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Dos femicidios en San Juan y una tendencia que asusta: de la tensión al estallido

Si bien la violencia de género se suele reflejar en ciclos y etapas marcadas, los hechos que estremecieron a la provincia comparten un mismo sello y es que de las agresiones verbales escalaron directo a la brutalidad.

Por Redacción Tiempo de San Juan6 min de lectura
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Dos femicidios en San Juan y una tendencia que asusta: de la tensión al estallido
Dos femicidios en San Juan y una tendencia que asusta: de la tensión al estallido · Foto: Tiempo de San Juan

Los femicidios de Camila Vecchiarello, en Barreal, y Gemma Álvarez, en la Costanera de Chimbas, no sólo sacudieron San Juan y despertaron la indignación de todos, sino también muestran una coincidencia que asusta y es que, en las reconstrucciones conocidas de ambos casos, no aparecen golpes previos que hubieran permitido al entorno advertir una violencia física creciente.

Por el contrario, en la antesala de la brutalidad, hubo registros de celos, control y amenazas que pueden ubicarse en la etapa de acumulación de tensión, en el marco del ciclo de violencia de género. El estallido llegó después y fue mortal, mientras que la denominada "luna de miel" de ese tormentoso proceso no fue documentado en ninguno de los dos casos.

La coincidencia resulta alarmante, ya que la violencia más cruda se desató de manera brutal. La violencia psicológica fue predominante, lo que no significa que no haya existido violencia de otro tipo o agresión física que nadie conociera. Ello responde a algo más preciso: no hubo -en ambos hechos- una historia documentada de golpes previos que hubiera alarmado a los entornos de las víctimas de femicidio.

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La diferencia puede parecer sutil, pero es fundamental para comprender estos casos. Porque el modelo del ciclo de la violencia de género, desarrollado originalmente por la psicóloga Lenore Walker, plantea que la violencia no necesariamente comienza con una agresión física. Puede hacerlo mucho antes, en una etapa de acumulación de tensión marcada por celos, control, descalificaciones, amenazas, hostigamiento o distintas formas de violencia psicológica y económica.

Y es precisamente en esa primera parte del ciclo donde aparecen algunos de los elementos que hoy permiten reconstruir las historias de Camila y Gemma.

Camila Vecchiarello tenía 26 años y había llegado a Barreal junto a su pareja, Carlos Gonzalo Rivero, con quien llevaba apenas unas semanas de casada. La joven, aspirante a ingresar a Gendarmería Nacional, fue asesinada dentro de la vivienda que compartía con él.

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La investigación reconstruyó una relación en la que aparecieron celos, control y una progresiva ocupación del espacio de Camila por parte de su pareja. También surgieron testimonios vinculados a la situación económica de Rivero, quien aparentemente no tenía ingresos propios luego de haber sido dado de baja y habría dependido económicamente de ella.

Pero hay un dato que atraviesa la reconstrucción del caso: no surge una denuncia previa de Camila por violencia física contra Rivero ni una medida judicial de protección que hubiera advertido formalmente sobre una situación de riesgo. Después apareció el estallido.

Camila fue atacada con un arma blanca y sufrió múltiples heridas. Las lesiones en sus manos fueron interpretadas como compatibles con intentos de defensa. Rivero, por su parte, fue encontrado en el lugar y posteriormente quedó detenido e imputado por el femicidio. Lo que antes podía aparecer ante terceros como una relación atravesada por celos o conflictos terminó transformándose, en cuestión de tiempo, en un escenario de violencia extrema.

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La historia de Gemma Álvarez tuvo otro recorrido. Su relación con Matías Marín llevaba aproximadamente 13 años y, de acuerdo con la reconstrucción judicial, estaba atravesada por celos, control y violencia psicológica. En este caso sí existió un momento en el que la víctima decidió pedir ayuda. El 1 de julio, Gemma acudió al CAVIG y denunció a Marín. Según lo expuesto durante la investigación, había manifestado incluso que él la amenazaba con matarla si comenzaba una relación con otra persona.

