El nieto de Cris Morena, Valentín Yankelevich, contó todo lo que sufrió con su padre: Era un infierno vivir en esa casa
Es la primera vez que cuenta cómo fue su vida después de la muerte de su madre y por qué a Darío Giordano no le dice papá. No hay nada peor que la persona que te tiene que cuidar te violente, asegura. La vida de un niño que sufrió violencia física y psicológica de parte de su pad…

"A eso vine, a contar mi historia", dice Valentín Yankelevich. Lo aclara en una de las primeras respuestas. Hoy tiene 23 años. Esperó este momento desde que era un niño que apenas superaba el umbral de la década de vida. "Siempre quise hablar, siempre quise que fuera público, desde el primer día que me fui", relata. Dos razones estimularon su silencio: un proceso judicial en curso y el temor a perjudicar a su hermana menor, Azul.
Hasta hoy. Su hermana se mudó, vive afuera y no está expuesta. Para él ya era tiempo de soltarlo, de liberar su mochila y de contar su historia para que sirva de inspiración y genere conciencia: "Alguien los va a escuchar siempre. Y si la primera persona no te escucha, vas a otra. Y a los adultos, que escuchen a los niños, porque los niños te dicen la verdad, te cuentan lo que les está pasando".
A Valentín le pasó eso: hubo quienes no lo escucharon hasta que alguien sí lo hizo. No solo lo escuchó, sino que le creyó y un viernes cualquiera lo pasó a buscar a la salida del colegio, lo acompañó a denunciar y lo llevó a su casa.
Valentín es piloto de Turismo Carretera 2000, está de novio, siente la presencia constante de Romina Yan, y cree que muchas veces lo cuidó de quien más debía protegerlo. Vino a contar que su papá, el empresario Darío Giordano, le pegaba. Asegura haber sufrido maltrato físico y daño psicológico durante años, desde la muerte de su mamá hasta ese viernes en el que, sin contárselo a nadie, puso ropa en su mochila y se fue al colegio sabiendo que, junto a su hermano Franco, no iba a volver a su casa.
—¿Por qué decidiste contar tu historia?
—Han pasado muchas cosas. Siento que llegó el momento de poder contar y sacarme una mochila que vengo cargando hace bastante tiempo.
—¿Vamos para atrás, entonces?
—Vamos.
—Eras muy chiquito cuando se murió tu mamá. ¿Te acordás ese día?
—Sí, el 28 de septiembre de 2010 yo tenía 7 años. Estaba en la casa de mi vecino de enfrente, estaba jugando y haciendo un poco de recolección. En el momento después que nos dan la noticia yo escucho a la madre que empieza a decir "Romina, Romina", y la veo y estaba llorando. Le digo "¿qué pasó?". "No, nada, estaba cortando cebolla, pero te buscan en tu casa". Voy a mi casa. Toda mi familia. Ya era raro. Nos sentaron en el sillón y ahí Darío nos dice "su mamá tuvo un accidente". Básicamente que no va a volver. Fue un momento muy duro. Después de eso él nos dijo "yo me voy a encargar de cuidarlos, de protegerlos. Vamos a salir de esta todos juntos". Y bueno, después de ahí fue todo barranca abajo. Yo tenía devoción por mi mamá. La amaba con todo mi ser. La amo con todo mi ser. Sé que está conmigo, está acá acompañándome. Yo fui el único de mis hermanos que eligió ir al cementerio. Fue muy duro ese momento. No pude verla, no me dejaron. Era lógico, 7 años. Ahí se te pasa todo por delante.
—Nunca esperás que te digan que no vas a ver más a tu mamá a los 7 años.
—Es durísimo. Fue duro sobre todo por cómo ella era como mamá. Era una gran mamá.
—¿Cómo era hasta ese momento todo en tu casa?
