El hombre que hacía llover
El repaso de un artículo publicado en un suplemento de la revista Todo es Historia, escrito por Hernán Ceres, y el recuerdo de una carta escrita h...

El repaso de un artículo publicado en un suplemento de la revista Todo es Historia, escrito por Hernán Ceres, y el recuerdo de una carta escrita hace casi medio siglo, llevaron a la reflexión que generó la nota que sigue.
Walter Cazenave *
Hacia mediados de la década de 1930 del pasado siglo XX la Argentina toda se vio sacudida por una noticia que después derivó en polémica: había aparecido un hombre que decía poder hacer que lloviera... y llovía.
Lo singular del caso es que no se trataba de ningún brujo, manosanta o algo parecido sino de un ingeniero geofísico, para más egresado de la Universidad de Milán, y que venía de haber trabajado en su profesión y abocado a la búsqueda de petróleo, en países de Europa, Asia y América.
Era nacido en la provincia de Entre Ríos, tenía 47 años años de edad y se llamaba Juan Baigorri Velar.
Cuando hubo regresado a nuestro país el general Enrique Mosconi, que había creado a YPF, le ofreció un muy alto cargo en el organismo, que fue desechado por Baigorri en vista de los problemas políticos que ya acarreaba la explotación petrolífera en el país y el mundo. Pero ocurrió que en ocasión de unos trabajos que realizaba en Uruguay (en Bolivia dicen otros) -probablemente manipulando algunos aparatos de su invención, o modificados por él- notó que "cada vez que usaba uno de sus artefactos para la determinación de subsuelos" el cielo se nublaba; y llovía. La deducción parecía clara: casualmente había inventado "una máquina de hacer llover".
Aún hoy la idea puede parecer ridícula pero hay que convenir que, con la formación científica que tenía Baigorri y sus antecedentes de trabajos profesionales de esa índole, sería aventurado pensar que había pergeñado un engaño... una equivocación quizás, pero no una falsía. De allí en más continuó con sus ensayos, basados en emisiones electromagnéticas, según sus declaraciones; las correspondientes perturbaciones atmosféricas parecieron darle la razón.
Con fe en su hallazgo Baigorri procuró y consiguió una entrevista con el gerente de los Ferrocarriles del país, que por entonces estaban en manos extranjeras. Lo hizo para solicitar un vagón que trasportara personas y aparatos a un sitio donde realizar sus experiencias, pero con una condición altamente significativa: que fuera un lugar muy seco.
La sequía en Santiago.
El sitio elegido fue la provincia de Santiago del Estero, afectada por una pertinaz sequía que se prolongaba ya por años. Los informes del enviado de la empresa ferroviaria que acompañó a Baigorri fueron impresionantes: cuando accionaba su máquina el tiempo atmosférico cambiaba radicalmente, y llovía. En siguientes experiencias, en la misma provincia unos meses después, las precipitaciones pluviales alcanzaron valores no registrados desde hacía muchos años.
Para esos días la fama de Baigorri ya se había extendido y en su regreso a Buenos Aires lo recibió una multitud; sus experiencias y un periodismo que reflejaba los hechos con características sensacionales, lo habían convertido en "el mago de la lluvia". Con ingenuidad los chicos de esa época modificando la ronda tradicional, cantaban: Que llueva, que llueva, Baigorri está en la cueva. Enchufa el aparato y llueve a cada rato.
Pero Baigorri se había ganado un enemigo nada desdeñable: la por entonces Dirección de Meteorología, que no solamente negaba lo acaecido en Santiago sino que además lo calificaba de parodia. Sin embargo hay que consignar que cuando ocurrieron las lluvias que Baigorri se atribuía, el organismo había consignado para la región del experimento, "tiempo bueno y caluroso, con poco cambio de temperatura".
No deja de ser muy sugestivo que ante la difusión de los hechos ya había un ofrecimiento estadounidense realizado a través de un ingeniero norteamericano, para comprar la máquina, por muchos dólares. La respuesta de Baigorri fue muy digna: -Soy argentino -dijo- y como tal quiero que el invento beneficie a mi país. No estoy dispuesto a venderlo ni por todo el oro del mundo.
La anécdota refuerza la presunción de que detrás del accionar de Baigorri no había interés económico.
La burocracia siempre presente.
El día de Año Nuevo de 1939 la ciudad de Buenos Aires emergía del letargo posterior a los festejos, pero atenta a una nueva experiencia que había anunciado Baigorri; la Dirección de Meteorología -curándose en salud- había anunciado una cierta "nubosidad con posibilidad de chaparrones". Hacia la madrugada llovió fuertemente y el hecho volvió a alentar las informaciones, tanto serias como sensacionalistas. También motivó pedidos de varios lugares para que repitiera la experiencia, entre ellos en Carhué, donde llovió a raudales colmando el cuenco de Epecuén, que estaba casi seco y salvando la temporada turística. En la década que siguió -casualidad o ciencia- el fenómeno volvió a ocurrir en distintas zonas del país.
En los años que siguen el inventor debió enfrentar un adversario temible: la burocracia que, pese a las presuntas evidencias, para darle apoyo efectivo exigió la revelación del "secreto"; a lo que Baigorri nunca accedió.
Al parecer el trámite se disipó en oscuros expedientes, ignorados por los burócratas de turno. Baigorri y su invento fueron perdiendo actualidad hasta pasar a ser un recuerdo pintoresco.
Que sepamos nunca hubo un diagnóstico definitivo e irrefutable en cuanto a la certeza o casualidad de las experiencias de Baigorri Velar; por un lado la palabra de la "ciencia oficial", por el otro las experiencias concretas.
Qué fue de sus aparatos jamás se supo y surgieron leyendas nunca confirmadas en cuanto a su destino. Baigorri, sumido en una humildad parecida a la pobreza murió el 24 de marzo de 1972. Como subraya la nota de Hernán Ceres, ese día llovió.
* Colaborador
En La Pampa
A estar por la crónica Baigorri Velar estuvo en La Pampa a fines de 1951 o principio de 1952; los registros periodísticos consultados no cubren esas fechas ni sabemos de documentos al respecto. Sí que todavía podía considerarse la época como de "los años malos", de tan triste memoria. La citada nota de Hernán Ceres destaca que las lluvias en el territorio pampeano sumaron más de 2.000 milímetros, sin discriminar lugares.
Pero la relación de Baigorri con La Pampa no termina allí. Hacia finales de la década de 1960 hubo también una sequía notable en la provincia. En conversación con los chacareros radicados en los bajos del NNO de Santa Rosa en una reunión realizada en escuela rural de la zona, se mencionó la andanza de Baigorri y sus secuelas, que interesaron a algunos vecinos. En conocimiento del domicilio del inventor el maestro del establecimiento lugareño le escribió solicitándose la posibilidad de generar lluvias en la zona y costos eventuales. Lo sorprendente fue la respuesta del ya anciano Baigorri: reiteraba la posibilidad de generar lluvias pero, sin hablar de remuneración personal, subrayaba el alto costo de "los reactivos": alrededor de un millón de pesos. Para la época era mucho dinero y la averiguación quedó en eso. El autor de esta nota da fe de haber leído la carta personalmente.
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Fuente: La Arena
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