Después de la denuncia, Gemma se alejó del domicilio que compartía con él y se trasladó junto a su hija a la casa de su madre. También se dictó una prohibición de acercamiento. Parecía haber intervenido el Estado. Pero el 29 de julio llegó el estallido definitivo.

Marín habría seguido a Gemma hasta la zona de la Costanera de Chimbas y allí la atacó con un arma blanca. La investigación determinó que recibió 31 heridas cortopunzantes. Gemma había denunciado. Había buscado ayuda. Existía una medida de protección. Y aun así fue asesinada.

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El concepto de ciclo de la violencia ayuda a poner ambos casos bajo una misma lupa, aunque no permite afirmar que las dos víctimas hayan atravesado exactamente las tres etapas descritas por quienes analizan a fondo la violencia de género. La primera es la acumulación de tensión: celos, control, desvalorización, amenazas, violencia psicológica o económica. La segunda es el estallido, cuando la violencia se vuelve abierta y puede incluir agresiones físicas graves. La tercera es la llamada "luna de miel", en la que el agresor se arrepiente, pide perdón, promete cambiar o intenta recomponer el vínculo.

En Camila y Gemma hay elementos que permiten observar la primera fase y, finalmente, un estallido de extrema violencia. Pero no existe documentación suficiente para afirmar que después de episodios previos haya habido una etapa de arrepentimiento o reconciliación en ninguno de los dos casos.

Eso no significa que esa etapa no haya existido. Puede haber ocurrido dentro de la intimidad de las relaciones y no haber sido conocida por familiares, amigos o investigadores. Simplemente, no hay testimonios o elementos públicos suficientes que permitan incorporarla como un hecho comprobado a la reconstrucción.

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Por eso, la imagen que dejan estos dos femicidios es particularmente perturbadora: tensión y estallido aparecen documentados; la etapa intermedia permanece, al menos públicamente, como una incógnita.

Ahí aparece una de las preguntas más difíciles. ¿Cómo puede una relación pasar de los celos, el control o las amenazas a un asesinato sin que antes haya una sucesión de golpes que alerte a quienes rodean a la víctima?

La respuesta no puede reducirse a que la violencia apareció "de repente". El hecho de que no haya golpes documentados no significa que no existiera violencia. La violencia de género también puede expresarse mediante control, aislamiento, amenazas, hostigamiento, manipulación, dependencia económica o violencia psicológica.

En ese sentido, los dos casos muestran que el golpe puede no ser la primera señal visible de una relación violenta. Y, en algunos casos, puede ser directamente el último episodio. En Gemma existió una denuncia que permitió identificar el riesgo. En Camila, según lo conocido públicamente, no hubo una denuncia previa. Pero ninguna de las dos historias presenta una cadena de agresiones físicas anteriores que haya quedado registrada como una alarma evidente para el entorno.

La diferencia es que Gemma llegó a pedir ayuda y Camila, al menos según lo publicado hasta ahora, no alcanzó a hacerlo.

Por eso, poner ambos casos frente a frente no significa decir que fueron iguales. No lo fueron. Gemma tuvo una relación de muchos años, denunció a su expareja y obtuvo una medida de protección. Camila estaba casada hacía apenas unas semanas y no existe una denuncia previa conocida contra su pareja.

Pero las dos historias comparten un punto que obliga a mirar más allá del momento del asesinato: antes del estallido mortal existieron comportamientos que hoy pueden ser leídos como señales de una relación atravesada por el control y la violencia. El problema es que esas señales no siempre son interpretadas como una emergencia.

Los celos pueden confundirse con amor. El control puede presentarse como preocupación. La dependencia económica puede naturalizarse. Una amenaza puede quedar reducida a una frase dicha durante una discusión. Hasta que la tensión encuentra una salida violenta. Y entonces ya no hay margen para intervenir.

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Fuente: Tiempo de San Juan

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