—Era todo lindo, todo color de rosa. Ella era una gran mamá, muy, muy, muy presente. Se encargaba de siempre estar ahí para nosotros. Ha llegado a cancelar trabajo solo para poder tener más tiempo con nosotros. Era muy divertida. Gran cocinera, nos hacían muy ricos postres. Era todo perfecto hasta ese momento.
—Al dolor de la muerte de una mamá se le sumaron otras cosas después.
—Sí, sí. La verdad que cuando uno creía que eso era tocar fondo y la tristeza máxima que se podía experimentar llegaron situaciones que hoy mirando para atrás fueron mucho peores.
—¿Querés contar?
—Sí. Cuando yo tenía 10 años, 9 años, empecé a sufrir violencia física y psicológica de parte de Darío. Mi hermano también. Era un dolor incomprensible. Realmente era un infierno vivir en esa casa.
—Es importante aclarar que ustedes son tres hermanos y lo que vos estás contando es tu historia.
—Sí. Yo hablo por mí. Eran golpes, gritos, maltrato. A mí nunca me gustó estudiar. Ahora, las ocho horas que yo pasaba en el colegio eran las mejores ocho horas del día porque no volvía a mi casa. Yo sabía que volvía y se desataba el infierno. Era constante. Sabía que no tenía escapatoria. Desde agarrarme de los pelos, llevarme por la escalera, pegarme, dejarme encerrado en el cuarto, traerme la comida cuatro horas después fría, apoyarla en el piso, "tomá, comé". Más allá de los golpes y la violencia, la persona que supuestamente nos tenía que cuidar después de perder a nuestra mamá… Era todo durísimo.
—¿Alguien te cuidaba en ese momento a vos?
—Dentro de esa casa no. Estábamos solos.
—¿Y esto que relatás era algo habitual?
—Sí. Era habitual, todos los días. Sobre todo el maltrato, el denigrar constantemente a tus propios hijos.
—Por cualquier cosa.
—Por cualquier cosa. Lo que a mí me ha dicho él no se lo he escuchado decir a nadie en toda mi vida ni se me cruzaría por la cabeza decirle las barbaridades que me ha llegado a decir. Ni hablar de los golpes. Pero viendo en retrospectiva mucho de ese daño psicológico a veces hiere más adentro que un golpe. Y ahí fue cuando empezamos a hablar y al principio no nos escucharon. A las primeras personas que les contamos lo que estaba pasando en mi casa fue a nuestros abuelos paternos.
—A los papás de Darío.
—A los papás de Darío, sí.
—Vos no le decís papá a Darío.
—No, yo no le digo papá porque él no cumplió ese rol.
— A sus padres les dijiste.
—Sí, les contamos. Su respuesta fue "su papá está pasando un mal momento también, sepan entender". ¿Qué tengo que entender? Tengo 10 años y mi papá me caga a palos. Es ilógico. Y ahí empezás a sentir que no hay salida, que estás condenado a vivir en esta situación y que en algún momento, no sé, cuando cumplas 18 años podrás escapar. Era realmente un infierno, Tati.
—¿Por qué tus abuelos paternos fueron los primeros? ¿Había un vínculo fluido?
—Sí, había mucho vínculo. Cuando falleció mi mamá empezaron a tener otro rol: nos buscaban por el colegio muchas veces, los fines de semana íbamos a su casa. De hecho, cuando se lo contamos fue en un trayecto de nuestra casa a su casa
—¿Quiénes estaban ahí?
—Estábamos los tres. Los que hablábamos éramos Franco y yo. Pero ahí no hubo escucha. Y después mi abuelo Gustavo (Yankelevich)… él nos sacaba una vez por semana del colegio a cada nieto por separado a almorzar, y ahí fue que lo empezamos a hablar individualmente. Yo por mi parte, Franco por su parte. Y se dio cuenta de que estaba pasando algo grave. Nosotros le empezamos a pedir que no queríamos vivir más en esa casa, que queríamos vivir con él y nos escuchó. Él fue la primera persona que nos escuchó.
