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El nuevo Julio Bustelo: el mundo interior del sanjuanino que comparte su lucha contra el cáncer en Instagram

Recibió el diagnóstico el año pasado en México y ahora está viviendo en San Juan para estar acompañado por su familia. Cómo considera que lo ayudó el entrenamiento a sobreponerse al invasivo tratamiento y las expectativas de entrenar a otros pacientes para que no pierdan músculo…

Por Natalia Caballero9 min de lectura
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El nuevo Julio Bustelo: el mundo interior del sanjuanino que comparte su lucha contra el cáncer en Instagram
El nuevo Julio Bustelo: el mundo interior del sanjuanino que comparte su lucha contra el cáncer en Instagram · Foto: Tiempo de San Juan

Durante un mes Julio Bustelo durmió en un sillón. Acostarse en una cama era imposible por el dolor. Había perdido 20 kilos, recuperado diez y vuelto a perderlos. Hasta que un día se cansó. Del dolor, de los vómitos, del tratamiento, de tener cáncer. De todo. "Dios, basta", pensó. No quería más dolor. Tampoco quería seguir peleando de esa manera. Lo que deseó en ese momento fue tan sencillo como brutal: acostarse y que alguien "bajara el switch". No pasó. Algo, o muchas cosas, lo sostuvieron. Su familia, su pareja, su perro, sus amigos, la fe. Y Julio siguió. Hoy tiene 44 años, está en San Juan y continúa sometiéndose a quimioterapia por un cáncer de colon en etapa 4 con metástasis. También sigue entrenando. Lo hace prácticamente desde que tiene memoria, aunque el sentido del ejercicio cambió completamente desde que recibió el diagnóstico.

Antes entrenaba para competir, por rendimiento, por el físico. Ahora entrena para sobrevivir. Esa es, probablemente, la mejor forma de explicar el momento que atraviesa el sanjuanino que vivió durante años fuera de la provincia, desarrolló una carrera vinculada al entrenamiento y terminó convirtiendo sus redes sociales, donde antes predominaban los videos y consejos sobre ejercicio, en una suerte de diario de su lucha contra el cáncer. No fue una decisión planificada. Cuando enfermó dejó de publicar con la frecuencia habitual y sus seguidores empezaron a preguntar qué ocurría. Antes de hacerlo público llamó a las personas más cercanas. Recién después decidió contarlo.

La respuesta en sus redes lo sorprendió. Llegaron cientos de mensajes, muestras de afecto y experiencias de personas que atravesaban situaciones similares. También aparecieron recomendaciones de todo tipo, desde suplementos hasta supuestos tratamientos alternativos. Bustelo tomó una decisión que mantiene hasta ahora: seguir las indicaciones de sus oncólogos y consultar con ellos cualquier cosa que pueda interferir con la quimioterapia.

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La paradoja es que Julio había pasado prácticamente toda su vida haciendo aquello que habitualmente se asocia con una vida saludable. Entrena desde los ocho años, cuida su alimentación, no consume habitualmente frituras ni azúcar y hacía más de una década que prácticamente no comía comida chatarra.

Todo comenzó mientras vivía en Cancún. Primero aparecieron problemas para ir al baño. Pensó en la comida mexicana, en el picante, en cualquier explicación posible antes que en un cáncer. Había, sin embargo, otra señal que no podía pasar por alto porque conocía demasiado bien su cuerpo. La sentía entrenando. Cuando hacía sentadillas y expandía el abdomen, percibía algo extraño. Una sensación difícil de definir, pero suficiente para entender que algo no estaba funcionando como debía.

Su pareja insistió para que fuera al médico. Fue. Los primeros estudios salieron bien y podría haberse quedado con esa respuesta. No lo hizo. Sentía que había algo más y siguió insistiendo. En algún momento apareció la posibilidad de una pancreatitis. Se lo contó a su hermano y por un instante pareció haber una explicación para lo que estaba pasando. Después vinieron más estudios y finalmente un ultrasonido mostró algo.

