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El barrio de personajes ilustres de San Juan, el amor por el verde y la hermandad entre vecinos

Entre calles arboladas, jardines separados por cercos verdes y casas que guardan parte de la historia sanjuanina, el barrio Del Bono conserva una identidad que nació mucho antes de quedar rodeado por el crecimiento de la ciudad. Vecinos que crecieron allí y otros que lo eligieron…

Por Tiempo de San Juan15 min de lectura
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El barrio de personajes ilustres de San Juan, el amor por el verde y la hermandad entre vecinos
El barrio de personajes ilustres de San Juan, el amor por el verde y la hermandad entre vecinos · Foto: Tiempo de San Juan

El verde aparece como una de las primeras postales del Barrio Del Bono. Las ligustrinas que separan las propiedades, los plátanos que sobreviven al paso de las décadas y los jardines que se mezclan visualmente entre una casa y otra conforman una identidad que distingue a este sector de Capital. Pero detrás de esa imagen hay mucho más que una zona residencial: una historia de familias, profesionales, artistas y vecinos que compartieron buena parte de su vida, en una época en la que las puertas de las casas permanecían abiertas y la calle era una extensión de los hogares.

Tiempo de San Juan recorrió el barrio y conversó con tres personas que conocen de cerca esa historia: Lucas Carrieri, hijo de los artistas José Carrieri y Leonor Cecilia Rigau de Carrieri; Ana Lía Quevedo, quien pasó allí su niñez y juventud; y Carlos Gómez Centurión, arquitecto y artista plástico que, aunque creció en el centro, frecuentó el lugar desde pequeño y años después se instaló en una de sus casas. Sus recuerdos permiten reconstruir cómo era la vida cotidiana en aquella comunidad y qué aspectos de su identidad todavía perduran.

Cuando comenzó a tomar forma, el barrio Del Bono se encontraba lejos de lo que hoy se considera el centro urbano. En sus alrededores había terrenos con viñedos, calles de tierra y sectores todavía sin construir. Con el crecimiento de San Juan, aquel rincón residencial terminó integrado a una ciudad que avanzó a su alrededor, incorporando comercios, servicios y nuevas construcciones.

El origen del barrio está vinculado a Bartolomé Del Bono, quien impulsó un loteo residencial a fines de la década de 1930. La propuesta contemplaba terrenos amplios y una organización urbanística que priorizaba los espacios verdes, las viviendas retiradas de la vereda y los cercos vivos como forma de separación entre propiedades. La iniciativa recibió el nombre de Villa Nueva Palermo y, con el paso del tiempo, la denominación barrio Del Bono se impuso entre los sanjuaninos.

Existen distintas versiones sobre los límites geográficos del barrio Del Bono. Hay coincidencia en que su perímetro comprende la avenida Ignacio de la Roza (ex Cereseto), al Sur; la calle Del Bono, al Este; y Juana Manso, al Norte. Sin embargo, las opiniones difieren respecto del límite occidental: mientras algunos sostienen que se extiende hasta Hermógenes Ruiz, otros señalan que llega hasta Ángel Rojas.

La reconstrucción posterior al terremoto de 1944 fue parte de una etapa importante para su consolidación. Según los recuerdos de los vecinos consultados, las familias adquirieron terrenos y construyeron sus viviendas, en muchos casos con ayuda de créditos del Banco Hipotecario. Las casas comenzaron a poblar un sector que todavía conservaba características suburbanas y que, con los años, se convirtió en una zona residencial rodeada por el desarrollo comercial y urbano.

Carlos Gómez Centurión recuerda que, durante su infancia, buena parte de las calles eran de tierra y los espacios sin construir funcionaban como lugares de encuentro. Frente a la casa de sus familiares había parrales y, en un terreno baldío, los chicos jugaban a la pelota.

"Yo me he criado en la casa de mis primos. He venido de muy chico, desde niño", contó. También recordó que allí aprendió a andar en bicicleta y a patinar, en un entorno en el que el tránsito era escaso y las calles permitían que los chicos ocuparan el espacio público con naturalidad.

En aquel momento, el barrio todavía tenía una relación estrecha con el paisaje rural que lo rodeaba. Gómez Centurión recordó los cañaverales, el agua de riego y los terrenos que permanecían vacíos mientras comenzaban a levantarse nuevas viviendas. Lo que hoy es una zona plenamente urbana, en aquellos años ofrecía una tranquilidad difícil de encontrar en el mismo sector de la ciudad.

