El niño curioso que se tragó una nuez en San Juan y hoy revoluciona la cura científica contra el cáncer en Estados Unidos
Retrato íntimo de Martín Guerrero Giménez, el sanjuanino que fue a Harvard y que fusionó la medicina, la nanotecnología y la inteligencia artificial para crear vacunas diseñadas a la medida de cada paciente oncológico.

En la calurosa tarde de Tulsa, Oklahoma, el termómetro marca 40 grados. En esa ciudad norteamericana, un joven médico sanjuanino mira el horizonte árido y no puede evitar viajar en el tiempo. Martín Guerrero Giménez tiene 37 años y, aunque hoy se codea con inversores globales y científicos de la Universidad de Harvard, su mente regresa constantemente a la tierra del sol y del buen vino. Su tonada y su orgullo siguen intactos, al igual que esa inagotable curiosidad que lo llevó a patentar un invento revolucionario en la lucha contra el cáncer.
Martín nació en San Juan en el corazón de una familia de clase media donde la ciencia y la investigación eran el pan de cada día. Su padre, Mario, era ingeniero electromecánico y su madre es arquitecta; ambos trabajaban e investigaban juntos en la Universidad Nacional de San Juan en el área de energías renovables. Las charlas en la mesa familiar nunca fueron comunes, sino que giraban en torno a proyectos técnicos y científicos. Esta influencia convivía con las escapadas de fin de semana a una finca en 9 de Julio, donde la familia producía uvas para las bodegas locales.
Desde muy chico, Martín mostró señales de lo que él mismo define, entre risas, como "cosas de gente ñoña". Leía enciclopedias cuando estaba aburrido y transformaba su casa en un laboratorio improvisado, mezclando productos de limpieza para ver qué ocurría o regando las plantas con extrañas pócimas para observar sus reacciones.
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Cuando iba a la Primaria, una clase de biología que le dieron sobre el aparato digestivo encendió una chispa. "Hay una anécdota que es graciosa, pero siempre la cuento porque un poco gráfica cómo pensaba. Cuando tenía 11,12 años, en la escuela me enseñaron del aparato digestivo, y entre esas, lo que me explicaban es que había ácido en el estómago que digería la comida. Yo me quedé impactado con esa idea de que podíamos tener ácido adentro nuestro. Entonces, hice un experimento donde até una nuez de un hilo, y me tragué la nuez dejando el hilo hacia afuera, con la idea de sacar la nuez e ir viendo cómo el ácido la iba degradando. Resultó que salió mal el experimento, porque cuando la quise sacar, no pude porque tenemos una estructura que se llama píloro, que básicamente evita que a la comida la devuelvas, o que, si haces una vertical, no se te caiga la comida por la boca de vuelta".
Aquel pequeño accidente doméstico se convirtió en su primera gran lección epistemológica. Martín recuerda que "ahí entendí cómo funciona la ciencia, porque, si bien yo hice un experimento para ver una cosa, terminé descubriendo otra cosa diferente. Y, entonces, nunca sabés, cuando uno investiga, nunca sabés exactamente. O sea, uno va buscando algo, pero nunca sabés con qué te vas a encontrar. Y de ese proceso aprendés".
Tras cursar la primaria en la escuela Normal Sarmiento y la secundaria en el Colegio Central Universitario -donde su orientación en Ciencias Naturales terminó por sellar su amor por la biología y la medicina-, Martín cruzó hacia Mendoza para estudiar en la Universidad Nacional de Cuyo. Desde el primer año se vinculó activamente a laboratorios de biología molecular y, al recibirse de médico, tomó una decisión poco convencional: en lugar de realizar una residencia médica tradicional, apostó por la investigación científica pura, ingresando al CONICET para hacer su doctorado en Biología Molecular y Genómica aplicada al cáncer.
