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El Niño que viene: antecedentes, riesgos y preparación

El Niño podría alcanzar una intensidad muy fuerte. Los antecedentes de 1983, 1998, 2015 y 2023 muestran los riesgos para Misiones.

Por Gabriela Loreiro15 min de lectura
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El Niño que viene: antecedentes, riesgos y preparación
El Niño que viene: antecedentes, riesgos y preparación · Foto: Primera Edición

El fenómeno ocurre a miles de kilómetros de Misiones, sobre una extensa franja del océano Pacífico ecuatorial, pero sus efectos pueden terminar sintiéndose mucho más cerca: en el nivel del río Uruguay frente a El Soberbio, en la altura del Iguazú, en los accesos a los Saltos del Moconá, en un puente rural, en una chacra saturada de agua o en un camino terrado que deja de ser transitable después de varios días de lluvia. Esa conexión, que durante décadas convirtió a El Niño en una de las principales variables climáticas bajo vigilancia en el nordeste argentino, vuelve a adquirir relevancia porque los organismos meteorológicos internacionales coinciden en que el episodio actual no solamente está consolidado, sino que continuará fortaleciéndose durante los próximos meses.

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), a través de su Climate Prediction Center, sostiene que El Niño se encuentra en fase de intensificación y asigna más de 90% de probabilidades de que alcance una categoría muy fuerte durante el otoño y el invierno del hemisferio norte 2026/27, es decir, durante buena parte de la primavera y el verano en esta región del planeta. El organismo advierte además que, en un evento de semejante magnitud, aumenta la posibilidad de que aparezcan impactos característicos de El Niño, aunque hace una aclaración que resultará esencial durante los próximos meses: esos efectos no están garantizados y pueden variar considerablemente de una región a otra.

La señal argentina va en la misma dirección. El informe ENOS correspondiente a septiembre del Servicio Meteorológico Nacional establece que las condiciones del Pacífico corresponden actualmente a una fase cálida y que, de acuerdo con los modelos dinámicos y estadísticos, existe una probabilidad del 100% de que El Niño continúe durante el trimestre septiembre-octubre-noviembre, con una intensidad fuerte o muy fuerte. No se trata, por lo tanto, de una hipótesis lejana ni de un escenario que podría desarrollarse más adelante: el fenómeno ya está presente y su período de mayor influencia coincidirá con meses históricamente sensibles para las lluvias en esta parte del continente.

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A esa coincidencia se suma la Organización Meteorológica Mundial (OMM), organismo especializado de las Naciones Unidas, que durante las últimas semanas describió una rápida evolución hacia un Niño fuerte y anticipó que seguirá intensificándose. La OMM observa además modificaciones importantes en los patrones globales de precipitación y temperatura, aunque insiste en que las proyecciones estacionales deben interpretarse como una herramienta para anticipar riesgos y tomar decisiones, no como un pronóstico puntual sobre una ciudad o una fecha determinada.

Esa distinción es especialmente importante para Misiones. Un Niño muy fuerte no significa automáticamente una inundación, ni permite afirmar hoy que determinado municipio recibirá una cantidad específica de lluvia en diciembre. Lo que modifica son las probabilidades generales y, en el sudeste de América del Sur, la señal histórica de El Niño suele estar asociada a condiciones más húmedas durante buena parte de la primavera y el comienzo del verano. La intensidad final de sus consecuencias dependerá, sin embargo, de cómo interactúe el Pacífico con la circulación atmosférica regional, el Atlántico y otros mecanismos climáticos. Por eso, mirar hacia atrás no sirve para pronosticar que 2026 será una repetición de 1998 o 2015, pero sí permite identificar qué ocurrió otras veces cuando el sistema climático favoreció períodos excepcionalmente húmedos sobre la Cuenca del Plata. Y en esa historia Misiones aparece varias veces.

El episodio de 1982/83 quedó entre los grandes Niños del siglo XX y tuvo tal impacto sobre la Cuenca del Plata que terminó impulsando una modificación profunda en la manera en que Argentina monitoreaba sus principales ríos.

