El nene que le enseñó que el cielo también podía ser rojo y la maestra sanjuanina que dedicó 37 años a cambiar la mirada sobre la infancia
Silvana Anastasi tiene 61 años, 37 de servicio y una convicción: Creo que no nací para hacer otra cosa. Pasó por escuelas rurales, barrios populares, la Capital, fue directora, supervisora y parte del equipo que diseñó el currículum de Nivel Inicial de San Juan.

Silvana Anastasi tenía muy pocos meses de experiencia cuando llegó a una escuela de 25 de Mayo. Era una maestra joven, recién iniciada, con toda la energía y también con las certezas que suelen acompañar a quien todavía está aprendiendo el oficio. Un día les pidió a sus alumnos que dibujaran algunas de las cosas que hacían fuera de la escuela. Uno de los chicos dibujó una escena jugando a la pelota y pintó sobre ella un cielo de un rojo intenso. Silvana se sorprendió y pensó que quizás el pequeño todavía no reconocía los colores. "¿Qué color es ese?", le preguntó. "Rojo", respondió él. Entonces ella miró por la ventana y volvió a preguntarle: "¿Y de qué color es el cielo?". "Celeste", contestó. La respuesta la dejó todavía más desconcertada. Si el chico sabía que el cielo era celeste, ¿por qué lo había pintado de rojo?
La respuesta llegó casi por casualidad. Un día se le pasó el colectivo. En una zona rural, eso no significa simplemente esperar diez minutos: el siguiente podía tardar una hora. Silvana tuvo que sentarse en una plaza de Santa Rosa, en 25 de Mayo, a esperar. Y entonces levantó la mirada. El cielo estaba rojo. "Ahí entendí que en ese lugar el cielo se pone de ese color", recuerda hoy, tantos años después.
El pequeño no se había equivocado. Había dibujado lo que veía todos los días cuando salía de la escuela por la tarde. "Él me enseñó un montón. Aprendí que nada es lo que parece, ni lo que ya está preconcebido en mí, que creía que los cielos eran celestes solamente". Quizás esa escena explique mejor que cualquier currículum quién es Silvana Anastasi. Porque detrás de los 37 años de servicio, de los cargos directivos, de las capacitaciones y de los concursos ganados hay una docente que aprendió muy temprano que educar también consiste en dejarse enseñar por los chicos. "Yo creo que he recibido mucho más de lo que he dado", dice.
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Cuando quiso inscribirse en el profesorado para convertirse en maestra jardinera, se encontró con un problema: su título secundario no incluía las materias humanísticas ni pedagógicas necesarias para continuar directamente la carrera. La inscribieron de manera provisoria y le dieron seis meses, hasta julio, para rendir las equivalencias. No conocía aquellas materias, nunca las había cursado, pero estudió y las aprobó. Así pudo continuar con el profesorado y comenzar una carrera que, con el tiempo, terminaría convirtiéndose en su vida. "Ser maestra jardinera fue lo mejor que me pasó".
También tuvo una carrera profesional poco habitual. Nunca fue suplente. Gracias a su buen promedio en el profesorado, ingresó como interina durante un año y al siguiente titularizó. Se casó con un profesor de Educación Física y encontró en él, además, a alguien que comprendía las exigencias y los tiempos de la profesión. "Al ser docente igual que yo entendía un montón de cosas que uno tenía que hacer y que proyectar hacia el futuro", cuenta.
Durante sus primeros años conoció distintas realidades de San Juan. Trabajó en zonas rurales de 25 de Mayo y San Martín, pasó por Villa Obrera y luego llegó a la Capital. En el año 2000 comenzó a trabajar en la Escuela Clara Rosa Cortínez, una de las instituciones importantes de la provincia. En aquel momento los jardines de infantes funcionaban dentro del JINZ Capital, el sistema de Jardines de Infantes Nucleados Zonales.
