El doctor de la calle viviente
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Estaba sentado, mirando absolutamente nada. Más allá de los autos, de las voces y de esa ciudad que nunca se detiene, la mente caminaba por una frontera extraña: entre "El rocanrol de los idiotas" y "La canción más hermosa del mundo".
No buscaba respuestas. Hay preguntas que no vienen a resolver nada: vienen a quedarse. Había enseñado todo lo posiblemente humano y se había dedicado, con una perseverancia casi inhumana, a fallar. Se decepcionaba de sí mismo, de los otros, de nada en particular. Alguna vez mintió y otras veces, también dijo verdades. Porque incluso aquello que no se dice duele, y aquello que no se puede cambiar termina marcándonos. Nadie mira su pasado sin encontrar alguna sombra, y esas nunca desaparecen.
Las canas llegaron sin pedir permiso. Como las arrugas de sus brazos. El tiempo hizo lo suyo. Tres príncipes y una cinéfila aún permanecen en algún lugar de la memoria, como una geografía íntima que todavía daba sentido a ciertas mañanas. Pero llegó la hora de dejar de ser rey y convertirse en caballero errante: andar con lo que queda, porque a veces la vida comienza cuando la muerte se vuelve cercana. No como amenaza, sino como medida: no hay tiempo infinito para postergar lo esencial, y la pregunta más incómoda en la filosofía, tiene su propia respuesta, hemos nacido para morir, dentro de ese lapso de tiempo, somos humanos.
En ese banco, con el traje marrón de siempre, fuma y exhala. Piensa, pero no llora. Hacia dentro todo parece más fácil. Afuera, la ciudad continúa. Adentro se libra una conversación que nadie escucha. No hay familia política; todos se fueron. Él también se fue, aunque su cuerpo siga ocupando el mismo banco. Hay partidas que no necesitan equipaje ni despedida. Solo el exilio invisible, el que nadie ve. Tal vez, fue feliz una vez. O creyó serlo. Después no logró encontrar de nuevo aquella forma de felicidad. Tal vez la felicidad no sea un estado permanente, sino una apariencia: un instante en que todo parece encajar. No todos son felices, pero tampoco todos son infelices. Nos multiplicamos en rostros complacientes y, otras veces, en rostros demacrados; sin embargo, detrás de ambos sigue habiendo un rostro. Una persona intentando sostenerse.
La soledad no siempre es enemiga. A veces es tan amiga que planea quedarse. Aprende nuestros horarios y conoce el silencio de la casa. Los ajenos escriben sus memorias pasadas: drogas, alcohol, pérdidas y muerte. Llegan con historias que no caben en una conversación. Uno escucha. Vive entre la renta y la filosofía, entre las cuentas que vencen y las preguntas sin vencimiento. Hay días en que el pensamiento debe esperar porque primero hay que resolver dónde vivir, cómo pagar, cómo llegar a mañana. Asume su error de crianza y su papel de sobreviviente. No se enorgullece de su pasado, pero tampoco se siente condenado por él. Todo es ambiguo, como él mismo: un día sí, otro no, y casi todos atravesados por ese "no sé" que termina siendo una respuesta. Las mañanas son mañanas; las noches, por fortuna, siguen siendo noches. El tiempo no lo tortura, aunque se muera dentro del tiempo. Calla. No dice nada. Ni a vos ni a ella. Hay palabras sin destinatario y silencios convertidos en domicilio.
Quizá de eso se trate también la calle: no solamente de dormir a la intemperie, donde el frío puede sanar el dolor más profundo, sino de quedar expuesto cuando se caen las protecciones, los títulos y las certezas. La intemperie material exige políticas, techo, alimento, salud y derechos. También existe una intemperie existencial: alguien conserva su traje, sus libros y su memoria, pero no encuentra dónde apoyar el peso de su vida. Una cosa no reemplaza a la otra.
La pobreza no es una metáfora, y la angustia no debe confundirse con ella. Sin embargo, ambas nos obligan a mirar lo que preferimos dejar fuera del paisaje. Un doctorado no explica por qué se rompió una familia, por qué una palabra llegó tarde o por qué uno no pudo ser quien imaginaba. La filosofía tampoco paga la renta ni devuelve los años. Pero puede ofrecer una lámpara pequeña: no para iluminarlo todo, sino para reconocer dónde estamos parados. Pensar no nos salva de la caída; quizá nos permita no mentirnos mientras caemos. Los remordimientos quedan fuera de todo.
Las parodias de la vida siguen su función. El hombre del traje marrón permanece en el banco, fuma y mira la nada. Podría llamarse profesor, periodista, filósofo, padre o sobreviviente. Ninguna palabra alcanza. Es apenas un hombre que ha vivido, que se equivoca, recuerda y todavía escucha las historias de otros. Sobre todo eso, un humano como todos y con fallas: El Doctor de la calle viviente, no es una novela, es una realidad que espera.
No hay respuestas, porque conoce desde su propia intemperie, preguntas que la ciudad suele esquivar.
Tal vez este texto, que parece un testamento, no sea una despedida, sino una manera de dejar constancia. De decir que detrás de cada rostro hay una historia; que nadie debería ser reducido a sus errores; que incluso quien ha enseñado a pensar puede quedarse, alguna tarde, sin saber cómo continuar, incluso en la nada. La ciudad no se detiene. El tiempo tampoco. Y el hombre que fue, seguirá ahí. En sus huesos lleva marcas de las noches que ha amado, he ahí que se reparte.
(*) Miguel Angel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.
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Fuente: El Tribuno de Jujuy
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