El desaliento como fenómeno colectivo

Un informe del Sistema Nacional de Información Criminal del Ministerio de Seguridad, revela que durante 2025 se registraron 5.209 suicidios en la Argentina, la mayor cantidad desde que existen estadísticas comparables. La cifra representa un incremento del 22,6% respecto del año anterior y una tasa de 11,8 casos cada 100.000 habitantes, superior incluso al promedio mundial de 9,1 informado por la Organización Mundial de la Salud. A poco de indagar en las causas, se advierte que se trata de una radiografía dolorosa del estado de una sociedad que, para miles de personas, dejó de ofrecer horizontes de vida.
Las estadísticas contienen un dato particularmente inquietante. Casi ocho de cada diez víctimas fueron varones y la mayor incidencia se produjo entre jóvenes de 18 a 34 años. Es decir, entre quienes deberían encontrarse construyendo su proyecto de vida, ingresando al mercado laboral o consolidando una carrera.
Durante mucho tiempo, el suicidio fue abordado casi exclusivamente desde la perspectiva de la salud mental. La depresión, otros trastornos psiquiátricos o las adicciones continúan siendo factores determinantes y sería un grave error minimizar su incidencia. Sin embargo, los especialistas vienen observando una modificación en el escenario que merece atención. Cada vez con mayor frecuencia aparecen asociadas a los suicidios situaciones de desempleo prolongado, endeudamiento, pobreza creciente, incertidumbre y pérdida de expectativas.
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Cuando los jóvenes perciben que el esfuerzo ya no garantiza oportunidades de desarrollo, el desaliento puede convertirse en un fenómeno colectivo. Cuando los jóvenes perciben que el esfuerzo ya no garantiza oportunidades de desarrollo, el desaliento puede convertirse en un fenómeno colectivo.
No resulta casual, entonces, que la desocupación juvenil constituya uno de los datos más preocupantes del panorama económico. Mientras la tasa general de desempleo era al cierre de 2025 de poco más del 7%, entre los menores de 29 años superó el 16%, tanto para hombres como para mujeres. Para miles de jóvenes argentinos, la dificultad ya no consiste únicamente en conseguir un empleo de calidad. Muchas veces ni siquiera logran acceder al primero.
El panorama se agrava porque la salud mental figura entre las áreas alcanzadas por el ajuste presupuestario. La Ley Nacional 26.657 estableció hace años que las políticas de salud mental debían recibir al menos el 10% del presupuesto sanitario. No obstante, un informe de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia señala que el presupuesto previsto para 2026 asigna apenas el 1,42%.
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La prevención del suicidio requiere equipos interdisciplinarios, campañas permanentes de concientización y redes comunitarias capaces de detectar situaciones de riesgo, además de acceso a tratamientos. Pero también es imprescindible una sociedad que ofrezca motivos razonables para creer en el futuro.
Difícilmente pueda construirse esperanza en una sociedad cuando predominan la precariedad, el desempleo y la incertidumbre permanente. Cuando amplios sectores de la población, especialmente los más jóvenes, perciben que el esfuerzo ya no garantiza movilidad social ni oportunidades de desarrollo, el desaliento puede convertirse en un fenómeno colectivo. La Argentina necesita fortalecer con urgencia las políticas de salud mental en todos los niveles del Estado, pero también reconstruir las condiciones que permitan a millones de personas imaginar un futuro posible.
Fuente: El Ancasti
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