El eco de Lumumba en una tribuna

Por Ezequiel Sosa
Los mapas establecen distancias. La historia, muchas veces, las desmiente. Lo que parece lejano en el espacio suele descubrirse demasiado próximo cuando se observan las formas que asumieron la dominación y el despojo. Entre la República Democrática del Congo y América Latina se extienden miles y miles de kilómetros de océanos, selvas y fronteras. Sin embargo, hay una geografía más profunda que la cartografía convencional jamás consiguió representar: la del sometimiento, el despojo y la resistencia.
Allí, donde el colonialismo aprendió a convertir territorios enteros en depósitos de riqueza ajena y pueblos enteros en mano de obra descartable, África y América Latina dejan de ser continentes distantes para reconocerse como páginas de un mismo libro. Quizá la mayor ironía de la historia consista en que solemos mirar al Congo como si perteneciera a un mundo remoto, ajeno, casi exótico. Lo ubicamos en la periferia de nuestra atención porque la distancia parece concedernos el derecho de la indiferencia. Sin embargo, esa lejanía es apenas una ilusión. Basta recorrer la historia de la colonización para comprender que las heridas que marcaron a los pueblos africanos también dejaron cicatrices profundas en estas tierras. Cambian los nombres, las banderas y los idiomas; permanece intacta la lógica que convierte a los seres humanos en instrumentos y a la naturaleza en mercancía.
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En tiempos donde un Mundial de Fútbol consigue reunir las miradas del planeta, resulta profundamente simbólico que sea un hincha, un simpatizante, quien vuelva a colocar sobre la escena pública el nombre de Patrice Lumumba. Como tantas veces ocurre, el deporte deja de ser únicamente competencia para convertirse en lenguaje político, en memoria y en resistencia. Desde las tribunas floreadas y coloridas, envueltas en el rimbombante ritmo de una multitud que canta, salta y celebra, emerge una figura que interrumpe la lógica del espectáculo. Su cuerpo, inmóvil y cuidadosamente caracterizado con los colores de su nación, deja de ser la expresión de un simple fervor futbolero para convertirse en un territorio donde la historia reclama ser escuchada. Mientras alrededor todo parece avanzar al compás del partido, él permanece quieto, como si recordara que hay encuentros que comenzaron mucho antes del pitazo inicial y que todavía esperan un desenlace.
Allí, entre cantos y banderas, emerge una pregunta incómoda: ¿quién fue Patrice Lumumba y por qué su nombre continúa despertando tanta emoción décadas después de su asesinato?
Lumumba fue mucho más que el primer ministro del Congo independiente. Representó la posibilidad de que un pueblo, después de décadas de humillación colonial, pudiera decidir por sí mismo el destino de su futuro. Su voz expresó la aspiración de millones de hombres y mujeres que habían visto cómo otros administraban sus recursos, escribían su historia y definían el valor de sus vidas. Su proyecto político proponía algo que hoy parece elemental, pero que entonces resultaba intolerable para las grandes potencias: que el Congo perteneciera, finalmente, a los congoleños.
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Entre cantos y banderas, emerge una pregunta incómoda: ¿quién fue Patrice Lumumba y por qué su nombre continúa despertando tanta emoción décadas después de su asesinato? Entre cantos y banderas, emerge una pregunta incómoda: ¿quién fue Patrice Lumumba y por qué su nombre continúa despertando tanta emoción décadas después de su asesinato?
Durante décadas, el dominio belga convirtió al Congo en uno de los escenarios más brutales del colonialismo moderno. Bajo la corona de Leopoldo II, primero como propiedad personal y luego como colonia del Estado belga, el territorio fue organizado para producir riqueza destinada a Europa. El caucho alimentó la revolución industrial; el cobre sostuvo el crecimiento de nuevas tecnologías; los diamantes y el oro enriquecieron mercados extranjeros; el uranio extraído de sus minas sería utilizado incluso para fabricar las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki; y, mucho tiempo después, el coltán se transformaría en uno de los minerales indispensables para la fabricación de teléfonos celulares, computadoras y dispositivos electrónicos que hoy forman parte de la vida cotidiana.
Pero reducir aquella tragedia al saqueo de los recursos naturales sería quedarse apenas en la superficie. También fueron extraídos los cuerpos, disciplinadas las voluntades y sometidas las conciencias. Se explotó la fuerza de trabajo hasta límites inhumanos, se destruyeron comunidades enteras, se impusieron lenguas, se persiguieron costumbres y se quebraron proyectos colectivos. El colonialismo no sólo buscó apropiarse de la riqueza del subsuelo; pretendió administrar el tiempo, la memoria y la identidad de quienes habitaban esa tierra. La dominación nunca fue exclusivamente económica: fue cultural, política y profundamente humana.
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Lumumba comprendió que la independencia no podía limitarse al reemplazo de una bandera por otra. Sabía que la verdadera libertad exigía recuperar la soberanía sobre los recursos estratégicos, construir instituciones propias y romper con las estructuras que perpetuaban la dependencia. Esa convicción lo convirtió rápidamente en una amenaza para quienes continuaban viendo al Congo como una reserva inagotable de materias primas antes que como una nación soberana.
Su asesinato, en enero de 1961, no fue simplemente la eliminación física de un dirigente político. Fue el intento de sofocar una idea que comenzaba a extenderse por el continente africano y que encontraba ecos en numerosos pueblos del llamado "Tercer Mundo": la convicción de que los recursos naturales, la dignidad y el futuro debían permanecer en manos de quienes habitaban esas tierras. Matar a Lumumba significó intentar demostrar que la emancipación tenía límites impuestos por intereses extranjeros. Sin embargo, hay nombres que sobreviven precisamente porque quienes intentan borrarlos terminan multiplicando su memoria.
Por eso, recordar hoy a Patrice Lumumba no constituye un ejercicio de nostalgia ni un gesto de solidaridad distante hacia un pueblo lejano. Es una invitación a revisar nuestra propia historia, a reconocer las continuidades del colonialismo bajo nuevas formas y a preguntarnos cuántas veces el poder económico continúa disputando el control sobre los territorios, los recursos y las decisiones soberanas de los pueblos.
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Los miles de kilómetros que separan al Congo de América Latina desaparecen cuando comprendemos que ambos continentes conocieron el peso del saqueo y también el valor de la resistencia. Allí donde algunos observan una historia ajena, otros encuentran un espejo. Porque el nombre de Patrice Lumumba no pertenece únicamente al pasado africano. Pertenece, también, a todas las geografías donde un pueblo decide ponerse de pie para recordar que la libertad jamás fue una concesión: siempre fue una conquista.
Fuente: El Ancasti
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