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"El anarquismo es la práctica de lo cotidiano": Alejandro Gómez publica 'Mutaciones anarquistas'

El autor y pintor salteño publicó su libro Mutaciones Anarquistas, a través de la editorial chaqueña Ramaraíz, en el cual aborda territorio, revolución y caos. El poemario resultó seleccionado en la convocatoria de poesía que buscaba nuevas voces que exploran la trinchera poética de estos tiempos.

Por Daniel Medina12 min de lectura
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“El anarquismo es la práctica de lo cotidiano”: Alejandro Gómez publica ‘Mutaciones anarquistas’
“El anarquismo es la práctica de lo cotidiano”: Alejandro Gómez publica ‘Mutaciones anarquistas’ · Foto: La Gaceta

Resumen para apurados

Por Mario Flores

Durante años elegiste difundir tu poesía por canales independientes y autogestionados, cercanos a la lectura en vivo y los ciclos que hacen al colectivo del acto poético. Con "Mutaciones anarquistas", si bien no es tu primer libro, tiene un corte y edición gráfica distinta: ¿cómo pasó a formar parte de Ramaraíz Editora y desde hace cuánto viene este texto aguardando su publicación?

No sé si realmente se elige habitar los espacios y las prácticas autogestivas porque sí. Creo que como necesidad de hacer y decir, no esperamos a que nos "descubra" o "elija" un sello editorial para publicarnos. Entonces se generan o acompañan esos núcleos colectivos de creación sostén, empuje y resistencia. En el caso de este poemario, hubo particularmente un proceso largo. Mutaciones Anarquistas es un libro viejo, pasó por otras estructuras y ordenamientos. Fue naciendo y configurándose mientras aparecían los poemas. Hay textos escritos entre 2011 y 2026, los primeros fueron parte de otros proyectos, de otros libros que no terminaron de conformarse como tales y que se encontraban en una búsqueda, como la que transita. Eso determina unas transformaciones del Yo que habla, del que fue hablando y del Yo del libro, de sus percepciones, de sus experiencias, que lo definen como contradictorio. Porque el anarquismo es una práctica de lo cotidiano, atravesada por la contradicción de lo humano y, sobre todo, de lo humano productivista/capitalista. Así se fue construyendo el poemario hasta hoy, en una incesante relectura. Me releo constantemente y me autoedito: es un ejercicio permanente el de reconfigurarme, el de pensar y repensarme: cómo quiero que esto sea leído y sentido, o cómo espero que suceda. Así que su edición no ha parado desde que comencé a escribirlo. Pero siempre es complejo leerse críticamente y poder notar desde dentro de uno lo que otrxs sí pueden ver. Ramaraíz fue casual/causal. Sigo a la editora y venía viendo sus publicaciones y trabajos, hasta que de pronto apareció la convocatoria "Ternura y Trinchera". Al llegar a Ramaraíz y a Brian Hock, quien ha trabajado como editor del manuscrito, éste logró alcanzar otra dimensión: la dimensión del encuentro con la otredad. Ahí sucedió algo maravilloso que me enterneció y que me llenó de esperanza: el diálogo, la retroalimentación. Porque sentir que hay gente que también cree en aquello que el poemario propone y en lo que ese otro que escribe tiene para decir, no tiene parangón. Y acá estamos, abriendo la posibilidad de que nos podamos encontrar con otras formas de pensar al mundo y de imaginar críticamente, otros mundos posibles.

Suele suceder que gran parte de la poesía contemporánea y preponderante de Salta no se publica, justamente, en Salta sino en otras provincias, a través de otros proyectos editoriales que hacen nexo con lo que se escribe en nuestra zona. ¿Cómo vivís este diálogo poético con otras regiones y, también, con otros catálogos?

Soy parte de varios interiores. Crecí en Barreal, un vallecito cordillerano sanjuanino, y en Salvador Mazza, una zona de frontera en el interior de Salta. En estos territorios lo regional suele subsumirse a prácticas poéticas y artísticas que dejan de lado las voces que, por demasiado "extrañas", no se cree que estén en sintonía, a veces, con el territorio. Lo que es una lectura muy simplista, porque nuestra poesía y nuestra obra hablan desde el territorio que habitamos. Como artista visual y poeta vengo insistiendo en la búsqueda de abrirme espacio en los circuitos, "nichos" artísticos y círculos, pero en general sucede, que se mira lo local con un grado de displicencia supino. Por otro lado, hay una búsqueda desde otras latitudes de acercarse a esas voces que brotan en los interiores. Voces que vienen peleando y trabajando, construyendo día a día redes para poder hacer y decir, porque es urgente. Creo que estos diálogos tienen mucho que ver con lo que considero un ejercicio político de ruptura de fronteras, que funcionalmente, delimitan no solo el territorio físico sino también el simbólico. Quebrar con esto es, entiendo también, una tarea poética. Por eso me parece importante reconocer que en el norte -como en muchas otras latitudes-, proliferan espacios, personas, "pequeños" sellos editoriales y movimientos importantísimos. Tenemos editoriales como Almadegoma o Extática, espacios de construcción de sentido y conocimiento, de identidad y escucha como la cultura Ballroom que explota en todo el NOA, Tejerios desobedientes o el poesíapue, entre otros, que sostienen, empujan y apuestan a las palabras que nacen en el centro de nuestros territorios. Y estas son respuestas contundentes para un sistema-mundo del que ya no queremos ser parte. Todos estos elementos son tramas que se enlazan para constituir o restituir espacios para decir-nos y decir el mundo, por fuera del "sistema" y los circuitos legitimados por la "industria cultural." Ahí creo que reside la importancia del diálogo. De esta interacción y relación que hay entre los territorios y sus voces, entre quienes desde otras geografías deciden tomar esas voces que parecen reverberar desde los valles, cerros y montes, con una crítica ineludible a nuestras inacciones en el ejercicio del poder. Y que buscan la creación de otros paradigmas, de otras lecturas y enunciaciones del mundo.