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El trabajo también la llevó a recorrer San Juan varias veces para capacitar a docentes de todos los departamentos. En 2012 terminó de aprobarse el diseño curricular y Silvana ascendió a directora del JINZ Capital. Después llegaría otro desafío que considera uno de sus grandes orgullos: la creación de la ENI 31, que se desprendió de aquel JINZ. Durante unos meses estuvo al frente de ambas instituciones y luego volvió a concursar por mérito para quedarse con la dirección de la nueva escuela.
En 2015 logró sumar dos salas más, lo que permitió que la institución alcanzara la primera categoría y pudiera crear el cargo de vicedirectora. En 2016 comenzó un nuevo concurso de ascenso, esta vez por oposición y mérito. Durante dos años rindió, hizo la residencia y finalmente obtuvo el puntaje más alto de toda la provincia.
Pero si hay algo que Silvana quiere contar de aquella escuela no son las categorías, los cargos ni los resultados de los concursos. Quiere contar su identidad. "Mi escuela logró tener un perfil que pudiera trascender. Es una escuela inclusiva, es una escuela lúdica, donde el juego es la principal estrategia de aprendizaje y donde la didáctica la tiene el docente. No la tengo yo, no la tiene el diseño curricular, la tiene el docente".
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También sostiene una idea que la acompañó durante toda su carrera: "Si una escuela no marca la diferencia, no estamos produciendo ningún cambio".En 2019 asumió como supervisora de la provincia. Otra vez, el desafío fue llevar lo aprendido a una cantidad todavía mayor de docentes. Y entonces llegó la pandemia. En medio de una situación inédita, siguió acompañando y capacitando a sus directoras. No fue sencillo, reconoce, pero también fue una etapa que la hizo crecer. "Eso me hizo crecer muchísimo como persona y como docente".
A lo largo de esos años conoció escuelas, docentes y alumnos de prácticamente toda la provincia. Incluso le tocó supervisar una escuela de Pie de Palo que había sido la última escuela rancho de San Juan y que finalmente pudo contar con un edificio nuevo. Para ella, cada contexto importa: "Los contextos naturales, sociales, económicos, emocionales, todo influye cuando hay que educar". Por eso no cree en las recetas. "No creo que nadie pueda venir a decirte cómo hacerlo. Creo que al docente hay que darle las herramientas para que lo pueda hacer".
Su historia familiar también está atravesada por la educación. Su abuela era docente y su madre también, ambas maestras de primaria. Ella eligió el Nivel Inicial y asegura que volvería a elegirlo. "Creo que no nací para hacer otra cosa. Si hubiera nacido de nuevo, volvería a elegir ser lo mismo que soy ahora".
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Tiene tres hijos, ya adultos, y cuando llegó el momento de jubilarse lo hizo tranquila, después incluso de haber trabajado más allá de la edad correspondiente. "Soy feliz siendo lo que fui", resume. También escribió, como coautora junto a otras personas, un manual de Ciencias Naturales con un método propio. Y cuando habla de sus logros vuelve a quitarse méritos para ponerlos en otro lugar: "Siempre digo que tuve oportunidades, nada más que las pude aprovechar. Eso me hizo bien, me hizo crecer y aprendí un montón". No se presenta como una docente perfecta. "Nadie es perfecto ni nadie lo hace tan bien, pero sí traté de dar lo mejor de mí".
Después de 37 años de servicio, esa mirada es probablemente su mayor legado: entender que cada alumno llega con una historia, con un contexto y con una manera particular de mirar el mundo.
Como aquel pequeño de 25 de Mayo. Aquel que pintó de rojo un cielo que Silvana creía celeste. Aquel que, sin saberlo, le dio a una maestra recién llegada una de las primeras grandes lecciones de su carrera. Y desde entonces, cada vez que habla de educación, Silvana parece volver a aquella plaza donde esperó durante una hora el colectivo. Levanta la mirada y recuerda algo que aprendió de un niño y que, 37 años después, todavía conserva intacto: antes de enseñarles a los chicos cómo es el mundo, hay que estar dispuesto a descubrir cómo lo ven ellos.
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Fuente: Tiempo de San Juan
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