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Ahí empezó otra espera. Quienes realizan los estudios por imágenes pueden detectar una anomalía, pero el diagnóstico debe llegar por otra vía. Bustelo recuerda especialmente esa incertidumbre, la sensación de que los demás saben algo que él todavía no puede conocer.

La primera aproximación concreta llegó mientras estaba en el gimnasio. Recibió un mensaje y se sentó en una máquina corredora. No decía directamente que tenía cáncer. Hablaba de un tumor "posiblemente maligno". Poco después lo llamaron de la clínica y le indicaron que debía ver a un especialista.

Todo se aceleró. Fue hasta su trabajo, buscó a su jefe, le explicó lo que estaba sucediendo y lloró. Todavía no entendía demasiado. La confirmación terminó de cambiarlo todo. Cáncer de colon. Etapa 4. Metástasis. La oncóloga siguió hablando después de pronunciar esas palabras, pero Julio dejó de escucharla. Recuerda un silencio. Tenía a un gran amigo sentado a su izquierda y enfrente estaba la médica explicando una realidad que, de golpe, se había vuelto surreal.

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Nunca pensó "por qué a mí". Su cabeza se fue directamente a otra cosa: qué tenía que hacer para recuperarse. La oncóloga le habló de asistencia psicooncológica. Él quiso saber cuándo empezaba la quimioterapia. Y después se puso a estudiar entrenamiento oncológico.

El cáncer no tardó demasiado en mostrarle que las reglas habían cambiado. En apenas un mes perdió 20 kilos. Durante un tiempo ni siquiera fue completamente consciente de su transformación. Se bañaba y salía del baño sin mirarse demasiado. Había un espejo pequeño y podía esquivar la imagen completa. Hasta que una noche pasó frente a un ventanal. La oscuridad de afuera convirtió el vidrio en espejo. Se vio. Y, por primera vez, se sintió enfermo.

El impacto físico del cáncer se convirtió desde entonces en uno de los temas sobre los que más habla en sus redes. Bustelo pone el foco en la pérdida de masa muscular que puede acompañar determinados procesos oncológicos y en la necesidad de que el movimiento tenga un lugar durante el tratamiento cuando las condiciones médicas de cada paciente lo permiten.

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No habla del entrenamiento como una cura. Tampoco reemplaza con ejercicio las indicaciones de sus oncólogos. Lo plantea como una herramienta que, en su caso, se volvió fundamental para atravesar el tratamiento. Hoy cada kilo de músculo tiene otro valor. Cada caminata también.

Hubo una recaída reciente que terminó de reforzar esa idea. No pudo entrenar durante un período y recibió la quimioterapia en esas condiciones. Su hermano le decía que salía amarillo de las sesiones. Apenas podía moverse. Julio sólo pensaba que necesitaba volver a entrenar. Lo hizo desde cero. Poco a poco. Ya se había certificado en entrenamiento oncológico y empezó a aplicar sobre su propio cuerpo aquello que había estudiado. Ajustó intensidades y ejercicios a su condición y comenzó a reconstruirse.

También cambió su relación con las redes sociales. Durante años había mostrado allí una vida vinculada al ejercicio. Ahora muestra otra cosa. Hay entrenamiento, pero también cuenta cómo atraviesa la enfermedad.

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La exposición también trajo algo más complejo. Cuando contó que tenía cáncer comenzó a recibir recomendaciones de tratamientos sin respaldo médico, medicamentos, suplementos y teorías que prometían alternativas a la quimioterapia. Ivermectina fue una de las palabras que más apareció. Pero decidió confiar en la ciencia. Cada suplemento o complemento que evalúa incorporar lo consulta primero con su oncólogo.

La quimioterapia sigue siendo uno de los momentos que más le cuesta atravesar. No quiere ir. Lo dice sin vueltas. Sabe que forma parte del tratamiento y que debe hacerlo, pero eso no modifica la sensación que experimenta cuando se sienta y comienza a ingresar la medicación en su cuerpo. La primera vez fue horrible. En el medio hubo semanas muy malas. Hasta llegar a aquel mes en el que prácticamente no pudo moverse.

