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El pecho abierto

Moglia Ediciones. Del libro "Aparecidos, tesoros y leyendas".

Por Enrique Eduardo Galiana6 min de lectura
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El pecho abierto
El pecho abierto · Foto: Diario El Litoral

La familia era de Empedrado por el vínculo con el padre; la madre, correntina de las orillas cercanas al arroyo Salamanca, al sur. Nada raro para aquellos tiempos de comienzos del siglo XX. Ella siguió a su marido hasta la ciudad de las violetas, en un campo cercano. Su madre quedó en la ciudad de Vera.

Durante muchos años, ya viuda, doña Hortensia habitó la casa del barrio Sur, cerca del viejo San Benito Cué. Tenía varias habitaciones, cocina y, como siempre en aquellas épocas, el baño al fondo. Sus nietos vinieron a vivir con ella para cursar la secundaria. Estudiaron para ser maestros: dos mujeres y dos varones.

Los hermanos de la empedradeña escuchaban que los jóvenes conversaban sobre algo que les preocupaba.

—La abuela conversa con alguien en la cocina. Nosotros miramos y no hay nadie. Nos preocupa su salud.

Para satisfacer la inquietud de hijos y nietos, doña Hortensia concurría al médico, quien la eximía de toda sospecha.

—Está mejor que ustedes, señores. Mentalmente no tiene ninguna falla. Déjenla; con sus noventa años sabe cómo entretenerse. No la molesten.

Una noche, mientras se oía el ruido de platos moviéndose en la cocina, los nietos fueron a observar. Para su asombro, una figura alta, vestida con ropa de uso común, manipulaba los utensilios, acomodándolos y desacomodándolos como si jugara.

Corrieron a la pieza de la abuela para contarle lo que habían visto. Ella dormía plácidamente, con un ronquido que parecía el ronroneo de un gato. Al despertarse abruptamente, abrió los ojos y sonrió.

—Chicos, seguro que conocieron al abuelo, muerto hace años. Vuelve para tratar de ayudarme. Nunca supo lavar un plato; por eso, a escondidas, intentaba aprender. En vano. O los rompía o los dejaba sucios. No se preocupen por mi fantasma. Él me cuida. Por eso nadie me molesta en el barrio. Hasta los ladronzuelos más atrevidos salen disparando cuando sienten la presencia del abuelo.

Con aquella historia regresaron en tren a Empedrado. A los padres casi les da un ataque. En grupo, aquel fin de semana, una expedición compuesta por más de diez personas entre hijos, nueras, nietos y bisnietos llegó a la casa de doña Hortensia.

Fueron recibidos con abrazos y amor, más una frase que los dejó mudos:

—Este viejo sabe cómo hacerlos venir a ver a su madre, caramba. Hizo bien, porque no estoy en buenas condiciones de salud. Esta vez es en serio. Pascual me dijo que pronto estaremos juntos. Nada de llantos, ¿eh? Quiero alegrías y risas. Tuve una buena vida, hermosa por cierto. Eso sí, les quiero avisar que hay otro que ronda por el fondo, junto al viejo lapacho. No es de buen talante. Camina y gira alrededor del árbol. No le hagan caso; él no los molesta y ustedes tampoco lo molesten.

Fue un fin de semana glorioso. Hubo música, bailes, cantos y brindis, a los que se incorporaron los bisnietos.

A partir de entonces la luz de Hortensia comenzó a apagarse lentamente, siempre con una sonrisa. Partió detrás de una claridad extraña y difusa. Una mano tomó la suya. Su cuerpo exangüe adquirió el blanco de la muerte y el frío del invierno que ella trae atado a su guadaña. La mano de Pascual tomó la de ella y ambas luces indefinidas ascendieron hacia las ventanas abiertas. Las velas del pequeño oratorio familiar se balancearon a su paso, saludándolos.

No hubo discusiones por herencias. Los dos hijos mayores, ya jubilados y que habían acompañado a su madre hasta el final, formalizaron un acuerdo de palabra.

—La casa es tuya. La necesitás más que nosotros.

Todos asintieron.

