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El INTA trabaja por una vitivinicultura sustentable y en el desarrollo de variedades de uvas sin semilla para pasas y uva en fresco

Un grupo de investigadores del INTA apuesta a realizar cambios en las variedades de uva para mesa y pasa, como así también redirigir los cultivos hacia una sistema regenerativo para bajar costos y desarrollar las vides que exige el mundo.

Por Tiempo de San Juan6 min de lectura
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El INTA trabaja por una vitivinicultura sustentable y en el desarrollo de variedades de uvas sin semilla para pasas y uva en fresco
El INTA trabaja por una vitivinicultura sustentable y en el desarrollo de variedades de uvas sin semilla para pasas y uva en fresco · Foto: Tiempo de San Juan

La vitivinicultura pasa por un momento crítico al que nadie es ajeno. ¿Qué hacer en este contexto? ¿Resignarse o elegir nuevos rumbos acorde a las demandas del mercado? Desde el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria EEA San Juan trabajan con miras al futuro en investigaciones ligadas a la vitivinicultura regenerativa, nuevas variedades de uvas sin semillas para pasas y para consumo en fresco y así adaptarse a lo que el mundo requiere. Un aporte que llega a través de capacitaciones, trabajo en campo, entre otras acciones que lleva adelante un equipo encabezado por la doctora en Agronomía, Beatriz Pugliese.

En un contexto global donde la industria vitivinícola enfrenta desafíos complejos debido a la baja del consumo interno y la acumulación de stocks, el INTA es un pilar fundamental para el desarrollo de soluciones concretas. Así desde hace años trabaja en investigaciones tendientes a redefinir el mapa productivo del país a través de la diversificación, la sustentabilidad ecológica y la drástica reducción de costos de producción.

La doctora Pugliese, coordinadora de investigación en viticultura, y la licenciada en biología Daniela Pacheco, especialista en fisiología vegetal y ecofisiología pasaron por "Al pan pan y al vino vino", programa que se emite los martes a las 21 por Tiempo Streaming, y detallaron las líneas de investigación más disruptivas que están llevando directamente desde el laboratorio hasta la viña.

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Históricamente, Argentina dependía casi en su totalidad de variedades extranjeras para la producción de uvas de mesa y pasas, las cuales exigen el pago de elevados royalties (derechos de propiedad intelectual y porcentajes anuales de producción), para dar respuesta a la fuerte demanda del sector por reconvertirse a nichos más rentables. Así es que desde hace varios años, el INTA lleva adelante el programa de mejoramiento genético de uva en la Argentina. Eso ha permitido desarrollar y  registrar oficialmente nueve variedades locales  libres de virus, las cuales se encuentran excentas de regalías para los productores. Estas nueve variedades comprenden tres blancas, tres rosadas y tres negras, todas ellas sin semillas.  Actualmente, ya se registran unas 100 hectáreas implantadas distribuidas estratégicamente en Mendoza, San Juan, la Patagonia, Santiago del Estero, La Rioja y Catamarca.

El desarrollo de una nueva variedad de uva sin semillas es un proceso de enorme paciencia que toma entre 15 y 20 años. Las científicas explican que la técnica consiste en la hibridación mediante la "castración" de flores de variedades femeninas para aplicarles polen de la variedad con las características deseadas (por ejemplo, sabor moscatel). Debido a que las uvas sin semilla poseen embriones que mueren de forma natural antes de que la semilla madure, los investigadores deben realizar un "rescate de embriones" en laboratorio antes de que mueran, cultivarlos en tubos de ensayo para generar plántulas, adaptarlos en invernadero y finalmente plantarlos en el campo, esperando hasta tres años para corroborar si el fruto definitivo carece de semillas.

Actualmente, el INTA está por inscribir cuatro nuevas variedades exclusivas para pasas, entre las que destaca una variedad extremadamente temprana que se cosecha para el pasero a fines de diciembre o principios de enero. Asimismo, el potencial internacional de la genética argentina ya es un hecho: la variedad Serena INTA, de excelente desempeño para consumo en fresco y pasas, ya ha sido vendida a Australia y está en vías de registro en California.