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Fue durante esta etapa que comenzó a desarrollar algoritmos de inteligencia artificial para comprender el comportamiento molecular de los tumores. Su brillante trayectoria captó la atención internacional, permitiéndole realizar una estancia de investigación y un posgrado en investigación clínica en la Universidad de Harvard. Tras un exitoso paso por la industria farmacéutica estadounidense, donde participó en los ensayos clínicos de medicamentos de última generación para la pérdida de peso, Martín sintió que era el momento de cerrar el círculo y aplicar todo su conocimiento molecular de manera directa en la salud de las personas.
La oportunidad llegó al asociarse con el científico de Buenos Aires Guido Molina y la ingeniera mendocina Julieta Porta. Juntos fundaron SphereBio, una compañía biotecnológica financiada con capitales privados con una ambiciosa meta: el desarrollo de vacunas terapéuticas personalizadas para tratar el cáncer.
"Yo ya había vivido un poco la experiencia del de la medicina con los pacientes en el ámbito hospitalario, por mi formación académica. Después había hecho investigación en las cuestiones moleculares del cáncer, había hecho investigación en en esto de de tratar pacientes, digamos, experimentalmente, y sentía que quería hacer algo que completara todo el el circuito. Entonces conocí un científico de Buenos Aires que se llama Guido Molina, y una chica que es ingeniera en empresas, que se llama Julieta Porta, que es de Mendoza. Y ellos estaban armando una empresa de biotecnología en donde investigaban, o sea, lo que querían hacer era utilizar unas partículas que son muy pequeñas, que tienen una proteína especial que les permite entrar adentro de las células y activar el sistema inmunológico. Y cuando yo charlé con ellos, con toda mi experiencia, vimos que esto se podía aplicar particularmente para el cáncer", cuenta.
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El revolucionario invento que acaban de patentar Martín y su equipo se denomina Oncospheres. No se trata de una vacuna preventiva tradicional para evitar contraer una enfermedad, sino de una terapia diseñada para cuando el paciente ya tiene cáncer. Su funcionamiento combina la nanotecnología y la inmunoterapia en un proceso que el propio Martín detalla didácticamente.
"Es como si fuera un paquete muy chiquito, una nanopartícula se llama, que adentro lleva la información del tumor. Lo que nosotros hacemos son nanopartículas que están modificadas de una determinada manera, tienen una ingeniería genética que les da la propiedad de ingresar adentro de las células del sistema inmune. Y cuando ingresan, les entregan a esas células información necesaria para reconocer el tumor. Entonces, cuando las células del sistema inmune tienen esa información, pueden circular por la sangre y reconocer células tumorales, atacarlas y matarlas", cuenta a TIEMPO DE SAN JUAN.
Esta plataforma de investigación destaca principalmente por su capacidad de personalización absoluta. Dado que cada tumor se comporta de manera única en cada persona, el tratamiento genérico suele fallar. Con Oncospheres, se extrae una muestra del tumor del paciente, se procesa su información genética específica y se introduce dentro de la nanopartícula. De este modo, el sistema inmunológico del enfermo se entrena con precisión milimétrica para combatir a su propio enemigo interno.
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"Fundamos una empresa de biotecnología que se llama SphereBio. Conseguimos capitales privados para financiar este desarrollo, y armamos un equipo y un laboratorio para desarrollar vacunas para tratar el cáncer. Básicamente, en vez de una vacuna como la conocemos para prevenir, lo que hoy se sabe es que se puede entrenar al sistema inmune para que reconozca las células tumorales y lo ataque", recuerda Martín.
Actualmente, el proyecto está en una fase activa de investigación tras tres años de trabajo continuo, habiendo demostrado excelentes resultados preliminares en ratones. Aunque aún no se ha probado en humanos, el equipo científico trabaja estrechamente con prestigiosos centros médicos de Harvard, como el Dana-Farber Cancer Institute y el Brigham and Women's Hospital, con miras a empezar ensayos clínicos en pacientes en alrededor de dos años, asumiendo un riguroso proceso de seguridad y validación que suele tomar una década para llegar al mercado comercial.