—Quiero preguntarte algunas cosas del período en el que viviste con Darío después de la muerte de tu mamá. ¿Fueron cinco años?
—Sí, más o menos.
—En un momento él arma una pareja y ustedes se mudan de la que era tu casa.
—Sí, nos mudamos de mi casa, de mi hogar.
—¿Y ahí qué pasó?
—Ahí fue cuando todo se desmadró, por no decir otra cosa. Creo que ahí empezaron los primeros hechos de violencia física, nos habremos ido al año que falleció mi mamá. El maltrato fue constante.
—La violencia psíquica es tan grave como el maltrato físico.
—Viéndolo en retrospectiva, el golpe físico tiene un dolor efímero. Te duele y ya está. Pero lo que te queda adentro es el maltrato psíquico y psicológico. Yo sentía que no servía para nada, dicho por sus palabras, "vos no vas a hacer nunca nada en tu vida, no servís para nada". 9 años, un nene que acaba de perder a su mamá. Todo estaba mal. No había nada bien, nada. Y después él hacía los asados en la familia y se vendía como el padre de diez, el mejor padre del mundo.
—Sin profundizar en la historia de ninguno de los dos, esto no te pasaba solo a vos.
—No, mi hermano también sufría lo mismo. Con distintas cosas que me pasaban a mí y a él también, pero nos pasaba lo mismo. Mi hermana era mucho más chica.
—¿Darío fue violento con tu mamá de alguna manera?
—No, con ella nunca. Él siempre fue un tipo reactivo, de enojo fácil, pero cuando mi mamá estaba en este plano nunca nada. Mi mamá lo cortaba en seco si sentía que se iba a sobrepasar un límite.
—Ustedes para adentro vivían una situación y para afuera se mostraba otra distinta. Porque por la calle, por todos lados, aparecía el amor de la gente a tu mamá y querer abrazar a estos niños y a ese papá que se hacía cargo.
—Exactamente. Eso es lo que parecía. Vivía algo que después para el afuera sentía que no tenía voz. ¿Quién nos defendía a nosotros si nadie creía? ¿Quién iba a creer que un padre le pegaba a los hijos, los maltrataba? Entiendo que pasa en muchas familias y lo sé, pero creo que nunca nadie hubiese creído que en esta familia pasaba eso.
—Y es uno de los motivos por los que querías contarlo, ¿no?
—La verdad que sí. Más allá de contar mi historia, es si alguien puede escuchar esto, tanto adultos como niños, que los niños hablen porque alguien los va a escuchar. Como a mí me escuchó mi abuelo Gustavo, alguien los va a escuchar siempre. Y si la primera persona no te escucha, vas a otra. Y si esa no te escucha, así hasta que alguien te escuche. Y a los adultos que escuchen a los niños, porque los niños te dicen la verdad, te cuentan lo que les está pasando. Y si realmente les está pasando algo y lo están contando es porque tiene una gravedad importante.
—Vos se lo contaste a una psicóloga.
—Sí, en ese periodo que vivía con Darío yo iba a una psicóloga que le contaba lo que pasaba en mi casa, las situaciones de violencia. Y varias veces eso me ha traído más situaciones de violencia porque él sabía lo que yo hablaba con mi psicóloga. Entré en un lugar donde yo tenía la confianza para hablar, contar lo que pasaba. Yo ahí ya no tenía más lugar para hablar.
—No había un lugar seguro.
—No había lugar seguro. Por eso lo tuvimos que salir a buscar. Era un agujero negro.
—¿Se volvió oscuro?
—Se volvió muy oscuro. Llegó un momento que realmente no tenía ganas de vivir, tuve muchos pensamientos con la muerte. Hasta decía "voy con mi mamá, voy a estar mejor que acá". No tiene sentido seguir así. Creo que ahí fue un poco el quiebre donde ya tuvimos que tomar la decisión de irnos porque realmente eso estaba muy cerca.