El barrio Del Bono también quedó asociado a familias tradicionales de San Juan, muchas de ellas vinculadas con profesiones universitarias, la arquitectura, la ingeniería, la abogacía y la cultura. Sin embargo, sus antiguos habitantes rechazan que esa característica deba interpretarse como sinónimo de ostentación o de una comunidad socialmente cerrada.

Entre las familias que dejaron una huella en la historia del barrio Del Bono aparecen los Carrieri, Quevedo Mendoza, Guerrero, Silva, Yanzón, Dubos, Ruffa, Echegaray, Federico, Gattoni, Hoffmann, Caussi, Donper, Passerón y Ugarte, apellidos que forman parte de los recuerdos de quienes crecieron en sus calles y compartieron una vida marcada por la cercanía entre vecinos. Algunas de estas familias también quedaron vinculadas a la cultura sanjuanina y a comercios tradicionales.

"Era un barrio familiar de gente que tenía interés por la cultura, por las profesiones, por lo vinculado a la universidad, sobre todo", explicó Lucas Carrieri. Según recordó, en las casas vivían familias numerosas y el vínculo entre vecinos era parte de la vida cotidiana.

Ana Lía Quevedo, que nació y creció en el barrio, conserva una imagen similar. Las viviendas no eran espacios aislados, sino lugares por los que circulaban chicos, amigos y familiares sin demasiadas formalidades. Las visitas podían aparecer a la hora del té y las madres recibían a los hijos de los vecinos como si fueran propios.

La solidaridad también se expresaba en situaciones concretas. El padre de Quevedo, que era escribano y sabía aplicar inyecciones, acudía a las casas cuando algún chico necesitaba esa atención. En otro caso, recordó que ayudaba a una vecina que había quedado a cargo de sus cuatro hijas y no sabía manejar: todas las mañanas iba a sacar el auto de la vivienda para facilitarle la salida.

Esos gestos formaban parte de una dinámica en la que los problemas de una familia podían convertirse en una preocupación compartida. Para los entrevistados, la hermandad entre vecinos no era una expresión simbólica, sino una manera de vivir.

"Era un barrio abierto, de casas abiertas. Nadie tenía llaves en las casas", recordó. Ella todavía mantiene contacto con personas con las que compartió aquella etapa, aunque buena parte de las familias originales se haya mudado o haya vendido sus propiedades con el paso de los años.

La vida social también se trasladaba a las calles. Los varones se reunían para jugar a la pelota, las chicas andaban en bicicleta y los grupos se encontraban en las veredas durante las tardes. Los carnavales y las celebraciones comunitarias eran otras oportunidades para compartir. Quevedo recordó, además, las fogatas que se organizaban cada 24 de junio en un terreno baldío para celebrar el día de San Juan Bautista.

A esas escenas se sumaban las reuniones en las casas que tenían pileta. Las familias Ugarte y Ruffa, recordó Quevedo, recibían a chicos de distintas generaciones que aprendían a nadar en sus piscinas. Las propiedades, con sus jardines y espacios amplios, funcionaban como lugares de encuentro para una comunidad que excedía los límites de cada vivienda.

La historia del barrio también se cruza con nombres que tuvieron relevancia en distintos ámbitos de San Juan. Entre sus habitantes y las familias vinculadas a la zona hubo artistas, profesionales y personas que dejaron su marca en la vida cultural de la provincia.

Uno de ellos fue José Carrieri, artista plástico y autor del conocido Monumento al Deporte sanjuanino, quien llegó desde Mendoza en la década de 1950 y se instaló en el barrio junto a su familia. Su hijo Lucas conserva la relación con esa casa y con el entorno que, según explicó, tenía características urbanísticas poco habituales para la época.

Gómez Centurión, por su parte, recordó a Carlos Ugarte, a quien describió como una persona importante para San Juan y un hombre de gran cultura. También evocó la casa de Carlos Godoy, donde vio por primera vez una obra de Picasso, y la colección de trenes eléctricos que había en la vivienda de una familia vecina. Eran recuerdos que daban cuenta de un ambiente en el que el interés por el arte y la cultura formaba parte de las conversaciones y de la vida doméstica.

Las casas también tenían características particulares. En general, eran viviendas amplias, con jardines delanteros y techos a dos aguas; algunas tenían dos plantas, aunque predominaban las de planta baja. Los terrenos permitían conservar árboles y vegetación, mientras que las ligustrinas delimitaban los espacios sin interrumpir por completo la continuidad visual entre las propiedades.