En la hibridez de pensar una obra visual con una obra literaria, y viceversa, se presentan las particularidades conocidas (si la imagen ornamenta al texto, si el texto es solamente pie de página a la imagen, por ejemplo), pero en "Mutaciones anarquistas" hay un trabajo integral del diseño y también la confección del poemario: ¿Cómo se cruzan y entrecruzan estos géneros? ¿Cómo convive un mural o un collage con un verso, cómo llegamos a ver eso en el libro ya impreso?

Como artista visual y como escritor, creo que ambas "materialidades" me resultan ambiguas. Mi forma de escribir y enunciar es muy visual: concibo las ideas como fotogramas que me atraviesan el vacío o el silencio. Escribo como pinto y pinto como escribo, podría decir. Como muralista imagino la obra como una pieza poética, pienso en símbolos, en signos, en elementos que puedan evocar un olor, un tiempo o un recuerdo, aunque este esté palpitante y dormido. En el caso de "Mutaciones…" pensamos en dos cosas esenciales: primero, darle trabajo a personas que son parte de la resistencia cultural, y que vienen sosteniendo diversas escenas hace años. Y en sentido de la materialidad del libro, fue claro que el poemario tenía que ser literalmente hecho a mano, cocido y armado con esa esencia; una propuesta de Brian Hock, que no dude en acompañar. El arte del libro estuvo a cargo de dos mujeres: mi amiga Sofía Manrique, que es trabajadora de las artes, sanjuanina, quien desarrolló las obras que lo habitan, por medio de heliografías originales, una técnica de revelado solar, pensadas estrictamente para el poemario. Y la fotografía fue hecha por Candela Mar Quiñonero, realizadora audiovisual, cantautora y artista trans salteña, quien me tomó unas hermosas fotos. Ambas me conocen, y han trazado su colaboración desde una lectura profunda de lo que me mueve como poeta. Creo que ese diálogo artístico se dio también porque compartimos similitudes ideológicas que están más a la izquierda del mundo. Lo interesante del libro, es que es una tercera cosa: no es que la imagen acompañe al poema, o viceversa, sino que la confluencia de estos diálogos da lugar a una mutación, a una hibridación que termina por constituir en él un objeto/sujeto artístico diferente.

"No me sale la poesía ya como estandartes luminosos" dice un verso, y me hace pensar en una línea lejana al optimismo obligatorio que la poesía del norte de Argentina impone como marca regionalista (el poema alma, el poema discurso, el poema consigna). ¿Cuáles son esos estandartes luminosos y esa lengua hecha política en la poesía actual que has leído o con la que estás conectado?

Cuando pienso en lo actual, lo contemporáneo, me voy lejos. Creo hoy más que nunca, que la poesía, el relato, la literatura, el hecho y el acto poético del último siglo, siguen siendo indefectiblemente actuales. Las distopías más aberrantes que pudimos haber imaginado siguen siendo actuales e inmediatas. Por otro lado, siento que toda poesía, todo hecho artístico, es político. Me he visto atravesado por sinnúmero de fluencias que dibujan en mí, senderos y constelaciones de otros proyectos de humanidad posibles. Apenas pienso en la poesía que me mueve pienso en los amigos. Hay gente cercana con la que comparto y organizo Ninaq, un recital literario que hacemos en Salta, por ejemplo, o de otros espacios de confluencias, que son tremendxs escritores, músicxs, bailarines, performers, artistas multidiciplinarixs. Los nombres que me acompañan desde hace años son de inmensas latitudes también. Todas las personas que me han atravesado, las que conozco y las que no, me han dado de beber de un imaginario que me recorre las venas, la memoria, el sueño, el deseo. Antes de que apelara conscientemente a mi búsqueda, a los símbolos y signos que vienen operando, estas figuras y voces, estos otrxs, ya habían inoculado su virus, su semilla, su verbo. Es trascendental la memoria así como la transformación. Todo ese mosaico de voces, de paisajes y territorios, de simbolosignos, son parte de esos otros estandartes, de esa rabia de la que habla particularmente ese poema. Y hay en este diálogo con todas esas otredades un hilo conductor que no solo tiene que ver con nuestras identidades, sino también con una retórica, una filosofía, una cosmovisión, que entiende al individuo como parte de una totalidad que no puede ser despojada de su entidad.