—¿Alguna vez se disculpó?
—Todos los años después -me fui con 12 años- nunca sentí una disculpa sincera. Sobre todo porque tardó muchos años esa primera disculpa y sobre todo porque esto no fue que "chicos si se quieren ir, vayan a vivir con su abuelo". Nosotros hicimos una denuncia, fuimos a declarar, se judicializó.
—¿Le pudiste contar a tu abuelo que estabas en esa oscuridad, que estaba costando la vida?
—Sí.
—¿Y qué pasó?
—Ahí empezó un proceso muy largo, pero el proceso me salvó la vida. Mi abuelo Gustavo me salvó la vida. Él me devolvió la vida. No solo por el hecho de que nos acompañó, nos escuchó, se encargó de que podamos salir de esa casa, sino porque nos dio lo único que necesitábamos como dos nenes que habían perdido a su madre, y en este caso a su padre porque si vos me preguntás a mí fue como perderlo... yo no tenía padre. Nos dio lo único que necesitábamos que era amor. Amor y contención. Nada más. Eso es lo que nos dio mi abuelo. Y ahí mis ganas de vivir volvieron. Mis ganas de sentir que tenía una vida por delante. Pensar que yo venía de no querer vivir a empezar a soñar. Eso me dio mi abuelo, la vida. Mi abuelo me dio la vida.
—¿Cómo hicieron para ir a vivir con tu abuelo?
—Fue un proceso que se judicializó. Fuimos a declarar un viernes después del colegio. Fuimos con mi hermano, fuimos a declarar y arrancó todo un proceso judicial que duró varios años hasta que le dieron la tenencia definitiva a mi abuelo. Encima él apelaba porque decía que era inocente. Pero a mí sabés la cantidad de psicólogas que me escucharon, de jueces que escucharon mis declaraciones y las de mi hermano. Y se dictaminó que mi abuelo tuviera la tenencia.
—¿Qué pasó cuando él se enteró de que habían iniciado un proceso judicial?
—Pasó lo que para mí fue, en parte, una de las cosas que agravó más este proceso que fue la victimización. Empezar a decir que él nunca había hecho nada, que nunca nos había tocado un pelo. Empezó a hablar con madres de mis amigos del colegio a decirles que mi abuelo nos había sacado y arrancado por su poder. Y yo tenía que ir a la casa de mis amigos y las madres me miraban como si supiesen algo, como si yo era un nene que eligió abandonar a su papá. Ha llegado a aparecer en la puerta del colegio esperándonos. Me agarraba acá un coso de miedo. El miedo que yo le tenía: terror, pánico. Hasta lo vi cuando se recibió mi hermana y seguía estando ahí. Y eso que ni me acerque a saludarlo, ya tenerlo ahí a 15 metros. Eso no se va.
—¿Cuánto tiempo pasó de la denuncia hasta que se fueron a vivir con tu abuelo?
—Ese mismo día nunca más volvimos a nuestra casa.
—No te habías llevado nada.
—Nada. Un poco de ropa que me entraba en la mochila del colegio. Tuvimos que ir a comprar todo para poder arrancar una vida nueva.
—¿Vos sabías que ese día te ibas y no volvías?
—Sí. Y lo estaba esperando con todas mis ganas. Era lo único que quería, irme.
—Qué loco para dos cabecitas chiquitas saber cómo ese día cambiaba todo y no decir nada.