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Esta definición es tan simple como devolverle la vida al suelo, y es otro de los proyectos que el INTA desarrolla junto a la Universidad Nacional de San Juan. El proyecto de viticultura regenerativa y agroecológica nació en 2019 a raíz de una inquietud del grupo Peñaflor, cuyos análisis de suelo revelaron acumulaciones preocupantes de residuos de pesticidas y glifosato, en un escenario donde los márgenes económicos no toleraban más aumentos en los costos de agroquímicos. "El mundo está pidiendo una materia prima que sea sana", señalan las investigadoras. El equipo del INTA —compuesto por biólogos, entomólogos, edafólogos y especialistas en flora nativa— comenzó realizando un profundo relevamiento biológico en valles como Pedernal, Calingasta, Iglesia, La Ciénaga y el Valle de Tulum.

Esto permitió descubrir claves precisas para el proyecto como por ejemplo el  valor de los montes nativos que sirven como refugio para insectos benéficos que actúan como depredadores naturales de las plagas de la vid. Así se elimina la necesidad de insecticidas químicos.

Mantener coberturas de vegetación espontánea o compost incrementa notablemente la biodiversidad del suelo (microflora), aumenta la materia orgánica y la respiración del suelo. Esto optimiza de forma natural el ciclo de nutrientes y la absorción de agua.

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Utilizando estándares internacionales y adaptándolos a la realidad de Argentina, las científicas desarrollaron indicadores multidimensionales que evalúan el impacto ecológico, económico y sociocultural de las prácticas agrícolas, incluyendo cómo influyen estas metodologías en la calidad de vida y costos generales.

Las científicas subrayan que el concepto de "sustentabilidad" es aún más profundo que el de "cultivo orgánico". Mientras que lo orgánico se enfoca principalmente en la certificación de insumos no sintéticos (bajo esquemas de auditorías privadas aranceladas), la sustentabilidad aborda de manera integral el paisaje, la rentabilidad económica y el tejido social del viñedo, permitiendo que bodegas locales certifiquen bajo el Protocolo de Sustentabilidad de Bodegas de Argentina e incorporen códigos QR en sus etiquetas para validar su compromiso ecológico.

Otro pilar fundamental del trabajo de investigación, liderado por la licenciada Daniela Pacheco desde el área de ecofisiología, se centra en reducir los elevados costos de producción del sector mediante la innovación en los sistemas de conducción de la vid.  Actualmente, el INTA está probando sistemas diseñados para ser completamente mecanizados. Uno es el cordón donde la planta se guía en cordón bilateral y se poda a pitones. En tanto el Box pruning (poda en caja), está preparado para poda mecánica en la que se le da forma de "caja" al follaje a una distancia fija del alambre en todas las direcciones.

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Poda mínima es otro sistema sumamente novedoso y disruptivo en el que la planta no se poda. Estos sistemas no solo permiten optimizar la mano de obra —reduciendo drásticamente los costos operativos— sino que aseguran altos rendimientos manteniendo una excelente calidad organoléptica en los vinos elaborados. Tras realizar los primeros ensayos exitosos con la variedad tradicional Cereza (históricamente destinada a mosto pero ensayada para vinificación con grandes resultados de color y polifenoles), el equipo está aplicando estas metodologías en la variedad insignia nacional, el Malbec.

Recientemente, se llevaron a cabo microvinificaciones de laboratorio y una primera cata organoléptica con la participación de especialistas del Consejo de Enólogos, donde se evaluaron comparativamente los vinos provenientes de los diferentes sistemas de conducción y de los ensayos de viticultura regenerativa (suelos con cobertura espontánea versus suelos tradicionales tratados con herbicidas)

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Fuente: Tiempo de San Juan

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