El dolor no lo dejaba dormir en una cama y se instaló en un sofá. Los vómitos eran permanentes. Había días en los que el cuerpo parecía haber llegado a un límite. Y Julio también. Fue ahí cuando pidió que todo terminara. "Hasta acá llegué", pensó. No quería más dolor ni más tratamiento. Encontró de dónde agarrarse. Nombra a su familia. A su pareja. A sus amigos. Y nombra a su perro. "Mi perro me ha salvado la vida", dijo. Ese sostén también explica por qué hoy está en San Juan.

Cuando la enfermedad apareció, Bustelo se estaba tratando en Cancún. Su familia quería tenerlo cerca. Él no quería volver. Se había acostumbrado durante años a vivir solo, a tener sus espacios, a manejar sus tiempos. La idea de regresar implicaba también aceptar que necesitaba ayuda. Le costó. Finalmente volvió.

Encontró a su mamá, sus hermanos, amigos de toda la vida y otros afectos que aparecieron con una fuerza que no esperaba. También encontró algo que necesitaba casi tanto como estar cerca de ellos: un lugar donde entrenar. Apenas llegó, Andrés Icazati le abrió las puertas de sus gimnasios y le dijo que tenía que ir.

El cáncer cae sobre una persona, pero la onda expansiva alcanza a todos los que están alrededor. Julio tiene que convivir con su enfermedad y al mismo tiempo mirar la cara de su madre frente a un hijo con cáncer. Mirar a sus hermanos, a su pareja. Ver el miedo de quienes lo quieren y saber que, por más que quieran ayudarlo, no pueden quitarle el dolor. Por eso no siempre se permite quebrarse. Si estuviera solo, asegura, lloraría todos los días. Hay veces en que no lo hace por los demás.

El regreso a San Juan también lo enfrentó con otra dimensión de los vínculos. Personas de las que esperaba compañía desaparecieron. Amigos a quienes les contó que tenía cáncer dejaron de escribirle. Al mismo tiempo, desconocidos comenzaron a estar pendientes de sus tratamientos. La enfermedad hizo rápidamente un mapa de presencias y ausencias.

Julio es creyente. Habla de Dios, de Jesús, de la Virgen de Guadalupe. Encuentra elementos valiosos en diferentes religiones. La fe forma parte de la estructura a la que se aferra en el día a día.

Una de las cosas que pide a quienes acompañan a una persona con cáncer es que entiendan los silencios. Hay mensajes que no puede contestar. Hay días en que necesita aislarse. No significa que no valore la preocupación de los demás. A veces, simplemente no puede.

En ese escenario nuevo de vida, el entrenamiento se convirtió en una forma de recuperar cierto control. Estudió para entender qué podía hacer consigo mismo y después empezó a recibir consultas de otros pacientes a través de Instagram. Algunos le contaban que sus médicos no les recomendaban entrenar y él intentaba conocer primero qué enfermedad tenían, qué tratamiento estaban recibiendo y si existían limitaciones específicas. No todos pueden hacer lo mismo. No todos deben entrenar igual. Para Julio, incluso caminar puede ser un comienzo.

Su experiencia terminó abriendo una idea que no estaba en los planes cuando recibió el diagnóstico. Le gustaría desarrollar en San Juan alguna propuesta vinculada al entrenamiento oncológico. Considera que todavía es un campo incipiente y que requiere conocimientos específicos. Por ahora ayuda a quienes le escriben desde las redes y continúa estudiando.

Julio cambió muchas veces de vida. Se fue de San Juan, trabajó en Panamá, España, Chile y México. Fue entrenador de Nike. Hizo. En el 2025 recibió un diagnóstico que nunca pensó escuchar. Y otra vez cambió. Y esta vez está naciendo un nuevo Julio, un Julio que está descubriendo y le "está gustando mucho".

Fuente: Tiempo de San Juan

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