—Es que sabíamos que, justamente por la familia que éramos, queríamos hacer las cosas bien y que el proceso judicial no fuera manchado por ningún revuelo ni nada. Y no lo hablamos con nadie, porque de la familia de él ya no nos habían escuchado y teníamos miedo de que se enterara que nosotros nos íbamos a ir. Por eso fue imperioso no volver a nuestra casa. Lo hablé ese mismo día cuando di la declaración: "Por favor no nos manden de nuevo a mi casa. No podemos estar más ahí". Se lo dije a dos chicas que nos tomaron la denuncia. Y gracias a Dios nos escucharon y ahí cambió mi vida. Y también cuando vos decías eso de dos cabecitas, yo pensaba éramos muy chicos pero la vida nos había dado tantos golpes que estábamos muy curtidos. Primero con la muerte de mi mamá, eso te hace madurar de una manera que no hay explicación. Y después aprendimos a sobrevivir, no a vivir. Parecíamos dos nenes que eran mucho más grandes por todo lo que habíamos vivido.
—¿En algún momento pudieron empezar a charlarlo entre ustedes?
—A nuestro cuarto lo divide una pared, entonces todo se escuchaba. Yo escuchaba lo que a él le pasaba, él escuchaba lo que a mí me pasaba. Y cuando él (Darío) se iba, la mayoría de las veces (Franco) venía, me consolaba y se quedaba conmigo. Nos apoyamos mucho. Hicimos un gran equipo. Nos juntamos para poder salir de esa juntos, que era la única manera.
—Vos respondías un poco más que tu hermano, ¿no?
—Sí, mi hermano es más metido para adentro. Ahora no pero en ese momento lo era. Y yo no. También me trajo muchos problemas. Muchos de los episodios escalaban porque yo no iba a permitir que me trataran mal. Pero armamos con mi hermano un equipo en el que yo era el que le ponía capaz la fuerza y Fran era más sereno y en los momentos que había que tener calma, tener calma.
—Y el que te abrazaba y te cuidaba.
—Exactamente, él era ese, él era la contención.
—Se van a vivir con tu abuelo. Si bien nunca fue público masivamente, en el colegio pensaban que tu abuelo...
—Era el malo de la película, sí. El malvado que les había arrancado a los hijos a un padre viudo. Eso fue lo que yo escuché por muchos años. Yo siempre quise hablar, siempre quise que sea público desde el primer día que yo me fui. Me acuerdo de que volvemos a hacer la denuncia, pasamos la puerta de lo que hoy es mi casa, y yo le pedí a mi abuelo que cuente lo que estaba pasando, y él justamente por querer proteger el proceso judicial me dijo que tenía que tener paciencia. Y también por mi hermana, ¿no? Ella se quedó con él y no queríamos que tuviera estas reacciones y estas situaciones de violencia con ella. Entonces, por muchos años callamos.
—¿Cómo continuó tu vínculo con tu hermana?
—Con mi hermana a día de hoy tenemos el mejor vínculo. Hasta te diría que mejor que capaz que hermanos que viven toda su vida juntos. Pero fue duro al principio. Para ella fue muy duro. Siempre nos entendió, siempre supo por qué nos fuimos. Pero al principio cuando ella era muy chiquita sentía que la habíamos dejado sola digamos. Después nos terminó entendiendo y hoy tenemos una relación espectacular.
—Ustedes se seguían viendo en el colegio porque iban al mismo colegio todos.
—Sí, íbamos al mismo colegio. Ahí nos veíamos, el colegio me dejaba porque sabía la situación capaz de escaparme un rato de la clase, ir a hablar con ella, tener charlas de hermanos. Y nuestros momentos que eran en ese momento lo único que podíamos. Después los fines de semana nos veíamos.
—¿Hubo cierta civilidad para que la sigas viendo los fines de semana?
—Costó porque justamente Darío se empecinó en hacer que todo sea... Él embarró la cancha. A día de hoy no tengo relación con él, nunca la tuve, nunca la quise tener. Sobre todo por lo que pasó después. Si él se hubiese hecho cargo de las cosas que hizo y hubiese pedido perdón capaz yo tendría una relación con él. No te digo que seríamos padre-hijo perfecto, la familia perfecta, pero podría tomar un café, podría comer un asado. Hoy no la tengo porque él se encargó de que más allá de todo lo que nosotros ya habíamos sufrido de su parte de que sigamos sufriendo más todavía.