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El Instituto Nacional del Agua (INA) reconstruyó años después aquellos meses y señala que, hacia diciembre de 1982, las precipitaciones persistentes sobre las altas cuencas de los ríos Paraná y Paraguay ya estaban produciendo incrementos importantes de las alturas hidrométricas. La expectativa de nuevas lluvias asociadas al desarrollo de un Niño extremo obligó entonces a fortalecer el intercambio de datos entre Argentina, Brasil y Paraguay, en una época en la que la información hidrológica circulaba con mucha menos velocidad que en la actualidad.

La experiencia mostró rápidamente que observar solamente lo que ocurría dentro del territorio argentino resultaba insuficiente. Buena parte del agua que luego atraviesa la región se genera cientos o incluso miles de kilómetros aguas arriba y, cuando llega a Misiones o continúa hacia Corrientes, las decisiones de prevención dependen de haber conocido previamente qué estaba sucediendo en el resto de la cuenca.

A comienzos de 1983 comenzaron así a distribuirse de manera sistemática datos de alturas y caudales entre distintos organismos y, en febrero de ese año, se emitió el primer mensaje de lo que posteriormente se convertiría en el Sistema de Alerta Hidrológico de la Cuenca del Plata, todavía operativo cuatro décadas después.

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El episodio dejó, por lo tanto, algo más que una secuencia de inundaciones. Dejó una enseñanza institucional que continúa vigente: frente a los grandes ríos, la emergencia empieza mucho antes de que el agua llegue a la costa.

Esa idea tiene particular relevancia en Misiones. El comportamiento del Paraná, el Uruguay y el Iguazú no depende exclusivamente de cuánto llueva sobre la provincia. Una crecida puede responder a precipitaciones extraordinarias registradas mucho más al norte o al este y avanzar después por las cuencas hasta afectar localidades fronterizas, pasos internacionales, infraestructura costera o zonas productivas misioneras. Por eso, cada vez que aparece una señal climática capaz de favorecer lluvias persistentes sobre Brasil y la Cuenca del Plata, la vigilancia necesariamente debe extenderse más allá del mapa provincial.

Si 1982/83 dejó una enseñanza institucional, el Niño de 1997/98 dejó una huella mucho más visible sobre el territorio y la economía. Aquel episodio está considerado entre los más intensos del registro moderno y produjo inundaciones de enorme magnitud en buena parte del Litoral.

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La dimensión del daño quedó plasmada incluso en la legislación nacional. En abril de 1998, el Congreso sancionó la Ley 24.955 y declaró durante doce meses como zona de desastre a una región integrada por Chaco, Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Formosa y Misiones. La medida no se limitó a viviendas o poblaciones ribereñas: extendió sus efectos a actividades industriales, comerciales, agropecuarias, forestales y de servicios, una señal de hasta dónde había penetrado la crisis provocada por las inundaciones.

En Misiones, además, las lluvias persistentes y los desbordes de ríos y arroyos terminaron afectando directamente al sector productivo, lo que derivó en la homologación nacional de una emergencia y desastre agrícola y forestal. Es un antecedente particularmente relevante para analizar el escenario actual porque demuestra que el impacto de un período extremadamente húmedo no termina en las zonas bajas de las ciudades. Puede extenderse a caminos, chacras, cosechas y cadenas productivas enteras, incluso en sectores alejados de los grandes cursos de agua.

La experiencia de 1997/98 también dejó otra enseñanza que hoy vuelve a aparecer en los informes técnicos: la magnitud de un Niño no puede medirse solamente por cuánto sube la temperatura del Pacífico, sino por la persistencia de las condiciones que instala sobre una región determinada. Una sucesión de lluvias durante semanas o meses puede saturar los suelos, elevar napas, llenar bañados y lagunas y reducir progresivamente la capacidad del territorio para absorber nuevas precipitaciones. Cuando ese punto se alcanza, una tormenta que en condiciones normales sería manejable puede tener consecuencias muy diferentes.