El camino no es sencillo. Martín explica que "cuando uno está desarrollando un medicamento, generalmente tiene que seguir todo un proceso regulatorio y de evidencia científica que respalde la posibilidad de probarlo en un humano, Y el ecosistema de Estados Unidos, con su ambiente regulatorio y sus leyes de propiedad intelectual y su estructura de cómo funcionan las inversiones privadas y todo esto, hacían que, para que la empresa consiga más capital y pueda recorrer todo ese camino hasta llegar a un humano, lo tuviéramos que hacer acá en Estados Unidos. Entonces, mientras desarrollamos esta tecnología, conocimos personas muy importantes de Harvard, de dos hospitales de la universidad. Les mostramos a científicos de la universidad lo que estábamos haciendo, y se coparon, les pareció muy interesante, y empezamos a trabajar con ellos para llevar esta este desarrollo a los pacientes eventualmente del hospital. Todavía no llegamos ahí, pero la idea es avanzar con la ciencia, con los experimentos previos que demuestren seguridad, que demuestren cómo se comporta esta molécula, para mostrarles a los agentes regulatorios que vale la pena probarlo en humanos y ahí probarlo por los pacientes de este hospital de oncología de de la Universidad de Harvard". En este marco, la patente es clave.
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Y resume el desafío de la "cura contra el cáncer": "Hablar de una cura general es difícil porque tiene una complejidad y cada tumor es diferente. Por eso nosotros también estamos trabajando en terapias personalizadas, es decir, que cada paciente tenga la terapia que le corresponde, no una terapia genérica, porque eso ya se sabe que no funciona por un montón de motivos. También, no te voy a mentir, hay intereses de la industria, hay cosas que salen mal entre medio, hay descubrimientos que, por motivos diferentes, en el momento que se hicieron no prendieron, y muchos años después se retoman y funcionan. Otros que se suponía que funcionaban, después termina siendo que no funcionaban tan bien. Es supersupercomplicado el tema".
El valor de la ciencia argentina y el cable a tierra sanjuanino
A pesar de residir físicamente en Estados Unidos para agilizar los complejos procesos regulatorios y de propiedad intelectual, Martín defiende a capa y espada que la identidad de su desarrollo es plenamente argentina. Los laboratorios de SphereBio se encuentran en nuestro país, y los científicos de su equipo se formaron en el sistema público de ciencia y tecnología.
Por eso es interesante su análisis sobre el momento que vive el CONICET, institución de la cual es egresado. Considera que "la única posibilidad de hacer ciencia seria por ahora es en CONICET. Conozco el sistema desde adentro, los científicos que hay son brillantes. Es una institución muy relevante para Argentina, para la formación de recursos humanos, y también para crear valor. No tiene que ser ni una cosa ni la otra, o sea, ni full 100% público... creo yo que es necesario, pero no es suficiente el apoyo estatal para poder desarrollar un ecosistema robusto que pueda dar soluciones a la sociedad".
Para Martín, el futuro se podría perfilar en una alianza estratégica donde las empresas privadas financien y alquilen equipamiento de alta complejidad de las universidades y centros públicos, generando un círculo virtuoso de recursos.
A la distancia, su corazón sigue latiendo con fuerza en la provincia de las acequias y las montañas. Su madre sigue siendo su contacto cotidiano y su cable a tierra. Mientras trabaja día a día enfocado en "salvar vidas", Martín reivindica su gente y sus raíces con un enorme cariño que la distancia geográfica no logró erosionar.
"Siempre le digo a mi mamá que la ciudad donde vivo me hace acordar mucho a San Juan, y que por eso estoy contento de, por lo menos, estar acá, me hace acordar a casa. Está bueno también que la gente sepa todo lo que pasa en Argentina y particularmente como sanjuanino, de que a San Juan no le falta nada, porque los 'sanjuas' somos lo más y esa es la mejor materia prima para cualquier cosa en la vida".
Fuente: Tiempo de San Juan
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