—¿Por qué? ¿Qué hacía?
—Demonizar a mi abuelo. Él se jactaba de que él era inocente porque nosotros como teníamos algo que ocultar no lo hacíamos público. No lo hacíamos público para cuidarnos y cuidar a mi hermana que vivía bajo su mismo techo ¿entendés?
—¿Ustedes tenían que ir a la casa de él los fines de semana?
—No, no, no. Azul venía a nuestra casa.
—Ok. Ustedes no volvieron nunca más allá.
—Nunca más. Nunca más. Nunca más tuvimos relación. Nada. Nada.
—Él debe haber intentado.
—Sí, lo intentó. De mala manera pero lo intentó. Lo intentó de manera judicial. Fue la vez que más cerca estuve de él después de que nos fuimos a nuestra casa. Estábamos sentados así frente a una psicóloga del juzgado y yo diciéndole a la psicóloga "no lo puedo ver, me hace mal, me da miedo. No me pidas que me relacione con alguien que me hizo tanto daño". Justamente tomé la decisión de irme de mi casa porque quería escapar de eso. En esos primeros momentos cuando empezó a querer revincularse judicialmente, recién empezó a esbozar un perdón. Pero no era genuino.
—¿Cuando empezás a crecer te empezaste a sentir seguro de vuelta?
—Me costó mucho. No fue fácil para mi abuelo porque yo venía muy dañado. Pero con mucho amor, mucha contención, mostrándome que había otra vida, y que no tenés que sobrevivir, tenés que vivir.
—Debía ser difícil estando en el mismo colegio que tu hermana porque te debías cruzar con él en algunas situaciones.
—Las veces que lo vi fue muy al principio de que nos fuimos, porque en su momento también tuvo una orden de alejamiento. Nosotros teníamos una salida en el colegio. Salías por ahí. Y yo alguna vez lo veo a lo lejos que nos estaba como esperando, me agarró un nudo en la panza, miedo, terror. Me empezó a latir el corazón, me di vuelta y me fui por otro lado. Realmente yo tenía pánico.
—¿Él tuvo más hijos?
—Tuvo un hijo, sí.
—No lo conocés.
—No lo conozco.
—Recuperaste la seguridad en algún momento con tu abuelo. ¿Recuperaste el sentirte querido?
—Sí. Desde el día uno me sentí querido. Con él sí. Y creo que la palabra seguridad es una muy buena palabra porque justamente no teníamos seguridad.
—¿Te sentías querido por Darío?
—No. Si lo miro en perspectiva no. Vos no hacés eso a alguien a quien querés.
—Tu abuelo de repente empezó a paternar a dos niños.
—Sí. Y fue el mejor padre del mundo. Siempre que me preguntan cuál es tu sueño. "Mi sueño es tener una familia y darle todo lo que yo nunca tuve que fue amor". Tengo las dos caras de la moneda. Tengo todo lo que no hay que ser, que es Darío, y tengo todo lo que sí hay que ser, que es Gustavo. Él fue nuestro padre.
—¿Tuviste acompañamiento terapéutico?
—Sí. Cuando nos vamos a ir con mi abuelo yo cambio mi psicóloga. Y es mi psicóloga a día de hoy. Ella, pobrecita, lo que le hice sufrir, no hablaba. Es que me costaba mucho hablarlo también, era un trauma tan grande. Ambos, porque de mi mamá tampoco podía hablar. Era un dolor muy grande el que yo tenía. Ella también me ayudó a salir adelante. Bueno, a día de hoy me sigue ayudando.
—¿Cuáles fueron los pasos? ¿Poder hablar? ¿Poder confiar?