Para Carrieri, esa combinación entre arquitectura y naturaleza fue determinante para que el barrio adquiriera su identidad. "Lo que tiene de paquete este barrio, y lo han sentido ustedes apenas han entrado, es el verde", sostuvo.

El vecino cuestionó así la idea de que su atractivo se explique únicamente por el valor de las propiedades o por el poder adquisitivo de quienes viven allí. A su entender, la característica distintiva es el resultado de décadas de cuidado de los árboles, los jardines y los espacios abiertos.

Si hay un elemento que se repite en los testimonios es la importancia de la vegetación. Los árboles, los cercos vivos y los jardines no eran simples complementos de las viviendas: formaban parte de una concepción del barrio que buscaba integrar las casas con el paisaje.

Quevedo recordó que no había medianeras como las que se observan actualmente en muchas propiedades. Las ligustrinas y las enredaderas separaban los terrenos y contribuían a mantener una imagen continua de verde. Los vecinos cuidaban los árboles y aprovechaban el agua de riego que circulaba por la zona.

Gómez Centurión coincidió en que la conservación de esa vegetación era una característica compartida. La colocación de paredes de ladrillo en los frentes no era bien vista por muchos habitantes, que preferían mantener los cercos verdes y preservar la relación visual entre las viviendas.

Los plátanos son otro de los símbolos del barrio. Su altura y presencia forman parte de una postal reconocible, aunque la ampliación de una avenida implicó la pérdida de ejemplares que habían acompañado durante décadas a los vecinos. Gómez Centurión recordó con indignación la tala de árboles de la antigua calle Cereseto, hoy Ignacio de la Rosa, y consideró que la reposición de esa arboleda debería formar parte de una política de conservación.

"Creo que tendría que ser una acción del Gobierno que se replanten los plátanos en todo lugar para que siga manteniendo su identidad", planteó.

Carrieri también relató que, ante la extracción de árboles por la ampliación de una avenida, decidió plantar ejemplares dentro de su propiedad. La posibilidad de hacerlo estaba vinculada a una característica del diseño original: el retiro entre la vereda y la vivienda, que dejaba un espacio verde disponible en el frente de las casas.

Para él, esa vegetación constituye un valor que va más allá de lo estético. "El verde es el lujo más grande para un sanjuanino", afirmó. En su mirada, el barrio demuestra cómo una planificación que prioriza los árboles puede transformar un espacio residencial en un pulmón urbano.

El paso del tiempo modificó tanto la fisonomía del barrio como los vínculos entre sus habitantes. Las familias que habían vivido allí durante décadas comenzaron a cambiar de domicilio, y muchas casas pasaron a manos de nuevos propietarios. Algunas fueron remodeladas, otras se transformaron y otras dejaron de conservar los rasgos originales.

Quevedo situó parte de esos cambios en el momento en que los hijos de las familias tradicionales comenzaron a formar sus propios hogares y a mudarse. Con el fallecimiento de sus padres, muchas personas optaron por vender las viviendas, que a menudo resultaban demasiado grandes para quienes quedaban viviendo solos.

La entrevistada atravesó esa experiencia con su propia familia. Después de que sus padres dejaron la casa, la propiedad fue vendida y pasó a tener otros habitantes. Volver a pasar por el lugar le produjo una sensación de pérdida, aunque reconoció que se trata de una transformación propia del paso de las generaciones.

"Una vez que vendimos la casa, que ya no estaban mis padres y vivía otra gente, pasar y sentir así como un dolorcito de pérdida", recordó.

Carrieri, que pasó varios años en Europa, observó otro cambio: el debilitamiento de la relación entre los vecinos. Según contó, cuando regresó encontró que algunas familias ya no se conocían entre sí y que había disminuido el sentimiento colectivo que había caracterizado al barrio durante su infancia.

El vecino ubicó parte de esa transformación entre 1985 y el año 2000, período en el que varias propiedades cambiaron de manos. A su entender, la ubicación del barrio, cada vez más integrada a la ciudad y cerca de centros comerciales y servicios, también contribuyó a modificar su composición.

Quevedo advirtió que, al volver, encuentra muchas casas cerradas y frentes que ya no permiten ver el interior de los jardines. Aunque reconoce que las nuevas familias tienen derecho a modificar sus propiedades, siente que ese cambio alteró una de las imágenes más características del lugar.