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Ese proceso explica por qué las grandes inundaciones suelen construirse lentamente antes de hacerse visibles. No siempre existe un único temporal extraordinario que pueda señalarse como responsable de todo; con frecuencia hay una acumulación previa que debilita la capacidad de respuesta natural de las cuencas y transforma cada nuevo episodio de lluvia en un problema mayor.

En esta reconstrucción histórica hay, sin embargo, un año que conviene incorporar precisamente porque obliga a escapar de las explicaciones sencillas. En 2014 Misiones sufrió una emergencia hídrica de enorme magnitud sin que existiera todavía un Niño fuerte plenamente establecido comparable con los grandes episodios de 1997/98 o 2015/16.

Durante junio, la elevación y el desborde de los ríos Uruguay e Iguazú y de numerosos afluentes coincidieron con precipitaciones que la propia normativa nacional calificó como excepcionales. La situación terminó llevando a la declaración de emergencia y desastre agropecuario en distintos departamentos de Misiones y alcanzó una lista extraordinariamente amplia de actividades: producción ganadera, porcina y avícola, piscicultura, horticultura, apicultura, citricultura, forestación, caña de azúcar, ananá, mamón, citronella y yerba mate, entre otras.

El antecedente es importante porque introduce un límite necesario en cualquier análisis del fenómeno actual: El Niño no crea por sí solo la vulnerabilidad hídrica de Misiones.

La provincia posee una red muy densa de cursos de agua, pendientes pronunciadas, zonas ribereñas habitadas, caminos rurales sensibles a la saturación y actividades productivas cuya logística depende fuertemente de las condiciones del suelo. Bajo determinadas combinaciones atmosféricas, todos esos factores pueden generar problemas severos incluso sin un Niño extraordinario.

Por eso, presentar el episodio de 2026 como si El Niño fuera la única causa posible de futuras inundaciones sería científicamente incorrecto. El fenómeno actúa sobre un territorio que ya tiene fortalezas y fragilidades propias. Lo que hace es aumentar determinadas probabilidades y, en consecuencia, exigir mayor preparación.

Apenas un año después, el escenario fue diferente. El Niño 2015/16 se convirtió en uno de los más intensos de las últimas décadas y sus consecuencias sobre el Litoral quedaron explícitamente vinculadas al fenómeno por el propio Estado nacional.

El Decreto 266/2016, que declaró la emergencia hídrica en amplias regiones del país, señaló que las intensas precipitaciones registradas durante el segundo semestre de 2015 habían sido provocadas por El Niño y detalló como consecuencias los desbordes en la Cuenca del Plata, las dificultades de los sistemas de drenaje, las inundaciones en barrios próximos a cauces, el deterioro de caminos y las pérdidas sufridas por habitantes y productores.

Misiones ya había declarado su propia emergencia hídrica el 30 de diciembre de 2015 y posteriormente quedó comprendida dentro del esquema nacional de asistencia.

La importancia de ese antecedente para 2026 es evidente. No porque permita asegurar que volverá a ocurrir algo semejante, sino porque constituye uno de los ejemplos más próximos de cómo una fase cálida muy intensa del Pacífico puede coincidir con una sucesión de precipitaciones suficientemente persistente como para comprometer simultáneamente ríos, infraestructura y producción.

También muestra cómo fueron cambiando las herramientas disponibles. Entre el Niño de 1982/83 y el de 2015/16 hubo una transformación tecnológica enorme: imágenes satelitales, modelos numéricos, estaciones automáticas, sistemas de comunicación en tiempo real y mayor coordinación internacional permitieron anticipar mejor los movimientos de las cuencas. Pero esa mejora en la capacidad de observación no elimina el riesgo. Solamente brinda más tiempo para reaccionar.

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Y, frente a determinados fenómenos, unas pocas horas de anticipación pueden representar una diferencia decisiva.

Para encontrar un antecedente que todavía permanezca fresco en la memoria misionera no hace falta retroceder demasiado. Durante el último episodio de El Niño, desarrollado entre 2023 y 2024, Misiones volvió a registrar lluvias excepcionales, crecidas y evacuaciones.