—Había un poco de eso, de confiar, de poder hablar. Uno cuando cuenta su historia, hoy porque ya pasó, yo ya lo superé, en ese momento era tan reciente que, no sé si la palabra es vergüenza, pero hablar de lo que te pasó, preferís, ya está, ya pasó, ya lo solucioné, lo solucioné en que no va a volver a pasar. Pero revivirlo, poder analizar y poder empezar a desarrollar una persona a través de eso... Y costó pero salí.
—¿Daba miedo que te hicieran volver?
—Mucho, mucho. El pedido constante en las reuniones y las declaraciones era que no, por favor, no nos hagan volver a nuestra casa.
—¿Y alguien te daba tranquilidad de que eso no iba a suceder?
—Sí, en todas las instancias judiciales que pasamos yo me sentí muy acompañado. Sentí que se hizo justicia en nuestro caso.
—¿Con tus abuelos paternos volviste a tener vínculo?
—No. Yo me enojé mucho con el hecho que no nos escucharon. Toda la familia paterna, siguieron sin escucharnos. Solo hubo un tío que se acercó pero era él solo. Y quedó ahí porque toda la familia estaba con Darío y bajo ese relato de que él era la víctima. Y nosotros seguíamos siendo niños. Tenía 12 años cuando me fui. Seguíamos siendo niños y sentí que seguimos sin ser escuchados hasta después de toda la resolución judicial. Entonces con mis abuelos paternos nunca más pude volver a tener una relación. Hablaba de vez en cuando pero nunca más.
—¿Y con Cris Morena?
—Mi abuela nos acompañó mucho también. Mucho. Fue una pata importante cuando nos fuimos a vivir con mi abuelo. Nos acompañó y estuvo presente.
—¿Hablamos de automovilismo? ¿Cuándo te enamoraste?
—Siempre. Es culpa de mi abuelo también. Me enseñó a manejar de muy chico. Y me acuerdo una vez me regaló un cuatri. Mi mamá estaba odiada.
—Eras re chiquito cuando te regaló el cuatri.
—Sí, 5 años tenía. Y aprendí a manejar a los 6. Me enamoré de la velocidad y de la adrenalina. Y ahí empecé a correr en karting. Y después, por diversos temas, a mi mamá le empezó a agarrar miedo y dejé. Quedó como un sueño bien al fondo de mi cabeza. Sabía que de automovilismo se arranca de chico. Hice todos los deportes del mundo pero automovilismo no hacía. Y en una charla con mi abuelo, mientras estaba estudiando...
—¿Qué estabas estudiando?
—Economía. Era bueno. Pero me costaban las materias que no eran de economía. Con economía, matemática, me iba bien. Pero literatura, arte... Estaba en un momento que no sabía qué hacer, trabajando con mi abuelo. Me sentó y me dijo, "¿No querés volver a correr?". Y fue "sí, obvio". Sentía que el tren ya había pasado. Le digo "pero ya soy grande". "No, si querés lo hacemos". A partir de ahí arrancó lo mejor de este último tiempo que fue arrancar a correr.
—Hablás del tema y te iluminás.
—Sí, me encanta. Es mi pasión.
—¿Y los que te quieren que te miran de afuera?
—Uy, la pasan muy mal. Mi abuelo, no sabés lo mal que la pasa.
—Fuel el que te regaló el cuatriciclo cuando tenía 5 años.
—No le pasa el tiempo, no le pasan las vueltas. Para él se hace eterno. Pero igual así y todo me acompaña, viene, me llama después de cada entrenamiento. "¿Cómo te fue?".
—¿Cómo hizo durante tu crecimiento para ponerte límites?
—Esto lo hablé de grande ya. No es que sólo éramos sus nietos, éramos sus nietos que venían de sufrir algo inimaginable que es la muerte de la madre y la violencia por parte del padre que era la única persona que no debía haber hecho eso. Fue duro para él pero mi abuelo es la persona más maravillosa que yo conozco. Todos los límites fueron desde el amor. Y eso que sabés la cantidad de veces que habrá ido al colegio a hablar porque yo me mandaba mis cagadas. Pero siempre desde el amor. Nunca en mi vida sufrí nada, ni un 0,1% de lo que yo vivía en esa casa con Darío.