Aquel hombre, ya viudo, quedó viviendo allí. Pero tuvo una idea poco feliz: comenzó a observar al espectro que seguía rondando el lapacho rosado. Este lo miraba con cara de pocos amigos. Así nació una silenciosa lucha entre el habitante solitario y el fantasma rondador.

Reuniendo algunos pesos con ayuda de la familia y con el pretexto de levantar un muro perimetral —los viejos alambrados ya no daban para más—, decidió intervenir el terreno. El pobre lapacho pagó el pato. Cayó bajo hachazos profesionales y también fueron cortadas sus raíces, aunque el tronco sobreviviente quedó en pie.

—Será para otra oportunidad —dijo.

La sombra fantasmagórica se volvió oscura. Amenazaba con el dedo. El hombre terrenal lo mandaba a carpir.

Una mañana contrató un tractor que él mismo sabía manejar, como todo hombre de campo. Colocó cadenas alrededor del tronco desarraigado y comenzó a arrastrarlo. Tuvo que cortar algunas raíces rebeldes que se negaban a rendirse. La sombra negra volaba de aquí para allá, gritando sin sonido.

En el pozo, de casi un metro de profundidad, aparecieron los restos cerámicos de una gran tinaja. Dentro se distinguían objetos embarrados por las lluvias recientes.

Con lentitud descendió y fue extrayendo cada uno de ellos. Monedas, joyas y otros elementos valiosos fueron apareciendo en la superficie. En un cofrecillo de hierro completamente herrumbrado halló una bolsa de cuero engrasado que contenía una especie de cigarrera de plata. Dentro había una carta escrita en antiguo papel de hilo.

—La maldición de este tesoro para quien lo tome será esta: te abrirán el pecho. —, decía.

El fantasma negro lloraba o gemía de tristeza. Su guardia terminaba. Un largo silbido se escuchó cuando desapareció para siempre.

El nuevo rico, sin decir nada a nadie, como suele ocurrir en estos casos, fue gastando poco a poco aquella fortuna. Apareció con automóvil, remodeló la casa y comenzó una vida que jamás había tenido. No había explicación aparente para semejante cambio.

No pasó mucho tiempo. Rondaba los setenta años y gozaba de buena salud. Era viudo. Comenzó a toser. Cada vez peor. Fue internado en el Sanatorio del Litoral de entonces, donde debieron operarlo de urgencia. Le abrieron el pecho, dejándole una cicatriz que le cruzaba el torso como un arrollado. Apenas podía caminar y hablar.

La maldición se había cumplido.

Una noche de estrellas brillantes, solo, rico y olvidado —porque además se había vuelto avaro—, recibió la visita de una mujer vestida completamente de negro. Desde el cuello hasta los pies.

La mujer se sentó junto a su cama.

—Vengo a llevarte conmigo, y no precisamente al cielo. Ni siquiera fuiste generoso con tanto dinero que me pertenecía. Estuviste rodeado de parientes necesitados, igual que de vecinos pobres, y nunca se te ocurrió ayudarlos un poco. Lo habría comprendido mejor. Pero no. Te embulló la avaricia. Fea cosa, chamigo.

Al día siguiente, uno de los pocos sobrinos que aún lo visitaban, aun sabiendo que ni un cocido les convidaría, lo encontró muerto. Tenía el terror dibujado en el rostro y varias joyas antiguas apretadas entre las manos.

La policía intervino. Las joyas desaparecieron inmediatamente.

—Comió el lobo —diría algún niño.

Lo enterraron en el panteón familiar de Empedrado. La casa fue vendida por los parientes y una parte de lo obtenido se repartió entre la vecindad poriahú.

En el lugar donde había yacido el lapacho, asomando tímidamente la cabecita, una nueva planta comenzó a mirar la plenitud del sol.

El lapacho no se rinde.

Algunos vecinos aseguran escuchar a Pascual y a doña Hortensia conversando mientras riegan el árbol. Dos fantasmas que se amaron más allá de lo terrenal.

Y una voz extraña expresó alguna vez:

—Siempre supieron que había un tesoro, pero respetaron a su guardián. Hasta creemos que fueron amigos.

9 de Julio y Buenos Aires

9 de Julio y Buenos Aires

Fuente: Diario El Litoral

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