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"Disfruto cuando recorro las obras que hice y veo que aún están en pie"

Alejandro Salvador Cuevas Almada fue distinguido por el HCD de Posadas. A los 82 años, repasa una trayectoria dedicada a la ingeniería.

Por Viviana Bonada9 min de lectura
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“Disfruto cuando recorro las obras que hice y veo que aún están en pie”
“Disfruto cuando recorro las obras que hice y veo que aún están en pie” · Foto: Primera Edición

Alejandro Salvador Cuevas Almada (82) aún disfruta de su trabajo como ingeniero mecánico electricista que, días atrás, le valió una distinción por parte del Concejo Deliberante capitalino. "Siempre me llamó la atención lo que respecta al montaje y a la electricidad", dijo el profesional, nacido en Asunción, Paraguay, y radicado en Posadas desde hace 80 años, cuando su padre -Ildefonso Salvador Cuevas- fue designado jefe de mantenimiento de Aerolíneas Argentinas.

Cursó el secundario en la Escuela Industrial y como tenía "vocación de técnico", intentó continuar sus estudios en La Plata, pero regresó "porque no me gustó el clima de la ciudad, que se presentaba muy problemático".

Cuando le comentó a su padre, este le sugirió que fuera a Córdoba, "que esa provincia me iba a gustar. Y así sucedió y allí hice toda mi carrera. Cuando había terminado de cursar y me faltaban dos materias para recibirme, me salió una oportunidad laboral en una compañía muy grande, la mejor de Córdoba. Entré a trabajar de dibujante computista. Al terminar el año, me dijeron que había que ir a montar lo que había dibujado. Me enviaron a Tinogasta, Catamarca, donde era el único pasajero del hotel de turismo, que quedaba a cuatro cuadras de la usina en la que me tocó trabajar y montar el proyecto", relató.

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Expresó que "era un clima muy lindo, de gente muy agradable. Tenía 27 años y trabajaba hasta los domingos a mediodía. El único franco que tenía era el domingo por la tarde, cuando tomaba la camioneta y me iba a conocer Fiambalá, localidad donde aprendí a querer el folclore".

Indicó que había jornadas en las que se sentía mal de salud. "Veía cómo trabajaban los obreros que estaban conmigo y les preguntaba cómo no se descomponían del estómago. Me confiaron: '¿ve esa hoja?, sáquela y masque'. Era la famosa coca, sobre la que tenía mucho prejuicio. Pero como me sentía mal, la cuestión era tener una hojita en la boca y se acababa el problema", dijo entre risas.

Después de casi un año en Catamarca, volvió a Córdoba, rindió su última materia y se recibió de ingeniero mecánico electricista. Enseguida "me pagaron la matrícula en Buenos Aires y me mandaron a hacer un diesel ducto, que es la parte mecánica, para dos gigantes" como YPF y Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires (SEGBA). Trabajó en la parte de tableros a prueba de explosión y cañerías. En ese tiempo, Buenos Aires "era una ciudad a luz, una ciudad feliz. Toda la gente que conocí, trabajaba, comía en buenos restaurantes y salía todas las noches a la cuadra de los cines. Y yo salía a ver cómo se trabajaba en la calle, porque las tareas continuaban durante las 24 horas. Había obreros que trabajaban con luces, con canteros, con señalización. Aprendí mucho", resumió.

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Una vez finalizada esa tarea, a fin de año, Cuevas Almada volvió a Posadas para pasar la fiesta con su familia. Por esos días fue contactado desde la empresa Emsa porque necesitaban ingenieros de su especialidad, además la experiencia que ya atesoraba. "Acepté la propuesta, pero no tenían el ritmo de trabajo al que estaba acostumbrado. No soporté la presión de trabajar de otra forma. Era otro el sistema. Decidí salir a trabajar por cuenta propia. Decían que me iba a morir de hambre porque el único trabajo para las especialidades es la Dirección de Energía o Emsa", agregó quien fue presidente del Consejo Profesional de Ingeniería de Misiones.