Gómez Centurión, en cambio, consideró que la comunidad conserva parte de su identidad. Aunque admite que los vínculos cotidianos son diferentes, entiende que muchos de quienes se mudan al barrio terminan incorporando esa tradición de cuidado y pertenencia.

"La vida actual te hace que no conozcas tanto a los vecinos", reflexionó. Sin embargo, destacó que siguen existiendo grupos dispuestos a involucrarse cuando consideran que el entorno está en riesgo.

Las transformaciones urbanas también generaron preocupación entre quienes buscan preservar las características originales del barrio Del Bono. La ampliación de las calles, la posibilidad de construir edificios y la modificación de los espacios verdes abrieron discusiones sobre los límites del desarrollo y la necesidad de conservar una identidad urbana particular.

Carrieri relató que intervino cuando advirtió que una obra vial podía afectar el jardín delantero de su vivienda. Explicó que pidió conocer el trazado previsto y planteó alternativas para evitar que la ampliación avanzara sobre el espacio verde. También se opuso a un proyecto edilicio cercano que, según su evaluación, podía afectar la privacidad de los jardines y alterar el entorno residencial.

Su preocupación no se limitaba a una propiedad individual. El objetivo, explicó, era promover el reconocimiento del barrio como un conjunto urbano con características que merecían ser preservadas. En ese contexto, mencionó una actividad realizada en la Casa Carrieri, bajo el nombre de 'Museo por una noche', que buscó poner en valor la urbanización y generar conciencia sobre su importancia.

Gómez Centurión también recordó movimientos de vecinos que se organizaron ante propuestas de construir edificios en altura en sectores donde existen disposiciones que limitan ese tipo de desarrollos. Para el arquitecto, esas iniciativas demuestran que todavía existe una preocupación colectiva por el futuro del barrio.

La defensa del verde, en ese sentido, se relaciona con algo más que la conservación de árboles o jardines. También implica sostener una manera de entender el espacio público y la convivencia entre vecinos. La posibilidad de caminar por las veredas, apreciar las casas y reconocer la continuidad de los jardines es parte del valor que los entrevistados destacan.

Carrieri cuestionó, además, la proliferación de muros altos y alambrados de seguridad. Considera que las ligustrinas tupidas pueden cumplir una función de resguardo sin convertir las viviendas en espacios completamente aislados. Para él, el barrio pierde parte de su esencia cuando las barreras físicas reemplazan los cercos vivos y dificultan el contacto visual con la calle.

La idea de conservar una urbanización abierta aparece así como uno de los puntos en común entre los testimonios. No se trata de impedir que las casas se modernicen, sino de evitar que las transformaciones borren aquello que hizo particular al barrio desde sus orígenes.

Aunque las casas hayan cambiado de dueños, algunas familias se hayan marchado y las relaciones cotidianas ya no sean las mismas, el barrio Del Bono mantiene una identidad reconocible para quienes lo conocieron en sus primeras décadas y para quienes lo eligieron después como lugar de residencia.

En los recuerdos de Quevedo, esa identidad está asociada a la niñez y la adolescencia, a los juegos en la calle, las visitas sin aviso y la solidaridad entre familias. Para Gómez Centurión, se relaciona con la cultura, la vegetación y el sentido de pertenencia que todavía impulsa a algunos vecinos a defender el entorno. Carrieri, por su parte, encuentra en los árboles y en la planificación original el principal motivo por el que el barrio sigue siendo un espacio singular dentro de San Juan.

Los tres coinciden en que el lugar no puede explicarse únicamente por el valor de sus propiedades ni por la imagen de exclusividad que muchas veces se le atribuye. Su historia también está hecha de vínculos, de familias que compartieron generaciones y de una concepción del barrio en la que el jardín de una casa parecía prolongarse en el de la siguiente.

Al intentar resumir lo que significa ese rincón de Capital, Quevedo eligió dos palabras que remiten directamente a su experiencia: "Mi niñez y adolescencia". Gómez Centurión lo definió desde otro lugar, pero con una idea cercana: "Es mi lugar de pertenencia".

Carrieri, en tanto, lo describió como una isla verde que supo reunir familias y profesionales en un entorno sin ostentación. Una imagen que, pese a las transformaciones, todavía puede reconocerse al recorrer sus calles y detenerse frente a las ligustrinas, los jardines y los plátanos que resisten el paso del tiempo.

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Fuente: Tiempo de San Juan

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