Creo que ahí está de nuevo la maravilla. Y me fascina encontrarme al decir, "creo", como parte elemental de mis esperanzas en un mundo nuevo. Esta afirmación está sujeta a mis más profundas convicciones…, sé que el arte no va a salvarnos.  Para transformar al mundo hace falta organizarse, discutir, hacer la revolución poniendo el cuerpo y la vida, pero sé también que es preciso cantar, abrazarnos, escuchar, y aprender a escuchar.  

Sin lugar a dudas, una de las particularidades de este libro (y seguramente dificultades) es la traducción al guaraní por parte de Yanina Azucena. ¿Cómo pensás esta conversación entre lo ancestral originario y lo contemporáneo personal que atraviesa tu obra? ¿Cuál es la política editorial que funge esta inserción como búsqueda artística y no como extractivismo indígena?

Me fascina esta pregunta. Apenas se habla de extractivismo indígena, pienso en Silvia Rivera Cusicanqui, socióloga, historiadora y teórica aymara boliviana, que abraza pensamientos ancestrales, que, como diría ella no son tan ancestrales, porque el tiempo no se lee de atrás para adelante. Cusicanqui me ha resultado importantísima, para entender el mestizaje que me habita, desde una perspectiva anticolonial, descolonizadora, pero por fuera de la teoría blanco centrista y europeizante, que entiende lo negro o lo indio como categorías inmutables, inmóviles, que merecen ser preservadas y conservadas, en lo que se denomina el "indio ornamental". Habitar lo humano, el sistema-mundo, el capitalismo, es contradictorio y dicotómico. Hoy me doy con que no solo soy marrón por guaraní, sino que también por afro, y ello dialoga inevitablemente con el concepto aymara de lo Ch'ixi que describe una identidad de opuestos que coexisten: mi yo blanqueado y la ancestralidad de mi sangre, de mis pueblos y su memoria. En mí historia familiar, el guaraní no se enseñó, algunos de mis primos lo entienden pero no lo hablan, porque hoy ser indio o asemejarse a ello, sigue siendo una marca/mancha con la que algunxs no quieren cargar. Mis abuelxs, tios abuelos y algunxs primxs ya mayores lo hablan, o hablaban. Clorinda, el pueblo donde nací en Formosa, limita la frontera paraguaya y obliga a entender, usar y hablar si es necesario, la lengua guaraní. Y así como sucedía ahí, en mi casa a 1800 kilometros de distancia, en el valle cordillerano de Calingasta, mis viejos usaban la lengua para sí mismos. Nunca nos la enseñaron. Hace unos años sentí la necesidad de volver a las raíces, de hablar con las abuelas, tías y tías abuelas, para que intentáramos juntas hilar un entramado del tiempo, donde sus historias personales, las propias y las ajenas, vinieran a ubicarme en la palmera. Conocí mucho de lo que fueron mis ancestrxs, y muchas historias más quedarán en la niebla de la memoria. Pero especialmente estos encuentros, donde lo negro y lo indio asomaban tímidamente, terminaron por formar los andamios que sostienen en este momento mi historia personal y mi obra. El diálogo con Yanina Azucena fue editorial: ella ha sido en este sentido, la encargada de trabajar las formas correctas, que la academia determina que sean para el guaraní. A mi viejo le escribí una mañana, con un audio le dije: "¿te animás a ayudarme para traducir estos poemas? Tengo un diccionario guaraní-español, pero quisiera que me des una mano". Me dijo que sí. Fue hermoso poder trabajar esto con él. Leer sus notas traduciendo el poema a guaraní, en esta labor compleja que no requiere solo pensar en cómo se diría una cosa, sino en cómo se pensaría esa cosa, esa idea, en otra lengua que entiende al mundo desde otras perspectivas. Cuando me pasó los poemas, reescritos y recitados en su voz, me hizo llorar, porque no solo habíamos alcanzado un diálogo profundo, sino que nos acercábamos en esta particularidad de compartir el linaje guaraní como tal. Por mi parte, aún estoy aprendiendo la lengua. Hay en ella una musicalidad, una fuerza y una armonía. Creo que hay en mi tarea artística y poética, una necesidad no solo de reivindicar una identidad, sino multiplicidad de identidades y cosmovisiones, que aun a pesar de ser ancestrales, antiquísimas, tienen más que ver con la multiplicidad de mundos que podrían ser y hacer, que con el que tenemos y hacemos hoy. Hay en nuestras lenguas indígenas una capacidad de pensar al mundo, desde otras perspectivas. Palpita en estas capacidades de enunciación de la realidad, una posibilidad: preguntarnos, si el mundo que creemos conocer se organiza naturalmente tal cual lo hemos aprendido. Esa pregunta habilita a la vez, la posibilidad de repensar como comunidades, el mundo que queremos y así mismo, en un acto de reciprocidad, rehacerle.

Fuente: La Gaceta

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