Comenzó solo, instaló su estudio y empezó a hacer planos de edificios, de instalaciones telefónicas. "Lo que nadie hacía, yo hacía. Por allí me salió un contrato y fui el primer ingeniero que hizo electrificación rural en Montecarlo. Estuve casi dos años haciendo una obra de casi dos millones de dólares. Iba los lunes y venía los viernes, justo para almorzar y dar clases de las 14 y hasta las 19, tanto en la EPET 1 como el Instituto San Arnoldo Janssen. Esos colegios fueron dos constantes de mi vida durante casi 40 años de docente. Paralelamente, muchas empresas que ya me conocían me daban trabajo de proyectos. Hice varios de edificios en torres para las empresas más notorias que me tomaban como consultor externo. Como dibujante me arreglaba", aseguró.

Sostuvo que desarrolló barrios de IPRODHA completos cuando la empresa de electricidad no hacía los proyectos de electrificación. "Las empresas tenían que comprar el terreno, hacer el proyecto de barrio, yo hacía las líneas, el IPRODHA supervisaba y salía la obra. Así, trabajé en muchos barrios y me dio muchas satisfacciones, porque adonde voy encuentro los barrios que aún están en pie. Disfruté de todos esos trabajos. Pero más disfruto ahora que recorro y veo que están en pie las obras. Eso es una gran satisfacción", aseveró.

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El profesional se mostró preocupado por la pérdida de valores. "Veo que la Argentina está experimentando una decadencia en la educación. Entiendo que la tecnología mal usada no sirve. Los alumnos copian del celular, graban las clases, algunos pagan para que le hagan las carpetas, los trabajos. El profesor no enseña todo lo que quiere dar. La docencia en serio es otra cosa. Yo tenía mucho amor por la docencia. Lo hice con dedicación y trabajaba con pizarrón y tiza. Ahora hay medios más modernos, pero no se usa como debiera sino para facilitar las cosas. Y los alumnos, en lugar de sacarle el jugo máximo a la tecnología, optan por el facilismo. Tanto a los alumnos como a los profesores, nos falta disciplina, quizás copiada a los japoneses, los chinos, los taiwaneses, los coreanos", lamentó.

Reconoció que con el auge de la tecnología "tuve que aprender muchas cosas. Imagínese que salí de la facultad con la regla de cálculos".

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Al momento de las anécdotas, relató que fue inspector de obra de Yacyretá y fue "un trabajo que me dio mucha satisfacción. De todas las empresas que estuve, fue la que más alegría me dio porque se trabajaba con rapidez. Fui inspector de la parte eléctrica del segundo tramo de la costanera, en adelante, y de obras que se hicieron en Ituzaingó, Corrientes. Era un lindo grupo de trabajo de arquitectas e ingenieros, que peleábamos entre nosotros, pero la obra se hacía en tiempo y en forma. En la parte de obras de ingeniería es la que más me gustó". También fue satisfactorio llevar adelante la electrificación rural allá por el año 1972, en la zona de Montecarlo. "Me gustó recorrer el campo, los caminos de tierra durante la lluvia, con el barro. Era gracioso cómo me recibían los colonos con su castellano mal hablado. 'Ahora viene un ingeniero a ver dónde va la luz, antes mandaban un burro', decían".

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"Había un agricultor que dijo que iba a esperar que el ingeniero ese me corte los árboles y le voy a hacer un juicio a la empresa. Tenía los árboles en el camino. Entonces hice la vuelta y lo dejé. Vino a decirme '¿Cómo todos mis vecinos tienen luz y yo no?'. Le dije: 'saque los árboles que están en el camino, al otro día mando a la cuadrilla y le instalo el transformador'. Y así fue. Tuve que usar la inteligencia para no tener conflictos", recordó. Después comenzó con la electrificación rural en Puerto Rico y, más tarde, regresó a Posadas.