—¿Nada de todo eso que viviste, dejó en vos algo de violencia, no te volviste un adolescente complicado?
—No fui fácil de adolescente. Tenía mucha bronca con la vida con todo lo que me había pasado. No fui fácil, esa es la realidad. Pero a través del amor y del cariño pude salir, empecé a ver la vida de otra manera. Las pocas veces que me llegué a poner violento, me miraba en el espejo y decía "soy todo lo que no quiero ser, que es Darío". Soy muy competitivo, capaz me enojaba de más y después frenaba y me decía "esto es él, yo no quiero ser eso". Y ahí me pedía perdón al instante.
—Cuando fue el aniversario en el teatro por la muerte de tu mamá, en los créditos estabas como Valentín Giordano.
—Sí, del día uno quería cambiarme el apellido. Me hacía mal. Y también quería devolverle un poco a mi mamá todo el amor que me había dado y tenerla más presente y decidí cambiarme el apellido. Y fue una gran decisión también en honor a mi abuelo, mi verdadero padre.
—El Yankelevich no es un nombre artístico...
—No, me hice el cambio. A los 18 años fui, hice los trámites, me cambié el apellido. Fue un lindo momento. Fue la verdad que, fue cuando ya lo pude recibir y leer y fue como dije me sentí muy bien la verdad. Fue un momento lindo cuando lo hice.
—¿Sentís el amor de la gente hacia tu mamá?
—Sí, es lo más lindo que me pasa. Mucha gente se me acerca, sobre todo en las carreras, capaz que no son del automovilismo y me dicen no, vine porque te quería ver a vos, te quería decir que la amaba tu mamá. Y yo eso lo tomo como que es mi mamá que me manda a la gente y yo la siento ahí conmigo. La siento presente constantemente.
—Seguro te cuidó.
—100%. Muchas veces, capaz más de las que yo hubiese querido. Eso me pone un poco triste. Que la persona que eligió justamente para formar una familia después, porque yo sé que están y que ven todo, y ella vio todo y nos vio sufrir, debe haber sido muy doloroso para ella no poder hacer nada. Pero bueno, me cuidó en muchos aspectos de la vida.
—¿Por qué ahora lo quisiste compartir?
—Porque sentía que llegó el momento de contar mi historia. Mi hermana, ya vive afuera, está lejos de esta situación. Y tengo la necesidad adentro de contarlo y y sacarme una mochila que vengo cargando hace bastante tiempo. También para ayudar a otra gente, ojalá que lo escuche y le sirva. Me imagino a mí cuando era ese nene que sufría en esa casa, en ese infierno. Me duele por los nenes porque es durísimo. Yo te juro que trato a veces de ponerlo en palabras y creo que no hay nada peor que la persona que te tiene que cuidar, te violente y la verdad que te destruye el alma.
—¿Hay algo que nos hayamos hablado que te parezca importante transmitir?
—No, creo que pude contar todo lo que necesitaba contar.
—Qué bueno que hoy hay luz.
—Hay luz, siempre hay luz al final del túnel. Escuchen a los chicos.
—Ese nene que sufrió dolores imposibles buscó salir adelante. Hiciste un laburo enorme.
—Exactamente. Yo muchas veces soy muy autocrítico, soy muy perfeccionista y la verdad que me gusta a veces darme las pequeñas victorias, miro para atrás y de ese nene que no quería vivir a donde estoy hoy, con tener ganas de vivir ya es una victoria, imaginate. Y hoy todo lo que logré, mis amigos, mi novia, yo soy muy feliz y eso también me pasa, me doy esas pequeñas victorias. Hay que recordar de dónde uno vino.
Fuente: Infobae
Fuente: Tiempo de San Juan
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