que el cansancio.

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Los primeros días fueron de puro aprendizaje. Aprender el camino al centro de prensa, descubrir dónde comprar una botella de agua antes de salir para una cobertura, entender cómo funcionaba el transporte o encontrar ese lugar que nunca te dejaba a pie cuando volvías tarde al hotel. Después llegaron Dallas, Miami y Atlanta.

Fueron tres ciudades completamente distintas entre sí, pero también diametralmente diferentes a Kansas City. Más grandes, más intensas, con otro ritmo y otra personalidad. En todas hubo algo para descubrir, pero también hubo algo que las hizo sentirse, de alguna manera, transitorias. Kansas City, mientras tanto, terminó ocupando otro lugar.

Con la clasificación de Argentina a los cuartos de final, la ciudad volvió a llenarse de camisetas celestes y blancas. El hotel en el que nos habíamos alojado durante la primera parte del Mundial ya no tenía disponibilidad y esta vez nos instalamos en el Ameristar Casino Hotel, bastante más alejado del centro. Sin embargo, apenas el avión tocó pista apareció una sensación que no esperaba.

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No sentí que estaba llegando, sentí que estaba volviendo.

Por primera vez desde que empezó el Mundial no necesité abrir el GPS para entender hacia dónde íbamos. El recorrido desde el aeropuerto ya no era un misterio, los carteles empezaron a resultar conocidos y el paisaje dejó de sentirse extraño.

Kansas City ya no era una ciudad nueva y eso, en una cobertura como esta, vale muchísimo.

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Quizás tenga que ver con su escala o con esa tranquilidad que transmite desde el primer momento. No tiene el vértigo de Miami, ni la inmensidad de Dallas, mucho menos el movimiento permanente de Atlanta. Tiene otro ritmo uno mucho más pausado y más cercano.

Acá todavía hay tiempo para que un chofer de Uber te pregunte cómo está viviendo Argentina este Mundial, para que un empleado del hotel te reciba con una sonrisa y quiera saber qué tal estuvo el vuelo o para que un mozo termine hablando de fútbol antes de traer la cuenta.

Son gestos mínimos, pero cuando pasás varias semanas cambiando de ciudad cada tres o cuatro días, esas pequeñas cosas empiezan a tener un valor enorme.

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Cuando en el diario me avisaron que iba a venir a cubrir el Mundial, lo primero que se me pasó por la cabeza era que iba conocer lugares nuevos y que iba a ver partidos de gran nivel. Pero nunca imaginé que uno de esos lugares terminaría convirtiéndose en una especie de base.

No digo casa porque una casa siempre está donde esperan los tuyos, pero sí en ese sitio al que uno vuelve y ya no hace falta aprender todo otra vez. Ese sitio en el que el camino al estadio sale casi de memoria o del que ya sabés cuál es el supermercado más cercano y hasta qué restaurante nunca falla cuando el reloj marca las 10 de la noche y todavía queda una nota por escribir.

No sé si alguna vez volveré a Kansas City cuando termine este Mundial, lo más probable es que no. Pero mientras caminaba otra vez por sus calles entendí que hay ciudades que uno recuerda por sus monumentos, otras por sus paisajes y algunas por cómo te hicieron sentir.

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Hace casi un mes, cuando llegué por primera vez, lo primero que hice fue sacar el teléfono para mirar el GPS y entender hacia dónde tenía que ir. Esta vez el celular siguió guardado en el bolsillo y recién entonces comprendí que algo había cambiado.

Kansas City había dejado de ser una sede más del Mundial y se había convertido en ese lugar al que, sin darme cuenta, sentía que estaba volviendo.

Fuente: La Gaceta

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