"Todo lo que hice, lo hice con honestidad, con responsabilidad y con alegría por la satisfacción que me da el trabajo y el objetivo cumplido", celebró Cuevas Almada, "agradecido a la Argentina, siempre, porque es una nación generosa que da oportunidades. El que quiera aprovechar, es libre. En la universidad gratuita de Córdoba me encontré que venían de varios países. Fui compañero de haitianos, bolivianos, peruanos, brasileros".

Al recibir el reconocimiento, Cuevas Almada agradeció mucho a sus padres: Ildefonso Salvador Cuevas y Victoria Almada, para quienes "no fue fácil, porque vinieron de Paraguay por cuestiones laborales". Su mamá fue ama de casa toda su vida y estuvo al cuidado de sus cuatro hijos: Carlos Antonio, Benjamín (ya fallecido), Carmen Victoria y yo. Su papá estaba altamente capacitado y fue jefe de mantenimiento de Aerolíneas Argentinas, después de estudiar en Estados Unidos.

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"Atendió los hidroaviones que aterrizaban en el Paraná, también los aviones Avro, que eran a turbohélice y los primeros que eran turbos. Mi padre tenía que revisarlos y recién cuando daba el ok, el avión despegaba", rememoró. También hizo una mención a sus hijos: César Bernardo, Verónica Isabel y Fernando José, y a su compañera, Beatriz Barboza Benítez.

En el Concejo Deliberante de Posadas lo condecoraron por los años de trayectoria. "Me sorprendió gratamente. Hice docencia y trabajé específicamente en la profesión durante años ininterrumpidos, además, en la justicia, como perito judicial. Si tuviera que marcar en la ciudad las manzanas en las que tengo hecho todo tipo de instalaciones, son varias. Ahora cuando me toca una cosa más moderna ya la estoy dejando para los jóvenes", comentó.

Durante su discurso ante el cuerpo deliberativo, mencionó los cuatro pilares sobre los que se sostiene la profesión. Dijo que el primer pilar es la máxima perfección técnica. "Quiere decir que uno no tiene que agarrar el proyecto así nomás y decir, lo hago. Hay que estudiar los antecedentes, estudiar el material que va a ocupar, los reglamentos nuevos y viejos, fundamentalmente los que se están aplicando en el momento. Y ante las dudas consultar con los que tienen más experiencia. No largarse a hacer porque me gusta y quiero ganar dinero. Hay que estudiar el reglamento, ajustarse, aprobar todos los requisitos de los reglamentos y efectuar las consultas pertinentes", argumentó.

El segundo pilar es la máxima economía. "Hay diversos precios de materiales, sean de primera línea, segunda, tercera o cuarta. Es necesario saber cuál es el más apropiado y dentro de los potables, elegir el de menor costo. La mejor obra es la que se hace. La que no se puede hacer, no sirve. Elegir los materiales adecuados, que cumplan con las reglamentaciones, que cumplan con los plazos de entrega. Y que se puedan pagar. Eso lleva a conocer el mercado provincial, nacional. Y tener noción de lo que se usa en otros lados para estar más o menos al día", detalló.

El otro pilar es la máxima seguridad para el ambiente. "No hay que hacer obras que puedan contaminar el ambiente, por el tipo de pintura, por las cloacas. Es necesario que se respeten todas las condiciones ambientales, de ventilación, los árboles, la vegetación, la salud. Si hay un curso de agua, ver cómo se canaliza. Tampoco tiene que afectar a los usuarios del edificio ni a los vecinos del edificio", acotó.

El cuarto pilar es el respeto de los valores humanos. Indicó que "hay que ser justos en los pagos y en los cumplimientos. Veo que en muchos casos los valores humanos se perdieron en todo aspecto. Ya en la educación, en los alumnos, con los obreros que no se les paga lo justo y no se respetan los horarios. Hay un abuso de ambas partes. Por un lado, de los obreros que están bajo un convenio colectivo poderoso. Y otro de los patrones que ejercen una presión indebida. El respeto por los valores humanos tiene que existir siempre para que la obra sea óptima".

Fuente: Primera Edición

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