Octubre de 2023 fue uno de los meses más significativos de aquel período. El Servicio Meteorológico Nacional registró acumulados extraordinarios en la provincia y documentó cómo las precipitaciones reiteradas terminaron repercutiendo sobre los ríos Uruguay e Iguazú. A esas lluvias se sumaron sucesivas crecidas que obligaron a desplegar operativos de asistencia en localidades ribereñas y dejaron nuevamente expuesta la vulnerabilidad de sectores que dependen directamente de la evolución de las cuencas.

A diferencia de 1983 o 1998, esta vez buena parte de la población pudo seguir casi en tiempo real la evolución del río, las alturas registradas aguas arriba y las advertencias de organismos oficiales. Esa disponibilidad de información modificó profundamente la relación entre las comunidades y las emergencias, aunque no cambió una realidad física: cuando los volúmenes de agua superan determinados umbrales, la infraestructura y el territorio continúan teniendo límites.

Por eso 2023 funciona como un antecedente especialmente útil para el escenario actual. No pertenece a una memoria lejana ni a archivos históricos; ocurrió hace apenas tres años y mostró cómo una sucesión de lluvias puede volver a poner bajo presión pasos fronterizos, poblaciones costeras, caminos y actividades económicas en cuestión de días.

Cuando se habla de El Niño en Misiones, la atención suele concentrarse naturalmente sobre el Paraná y, especialmente, sobre el Uruguay, debido a la frecuencia con que sus crecidas afectan pasos internacionales y localidades ribereñas. Sin embargo, reducir el problema a esos cursos sería dejar afuera una parte importante de la vulnerabilidad provincial.

Las lluvias intensas también repercuten sobre arroyos urbanos, pequeños cursos rurales, alcantarillas, puentes y caminos secundarios. En ciudades con superficies cada vez más impermeabilizadas, tormentas concentradas en períodos muy breves pueden superar transitoriamente la capacidad de drenaje. En el interior, mientras tanto, la saturación prolongada puede deteriorar caminos terrados y dificultar el ingreso a chacras incluso cuando no exista una inundación propiamente dicha.

Eso obliga a distinguir entre dos tipos de amenaza que en ocasiones coinciden, pero no necesariamente lo hacen. Una es la crecida de grandes ríos, cuyo origen puede encontrarse cientos de kilómetros aguas arriba. Otra son las inundaciones o anegamientos por lluvias locales intensas, mucho más ligados a la capacidad de drenaje, la topografía y el estado de pequeños cursos de agua.

El Niño puede favorecer condiciones para ambos problemas, pero los mecanismos no son iguales y, por lo tanto, tampoco lo son las respuestas necesarias.

La gran diferencia entre el presente y algunos de los episodios históricos es que esta vez la señal llegó con meses de anticipación.

NOAA sostiene que El Niño continuará fortaleciéndose y asigna más de 90% de probabilidades a que alcance una intensidad muy fuerte. El Servicio Meteorológico Nacional considera segura su continuidad durante la primavera. Y la Organización Meteorológica Mundial coincide en que el fenómeno continuará intensificándose y modificará patrones de temperatura y precipitación en distintas regiones del planeta. Ese consenso constituye una advertencia importante, pero no una sentencia.

De hecho, la propia NOAA lo expresa de manera explícita: cuando El Niño alcanza gran magnitud, aumentan las probabilidades de observar impactos compatibles con el fenómeno, pero esos impactos no están garantizados.

Ese puede ser, quizá, el dato más importante para comprender los meses que vienen.

No existe hoy respaldo científico para afirmar que Misiones vaya a repetir las inundaciones de 1998, la emergencia de 2015 o las crecidas de 2023. Tampoco sería prudente descartar escenarios severos. Entre ambos extremos existe justamente el terreno en el que trabajan los pronósticos climáticos: identificar riesgos antes de que se transformen en certezas. Y ahí los antecedentes adquieren su verdadero valor.

Los antecedentes dejan, en conjunto, una enseñanza más útil que cualquier comparación lineal. 1983 mostró que una cuenca internacional obliga a mirar mucho más allá de las fronteras provinciales; 1998 evidenció que una sucesión de lluvias persistentes puede trasladar la emergencia desde los ríos hacia la producción y la economía; 2014 recordó que Misiones puede atravesar un episodio hídrico severo incluso sin un Niño extremo; 2015 dejó documentada la relación entre uno de los grandes eventos de las últimas décadas y las inundaciones del Litoral; y 2023 confirmó que muchas de esas vulnerabilidades continúan vigentes.

Pero 2026 encuentra a la provincia en una situación distinta. Esta vez la preparación comenzó antes de la emergencia. Desde mayo funciona un Plan Integral de Prevención, Contingencia y Respuesta que articula organismos provinciales, municipios, fuerzas de seguridad y áreas técnicas, mientras que en paralelo se avanzó en la revisión de protocolos, el acondicionamiento de caminos, la preparación de equipamiento para rescate y la identificación de sectores vulnerables. A eso se sumaron acciones específicas para el sector productivo, con participación del Ministerio del Agro, el INTA, Vialidad, el IMiS y municipios, además de recomendaciones para yerbales y otras actividades expuestas a períodos prolongados de exceso hídrico.

La prevención también incorporó una dimensión que los grandes episodios del pasado demostraron imprescindible: la coordinación más allá de Misiones. En la cuenca del Uruguay se fortalecieron contactos con municipios brasileños y se puso especial atención sobre la información proveniente aguas arriba, incluido el comportamiento de represas y caudales que pueden modificar rápidamente la situación en localidades fronterizas. Al mismo tiempo, Protección Civil comenzó a advertir que el escenario no debe pensarse únicamente en términos de lluvia acumulada, sino también de tormentas severas, granizo, viento y crecidas capaces de combinarse en lapsos relativamente breves.

Las primeras señales, además, ya empezaron a aparecer. Agosto cerró en Posadas con registros de lluvia muy por encima de lo habitual, un anticipo de que el escenario dejó de ser puramente prospectivo y comenzó a expresarse en condiciones concretas sobre el territorio.

Nada de esto permite saber qué ocurrirá durante la primavera y el verano, ni garantiza que Misiones vaya a atravesar un episodio comparable con 1998, 2015 o 2023. La diferencia es que esta vez buena parte de la experiencia acumulada ya se convirtió en planificación, monitoreo y respuesta anticipada.

En Misiones, una temporada demasiado húmeda no necesita desembocar en una gran crecida para convertirse en un problema productivo. El daño puede comenzar mucho antes, cuando el suelo pierde capacidad de absorber agua, las pendientes aceleran la escorrentía y los caminos rurales empiezan a deteriorarse.

La saturación prolongada reduce la aireación del suelo, complica las labores y puede favorecer enfermedades en determinados cultivos. En terrenos con pendiente, las lluvias intensas aumentan el riesgo de erosión, arrastre de nutrientes y formación de cárcavas. Por eso, no importa solamente cuánto llueva en un mes, sino también cómo se distribuyen esas precipitaciones.

A ese problema se suma la logística. En una provincia donde buena parte de la producción depende de caminos secundarios y terciarios, una chacra puede no estar inundada y, sin embargo, quedar prácticamente aislada. Si un camión no puede ingresar, una alcantarilla cede o un puente queda comprometido, la cosecha deja de salir con normalidad y el impacto económico aparece aunque el cultivo haya resistido.

Los antecedentes oficiales muestran que este tipo de exceso hídrico ya afectó a una amplia variedad de actividades, desde yerba mate y forestación hasta horticultura, ganadería y piscicultura. El episodio de 2014, es un claro ejemplo de ello. Con El Niño fortaleciéndose y una mayor probabilidad de condiciones húmedas para los próximos meses, el riesgo productivo no pasa solamente por una eventual inundación, sino por cuánto tiempo puedan permanecer saturados los suelos y comprometida la red vial rural.

Fuentes:

Fuente: Primera Edición

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